Horacio y el juego de adivinar

El escritor Horacio Benavides lanza con la editorial Sílaba su primer libro de adivinanzas. El misterio y la picardía son la esencia de su escritura.

Horacio Benavides fue el ganador del Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus en 2005. / Archivo particular.

Allá, en Bolívar, Cauca, Horacio Benavides se enamoró de las adivinanzas. Cuando era un niño pequeño, un campesino del que no recuerda el nombre ni el rostro le soltó una adivinanza: “Caballito de banda a banda / que no come ni anda. / ¿Qué es?”. Esas tres frases se le quedaron guardadas en la cabeza, hasta que hace unos meses la encontró en una antología de la adivinanza española. Descubrió que era de allá de donde venía. Entonces pensó que seguro alguno de los soldados que acompañaban a Belalcázar en su paso hacia el Valle la dejó enredada en los matorrales.

¿Cuándo empezó a escribir adivinanzas?

Hace algunos años; ya había escrito varios libros de poesía. Todo empezó como un juego: hacía talleres de literatura con niños y en algunas ocasiones, cuando quería darme cuenta de la comprensión de lo leído, les planteaba adivinanzas. Un día me dije: voy hacer adivinanzas riendo en serio.

Cuéntenos cómo fue esa experiencia.

Fue muy distinta a la que había tenido escribiendo poesía, en la que un libro me podía llevar, digamos, tres años. Escribí mi primer libro de adivinanzas en una semana; en el séptimo día descansé. Todo me pedía adivinanza. Iba por la calle y tenía que sacar papel.

¿Existe alguna técnica para escribirlas?

Como en poesía, no existe técnica alguna: uno se levanta a escribir y está ciego, hay que ir tanteando el suelo con la varita, de pronto se puede dar con algo. A quien quiera escribirlas le diría que empiece escuchando adivinanzas de la tradición popular, poemas breves, coplas, por ejemplo. Poco a poco el oído se irá adecuando, irá construyendo una matriz en la que con suerte podría modelar una adivinanza.

¿Qué sabe sobre la historia de la adivinanza?

Hay adivinanzas desde antes de Cristo. Cuenta Robert Graves que el rey Salomón se encerró en cierta ocasión en su palacio durante ocho días con un rey amigo a plantearse adivinanzas. Salomón, que era un gran poeta, creó también adivinanzas. Antes de Cristo los griegos inventaban adivinanzas; recuerde la que le planteó la Esfinge a Edipo: “¿Cuál es el animal que en la mañana camina en cuatro patas, al mediodía en dos y al atardecer en tres?”. Antes de la llegada de Colón, los indios de América creaban adivinanzas. Vaya usted al Chilam balam y las encontrará.

¿Alguna adivinanza en especial?

Varias. Entre las más hermosas y extrañas, ésta de la tradición popular cubana: “Tres palabras suenan / al final de tres sueños / y las tres desvelan / La primera es tu nombre / la segunda el nombre de ella / te daré más que me pidas / si me dices la tercera”.

¿Por qué trabajar adivinanzas con niños?

Porque les llaman poderosamente la atención. Un niño se puede dormir con un poema, pero una adivinanza lo despierta, lo lanza a buscar la respuesta. La adivinanza es una forma de lenguaje complejo, metafórico; esconde algo y la mente se siente estimulada a encontrar lo escondido.

¿Alguna anécdota especial de su trabajo con niños y maestros?

Sí, siempre ocurren encuentros inesperados. Hacía en Cali talleres con niños de los colegios, con una institución que se llama Proartes. Iba en un taxi con mi asistente, una joven alemana, conversando sobre la adivinanza. El chofer, un joven mestizo entrado en kilos, con un corte de pelo a ras, parecía el ser más alejado del cuento. Éste no piensa más que en la chuleta que se almorzará, me decía. De pronto, el joven, mirándonos por el espejo, nos dijo: “A ver, ustedes que saben, contéstenme esta”. Y no sólo nos planteó una, sino que nos estuvo diciendo adivinanzas en un trayecto de media hora.

¿Cuál fue esa primera adivinanza?

No se me olvida, tiene ese atrevimiento y frescura del pueblo: “Mi tía titiribía / tiene tetas / y no cría”.

Cuéntenos sobre su libro ‘Tapiz al revés, ¿dime quién es’?Bueno, es una recopilación de mis adivinanzas, una edición preciosa hecha por Sílaba editores, un libro con el que cierro el tema y con el que creo haber pagado, en parte, mi deuda con los campesinos del sur del Cauca.

 

 

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