'Hotel Desierto'

El pasado primero de mayo se presentó en la Filbo el libro del poeta Carlos García Ruiz. 'Hotel desierto' tiene tres grandes partes: una selección de poemas más viejos que conservaba el autor; otra parte más, dedicada a diferentes situaciones vividas en la última década, y la otra, con poemas mucho más recientes escritos en el último año

Portada del libro del poeta Carlos García Ruiz Cortesía

Los poemas de Carlos García son un cúmulo de amor y hastío, de deseo y abandono, una manera de relatar desde la poesía el encuentro y el abandono, la emoción de la ilusión de la relación que empieza, la mirada y la pérdida.

Por ellos pasan y pasan amores que a la vez son seres anónimos, mujeres descritas por un detalle, por el largo del pelo o por la manera de llegar o despedirse, siendo más las veces que se van y olvidan.

Hay en esta poesía un tratamiento del tiempo que corre veloz y a la vez se detiene.

A veces parecen poemas de amor, pero, avanzando en el libro, se ve que ese amor está cruzado por el temor de la pérdida y por la ausencia. Es como un amor posible y necesario que empieza y parte a la vez.

Hay algunas palabras y frases, que son una clave en sus poemas como controversia; incertidumbre; espejismos; no abrirás la puerta; vendrás porque me llamaste; repitiendo los silencios; escapas a esa cúpula neutra; universo quántico; sólo quedarán los restos, las cenizas; no intentes desandar el camino; ya pasó todo por delante y se fue...

Son poemas muy bellos, aparentemente son un largo relato de amor, pero dentro guardan un tratamiento del tiempo y el espacio como lugares extraños al poeta por los que pasa el caminante.

Son la necesidad universal que tenemos todos de afecto y a la vez el temor profundo al abandono.

Son una búsqueda insaciable de un lugar, de un espacio, pero también el temor a encontrarlo y que ese lugar esté vació, que en ese lugar no haya nadie.

Selección de poemas del libro

Turista

Ya no hay palomas en los tejados,

ni hojas que caen balanceando una canción del sur,

pero pude llegar allí, de nuevo,

miré hacia la terraza que fue mía

y había otra ropa colgada,

de otro color, 

de otra talla,

con otro olor.

 

La gata ya no se pasea por la cornisa,

ni los vecinos saludan tímidos 

subiendo derrotados la escalera sucia.

Mañana temprano ni tú, ni las demás, 

abrirán la cortina que se atasca en mi habitación,

las tostadas no se quemarán

ni la olla gemirá tres veces.

 

Sólo soy un turista más

en la ciudad que me moldeó a su imagen,

pero nunca a su semejanza.

Camino estas calles, mis calles, sin rumbo,

observando edificios vistos mil veces,

haciendo tareas ayer rutinarias 

con mimo y mirada de novato,

para luego volver a otro lugar,

a otro cuerpo,

a otra emoción más alejada.

 

Pero ahora,

mirando al cielo de Madrid,

lo recuerdo bien.

Hace años, aquel hombre me lo dijo:

“Algún día dejarás de correr, 

abrirás los ojos,

y volverás a estar allí”.

 

Ricura

Rodamos por las venas de la noche, espléndidos,

insomnio frenético de músicas dulces,

café, tabaco y sexo,

última llamada, última oportunidad,

ronroneos que serpentean entre susurros lascivos,

amanecer junto a ti, respirar libre para susurrarte al oído…

 

Tribal

Es ese olor

el que te marca,

como una res brava,

el que dice que eres de mi tribu,

que ya eres como yo.

 

Aunque no lo creas,

ni lo sepas, 

ni lo sientas,

volverás siempre a mí,

o a otro como yo,

ya es inevitable:

estás marcada, princesa.

 

Y en el devenir de tus años,

entenderás el sentido

de este juego eterno,

los lazos de nuestra tribu invisible

que se reconoce en las esquinas oscuras,

bajo la ropa cuando cae,

sobre las caricias falsas,

o en los desiertos sublimes

que pueblan nuestras miradas.

 

Y te entregas

Y te entregas,

asomada entre curvas

que dibujan tus gritos,

arrastrada por un constante celo

que me lleva a encadenarte

a mis piernas entumecidas,

casi dormidas,

por una constante tempestad 

que nace del fondo de tu axila.

 

Y me muerdes en el cuello

buscando algo más que la yugular,

y muerdes otra vez,

besándome con esa melena

de diosa africana en youtube,

cuando perdemos tiempo

que nunca volverá a nosotros,

a este momento amodorrado y lascivo

entre la tarde y otra última noche.

 

Y vuelves a beber de mi fuente

intentando repetir la nada íntima,

buscando ese cáliz dorado

que nos debería conceder

la eterna juventud de un segundo,

como la vela que nunca consume

esta hora tierna y crepuscular,

donde mi mano izquierda te apaga

mientras la derecha te enciende.

 

 

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