Houellebecq: mapa mental

El Palacio de Tokio de París entrega sus salas por tres meses al más mediático y polémico de los novelistas franceses. ¿Viaje a la mente de un genio o culto al ego de un egocéntrico?

 Para la crítica, la exposición es un pretexto de Michel Houellebecq para darse publicidad.  / Cortesía
Para la crítica, la exposición es un pretexto de Michel Houellebecq para darse publicidad. / Cortesía

La calavera rodeada de latas de Coca-Cola y símbolos religiosos que está marcada con una placa: “Michel Houellebecq 1958-2039”. Como el mismo Houellebecq eligió las fechas y en la primera se quitó dos años, uno duda que cumplirá con la segunda. Al mismo tiempo, esas fechas nos dejan imaginar que hay algo de humor y autoparodia en la exposición Rester Vivant (Seguir con vida) que el Palacio de Tokio, el templo del arte contemporáneo de París, ha dedicado a un personaje que, a pesar de haber incursionado con frecuencia en otras artes, sigue siendo ante todo un novelista.

Extensión del dominio de la lucha, publicada en 1994, le permitió al público francés descubrir al mismo tiempo a un autor talentoso y su álter ego misántropo y desesperanzado que se iría declinando bajos diferentes nombres en sus obras posteriores: Las partículas elementales, La posibilidad de una isla y El mapa y el territorio, con la que obtuvo el Premio Goncourt. La imagen de iconoclasta y polemista que desarrollaba en paralelo a su trabajo como narrador conocería una explosión con la aparición de Sumisión, una novela en la que Houellebecq imaginaba Francia dirigida por un presidente musulmán. Triste pero eficaz casualidad, el lanzamiento del libro coincidió con la masacre del semanario Charlie Hebdo y en menos de dos semanas vendió 350.000 ejemplares. Houellebecq, que siempre se ha defendido de quienes lo acusan de misógino o racista, nunca ha negado su “islamofobia”, en el sentido de fobia a la versión más extremista del islam. Las acusaciones de simpatía por la extrema derecha y de xenofobia que llovieron, en cambio, venían más del argumento del libro que de un contenido mucho más matizado de lo que podía pensarse.

En Seguir con vida, que retoma el título de una de sus colecciones de ensayos, Houellebecq cambia de herramienta a la hora de expresar sus mundos vividos e imaginados. Ya no se trata de la palabra escrita sino de un trabajo de fotografía, escultura/instalación y curaduría. La primera parte, una serie de fotografías tomadas e intervenidas por él mismo, corresponde bien al clima de sus novelas: esos paisajes industriales y de carreteras en los que la presencia humana parece prescindible. El cambio es dramático en la siguiente etapa, donde una instalación de postales abre el paso a un mundo kitsch y colorido, como si Houellebecq quisiera mostrar un contrapeso a su imagen sombría. Los dos universos se reconcilian en una reconstrucción del estudio del novelista: como él, lleno de referencias musicales y literarias y desordenadas en el límite de la suciedad. El trabajo de otros artistas entra a hacer parte de la muestra: cómplices, almas gemelas o admirados por Houellebecq, el modista y fotógrafo Maurice Renoma presenta sus exploraciones de los mundos BDSM, Renaud Marchand convierte en instalaciones con aire cyborg varios pasajes de la obra de Houellebecq y la música de Iggy Pop acompaña como fondo la visita.

“Es que no es una exposición sobre Houellebecq, es una exposición de Houellebecq”, dice Jean de Loisy, el hombre al frente del Palacio de Tokio, quien ya había intentado la fórmula del “intelectual curador” con Una breve historia del futuro, exposición en el Museo del Louvre basada en una obra del ensayista Jacques Attali. A pesar del concepto y el lugar, el éxito de ese primer intento fue discreto. Attali, que se mueve en los altos círculos del poder francés sin atreverse a criticarlos, es visto como un intelectual consensual, opuesto a la imagen rebelde hasta los extremos que Houellebecq logra conservar a pesar de que hace tiempo pertenece a la categoría de los best-sellers. Para Seguir con vida, las filas se alargan, y las reseñas, así estén lejos de ser unánimemente positivas, se multiplican. La gente quiere ver qué es lo que Houellebecq tiene en la cabeza, ese mapa mental del que habla Loisy al decir que “los visitantes van descubriendo al avanzar, como si estuvieran leyendo una novela”

¿Una novela demasiado Houellebecq? “Como en uno de eso viajes ‘todo incluido’, el placer no viene de los descubrimientos sino de encontrar lo que uno espera”, dice la periodista Marguerite Baux, que ha seguido la carrera de Houellebcq para revistas como Grazia y Telerama. Bernard Géniés, quien escribe para L’Obs, opina en cambio: “Con Houellebecq uno no se aburre nunca. Aquí no recurre a las provocaciones habituales sino que juega el papel de un artista medianamente comprometido, que promueve una exposición que oscila entre humor, angustia y melancolía”.

También las personalidades presentes en la inauguración despertaron críticas, no porque las visitas de ministros, periodistas y estrellas del espectáculo sean raras en una institución que se ha convertido en la referencia de las nuevas vanguardias, sino porque Houellebecq ha manifestado en repetidas ocasiones su desprecio por las élites sociales. El cambio de rumbo parecía también sugerirlo una respuesta del novelista al Financial Times, uno de los pocos medios a los que les concedió entrevistas, en la que afirmó que le atrae el mundo de los “ultrarricos” y le gustaría conocerlo mejor.

“En algo soy una estrella”, dijo también, “pero muchos escritores que se las dan de superestrellas no son tan buenos como yo. Entonces, ¿por qué no?”.

Pero la verdadera estrella de la exposición termina por ser Clément, el perro del novelista, que los lectores conocieron con el nombre de Fox en La posibilidad de una isla. Una larga colección de fotografías de la mascota, su certificado de pedigrí y una vitrina con los juguetes, que Houellebecq y su esposa se repartieron tras el divorcio, llenan una de las salas de la exposición al ritmo de A Machine for Loving, la canción que Iggy Pop escribió a partir de los textos de Houellebecq.

“¿Qué es un perro más que una máquina de amar? Le presentas un ser humano y le das la misión de amarlo y no importa qué tan feo, perverso, deforme o estúpido sea el humano, el perro lo ama”, dice la letra.

Bajo una de las últimas fotos de Clément hay una placa “2000-2011” y, a diferencia de las de la calavera de Houellebecq, a estas podemos creerles.

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