Las huellas de la infancia

La Biblioteca Luis Ángel Arango alberga la exposición ‘Los niños que fuimos’, una revisión histórica del mundo infantil.

‘Retrato del niño Cuervo’, de José Miguel Figueroa, siglo XIX.
‘Retrato del niño Cuervo’, de José Miguel Figueroa, siglo XIX.

Adultos en miniatura. Así eran considerados los niños en el pasado y sólo hasta finales del siglo XIX la noción de la infancia empieza a cambiar hacia la que se conoce hoy, como una etapa de fragilidad y de suma trascendencia que marca el futuro.

La exposición Los niños que fuimos: huellas de la infancia en Colombia, curada por los historiadores Patricia Londoño Vega y Santiago Londoño Vélez, con la asistencia de Karim León, pretende mostrar un panorama amplio de cómo se ha representado a los niños y, por otra parte, evidencia la realidad de la infancia desde el período colonial hasta 1960.

Los cuadros de la época colonial revelan un arte pendiente de lo celestial en el que los pequeños son representados como ángeles, querubines o el Niño Dios, y en los que hay una clara exaltación de la maternidad desde lo religioso. Según Patricia Londoño, es interesante ver el contraste con la sociedad del momento, en la que en términos reales los niños no la pasaban tan bien. “Las madres no amamantaban a sus hijos y por eso existían las nodrizas; no había control natal, había muchos niños no deseados, prácticas inducidas de aborto y se registraban altos niveles de infanticidio durante los siglos XVI, XVII y XVIII”.

La obra El retrato del niño Cuervo, hecho por José Miguel Figueroa, es una de las piezas icónicas de la exposición. Primero, porque era extraño encontrar retratos de niños solos en el siglo XIX, ya que generalmente estaban acompañados de sus progenitores o de sus mascotas. Por otra parte, la obra revela a un niño con vestido. Según Londoño, es sólo hasta principios del siglo XX que se comienza a hacer la diferenciación de género en el atuendo, porque anteriormente niños y niñas eran vestidos con la misma batola. El retrato encierra otras claves, como los rasgos de adulto contenidos en su cara que se explican porque la infancia como categoría mental es un concepto moderno. “La infancia a la que estamos acostumbrados hoy en día, con ropa, muebles, juegos, libros y música para niños, no existía antes. En tiempos coloniales, el niño era un adulto que no había acabado de crecer”, afirma Londoño.

La exposición revela cómo se fue dando el proceso de modernización de la infancia desde la sociedad, la educación, la medicina y la ciencia. El parto pasa de ser atendido por comadronas en la casa a obstetras en el hospital, los niños enfermos empiezan a ir donde un médico especializado en pediatría, se reconoce que hay que cuidarlos de manera distinta y enseñarles en el colegio por gusto y no con regla, surgen las vacunas y la psicología infantil y los niños pasan de ser ignorados a ser el futuro de la nación.

El núcleo de la muestra se centra en las actividades básicas que ejerce el niño: trabajar, jugar, rezar y estudiar.

Fotografías y cuadros muestran la situación de los niños que solían trabajar en el campo, en tareas domésticas, en oficios artesanales. Fue solamente hasta los años 50 cuando el trabajo infantil empezó a ser mal visto, por eso las críticas y la inconveniencia subieron el volumen de las voces para que la legislación cambiara en ese sentido. En otra sala, aparecen imágenes que muestran el abandono, el maltrato, los castigos, las enfermedades y todo lo nefasto.

Cartillas, libros de literatura infantil y escolares, útiles, pupitres y pizarras, folletos de himnos y cantos escolares dan cuenta de las prácticas educativas que se ejercían sobre los niños.

Otro de los bastiones de la infancia es el juego, que aún al finalizar el siglo XIX tenía implicaciones morales que lo condenaban. Parte de la modernización fue la valoración del juego y los juguetes. Estos últimos son los protagonistas de una de las salas en la que se exhiben carritos, muñecas, coches, animales en plástico, vajillas, instrumentos musicales, trompos, entre muchos otros, de distintas épocas y diferentes fabricantes. Todos estos objetos pertenecen a la colección del artista antioqueño Rafael Castaño y son quizá la mayor selección de juguetes que existe en el país. Hace 30 años, Castaño empezó a recoger de la basura los juguetes que la gente botaba y así llegó a tener esta gran colección.

Esta exposición es el fruto de una juiciosa investigación, inédita en el país, que llevará al espectador a un viaje por la infancia, los juegos, las historias nocturnas y los cantos, y también por una realidad desconocida para muchos, en la que la niñez no era tan afortunada. El catálogo de la muestra es la base de esa revisión histórica, que a través de imágenes, objetos, libros y cuadros permite comprender el significado de haber sido niño en distintas épocas.

 

Hasta marzo de 2013. Biblioteca Luis Ángel Arango, calle 11 Nº 4-14. Tel.: 343 1212.

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