Humanizando al enemigo

Quizá porque nuestra realidad, a ratos, es tan primigenia, obras clásicas como la Ilíada parecen hablarnos directo al oído. El poema de Homero sobre la guerra de Troya nos invita a reflexionar sobre la paz, el dolor, la muerte y las responsabilidades que demanda el hecho de ser humano. Algunos críticos la han llamado: el canto de la muerte. Y tal vez por ello mismo nos lleva a recapacitar sobre la vida. Miremos sólo algunos ejemplos que resultan dicientes.

El poema de este bardo griego tiene una mirada muy particular sobre el enemigo. Y en verdad, es una obra invaluable porque humaniza al contrincante. Lo tradicional en las guerras es degradar, denigrar y animalizar al adversario. Ello sin duda conlleva a su fácil eliminación. Pero en este poema no se bestializa al enemigo sino se le reconoce como humano.

En la Ilíada, curiosamente, el gran protagonista es Héctor, a pesar de no ser griego sino troyano. Y es el personaje empático de la obra y con el cual los lectores se identifican. Aquiles, en cambio, por su cólera funesta, se asemeja a un matón de pueblo. Su actitud intransigente lo convierte en un asesino detestable. Héctor, el vencido, en cambio, es un hombre de carne y hueso, con miedos, sentimientos y dudas.

El poema nos presenta a Héctor como padre, hijo, hermano mayor (de un hermano problemático como es Paris o Alejandro) esposo, cuñado, en fin, bajo las múltiples relaciones que depara la vida. No es un enemigo caricaturesco o un contrincante cualquiera.

La grandeza de Homero radica en que no simplifica al enemigo, sino lo presenta en toda su complejidad, en su múltiple dimensión humana. Y quizás esta sea una lección que debemos aprender: si queremos lograr la paz y negociar con el enemigo, debemos cambiar nuestro discurso y nuestra forma de mirar al otro. La paz no se consigue degradando al adversario sino respetándolo.

Otra gran lección que nos regala la Ilíada proviene del dios-río Escamandro, ya que gracias a él esta obra viene a ser uno de los primeros textos ecológicos del mundo. Los ríos y las fuentes para los griegos eran dioses menores, pero dioses al fin y al cabo. Y el río Escamandro se ofende con Aquiles cuando comienza a botar cadáveres en sus aguas y amontonarlos hasta taponarlo.

En otras palabras, la barbarie de Aquiles genera una emergencia ecológica. Todo parece indicar que nunca en las guerras se ha respetado el medioambiente. El fuego es el arma predilecta de todos los bandos. Y por ello llega un momento en el que el propio río-dios no aguanta y se levanta a luchar contra el Pélida Aquiles.

Siempre he imaginado al río Cauca o al Magdalena protestando, levantándose como el Escamandro, por el atroz número de muertos que ha dejado nuestro conflicto armado en sus aguas. Ojalá los ríos de Colombia pudiesen protestar como lo hace este río-dios contra los ultrajes ecológicos que la guerra ha dejado a su paso.

Así pues, vemos cómo en el poema los dioses invocan el respeto por la naturaleza porque la guerra siempre ha sido contra natura. Los griegos sostenían que la diferencia entre la guerra y la paz radicaba en que en la guerra los padres enterraban a los hijos y en la paz los hijos enterraban a los padres. Y sólo por este simple hecho la guerra atenta contra la naturaleza y la paz. La paz, cuya la diosa termina por ser la más olvidada de todas, la Eirene y quién merecería mayor culto y atención.

La Ilíada también nos enseña cómo las guerras, desde épocas remotas, son ante todo una forma de robo. Se lucha por un botín y en el proceso se desplaza a los campesinos de sus tierras, para luego tomar posesión de ellas y someter a los vencidos. Se esclaviza y viola a las mujeres, sin compasión ni tregua. Ellas forman parte del botín del guerrero y son las víctimas más vulnerables y deshonradas de la guerra.

Y lo peor tal vez sea que la guerra genera una dinámica difícil de detener. Crea su propia cultura, con sus cantos y diatribas que la enaltecen. La guerra viene a ser una droga que termina por narcotizar. Excita y confiere poder a los que no lo tienen. Corrompe todo lo que rodea e incluso el lenguaje cotidiano se ve infectado por él. Los griegos sabían que la guerra atrapa en una vorágine que termina por envolver al más fuerte. No es un azar que el dios de la guerra, Ares, sea el más odiado de los inmortales. Pero, a pesar de ello, el morboso afrodisíaco de su poder no deja de ser seductor. Por lo tanto, no debe extrañarnos que termine por ser el amante de Afrodita, la diosa del amor.

Para aquellos que abogan por la guerra y que están convencidos de que con ella viene una paz justa, valdría la pena que leyeran a los clásicos. La depravación y la corrupción de la guerra son inevitables, como bien la denuncia Shakespeare en su obra sobre Troya, Troilo y Cressida. En esta pieza dramatúrgica, que también parece haber sido escrita pensando en Colombia, todos los personajes mienten para manipular a aquellos que los rodean. Curiosamente, esta obra del bardo inglés a duras penas se representó en su época. Tal vez se deba a que es una crítica implacable y mordaz sobre la guerra.

En esta obra de Shakespeare Aquiles mata a Héctor, pero en verdad son sus mirmidones, sus soldados, quienes lo rematan. Y no obstante, la gloria termina por ser para el Pélida Aquiles. Pero es una gloria mentirosa, como muchas de las glorias producto de las guerras. Los heroísmos no son otra cosa que mitos construidos que perpetúan los conflictos.

Fue Esquilo, otro autor griego, quien aseveró que la primera víctima de las guerras es la verdad. Y las guerras civiles, guerras entre hermanos, tienen poco de gloriosas y heroicas, y mucho de trágicas. Por ello, Shakespeare nos advierte en boca de Tersites, en Troilo y Cressida: “Lujuria, lujuria, siempre guerras y lujuria. Lo único que nunca pasa de moda”.

Y quizá porque la guerra nunca pasa de moda, debemos buscar la paz con ahínco, por imperfecta que ella resulte. No hay guerra justa ni buena. La guerra no desemboca sino en nuevas confrontaciones y la paz romana con la que tanto sueñan los guerreros, no es otra cosa que una gran ilusión y la invitación a nuevas guerras.

Estoy convencido de que es hora de cambiar nuestra mirada sobre la guerra. Y el plebiscito quizá sea un primer paso para salir del nefasto espiral que ella genera. Tal vez sea el momento para volver a los clásicos, leer a Homero y a Shakespeare, y reflexionar sobre las lecciones que encierran estas obras ejemplares. Por último, sólo me queda recordar la frase de Casio en Julio César, de Shakespeare (I,2): “¡Los hombres son a veces dueños de sus destinos! La culpa, querido Brutus, no está en las estrellas, sino en nosotros mismos”.

* Autor de novelas como “Migas de pan” y “El rumor del Astracán”.

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