Imagen de Rimbaud en la poesía colombiana

Mañana será en Medellín el lanzamiento del vigésimo sexto Festival de Poesía, que se realiza en honor de Arthur Rimbaud.

El poeta francés Arthur Rimbaud falleció en 1891. / Archivo particular.

Gracias a Rubén Darío y a José Asunción Silva para la poesía colombiana ha sido fundamental hasta ahora la figura de los poetas malditos franceses más que ninguna otra. Baudelaire, sin duda, el padre de todos, por la intromisión de la fealdad como una categoría sagrada en la estética, por su amargura y su fuerza sin igual. Verlaine, dueño de una delicadeza asesina en su palabra, de una musicalidad rebosante e intraducible, y Rimbaud, el santo, la imagen de la renuncia y la alucinación. Todos deseados e imitados hasta el cansancio por unos, falseados al extremo en sus conductas y en sus versos, hasta el punto de que séquitos enteros se volcaron en una bohemia luciferina que olvidó la poesía, y usados como canteras profundas por otros como Eduardo Castillo o Barba Jacob, ambos no tan afortunados en todos los casos.

Pero si fuésemos a hablar de dos poetas colombianos que nos trajeran a la memoria la figura de Rimbaud, el primero por su vida azarosa y el segundo por sus poemas, en cierta medida, iluminados, los dos coincidentes en su temprana desaparición, serían Dariolemos (1942- 1987) y Carlos Héctor Trejos Reyes (1969-1999). Si bien el legado del Nadaísmo en cuanto a poesía fue muy débil, la manera en que sus militantes asumieron su época sirvió para tocar las fibras de otras esferas hasta donde la poesía no llegaba, y dentro de esas filas, Dariolemos supo decir con sus pasos truncados hasta dónde un hombre podía entregarse a la escritura poética sin atender las injerencias de la sociedad. Acuciado por la pérdida de una pierna por la gangrena a la manera del vidente francés, cae en la desgracia de ofrecer su libro de poemas (tal vez la poesía se presenta más en sus cartas que en estos versos) Sinfonías para máquina de escribir, por una silla de ruedas. Intento fallido. Lamentará con ironía haber entrado a una iglesia de Medellín con Gonzalo Arango a pisar las hostias infecciosas, y será salvado de la indigencia sólo por la muerte, sin pena ni gloria.

Por su parte, Trejos Reyes, vivió encerrado en su natal Riosucio, con apenas una breve incursión desafortunada a Manizales, donde dedicó todos sus días a la construcción de una poética que tenía que ser consumada con la muerte como en efecto lo fue. Un poeta de la renuncia también, del abandono de la poesía. Tenía la certeza de que en la vida no había una necesidad más fuerte que la de acercarse al fuego de Hölderlin, y aun así, encontraba este limitar con lo eterno como algo vacío, algo que lo llevó a increpar:

Señor Rimbaud

Le doy la razón.

Preferible cazar elefantes

A cazar palabras,

Ir en busca de palabras,

Es como ir en busca de fantasmas.

Dispararles, es dispararle a sombras

Y sucede muchas veces,

Que la nuestra se atraviesa

Y quien recibe todos los impactos

Es nuestro propio cuerpo.

África no está lejos

Pastan más lejos los sueños

Y de esa larga correría,

Nada se trae útil, ni un trofeo.

Es más valioso el marfil.

No me volveré a armar

Contra los espejos oscuros de la poesía,

No me volveré a enfrentar contra mí mismo.

Preferible, hundirse sobrio

Con armas y pieles

En un mal negocio.

Cuando el 11 de septiembre de 1999 encuentran muerto a Trejos Reyes a los 30 años de edad, sus pocos amigos, incluso menos que los de ahora, sabían que esa puntada redondeaba su poesía. No había podido abandonar su pueblo natal rodeado de montañas, era incapaz de apretar un gatillo contra algo que no fuera una palabra, de atravesar una frontera y olvidar sus cuadernos garabateados con su letra de niño donde ofrendaba toda su comarca por la restauración de una sola cimiente de la antigua Atenas. Renunciaba así a la poesía de la única manera posible.

Ha sido Rimbaud el niño terrible e indispensable en la poesía, asimismo han surgido toda clase de posturas sobre su vida adulta. Señor Rimbaud, le dice el poeta riosuceño, con tono amargo, dándole razón por sus decisiones en apariencia arbitrarias, y hay quienes le acusan de aburguesarse después de los 19 años, razón que le haría dejar de escribir. Sin embargo, el color y el alma de las palabras, la sublime ebriedad de la mística, la recurrente iluminación y, de algún modo, el desprecio por lo humano, son algunos de los fragmentos del legado de Rimbaud para la poesía que lo hacen imprescindible para celebrar la vida y pretender la muerte.

*Docente, director de la revista virtual www.literariedad.co

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