Imaginación al límite

La penúltima cinta del Studio Gihbli es una producción de Isao Takahata, uno de los cofundadores del estudio de animación, junto con Hayao Miyazaki.

‘El cuento de la princesa Kaguya es la penúltima producción del Studio Ghibli y la más reciente cinta dirigida por Isao Takahata, la otra gran cabeza de esta compañía de animación después de, claro Hayao Miyazaki. Todo esto, de entrada, dice ciertas cosas sobre la película.
 
Recuento rápido. En 1985, Miyazaki, junto con Takahata, fundaron esta compañía de animación. El estudio tiene hoy por lo menos 20 producciones en su haber, cuatro nominaciones en los premios Oscar (además de un triunfo), cuatro victorias como animación del año en el equivalente de estos premios en Japón; ocho de las 15 cintas de ánime más taquilleras en este país han sido películas de Studio Ghibli (una de éstas incluso superó a ‘Titanic’ en ingresos por venta de boletería). Lejos de las cifras también suceden cosas interesantes: una de las marcas con las que los japonesas se identifican más es esta empresa de cine, por encima de industrias como Toyota o Sony, por ejemplo.
 
El estudio de animación se encarga de producir, a mano, cintas que rayan en lo onírico, pero que aún retienen poderosas relaciones con el mundo real: fábulas acerca de la naturaleza, como ‘La princesa Mononoke’, cuentos sobre la avaricia, como ‘El viaje de Chiriro’, e incluso varias cintas en las que la guerra devora el encanto de la vida, esto en un país cuyo mayor fantasma, quizá, es la violencia a escala industrial.
 
‘El cuento de la princesa Kaguya’ es, a todas luces, una producción de Studio Gihbli en este sentido: la historia de una pequeña niña que brota del tronco de un bambú para crecer rápidamente y ser transformada por su padre en una princesa, una mujer noble. Esto prueba ser una especie de maldición, pues la joven nunca parece adaptarse a un estilo de vida que la alejó de las colinas, el pasto, los ríos, el bosque de bambú. En cierto sentido, esta puede ser una especie de fábula acerca de la búsqueda de la vida simple. No hay maldad aparente, ni villanos claros, apenas la pérdida y el dolor por un pasado que, quizá, jamás regrese.
 
El estilo de animación, sin embargo, difiere mucho de otras producciones de la compañía, principalmente de aquellas bajo la dirección de Miyazaki. Acá el trazo es más sutil, casi como si se tratara de un borrador, por ponerlo de cierta forma. Los colores se presentan en una gama de menor intensidad, sin el contraste que presentan los cuadros de ‘El increíble castillo vagabundo o ‘Ponyo’, por ejemplo. La acción sucede a un ritmo muy inferior al de cintas como ‘El viaje de Chihiro’: la historia se toma su tiempo para entegar los desarrollos y las curvas que cuentan el devenir de la princesa y su familia, adorable en su medida.
 
En su obsesión con una vida al interior de la nobleza, el padre de la princesa Kaguya intenta encontrarle un marido digno de la belleza de su hija (“su tesoro”, “su regalo”, la llama él): ministros de la corte y príncipes compiten por lograr su atención para fracasar miserablemente en el intento gracias a la avaricia propia de los hombres demasiado acostumbrados al dinero.
 
La cinta parte de una leyenda popular japonesa, ‘El cuento del cortador de bambú’, para dibujar un panorama en el que, sin mensajes claros ni pautas moralizantes, el espectador asiste a la fractura de un mundo a través de la sutileza en la historia y la belleza en el trazo de cada cuadro. Algo irreparable se quiebra en la vida de la princesa Kaguya. Pero no hay dolor ni demasiado llanto. Apenas se siente como la consecuencia natural (aunque surreal) para las elecciones que fueron tomando los personajes. Confuso para algunos, aburridor para otros, tal vez. Pero no por eso menos poderoso como ejercicio de imaginación y de realización.

 

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