La importancia de creer

El autor de ‘Gabriel García Márquez: una vida’ habló de su experiencia escribiendo acerca del Nobel colombiano después de ser uno de sus más fervorosos lectores.

Gerald Martin conversó con Óscar Collazos en el auditorio del Claustro de Santo Domingo, en Cartagena. / Cortesía Festival de Artes Escénicas del Caribe
Gerald Martin conversó con Óscar Collazos en el auditorio del Claustro de Santo Domingo, en Cartagena. / Cortesía Festival de Artes Escénicas del Caribe

De todos los escritores que conoce, Gabriel García Márquez es el más informal, el más sencillo. Eso dice un Gerald Martin cansado, con el rostro rojo y el pelo claro, después de haber dado una conferencia en el Claustro Santo Domingo de Cartagena. El rostro rojo por el calor, el pelo claro por su procedencia y la conferencia fue la que no dictó, después de haberla preparado.

Lo había hecho meticulosamente, como un buen inglés, pero tuvo que improvisar. “Fue Gloria Triana la que intuyó que la charla sería muy ‘paliducha’, como yo, y decidió poner a Óscar Collazos a conversar conmigo, para darle un poco de color”, afirmó antes de comenzar. Había venido a Cartagena a hablar sobre el realismo mágico en el Festival de Artes Escénicas del Caribe. Pudo haberse quedado un día, o dos, dictar la conferencia y devolverse a su tierra de frío y de rostros “blanquiñosos”, pero no. Se quedó 10 días. “Es que yo sólo existo cuando estoy en América Latina. Este es mi mundo”, dice, firme. “Yo sé que es pretencioso, que acá no vivo, que acá no gano mi dinero. Pero también es verdad que sólo vivo cuando estoy aquí”, reitera.

Porque para él y para lo que ha estudiado, que algo sea verdad o no resulta irrelevante. Lo importante es creer en su verdad. Él viene a Latinoamérica y se siente vivo. Eso resulta ser tan real como la ascensión de Remedios la Bella en Cien años de soledad. Si no se cree que es verdad, no existe y eso es claro. Gerald Martin creía. Creía en el Caribe, en Gabo y en el realismo mágico. Por eso estudió su obra y, por eso mismo, persistió durante 19 años para escribir su biografía, a pesar de haberle planteado un plazo de cuatro años a sus editores. “Yo posiblemente sea la única persona que cree lo que voy a decir, pero, ya que estamos aquí en la costa, tengo que aclarar que esto no es una presentación mamagallista. Yo sinceramente creo en lo que voy a decir”.

Y dijo, entonces, que el realismo mágico no empezó en los 60 con García Márquez, como muchos piensan, que empezó en los 20, con la vanguardia, y que no fue Gabo quien se lo inventó. “Creo que el realismo mágico ha existido desde que hubo literatura. Yo creo que La tempestad de Shakespeare es una obra mágico-realista, por ejemplo, y que Gauguin era un pintor en esta misma línea”. Eso es lo que él cree. Cree, también, que no toda la obra de García Márquez puede enmarcarse dentro de este género literario y que es una visión que no existe solamente en la literatura; ha partido, desde siempre, de un contraste entre dos visiones disímiles del mundo. Fueron los europeos los que vinieron a Latinoamérica y vieron que lo que ocurría acá no se parecía en nada a lo que ellos estaban acostumbrados. Eran la civilización y lo otro, tan distinto, era la barbarie. Todo les parecía extraño, mágico. Y era real.

“Nada como Cartagena; es como estar en un teatro todo el tiempo”, dice Martin, tranquilo, contento de estar sentado en medio del calor de la ciudad amurallada. El Caribe colombiano le produce felicidad. Surge, sin embargo, la pregunta: ¿de qué lado está? ¿Desde qué posición está observando ese teatro? “Siempre he estado desde el lado de la barbarie, estoy más contento con lo anárquico. Pero soy lo que soy, y no puedo controlar mi necesidad de organización”, afirma. Martin es londinense —se considera más londinense que inglés—, pero siempre ha estado en la mitad de dos culturas. Su padre era de Inglaterra, un hombre muy racional, y su madre era irlandesa; para los ingleses, un sinónimo de desorden, de borrachera, de barbarie. Era mestizo, pero inglés, en todo caso. Cuenta que siempre intentó alejarse de la vida que le había tocado vivir. Por eso, tal vez, su interés por el Caribe.

Así llegó a Gabo y a su literatura, y quiso escribir su biografía. Cuando comenzó, lo admiraba literariamente, pero de lejos, como personaje, le parecía arrogante y vanidoso. Pensó que nunca lo conocería y, cuando pudo hacerlo, cambió de opinión: lo vio como un personaje sofisticado, sutil e intuitivo. Con el pasar de los años, entre conversación y conversación, fue confirmando su primera impresión. Creyó en él como creyó en su literatura y aprendió, para retratarlo, más de la vida de García Márquez de lo que sabe de la suya propia.

“Todo escritor que se respete debería tener un biógrafo inglés”, dijo alguna vez el Nobel de Literatura, casi en broma, casi en serio. Porque es cierto que los ingleses tienen el talento para escribir biografías, reafirma Martin. Son fríos, pero también son sensibles y sofisticados. Ese carácter doble les ayuda mucho a la hora de escribir sobre otros y lo hacen desde afuera, nunca se adentran demasiado. O eso hace Martin, por lo menos: “Cuando veo que García Márquez está hablando con un presidente colombiano porque quiere convencerlo de ayudar a Cuba, eso lo digo. Pero lo que no digo es lo que siente él cuando está haciendo el amor con su esposa. Porque yo, sencillamente, no puedo saberlo”, afirma.

Muchos han discutido el hecho de que sea un extranjero el que escribiera una de las biografías más conocidas del Nobel colombiano y Gerald Martin es consciente de ello. Escucha a muchos decir “ese inglés no sabe, ese inglés no comprende”, y les da la razón: “No comprendo dos cosas”, dice, “no comprendo el Caribe, tampoco comprendo a García Márquez. ¿Quién comprende a otro ser humano?”.

Temas relacionados
últimas noticias

Escritor fantasma

En el Pacífico todos son músicos