La memoria

Ir más allá de las flores

El 8 de marzo, conocido como el Día de la Mujer.

Cortesía

Hoy es aquel día que se supone, debía ser destinado al reconocimiento político y de los derechos de la mujer; pero que desgraciadamente mutó, tal vez por el desconocimiento o indiferencia de muchos, a la fácil tarea repartir flores (¿será que como metáfora de “la belleza de la mujer”?), regalos costosos, o en desear un “feliz día” a todas las mujeres conocidas o, también y por qué no, a las desconocidas que se nos cruzan por la calle.

En fin, un día que fue fundamental para la mujer, se ha vuelto realmente banal. Mensajes de dudosa empoderación circulan por las redes, donde mujeres y hombres expresan su gratitud a la labor de las mujeres, a su belleza y su valentía, y ya está. Ningún cambio, ninguna modificación real en la sociedad. Ahora, solo es la suma de habladurías sin sentido, de mensajes efímeros, de manifestaciones sin teoría, de muchas palabras y poca acción.

Esto nos lleva a preguntarnos qué tan conveniente es que el Día de la Mujer se convierta en un “Día de….” más, otro de los muchos y tantos “días especiales” que hoy nos rodean; el Día de la Raza, el Día de la de la Tierra, el Día del Lenguaje, en fin, todos estas fechas que se refieren a temas que conllevan todo un trasfondo que los hace absolutamente fundamentale en la actualidad, pero que, sin duda, se han encasillado en 24 horas y esta reducción ilógica ha hecho que pierdan su sentido original. En el Día de la Tierra, por ejemplo, se hacen ciertas actividades de limpieza, de concientización, pero pasa el día y ahí se quedan; estos valores, prácticas y conciencia se desvanecen en el tiempo, no se implementan en la cotidianeidad de la sociedad. Con el Día de la Mujer pasa lo mismo, decimos respetarnos, valorarnos, decimos luchar por la igualdad de género, apreciar a nuestras mujeres, pero al amanecer del día siguiente pareciera que estos fueran discursos complacientes y efímeros.

Es por esto que cabe preguntarnos. ¿Hasta qué punto un día, tan solo un día, puede hablar de la historia, de las luchas detrás de este? ¿Cómo un día “avalado” por la ONU, como lo es este, puede definir a toda una totalidad? ¿No sería como igualar todos los movimientos y enmarcarlos, encasillarlos en solo una fecha? ¿No será contraproducente centrar la atención de un tema en solo un día, en 24 horas?

Y si se va a celebrar este día, o se va a centrar nuestra atención en la mujer, hay que dejar atrás las flores y los detalles, dejar de tomarlo como un día de consumo, de compras, dejar de halagar con obsequios; para, en cambio, volver a visualizar, recordar y valorar, todas esos movimientos de muchas mujeres valientes que, en definitiva, no lucharon para que se les asignara un día del año, sino que más allá de eso lograron cambios reales y tangibles en la actualidad.

Para comenzar a recordar, se debe saber que un 8 de marzo, como hoy, pero hace 110 años, un grupo de mujeres trabajadoras en una fábrica de textiles de Nueva York, inconformes con las graves condiciones laborales en las que vivían, buscaron formar una gran revuelta para exigir sus derechos laborales. Extensas jornadas de trabajo, sueldos mínimos, nula asistencia en salud, eran los factores comunes que tenían que aguantar estas mujeres. Por esto, buscaron hacer tal revuelta, que terminó en un desenlace desastroso. Al querer el dueño acabar con la huelga, cerraba con llave las puertas del lugar para que ninguna de estas pudiera salir a seguir con sus manifestaciones, pero un un enorme incendio se extendió por toda la fábrica, haciendo que casi 150 de las trabajadoras murieran bajo las llamas.

Desde ese fatídico 8 de marzo surgieron grandes movimientos, muchos de los cuales fueron guiados por mujeres socialistas que se manifestaban en Nueva York y Chicago y constituyeron el “primer Día de la Mujer”. Después de esto vinieron más huelgas, más luchas por la equidad de salarios, más manifestaciones por el sufragio femenino, más mujeres con conciencia y con convicción de lograr cambios tangibles en una sociedad que las subyugaba. Y estas tuvieron sus frutos, sus resultados, que constituyen en gran medida las posibilidades y las libertades de la mujer de hoy.

Conocer estas historias, entonces, daría cuenta de que este día destinado a la mujer no es poca cosa. Tiene tras de sí toda una historia que recordar, y hacerlo, podría acabar con el aspecto banal que lo impregna hoy en día. No es simplemente cuestión de complacencias, de conformarse con lo ya establecido, es cuestión de volver al pasado, de saber por qué  y a quiénes se les dedica tal día. Se trata de apreciarlo, apropiárselo y seguir el ejemplo de estas valientes mujeres. Es un día para hacer memoria, para valorar e inspirarse. Es un impulso, no una totalidad, es decir, son unas horas establecidas que deben derivar en cambios y acciones prolongadas. Luchas con fundamentos, como en su momento lo hizo Simone de Beauvoir, quien estudió a la mujer desde lo biológico a lo social y cultural, o como las grandes obras literarias que reflexionan sobre la mujer de Virgina Woolf. Volver a ellas es una forma de dejar atrás los odios, las amenazas, los estigmas que reinan en la cotidianidad de las mujeres, y en cambio, lograr cambios y grandes obras.

Ya es hora de dejar el espectacularismo, las convocatorias fugaces y pasajeras por las redes que no acaban en nada. Ya es hora de dejar atrás las manifestaciones vigentes por un solo día, ya es hora de dejar los odios y las justificaciones a medias. Es hora de que si las mujeres quieren emanciparse, y luchar (de verdad), lo hagan con criterio y valentía, haciendo grandes obras, actuando mucho y no solo hablando. Ya es hora de dejar el conformismo con acciones de antaño, ajenas de nuestros países latinoamericanos. Ya es hora de volver a ser valientes, organizadas y dejar de conformarnos con unas lindas flores rojas del Día de la Mujer, y convertirlo en principio de un largo proceso de liberaciones.