Literatura

Jaula de cristal

El escritor español Ray Loriga es el ganador del Premio Alfaguara 2017 con su novela “Rendición”. Presentamos una reseña del libro.

Con la novela “Rendición”, Ray Loriga obtuvo el Premio Alfaguara 2017, que consta de 175 mil dólares. / EFE

El paraíso es un lugar ajeno a la historia: en sus vastos terrenos, la consciencia individual desaparece y con ella, por supuesto, las preguntas, la curiosidad. Funciona con la eficiencia de las colmenas, con el implacable rigor de las manecillas de un reloj suizo.

El paraíso es una metrópoli transparente: todo es de todos y la alegría —una repulsiva alegría— hace contraer los rostros de sus habitantes en muecas similares a las sonrisas de los maniquíes. El Estado, el dinero, la privacidad, la aventura y el riesgo fueron allí reemplazados por el chantaje y el oropel. Nadie sabe a ciencia cierta nada: ni quién maneja los hilos del poder ni por qué diablos la gente no puede indignarse ante los ultrajes. Es el sinónimo perfecto del tedio: no hay rincones para tejer conspiraciones ni manera de huir de la condena de ser el mismo día a día.

En síntesis, el paraíso es el sitio en el cual la naturaleza humana pierde sustancia y sentido, como lo experimenta en carne propia el narrador protagonista de Rendición, la novela por la que el madrileño Ray Loriga obtuvo el Premio Alfaguara 2017 y se embolsilló la apetitosa suma de ciento setenta y cinco mil dólares.

Echando mano de los mecanismos escriturales de la distopía, Loriga relata la caída libre de una familia campesina, sometida a las vejaciones y penurias de una larga guerra.

La acción dramática ocurre en un futuro cercano: naciones limítrofes se despedazan por razones desconocidas. Quizá por las de siempre: cuestiones de tierra, apetito de recursos naturales, choques de ideologías, culturas y religiones. Para el caso, da igual. Acorralados por la carestía, el narrador protagonista y su cónyuge pasan el tiempo riendo con desgana de las comedias vistas mil veces en la tele.

Con dos hijos en el fango de las trincheras, la pareja está, de momento, fuera del radar de los soplones por lo que puede permitirse una pequeña licencia ante el régimen marcial: esconder en su vivienda a Julio, un niño mudo. Este crío, junto a Augusto y Pablo —los vástagos del aludido matrimonio— son los únicos personajes de la trama en ser distinguidos con nombres. El resto forma una variopinta comparsa de sombras.

El decreto de viajar a la ciudad transparente le pone fin a un ancestral sistema de valores: las casas deben ser arrasadas por el fuego y los oficios del campo, olvidados. Al parecer, no importa el tamaño del sacrificio: la vida en la ciudad de la utopía lo vuelve minúsculo. Y, al principio, en efecto así es. El hambre, la delincuencia, los olores no tienen cabida en la geografía de la urbe de cristal. La libertad y la verdad, tampoco.

En un abrir y cerrar de ojos, el narrador se da de frente con los hechos: el paraíso es un colorido campo carcelario donde cada preso oficia de guardia del vecino. La paga para los inadaptados es la locura, un tiro a quemarropa o ser colgados de los postes de luz. Las dictaduras, se sabe, naturalizan el horror con la coartada de erradicar la incertidumbre.

Como antes lo hicieron George Orwell, Arthur Koestler, William Golding, José Saramago, los hermanos Wachowski y Michel Houellebecq, Ray Loriga escribió una fábula capaz de prender de nuevo las alarmas frente a las bondades de los paraísos de cucaña —para usar la feliz frase de Estanislao Zuleta— prometidos por los radicalismos rococó.

Las sociedades arcádicas, sin clases ni conflictos sociales no solo no existen ni existirán: también han sido el pretexto ideal de los salvajismos judeocristiano, islámico, neoliberal y marxista.

Por fortuna, las películas y las novelas distópicas se encargan de darnos, con frecuencia, duchas de escepticismo.

 

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