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Jidi Majia: La palabra como oráculo

En las montañas de Daliang, al sur de la provincia de Sichuan, que es conocida por ser territorio de los pandas, por sus grandes reservas naturales, y por estar ubicada en la parte superior del Yangtsé, el río más largo del mundo, nació Jidi Majia, poeta de la etnia yi, uno de los grupos étnicos minoritarios más grandes en China y con un sistema de escritura propio:  el Nuosu, considerado como uno de los lenguajes más antiguos en el país y perteneciente a la familia lingüística tibetano-birmana.

Jidi Majia, poeta de la etnia yi, uno de los grupos étnicos minoritarios más grandes en China. Cortesía

Jidi Majia ha publicado más de veinte libros de poesía y es presidente de la Asociación de literatura de Minorías de China y vicepresidente de China Poetry Association.

La mayor parte de los yi se concentra en las montañas de Yunnan, consideran el alma como una araña que yace en la superficie exterior del cuerpo humano y poseen casas construidas en madera, tierra y bambú, que, también, al estilo de una telaraña, son susceptibles de convertirse en lugar de pastoreo y agricultura. Su mito de creación se centra en el elemento agua; fue en ella donde se originó una criatura llamada Ni, que a su vez empezó a engendrar las diversas formas de vida.  Su sistema social original distingue castas y clanes, y queman a sus muertos para que no regresen los fantasmas, tradición que a veces ha terminado siendo asimilada por los han que viven entre ellos. Aun hoy en día, los yi celebran el festival de las antorchas en honor al dios del fuego, que, si bien también se celebra en otros grupos étnicos, posee variaciones en cuánto a su leyenda fundadora. Aparte del fuego, se encuentran los dioses de los valles, las rocas y los ríos.

Ese universo yi de bosques, montañas y fuego sagrado es consignado por Jidi Majia en su poemario Palabras de fuego, traducido al español.  Por su tono melancólico, a veces recuerda la poesía china antigua de la dinastía Tang, pero la nostalgia ya no existe tanto con respecto a la geografía sino a los símbolos de lo perdido y olvidado y a un imaginario que desaparece bajo el ruido de la modernidad. Como otros poetas contemporáneos chinos, retrata el desprendimiento de las raíces y la llegada de lo incierto,  un punto donde hay que volver a rescatar ese mundo aparentemente inservible pero que es al mismo tiempo,  el germen del  ser humano contemporáneo, así su forma de vida actual lo aleje de esos lazos: “Los proverbios y refranes se han deslizado hasta la tierra/ sin hacer eco nunca en el mundo real/ Me conmociona que la realidad haya muerto/ para estas sombras, y sin embargo, / el tiempo sigue transcurriendo/ en su reino sagrado/ su reino alterno”. La necesidad propia de lo yi de continuar y homenajear el legado de los ancestros, se refleja para el poeta en la palabra. Como un oráculo, convoca y nombra los colores de los yi, la voz del bimo, el trigo sarraceno, el color de la piel de una tribu, la convivencia con una antigua niñera de la etnia han y el árbol Bodhi que reúne a los amantes bajo su sombra: “Deja que cada palabra que yo escriba, cada canción que yo cante/ preste su voz más auténtica al espíritu de este suelo”

Pero Jidi Majia no se queda solo en la hondura de sus raíces, sino que indaga en lugares, parajes y personajes que parece reconocer como propios. Evoca a las alpacas, a la abuela Rossa, último miembro de la tribu Kawéskar de la Patagonia chilena, las cordilleras de los Andes y llora por Mandela y por poetas y personajes cuya experiencia vital se ha fracturado y a la vez enriquecido por el exilio y las condenas. Homenajes a Czesław Miłosz, Aimé Césaire, Desanka Maksimovi, Tomás Venclova, entre otros, no se muestran desarticulados del rescate de las tradiciones étnicas de los yi, sino más bien una prolongación donde la compasión y la palabra como expresión de la lengua materna desbordan los límites de la separación con la tierra natal. Jidi Majia entabla un diálogo con aquellos cuya visión es espejo de su propia necesidad de clamar por la desaparición de valores, tradiciones y costumbres: “Perdóname, me doy cuenta ahora, de pie, ante mis ancestros fallecidos, que nuestra sensatez y conocimientos han dado un paso atrás, y que nuestros sueños/ se han esfumado en el cielo de la llamada civilización/ El idioma de Biashillaze está a punto de morir/en una temporada de hormigón y acero”.

Sin embargo, la necesidad de expresar la angustia de esa repentina ruptura con el pasado ya no es solo de su etnia sino un llamado universal a la paz y al cuidado de la naturaleza; muy ligado esto último a las expresiones que posee el nuosu para el cuidado y protección de los recursos por parte del grupo étnico como búsqueda de preservación y continuación del legado familiar. Parece surgir entonces la pulsión de volver a traer aquello de lo tradicional que permitirá a las personas entenderse mejor, ya sea en China o en cualquier lugar del mundo: “Escribo poemas porque quiero decirme a mí mismo/ y a los demás que la vida es muy corta/Escribo poemas porque Colombia tiene un hombre llamado García Márquez; Chile un hombre llamado Pablo Neruda…” De esta manera Jidi Majia, que estuvo en Colombia en el Festival de Poesía de Medellín 2011, traspasa las fronteras de lo meramente chino para hablar de los anhelos actuales del mundo.  

Jidi Majia, Palabras de fuego, Valparaíso ediciones, 2015, 301 páginas, ISBN 9788494415852

Este texto fue publicado originalmente en la Revista de Amigos de China, Edición 16 (Asociación de amistad Colombo China). 

 

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Lina Huang

Cultura

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