John Hersey, ¿El padre del Nuevo Periodismo?

A propósito de los 20 años de la muerte del periodista rememoramos el recuento de las consecuencias de la bomba atómica lanzada en Japón en 1945, recogido un año después por Hersey en 'Hiroshima'.

John Hersey. /123rf
John Hersey. /123rf

John Hersey solía, durante las clases individuales que impartía a sus estudiantes en Yale, escribir notas al margen de las páginas que le presentaban. Discutía posibles yerros —en ese entonces, mitades de los setenta, Hersey era profesor de ficción— y sugería ciertos cambios. Luego, cuando terminaba la charla, borraba las notas al margen. Decía —desde que había escrito Hiroshima en 1946 para la revista The New Yorker— que los datos superficiales, los meros datos, eran olvidados en breve. En cambio, las emociones, las imágenes, la personalidad y las impresiones se grababan de verdad en la memoria. Quizá por ello borraba las notas: porque si no estaban escritas en la memoria y en la sensibilidad, no servirían jamás de nada.

Hersey formuló ese concepto apenas después de la publicación de Hiroshima —en un solo número de la revista—, cuyos ejemplares se agotaron en pocas horas. El texto fue comentado por The New York Times y The New Republic; la gente hablaba de él en las calles; los ejemplares, que de costumbre costaban quince centavos, fueron revendidos por US$15; Albert Einstein pidió mil copias del texto, que no fueron impresas. Era una sorpresa encontrar un texto que se fijara en las consecuencias humanas de la bomba atómica, aunque pareciera obvio dicho enfoque. Había sido esa la preocupación de los editores de The New Yorker, entre ellos Harold Ross y William Shaw; fue éste último quien sugirió a Hersey que investigara la afectación de la bomba en las vidas de los japoneses.

Por ese tiempo, Hersey era reportero de Time y Life y había cubierto la guerra en el frente Pacífico de Estados Unidos; un año atrás había ganado el Premio Pulitzer de novela por A Bell for Adano. Hersey, que estaba en Shanghái como corresponsal, aceptó el trato y se trasladó tres semanas a Japón. Entrevistó a más de una treintena de personas que sobrevivieron a la explosión inicial de la bomba atómica; merced a un texto que había publicado un jesuita, también sobreviviente, Hersey contactó a otros hibakushas —el término japonés que se utilizó para referirse a quienes habían salvado su pellejo—.

Volvió a Estados Unidos y escribió. Fueron 150 páginas mecanografiadas las que entregó Hersey a los editores de The New Yorker. ¿Cómo iban a publicar semejante texto? Lo revisaron y se mostraron sorprendidos por los detalles, por la exactitud, por la falta de moralismos y sensiblería. Ross tuvo algunas sugerencias sobre la forma —el texto relataba, de forma simultánea, la historia de seis hibakushas, con copiosos detalles sobre su vida y lo que hacían en el momento en que cayó la bomba—; Shawn estaba por completo impresionado. Hersey recibió las correcciones y el 31 de agosto de 1946, en un solo número de la revista —algo que jamás había sucedido—, la crónica fue publicada.

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Es común que los periodistas confundan narración con mera belleza en la forma, o poesía con estilo. Por ello sendas crónicas se ven perjudicadas por una pésima escritura, que pretende ser grandiosa y sublime y, a causa de semejante pretensión, se desvanece. Los comentarios sobre el trabajo de Hersey —nacido en Tientsin, China, en 1914— son por completo contrarios a esa premisa; se podría decir, incluso, que además de destacarlo como uno de los libros esenciales del periodismo, Hiroshima es calificado también como uno de los más secos y directos.
En ese sentido lo trata el escritor Juan Gabriel Vásquez, que es el traductor de la obra al español para la editorial DeBolsillo. "Se trata de un libro distante y frío —escribió Vásquez en la revista Letras Libres en diciembre de 2003—, y traducirlo al español, que es por naturaleza y por música solemne y cálido, equivale a falsear algo en el texto. Tan importantes son la distancia y la frialdad en Hiroshima, que Gore Vidal —estilista de mucho interés; autor de novelas de más bien poco— solía lapidar a Hersey con el argumento de que sus artículos enseñaban sólo el cómo de las cosas, nunca el por qué".

Quizá ese debate no lo dio Hersey por el mero hecho de que no era un analista político, ni un internacionalista, ni —por lo menos en ese entonces, lo sería después— un infatigable activista antinuclear: Hersey era, en esencia, un periodista. No por ello, sin embargo, dejó de ser criticado. La escritora estadounidense Mary McCarthy escribió en la revista Politics en noviembre de 1946: "Antes del 31 de agosto (de 1946, cuando fue publicada la crónica), nadie osaba pensar en Hiroshima. Todos creíamos que era un gran vacío en la historia de la humanidad. El señor Hersey ha llenado ese vacío (…) lo ha hecho familiar y cómodo y de ese modo, en últimas, aburrido". Para McCarthy, el texto de Hersey se quedaba a medias porque sólo hacía justicia a una parte del hecho —los sobrevivientes—, mientras que dejaba de lado el contexto general de la explosión.

De cualquier modo, el retrato de Hersey era parte de una tradición periodística estadounidense ligada más a los hechos, a la mera descripción de ellos, que a su propio juzgamiento. Había heredado el oficio del New York Times y de las revistas Life y Time, que eran magazines muy distintos a propuestas más amplias como The New Yorker. La misma revista que publicaría casi veinte años después A sangre fría de Truman Capote, fue la plataforma ideal para que Hersey se convirtiera en el supuesto fundador del Nuevo Periodismo, como desde hace años reclaman miembros de la academia, los medios y la literatura.

Quizá es el estilo de Hersey uno de los más serenos, claros y contenidos, como registró su obituario en la revista The New Yorker. Quizá sea Hiroshima no sólo un trabajo carente de moralismos —o de un tono moral—, sino también un libro que quebró la tradición periodística en dos. ¿Por qué? Primero, Hersey publicó la crónica en libro poco después de que la revista fuera impresa, lo que abriría un vínculo directo entre el mercado editorial y el periodismo narrativo —en ese tiempo sólo periodismo, sin el apellido “narrativo”—. No hay que olvidar la explosión, en los años sesenta, de los libros de periodismo de no ficción escritos por Tom Wolfe, Truman Capote y Hunter Thompson.

Segundo, la crónica de Hersey fue tal vez uno de los primeros con tal extensión, pues hasta entonces —y hasta ahora— ninguna revista se había arriesgado a publicar un texto de esa suerte en una sola edición. Y, por último, su tono y la escogencia de una tercera persona nada involucrada con los hechos que cuenta, le permitió ser exacto y descriptivo hasta la médula, un valor que siempre agradecerá el buen periodismo.

Es innegable, pues, que el trabajo de Hersey tuvo fuertes repercusiones en el oficio periodístico de Estados Unidos y, por extensión, del latinoamericano. Sólo quince años después comenzarían a publicar los llamados periodistas narrativos, aquellos que hacían parte del Nuevo Periodismo —liderado y creado por Tom Wolfe—. Estos habrían de criticar el trabajo de Hersey, que para ese momento se dedicaba a escribir ficción. Cuando Truman Capote lo calificó de “mecanógrafo” se refería a que Hersey era apenas un periodista que pasaba datos, que describía, que no descubría nada.

Hersey, por el contrario, se fijaba menos en la forma y más en el fondo. Por eso, cuando explotó la escuela de nuevos periodistas, dudaba de que los hechos hubieran sido investigados de modo riguroso y de la veracidad de los hechos que retrataban. El objetivo de Hersey al escribir Hiroshima, del que dio testimonio luego de su publicación, era desaparecer por completo como narrador. "El estilo plano fue deliberado —escribió Hersey al historiador Paul Boyer en una misiva, 40 años después de la publicación de Hiroshima— y todavía pienso que fue correcto adoptar ese estilo. Una forma literaria demasiado pretenciosa o una muestra de pasión me habrían introducido en la historia como un mediador. Yo quería eludir aquella mediación, para que de ese modo la experiencia del lector fuera lo más directa posible".

Entonces, si Truman Capote —criticado por haber errado en determinados detalles cuando realizó la reportería para A sangre fría— estuviera vivo valdría preguntarle: ¿la forma tendría que predominar sobre el fondo? ¿Se puede escribir literatura sin florituras, con aparente sequedad pero profundidad? ¿O el llamado periodismo literario sólo busca la preciosidad de la forma y prescinde de los medios y la investigación con verdadero peso?

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"Allí, en una fábrica de estaño, en el primer momento de la era atómica, un ser humano fue aplastado por libros", escribe Hersey en la última frase del primer capítulo de Hiroshima. La oración no tiene ningún adjetivo, no hace ningún juicio. Este es uno de esos casos excepcionales en que los hechos bastan por sí mismos para convertirse en juicios. Hersey une la mera explosión con el avance intelectual humano y lanza, con toda la conciencia necesaria, una crítica directa al ataque con la bomba atómica.

Ese nivel de reflexión, que parece obvio, es difícil de construir. Y en ese tono se desarrolla la obra: gracias a la descripción rasa —como en el momento en que Hersey detalla las sombras que quedaron en las paredes de las personas que fueron arrasadas por la explosión—, Hersey se apega a los hechos y, al mismo tiempo, resalta una crítica moral sin necesidad de caer en juicios gratuitos o en el panfleto. Hersey no negaba la utilización de elementos de la ficción en sus relatos; negaba, en cierto modo, que la forma de un texto periodístico prescindiera de una profunda investigación.

Quienes hoy reclaman la paternidad de Hersey sobre el Nuevo Periodismo, entonces, no estarían tan equivocados. Sin embargo, además de las preguntas formuladas atrás, hay otras inquisiciones que habría que resolver. ¿No estaba acaso Hersey haciendo su trabajo y eso es todo? ¿Un estilo seco vuelve a un texto poco narrativo? ¿Habría que enmarcar a Hersey como el padre del Nuevo Periodismo? ¿Es en realidad necesario darle ese puesto? El impacto real de la crónica de Hersey habla por sí mismo: al descubrir las consecuencias humanas, el Gobierno de Estados Unidos quedó por completo desnudo. ¿No es suficiente mérito el hecho de que Hersey revelara una realidad que parecía vetada para los medios de comunicación en ese país?

Lo que vino después de la publicación de Hiroshima, además de las lecturas enteras del texto en radio y una primera edición del libro en el Club Mensual del Libro —que no fue comercializada—, fue la respuesta del Gobierno sobre sus razones para lanzar la bomba atómica, publicada en la revista Harper's en febrero de 1947. Como cuenta Juan Gabriel Vásquez, fueron en resumen tres: la bomba servía para que el emperador Hirohito se rindiera sin condiciones, para que la guerra no se prolongara y, en consecuencia, para salvar miles de vidas de soldados estadounidenses. Pero el texto ya estaba escrito y ya estaba marcado en la historia, y en la memoria de los lectores, que los hechos en Hiroshima y Nagasaki no fueron una simple agresión: fueron ataques que partieron en dos el modo en que se jugaba a la guerra.

Quizá a esa marca en la memoria se refería Hersey. Y por eso también habría de recordarlo tanto en el último capítulo de Hiroshima, que fue publicado 40 años después de la crónica original. Hersey volvió a Japón y buscó a los mismos seis sobrevivientes. De ese modo relató las consecuencias a largo plazo de la bomba atómica: enfermedades, deformidades, tristezas. A su manera, los seis sobrevivientes también habían muerto. Así, el reverendo Kiyoshi Tanimoto, uno de los hibakushas, superó los 70 años viviendo en una casa “acogedora, pequeña”, sin preocuparse mucho de nada, viviendo lo que le quedaba de vida. “Su memoria —escribe Hersey en referencia a Tanimoto—, como la del mundo, se estaba volviendo selectiva”.
 

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