John Lurie, del jazz neoyorquino de los 70 a pintor de acuarelas en el Caribe

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Miembro de la escena contracultural neoyorquina de los 70 y 80, John Lurie lleva 20 años viviendo en una isla del Caribe dedicado a la pintura. Allí ha rodado la serie documental “Painting with John”, que estrena este viernes HBO y en la que comparte con humor técnicas artísticas y reflexiones de la vida.

Lurie es conocido por haber fundado a finales de los 70, con su hermano Evan al piano y él al saxofón -devotos de John Coltrane según cuenta en el documental-, el grupo The Lounge Lizards, quintaesencia de lo ‘cool’, que fusionó jazz de vanguardia con toques de punk-rock.

También ha compuesto bandas sonoras para Steve Buscemi, Paul Auster o Jim Jarmusch, con quien además se puso delante de la cámara para protagonizar títulos como “Stranger than Paradise” (1984) o “Down by Law” (1986) y ha actuado en películas de otros colegas como David Lynch (“Wild at Heart”), Martin Scorsese (“The Last Temptation of Christ”) o Wim Wenders (“París, Texas”).

Algunos de esos amigos ilustres colaboraron como invitados en su primera incursión televisiva, hace ya tres décadas, una hilarante serie llamada “Fishing with John” en la que, sin saber absolutamente nada sobre pesca, se embarcaba con ellos -aparentemente sin guion- a los más exóticos mares en busca de diversas especies.

Lurie pescaba tiburones con Jarmusch en Long Island, viajaba junto a Willem Dafoe al norte de Maine; a Costa Rica con Matt Dillon, a Jamaica con Tom Waits, y trataba de buscar al evasivo calamar gigante en los mares de Tailandia en compañía de Dennis Hopper.

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Con el cambio de siglo le diagnosticaron una rara enfermedad crónica -Lyme- que le obligó a dejar la música. Eso y un no menos extraño caso de acoso de su examigo el pintor John Perry, según publicó en su día New Yorker, le llevaron a mudarse a una isla caribeña que prefiere no identificar.

Desde allí ha escrito y dirigido “Painting with John”, seis capítulos de unos 20 minutos cada uno que invitan al espectador a quedarse absorto contemplando la magia de su pincel -cada episodio corresponde a un cuadro-, mientras Lurie evoca pasajes de su vida.

Aquella vez que pasó tres horas metido en un armario consumiendo cocaína con el músico Rick James y con Steve Rubell, copropietario del Studio 54; cuando conoció a Barry White y el efecto físico que le produjo su voz, o cuando se prendió fuego y terminó corriendo por una colina desnudo con un machete en la mano.

También cuenta “cosas” que ha aprendido de la vida. Por ejemplo, que no es cierto que todo el mundo pueda pintar. Dice Lurie que entre los 3 y los 7 años todos somos artistas, pero después, si no se alimenta esa capacidad, se pierde, que es lo más común.

Él demuestra no haber desconectado con ese niño interior cuando se pasea por su jardín haciendo el elefante con una rama de un árbol a modo de trompa, o cuando se dedica a lanzar neumáticos cuesta abajo. “Es importante hacer algo divertido cada día”, subraya.

Vestido con un pantalón corto de chándal, zapatillas y una camisa por fuera, habla a cámara de lo difícil que es hablar a cámara, o de que pintar es para él un acto de obstinación. “Pinto con la intuición, no sé como se enseña eso, no sé lo que estoy haciendo pero sigo por cabezonería hasta conseguir algo bueno”.

Las coloridas acuarelas de Lurie se expusieron por primera vez en 2004 en la galería Anton Kern de Nueva York y desde entonces han recorrido el mundo, desde el Museo de Bellas Artes de Montreal, al Museo de Arte Moderno de Luxemburgo o el Museo Watari de Tokyo y el MOMA de Nueva York ha adquirido su obra para su colección permanente.

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