Jorge Gómez Jiménez y su tierra de letras

El escritor venezolano Jorge Gómez Jiménez (Cagua, Aragua, 1971) edita desde el año 1996 en la web la revista literaria Letralia, Tierra de Letras.

Es la revista de los escritores latinoamericanos para el mundo. A lo largo de este tiempo se convirtió en una de las revistas en Internet con importantes reconocimientos internacionales. El camino no ha sido fácil ya que desde sus inicios Letralia es la tierra visible de cientos de escritores desconocidos o que se están iniciando. Entrar hoy a ella es hacer un rastreo de lo nuevo de la literatura en América Latina. La página recibe una media de 110.000 visitas al mes y las personas que entran a la web en ese período ven unas 500.000 páginas. El hecho de mantenerse activa tantos años en un escenario difícil como el de las publicaciones culturales, es ya meritorio.

¿Cómo fue crear una página web dedicada exclusivamente a la literatura en 1996 cuando era incipiente la vida en la red?

Uno a los 25 años no está muy consciente de ciertas cosas, no se levanta uno una mañana y dice: Voy a crear la primera revista literaria venezolana en Internet. No, más bien la creación de Letralia era no más que el curso natural de un interés que tuve desde siempre por difundir las letras de absolutos desconocidos, de autores que no formaban parte de ese mundillo que uno veía en los grandes medios o en la televisión recibiendo el aplauso general. Venía de algunas experiencias similares en el ámbito impreso, suplementos en medios locales en los que con varios amigos de la Peña Literaria Cahuakao (Cahuakao es el nombre de un riachuelo alrededor del cual se establecieron los indígenas que habitaban el área donde posteriormente se asentaría Cagua, la ciudad donde nací) difundíamos nuestros trabajos y nos relacionábamos con grupos similares de otras partes de Venezuela.

Mi madre es educadora, mi padre era periodista —murió en 1982— y crecí en un entorno lleno de libros y de periódicos, incluyendo un periódico semanal, El Tabloide, que editaba mi padre y que años después llegué a dirigir. De manera que cuando, en 1995, tuve mi primer contacto con Internet, me di cuenta de que estaba ante el medio perfecto, el que proveía de la mayor difusión posible con los recursos más básicos.

A principios de 1996 comencé a trabajar en esa idea. Por pura intuición me dispuse a crear Letralia aplicando todo lo que sabía sobre la creación de una revista impresa. Quería concebir una publicación que fuera entendida como un territorio fértil para el crecimiento de las letras. ¿Cómo la iba a llamar? Lo primero que se me vino a la mente fue Letralandia, pero deseché la idea por considerarla poco seria dado que esa era la terminación de nombres como Disneylandia, por ejemplo. Entonces recordé algo que había leído sobre la etimología de Italia, nombre que evolucionó del término vidalia, compuesto por la raíz vid y la terminación alia, territorio donde crece o se produce algún rubro, en este caso la vid. En el territorio que quería fundar se producirían las letras, así que el nombre de mi revista sería Letralia. Diseñé un logotipo muy esencial con caracteres Ascii, una letra ele enorme hecha solo con virgulillas, que es el signo ~ que corona la letra eñe y que tiene tanto sentido para nosotros los hablantes de nuestra lengua. Pero el logotipo con el nombre al lado lucía algo pobre y se me ocurrió incorporar una breve sentencia que explicaría el concepto: Tierra de Letras.

En febrero o marzo empecé a hacer pública su aparición. En aquella época la web no estaba tan desarrollada y muchos de los usuarios de Internet —yo entre ellos— carecíamos de acceso a ella. Mi conexión a la red era sólo por correo electrónico. Así que hice circular esos anuncios por las listas de correo, que eran exactamente lo que después Yahoo y Google renombraron como “grupos”: espacios donde la gente comparte información, opiniones y otros contenidos valiéndose del correo electrónico.

El 16 de mayo yo cumpliría 25 años, y un moroso sentido de la cábala me indicó que la fecha para lanzar la primera edición sería el lunes siguiente: el 20 de mayo de 1996.

Los anuncios tuvieron un éxito más bien tímido y esa primera edición llegó sólo a doce suscriptores. Pero la aparición de la revista parece que le dio a mucha gente la certeza de que la cosa estaba andando, y para la segunda edición ya eran 76.

En aquella época no era como ahora, que puedes enviar un correo a decenas de personas: había que hacerlo un correo a la vez, y los 76 “ejemplares” de esa segunda edición tardaron más de cuarenta minutos en salir. Cuarenta minutos conectados a la línea telefónica a un número de Caracas, a cien kilómetros de mi casa —no había cómo conectarse a Internet en Cagua—, que por supuesto salieron en una millonada. Mi mamá me iba a matar (creo que literalmente).

Para la tercera edición pensé que tendría que abandonar. Se acercaba la fecha y ya la lista de suscriptores rozaba los doscientos. Me ayudó la suerte: un buen día me encontré con un correo de Jesús Sanz de las Heras, que dirigía los servicios de correo electrónico de RedIris, la entidad que coordina la conexión a Internet de las universidades y otros centros académicos españoles. Sanz había visto esas dos primeras ediciones de Letralia y me hizo la propuesta que salvó a la revista: crear una lista de correo automática, de manera que en lugar de enviar dos centenares de correos individuales tendría que enviar sólo uno al servidor de RedIris, el cual se encargaría de distribuirlos a los suscriptores. La única condición era extender el ámbito de la revista, pues el servicio de RedIris era para todos los países de habla hispana y no aprobarían su empleo para una publicación sólo de autores de Venezuela. La lista en RedIris estuvo activa varios años y llegó a acumular unos mil suscriptores. Fue así como Letralia tomó su forma definitiva como la revista de los escritores de habla hispana.

Este reto exige conocer las tendencias de la vida virtual. Hoy Letralia tiene cientos de miles seguidores. ¿Cuáles fueron los recursos con los que emprendió este sueño?

En los primeros años contaba sólo con dos computadoras, una en casa y otra en la empresa editorial de la familia —la misma empresa que hasta 1992 editó El Tabloide—, y la línea telefónica sufragada por nosotros mismos y que terminamos perdiendo por los cuentones que se fueron acumulando de manera inmisericorde. Tenía un consejo editorial de puros amigos con quienes me reunía en la empresa. Tenía que imprimirles los materiales que me enviaban autores de todo el mundo, pues ninguno de ellos tenía computadora, así que esto pronto se fue convirtiendo en un trabajo oneroso y complicado. Poco después adopté la modalidad del consejo editorial formado por personas con las que había ido estableciendo relaciones por Internet, y a quienes les reenviaba los textos para que tomaran las decisiones correspondientes. Ese es el sistema que he usado hasta ahora.

A cumplir sus primeros 20 años Letralia es un ejemplo de tesón y de promoción de muchísimos autores desconocidos o, en ciernes, en América Latina donde iniciativas anteriores fracasaron. ¿Cómo se financia esta revista en medio de la crisis actual?

Los únicos gastos que podemos permitirnos son los pagos del hospedaje —el espacio en la web para los archivos que componen la revista— y del dominio, que no es otra cosa que la propiedad del nombre letralia.com. Para esto conté durante más de tres lustros con la invaluable ayuda de Daniel Ginerman, un periodista uruguayo que en 1999 registró el dominio y adquirió el hospedaje para que Letralia tuviera su espacio propio. En 2015 ya Letralia disponía de recursos para encargarse de estos gastos y Ginerman me pasó el testigo. En la actualidad la revista se sostiene gracias en parte a la publicidad, pero también al aporte que de forma desinteresada hacen algunos particulares que valoran nuestro trabajo.

¿Cuántos lectores tiene cautivos?

No hay una manera precisa de saberlo. Unos números quizás podrían iluminar al respecto: hay más de 40.000 seguidores en Twitter, unos 10.000 en Facebook y unos 10.000 suscriptores por correo electrónico. La página recibe una media de 110.000 visitas al mes y las personas que entran a la web en ese período ven unas 500.000 páginas.

La revista se ha convertido en el archivo de miles de autores hispanoamericanos de autores desconocidos. ¿Con cuántos colaboradores cuenta?

Letralia no dispone de un personal en el sentido estricto de la palabra. El trabajo de diseño y edición recae sólo en mí; además me encargo de gestionar el correo electrónico, responder a los autores que quieren publicar en la revista o que se acercan para hacer alguna consulta, y también de reenviar los textos a quienes conforman el consejo editorial para que seleccionen lo que se publicará. Pero el consejo editorial tiene una estructura muy flexible, no todos sus miembros trabajan todo el tiempo ni revisan todo el material. Tengo colaboradores para cosas específicas, por ejemplo, para traducciones; hay dos personas que han desarrollado un buen trabajo descubriendo autores valiosos en poesía y narrativa; hay varios periodistas que nos envían regularmente entrevistas a escritores diversos... Están también cinco personas —incluyéndome— al frente de la entidad jurídica que creamos para los aspectos formales. Y han publicado sus textos con nosotros alrededor de tres mil autores, la mayoría de países de habla hispana pero también gente de otros ámbitos —Francia, Australia, Rumania, Cabo Verde, por ejemplo— que escribe en español.

La revista también publica libros digitales de autores de mucha calidad. ¿Qué retos afronta esta decisión?

El principal reto en este sentido es el tiempo y el esfuerzo que hay que dedicarle a un libro. Publicar un libro digital implica un trabajo de edición, y mi formación en el medio impreso me ha dado la convicción de que el libro tiene que ser un objeto bello, querible y funcional, incluso en este caso en que no hay papel que lo sustente. Así que hay que leer los libros para seleccionar lo que se publica, realizar un trabajo de edición que pasa por limpiarlo de los problemas de ortografía y gramática que pueda tener el libro original y que termina en la adecuación al formato y el diseño final. Y después de publicar cada libro nos encargamos de hacer la promoción correspondiente en medios digitales e impresos.

¿Qué retos vienen?

El principal reto, y que por otro lado es un reto permanente, es el financiamiento no sólo para mantener el proyecto, sino también para que éste crezca. Nos gustaría por ejemplo contar con recursos para contratar a un periodista que se encargue de las noticias, a un corrector para depurar el contenido y a alguien que gestione el servidor, actividades que siempre he desarrollado personalmente. Aparte de esto la naturaleza misma de la revista es un reto, pues el medio digital es cambiante y publicaciones como Letralia tienen que adaptarse constantemente.