Historias de Vida

“Mi palabra favorita es la tolerancia”: Jorge Ramírez Vallejo

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Presentamos a Jorge Ramírez Vallejo en la serie Historias de Vida, creada y escrita por Isabel López Giraldo para El Espectador.

Jorge Ramírez Vallejo ha sido una persona inquieta intelectualmente a lo largo de su vida. Siempre se ha preguntado cosas. Tener muchas más preguntas que respuestas forma parte de su vocación de académico. Se considera muy afortunado. Así lo reconoce cuando observa a su familia. Si algo lo describe es el proceso de búsqueda de respuestas, así que interesarlo en las preguntas de este escrito será todo un reto.

Mi camino de vida empieza en Pereira con una familia tradicional. Mi papá, Javier Ramírez Villegas, médico egresado de la facultad de medicina de la Universidad de Buenos Aires en Argentina y especialista en medicina interna, tras sus estudios en Estados Unidos. Mi mamá, Amparo Vallejo, ama de casa con estudios universitarios en California. Padres maravillosos a quienes les agradezco en el alma toda su dedicación y orientación.

Tuvimos la oportunidad de vivir en el exterior en familia cuando éramos muy pequeños lo que representó para mis papás un doble esfuerzo por un período de dos años. Para ese momento éramos mi hermano Eduardo, quien hoy es médico cardiólogo, y yo. Al regreso al país se consolida la familia con la llegada de nuestra única y bella hermana, Catalina. Ella ha ocupado cargos de mucha importancia: fue secretaria de Cultura del distrito y gerente de empresas importantes del sector financiero. Unos años después, nace nuestro hermano menor, Andrés, quien es consultor experto en asuntos financieros.

Por el lado paterno, mis abuelos fueron Lucrecia Villegas y Ernesto Ramírez que llegaron a Pereira de Abejorral, Antioquia. Por el lado materno, los abuelos Mariela Angel y Gonzalo Vallejo, de familias tradicionales Pereiranas. La influencia de mis abuelos se ve reflejada en los valores que sembraron en nuestra generación familiar: la disciplina, determinación y honestidad. Ellos, como mis padres, me dejaron saber desde muy temprana edad la importancia del estudio, del progreso, de la superación, de conocer el mundo en un momento que no se daba fácil, sino con esfuerzo por supuesto. Recuerdo la enseñanza de vida de mi abuelo Gonzalo Vallejo para todos los que lo rodearon. Enseñanza de civismo, de honestidad, y de trabajo sin descanso por los demás.

Estudié en el Colegio Calasanz del que conservo inolvidables recuerdos y amigos. En aquel tiempo era espectacular ser parte de una “barra”, grupo de amigos cercanos, que llegaban a sumar más de veinte jóvenes que departíamos en el desaparecido Club Rialto y en el Campestre. Vivimos una época de juventud en Pereira muy bonita. Eran los años setentas antes de salir para la universidad. Era una Pereira amigable, tranquila, acogedora, donde todo el mundo se conocía y compartía con sus familias.

En lo que tiene que ver con la profesión, en la familia hay dos tendencias muy definidas y marcadas. Primero, una vocación hacia la medicina como la de mi padre, la de mi hermano, la de mi tío Fabio Vallejo, y como la de muchos primos. La segunda, una tendencia hacia la ingeniería de mi abuelo que también siguió un tío, Armando Ramirez, y varios primos. Como mi hermano escogió medicina no me quedó sino la ingeniería (risas).

Claramente yo no tenía vocación para médico. Creo que sería más hipocondriaco de lo que soy y no sería nada agradable, además no puedo ver sangre. Así pues, me hice ingeniero civil. Estudié los primeros ocho semestres, de los diez de la carrera, en el preciosísimo Claustro que tenemos al frente (nos encontramos en la plaza de Usaquén) fundado por profesores de ingeniería de la Universidad Nacional que se aburrieron con las huelgas y fundaron una escuela privada. Los profesores que me tocaron en ese entonces eran lo mejor que tenía Colombia en todas sus distintas disciplinas: estructuras, puentes, hidráulica, suelos. Fui un afortunado.

Pasé luego a la sede de la Autonorte para graduarme. Recuerdo con mucho cariño a la universidad, aunque fue una época de mucho estudio, de mucha rigurosidad académica, del profesor clásico de ingeniería de bata blanca con sus esferos en el bolsillo a quien había que llamar “señor ingeniero” y no respondía cuando le decíamos “doctor”. Hace un par de años me dieron un reconocimiento como uno de los egresados insignes, algo que me llegó muy al corazón.

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Antes de graduarme comencé a trabajar en una compañía consultora de economía e ingeniería, aunque pequeña muy reconocida en su momento, Mejía Millán y Perry, que fue semillero de muchos economistas e ingenieros importantes del país. Dos de sus fundadores son pereiranos: Jaime Millán, quien manejó posteriormente el tema energético en el BID, y José Manuel Mejía, un ingeniero brillante de altísimo reconocimiento nacional e internacional. Unas personas extraordinarias. Y el otro fundador fue Guillermo Perry, ex ministro de Hacienda. Allí trabajó también Luis Fernando Alarcón, quien fuera también ministro de Hacienda, y Cecilia María Vélez, ex ministra de Educación. Como ellos podría nombrarle muchos que además fueron destacados funcionarios públicos más adelante en sus carreras profesionales. Puedo decirle que mis jefes se convirtieron en mis mentores.

Para esa época, la especialidad de la compañía era el tema hídrico y en eso me concentré. Me incentivaron a aplicar y estudiar en la universidad donde ellos, Mejía y Millán, obtuvieron su doctorado. Le hablo de la Universidad del Estado de Colorado. Allí fui a hacer la maestría en ingeniería civil con muy buenos resultados, obtuve los mejores reconocimientos y me becaron para hacer el doctorado.

Cuando iba a comenzar este último, recibí una llamada de mi mentor José Manuel Mejía diciéndome:

— Jorge, cámbiese a economía

— ¿Por qué? Necesito entender.

— Si va a regresar a Colombia es mucho más importante que tenga la combinación de las dos carreras.

Lo que siempre agradezco a la vida es haber seguido los sabios consejos de mis mentores, en especial de José Manuel. Consideré, acertadamente, que tenían una visión mucho más clara, más experiencia, más recorrido de la vida profesional. Así que, sin dudar, seguí sus consejos.

No solo estaba becado para el doctorado en ingeniería, sino que significaba pasar a otra universidad a adelantar una maestría en economía en condiciones distintas. Cuando llego a la nueva universidad, me reciben diciéndome: “usted puede ser muy buen ingeniero, pero tiene que demostrar que es buen economista”. Estas palabras me retaron. Fueron palabras del decano de economía de la Universidad de Minnesota, recomendada por Jaime Millán. Superé a los estudiantes de doctorado, pues comenzando la maestría tomé materias del doctorado y como resultado obtuve el ganarme la beca.

Obviamente esto suena muy fácil, pero significó un sacrificio alto. Fue un período muy complejo de mi vida.

Termino la maestría con cursos de doctorado para reflexionar:

— Jorge, usted de economía todavía no sabe nada, siga estudiando…

La universidad me animó a continuar con el doctorado y así lo hice.

Seguir los sabios consejos de mis mentores me permitió contar, dentro de mis profesores en la Universidad de Minnesota, con cuatro de ellos que en este momento son Premio Nobel de Economía: Sims, Sargent, Prescott, y Hurwicz. Para ese momento, los dos primeros no superaban los cuarenta años y estaban haciendo sus respectivas investigaciones por las cuales se les otorgó el Nobel. Fue un período de mi vida exigente, pero al mismo tiempo muy bonito. Una gran oportunidad de aprender y de conocer mundo. Tuve la oportunidad de viajar a distintos lugares, no solo dentro de los Estados Unidos sino en Europa y Asia.

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Se debe tener la suficiente inteligencia para escoger a los mentores. Me explico: para saber a quién creerle, en quién confiar, por quién dejarse guiar. En mi caso, delegué la decisión de mi vida profesional a unas personas a quienes les confié mi futuro. Con mis mentores estoy inmensa y profundamente agradecido, además por todo lo que vino después.

El doctorado tuvo un componente importante de cursos y otro de disertación que es ya la investigación que hice en Washington D.C. en un tanque de pensamiento que tenía un contrato con el gobierno de la India. Por ello aproveché la oportunidad de hacer mi investigación sobre un modelo de inversión en este país. Esta es otra etapa de mi vida muy bonita. Voy a la India varias veces en los años ochenta cuando la India era completamente cerrada, antes de su apertura como la que vivió Colombia. Como parte de la filosofía de sus arquitectos, Nehru y Gandhi, no podía ser nada distinto a un país autosuficiente. Todo tenía que ser producido allá. Era caóticamente fascinante. Sumo muchas anécdotas. Difícil en todo: en comida, higiene, olores, rasgos culturales, clima.

Esta experiencia me ha llevado a tener una relación cercana, muy íntima, con esa geografía. Allá he regresado y lo seguiré haciendo. Tiene algo fascinante. Estando allá no ves el momento de salir, pero cuando estás lejos no ves la hora de regresar, siempre queriendo entenderla. Tengo una conexión vital con la India.

Finalmente saco mi doctorado para trabajar en el Banco Mundial y luego en el BID en Washington.

Cuando ya respiraba tranquilo, José Manuel Mejía me recomendó a Armando Montenegro para que hiciera parte de su equipo en Planeación Nacional durante la presidencia de César Gaviria. Así pues, me invitan a unirme a un equipo de trabajo de lujo y regreso al país. Podría decir que fue la época de oro de Planeación Nacional por las personas que lo conformaban. A la cabeza Armando Montenegro y como subjefe Juan Luis Londoño. Los que seguíamos teníamos la mayoría PhDs muy recién adquiridos en diferentes partes del mundo. Un equipo conformado por Rafael Orduz, Carlos Felipe Jaramillo, Eduardo Uribe, Cecilia María Vélez, Jaime Maldonado, Mónica Aparicio, Pedro Nel Ospina, Claudia Milena Vaca, entre muchos otros. Un equipo con una alta mística y compromiso por el país.

En ese entonces mi experiencia había sido puntual en la banca multilateral y contaba con treinta años, lo que evidenciaba una trayectoria muy limitada para definir política pública. No se tiene el suficiente peso específico que uno desearía, pero sí se tiene una aversión baja al riesgo, se es algo atrevido, y esta es una característica necesaria para proponer cambios importantes para el país. A esa edad se encuentra uno bastante descontaminado y eso funciona.

Llega, posteriormente, al ministerio de Agricultura Alfonso López Caballero y me nombra director del Instituto de Hidrología y Adecuación de Tierras, HIMAT, funciones ejercidas hoy por el Incoder y el Ideam. Era una institución con un gran reto de mejorar la productividad del campo colombiano a través de la inversión en infraestructura de riego y drenaje. La máxima autoridad en el recurso hídrico. Tenía en ese entonces cerca de 2.500 empleados, con un presupuesto amplio de inversión. Emprendo su reestructuración para ajustar la entidad a la nueva política que diseñé en el Departamento Nacional de Planeación. Un gran reto y aprendizaje al mismo tiempo. Fueron cerca de dos años en los que tuve como jefes a los ministros López Caballero y posteriormente a José Antonio Ocampo.

He de mencionar que fue aquí cuando, después de muchos años, me reencuentro en Pereira, en un coctel en el Periódico La Tarde, con quien hoy es mi esposa, Clara Emilia Puerta Hoyos, pereirana y comunicadora social. Tenemos dos hijos maravillosos: Sofía que está estudiando Administración en los Andes, y Juan que le falta un año de colegio, en el Helvetia, y quiere estudiar Derecho. Ha sido el mejor regalo de la vida para Clara y para mí haber tenido la oportunidad de recorrer con ellos esta parte de sus vidas.

Regreso a mi recorrido profesional. Después del HIMAT, me ofrecen la Presidencia de Findeter y pasa a ser mi jefe Rudolf Holmes, ministro de Hacienda de la época.

Cuando termina el período de Gaviria, José Antonio Ocampo, que pasa a Planeación Nacional, me ofrece quedarme en el gobierno de Samper y también recibo un ofrecimiento del presidente de Ecopetrol de aquella época, Juan María Rendón, de ser su asesor. También recibo una llamada de Jorge Cárdenas Gutiérrez, gerente general de la Federación Nacional de Cafeteros, para ser su asesor económico e internacional, reto que finalmente asumo por un período de seis años.

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Comienzo pues como asesor para luego ser gerente del Programa de Reestructuración del Sector Cafetero del que fui gestor para hacer de la caficultura una actividad altamente competitiva. Una etapa profesional de mi vida llena de retroalimentación positiva al ver muy de cerca la realidad cafetera, el gran corazón de los caficultores y su potencialidad.

A mis cuarenta años, recibo una beca del David Rockefeller Center for Latin American Studies de Harvard para pasar un año en esta maravillosa institución. Allí, además de realizar una investigación, me concentro en un área de estudio denominada “Business Economics” y busco a su gran autoridad, el profesor Michael Porter. Le envío mi hoja de vida y me responde:

— Jorge, me interesa su C.V. Estoy montando un curso. Necesito que asista también a las reuniones de enseñanza y al final le digo qué tengo reservado para usted.

Al finalizar el curso, me dijo que quería que enseñara el mismo curso en Colombia. Y así sucedió. Se lo ofrecí a la facultad de Administración de la Universidad de los Andes, lo acogió, y me nombraron profesor de esta universidad.

El curso es de Estrategia Empresarial y Competitividad. Lidero entonces la creación de un centro sobre estas disciplinas y así me convierto en el gestor del Centro de Estrategia y Competitividad de la facultad de Administración de la Universidad de los Andes. Fui su primer director por los primeros tres años. La decana de ese entonces era María Lorena Gutiérrez, quien fuese hasta hace poco la mano derecha del presidente Santos.

Hice investigación y estudios con el profesor Porter durante un tiempo y en el 2008 me invitó a la Escuela de Negocios de Harvard como profesor visitante. Acepté el reto y comencé a trabajar en investigación, docencia y consultoría en los temas de estrategia empresarial y competitividad, desde los clusters, hasta las regiones y países. Tuve la oportunidad de trabajar sobre países que nunca imaginé, como fueron Mongolia y Botsuana. A los dos años de estar como profesor visitante me ofrecieron ser parte del cuerpo profesoral del Harvard Business School: profesor de planta.

Ocurre en este entonces una anécdota muy bonita. Mi hijo Juan, que para el 2010 tenía once años, me invitó a comer un día cualquiera en Harvard Square a un restaurante vietnamita para decirme frente al plato de comida, que era más grande que él, “papito, yo estoy muy agradecido contigo porque me has dado la oportunidad de aprender inglés, de conocer personas de muchas partes del mundo, pero yo extraño la familia y las montañas. Yo quiero vivir en Colombia”.

Decidimos hablarlo en familia. Sofi se unió a la petición. Hablé con el profesor Porter y me propuso continuar como profesor en Harvard con una modalidad de medio tiempo. Así lo he venido haciendo desde ese momento. Soy profesor de Harvard y de los Andes, consultor de países y de empresas de diferentes partes del mundo, lo que me obliga a viajar permanentemente, y escribo casos y artículos con el profesor Porter que aparecen en distintas publicaciones internacionales.

¿Qué sensación experimenta después de hacer este recorrido de vida?

Satisfacción personal enorme por el deber cumplido hasta ahora, pues todavía estoy activo profesionalmente y lleno de proyectos.

Siento la satisfacción del deber cumplido con Colombia porque he trabajado con el gobierno, con los gremios, por haber hecho parte de una institución tan importante como la Federación Nacional de Cafeteros, con las empresas a las que les he brindado consultoría y con varias generaciones a través de la academia desde el MBA, el MBA Ejecutivo y del doctorado en los Andes.

El próximo semestre enseñaré en el pregrado por solicitud de la facultad de Administración y tendré el reto más grande que jamás haya tenido: el de enseñarle a mi hija, quien va a ser mi alumna.

¿Viven sus hijos una presión natural por seguir los pasos del papá?

El ejemplo podría generar alguna presión, pero he sido una guía que les ofrece alternativas. Les he transmitido la tranquilidad de innumerables posibilidades profesionales diferentes por las que pueden optar.

No soy el papá que ayuda a hacer tareas (risas).

¿Cuántas horas tiene un día en la vida de Jorge Ramírez Vallejo?

Soy muy productivo en la mañana y dedico suficiente tiempo a la familia. Tenemos vida social normal y disfrutamos plenamente en Anapoima los fines de semana. Distinto a cuando estaba estudiando. En esa etapa de mi vida el manejo del tiempo era “ridículo”.

¿Cómo evitar tantos distractores propios de la edad en la que era estudiante?

Reto. La tenacidad que viene muy probablemente de los abuelos, de los papás. De la disciplina y la claridad de tener foco. Tener una meta y no abandonarla. Todo esto me ha servido mucho en la vida.

¿Y en los momentos de frustración sentía que quería renunciar, abandonar? Ante la frustración, ¿carácter?

Sí, los viví y la solución era seguir, continuar, esforzarme aún más consciente que desistir era fracaso, la única manera era culminar, llegar a la meta y sabía que yo podía lograrlo.

El niño de diez años, ¿sabía qué quería ser a los veinte?

Nunca tuve la mínima idea.

He entrevistado a muchas personas para asuntos laborales y la pregunta obvia y natural es ¿cómo te ves en diez años? Puedo reírme sin fin, pues yo jamás tuve esa respuesta. (risas)

Ahí viene el punto tuyo de cómo pasa uno de A a B para llegar a Z en la vida. Hay mucho tema aleatorio llamado suerte, condición fortuita obviamente con una entrega personal inmedible, tenacidad, claridad en la meta, pero sin lugar a dudas todo tiene que ver con la fuerza divina.

Pienso que nada sucede por casualidad.

¿El acierto ha sido una constante, o ha habido situaciones y circunstancias que desearía se hubieran dado de manera diferente?

No necesariamente este sendero de vida es el único que hubiera podido tener, pero he sido afortunado con esfuerzo el haberlo logrado y que ha retribuido en lo personal y profesional, también para la sociedad.

¿Con qué elementos de la naturaleza se identifica?

Me identifico con los pájaros pues tienen la capacidad de ver las cosas con otra perspectiva. Con el agua por su dinamismo, su transparencia, su frescura. Con un samán porque abriga a otros.

¿Cuál es la palabra preferida y cuál la peor?

Mi palabra preferida es tolerancia porque después de haber vivido en un país en conflicto toda la vida me parece que es la luz a todo nivel, para el conflicto político, para el social, en lo familiar.

La peor palabra que puedo identificar es pereza que se explica sola, pero también traición porque implica la pérdida de la confianza.

¿En torno a qué gira su labor en la vida?

Mucho de lo que yo hago tiene que ver con construir confianza. Trabajo muchos temas en los que debo reunir a todos los actores como sector privado, público, academia e instituciones en la misma mesa.

¿Qué talento sobrenatural le hubiera gustado tener?

Me gustaría que me hubieran acompañado más en la vida las artes como la música y la pintura, y tener un talento sobrenatural, la capacidad de ser invisible.

¿Qué le gusta dejar en las personas que se acercan a usted por consejo?

Cuando alguien se acerca a mí por un consejo quiero siempre sembrar seguridad en su potencial.

Lo invitamos a que escuche el capítulo 12 de la audionovela Yo confieso

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