José Antonio Ocampo: un intelectual con muchos afectos

El codirector del Banco de la República desde 2017, y exministro de Hacienda, es el invitado de esta semana en la serie Historias de Vida, de Isabel López Giraldo.

José Antonio Ocampo, codirector del Banco de la República, y quien se considera política e ideológicamente de centro izquierda. Archivo

Nací en Cali, pero de una familia paisa. Mi papá nació en Manizales y mi mamá en Medellín y todos mis cuatro abuelos eran paisas. Mi papá Alfonso Ocampo Londoño estudió en la Universidad de Antioquia, donde se conoció con mi mamá, Tulia Gaviria Londoño. Yo, siendo de Cali, crecí con esta mezcla de caleño y paisa, que me aportó una gran riqueza cultural. Mis amistades más profundas son de Cali, donde está mi familia y la de mi esposa. Parte de la influencia paisa tiene que ver con que pasaba las vacaciones con mi abuela en Medellín.

Debo decirte que mi mamá, murió teniendo yo catorce años pero viví con ella el tiempo suficiente para que sembrara en mí valores fundamentales. Me transmitió toda su ternura y un amor infinito que me han alcanzado hasta hoy. Otro de los legados de mi madre es mi amor por la lectura. Cuando estuve frente a un libro por vez primera, su mirada observadora captó la emoción que causó en mí. Me compró cuanto libro se me ocurriera; por ejemplo, creo que leí las obras completas de Julio Verne. Me convertí también en el bibliotecario de mi papá, quien fuera de sus libros de medicina tenía otros de literatura y filosofía que devoré sin medida.

La influencia de mi papá hizo de mí una persona disciplinada, metódica y muy responsable. De él heredé el rigor por el trabajo. Él, médico consagrado y estudioso, fue uno de los fundadores de la Facultad de Medicina de la Universidad del Valle, así como del Hospital Universitario del Valle, de donde fue su director. La vida lo llevó a ocupar posiciones en el gobierno como la de ministro de Salud y después de Educación del presidente Alberto Lleras Camargo, razón por la que pasamos un período de la vida aquí en Bogotá. Cuando mi papá terminó su gestión frente al ministerio de Educación regresamos a Cali. Se vinculó nuevamente a la academia, como decano de estudios y luego rector de la Universidad del Valle y del Icesi, y un período al frente del Icetex, pero cada vez menos a la práctica de la medicina. Curiosamente, ninguno de los hijos de la primera generación de mi papá siguió su profesión. Del primer matrimonio éramos cinco hijos, uno murió siendo pequeño y cuando se volvió a casar tuvo cuatro hijos más; de estos, el mayor sí es médico.

Durante mi época de colegio en el Berchmans con los Jesuitas y aquí en Bogotá, en el San Bartolomé La Merced, se hicieron evidentes mi gusto y facilidad por las matemáticas. Cuando me gradué, como mi fortaleza eran los números, quise buscar algo afín, así que inicialmente pensé en estudiar física pero nadie me respaldó. Comencé a estudiar ingeniería eléctrica en la Universidad del Valle, pero durante el primer semestre decidí que no era lo mío, pese a que me fue maravillosamente en matemáticas y física y me eximieron de química.

Le dije a mi padre que quería estudiar sociología en la Universidad Nacional en Bogotá. Eran los años 60, de hecho, era el mágico año de las movilizaciones estudiantiles francesas, 1968, y mi papá, una persona conservadora, debió pensar que yo estaba loco, pero nunca me lo dijo, cosa que le agradezco inmensamente. Por razón de su trabajo, tenía su red de amigos rectores, pero conmigo guardó silencio y a los pocos días me dijo: “He pensado que si quieres estudiar sociología lo mejor es que te vayas a estudiar a Estados Unidos. Ya hablé con el rector de la Universidad de Notre Dame y me dice que te admite. Pero también te recomiendo estudiar economía porque allá puedes hacer dos carreras al mismo tiempo”. Así pues, fue gracias a mi padre que estudié economía. Esta recomendación ha sido el mejor consejo que he recibido en mi vida. Aunque rápidamente me desilusioné de la sociología, obtuve mi grado también en esa ciencia social y a lo largo de mi vida he agradecido el haberla estudiado.

Destaco dos cosas muy importantes durante los años de pregrado en Estados Unidos. Durante este período, me uní a movimientos estudiantiles que tuvieron un impacto histórico en la época, te hablo de entre 1970 y 1972, cuando se discutía la participación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Al finalizar mi segundo semestre fue cuando tuvo lugar la invasión de Estados Unidos a Camboya que generó una reacción espectacular del sistema estudiantil, donde prácticamente todo el sistema universitario se fue a la huelga. Generó tal reacción que el rector de mi universidad declaró la huelga, cerró la universidad durante las últimas dos semanas y nos dedicamos todos a hablar de Vietnam y del movimiento de resistencia pacífica.

Luego vinieron las grandes movilizaciones, como la de un millón de estudiantes en Washington. Estas movilizaciones fueron lo que llevó al presidente Nixon a decidir que el país tenía que salirse de la guerra. Todavía recuerdo cuando EE.UU. se retiró, lo que constituyó un acto de humillación, la única derrota militar que finalmente ha tenido ese país en su historia.

Mis amigos gringos jóvenes eran todos reclutables para la guerra, por lo que era evidente su angustia. La elección de quienes debían prestar el servicio militar en el estudiantado se hacía de manera aleatoria, la llamaban la lotería, en la que rifaban los días del año y de acuerdo con la fecha de nacimiento, los primeros 100 o 150 tenían que irse al ejército. Los que tenían suerte no se iban pero los demás tenían dos opciones para no ir: escapar a Canadá por cercanía o argumentar lo que se llamó la objeción de conciencia, que fue lo que intentó argumentar el campeón de los pesos pesados, Muhammad Ali, para no ir a Vietnam, pero no le fue aceptada y terminó perdiendo su título y pasando un tiempo en la cárcel. La objeción de conciencia hizo que la filosofía del pacifismo hiciera parte de la cultura y el currículum universitario de la época.

Esto me lleva a contarte que, estudiando en una universidad católica, nos hacían tomar un curso semestral de filosofía o teología, así que yo tomé dos semestres de filosofía. Estudié y leí a Descartes, Hegel y Kant, entre otros, y estudié cuatro semestres de teología, en los que leí a San Pablo, San Agustín, Santo Tomás de Aquino y la controversia protestante. También estudié la teología holandesa, que era como la de vanguardia católica de la época, e hice en ese curso un ensayo sobre la teología de la liberación latinoamericana. Uno de esos cursos de teología fue sobre Gandhi: era parte de la formación en el pacifismo para responder a la demanda de los estudiantes. Leí la autobiografía de Gandhi, sus escritos y lo escrito sobre él. Este curso tuvo para mí un profundo significado. Por eso, películas sobre él me llevan a la juventud y cuando fui a la India me impactó profundamente visitar la casa donde vivió sus últimos años, el parque donde lo asesinaron y el lugar donde lo cremaron.

Yo me uní a esas protestas de la época, primero en la Universidad del Valle y luego en la de Notre Dame, con firmes convicciones propias de la edad. Eso me generó más tarde algunas paradojas. Por ejemplo, protesté contra la Fundación Ford, que después me becó y me financió múltiples proyectos de investigación.

Estudié mucho a Marx, y no me arrepiento de haberlo hecho y de haber participado en un movimiento estudiantil en la Universidad de Yale, donde hice mi doctorado y reclamamos la necesidad de contar con cursos de economía marxista. Me pregunto siempre cuántos colombianos se han leído los tres tomos de “El Capital” de Marx. Yo lo hice, como también leí muchas otras obras del marxismo. No soy marxista, nunca me he considerado como tal, ni en mi juventud ni ahora, pero haberlo estudiado y posteriormente enseñado me da satisfacción, pues mucho aprendí de esas obras.

Una vez me gradué en estas dos ciencias sociales, decidí continuar de manera directa con mi doctorado en economía en la Universidad de Yale, donde recibí mi grado a la edad de 23 años. Fui de los pocos que terminó en cuatro años, incluso pese a que cambié el tema de mi tesis a mitad de camino. Mi primer libro, que es de alguna manera mi libro preferido, “Colombia y la economía mundial”, una obra sobre el comercio exterior de Colombia en el siglo XIX, un tema que resulta muy exótico para la mayoría de la gente. Comencé a hacerlo en la tesis doctoral pero al año decidí hacerlo en Colombia, así que cambié mi tesis a una de teoría.

Yo tenía un profesor que se convirtió en un segundo padre para mí, Carlos Díaz Alejandro, cubano, experto en temas latinoamericanos. De hecho, fue en gran medida por él que escogí a la Universidad de Yale y fue un gran acierto. Trabajaba en economía internacional, el campo que seguí y fue quien me aficionó a la historia económica. Además, fue mi director de tesis. La mezcla de trabajar simultáneamente economía contemporánea e historia económica que practico fue siguiendo sus pasos. Escribió uno de los mejores libros sobre historia económica de Argentina y uno excelente sobre los regímenes de comercio exterior de Colombia. Carlos murió muy joven, fue de las primeras víctimas del Sida; curiosamente, yo ni me enteré de que era homosexual. Fue mi mentor en los primeros años de mi carrera y cuando murió sus amigos en cierto sentido me “adoptaron” y se convirtieron en mis nuevos mentores. Esto es algo muy importante en una época temprana de la vida profesional en la que se necesitan personas que te promuevan. Esta es una labor que uno hace con inmenso agrado; personalmente he tenido muchas satisfacciones en la vida con gente que he podido promover.

Cuando terminé mis estudios decidí regresar a Colombia e iniciar una carrera académica. De hecho, nunca pensé en hacer otra cosa. Me vinculé a la Universidad de los Andes en calidad de docente en la Facultad de Economía y su Centro de Estudios sobre Desarrollo Económico, CEDE, de la cual fui director, pero también dicté algunos cursos en la Universidad Nacional. Sin asomo de duda te digo que mi experiencia como docente ha sido una de las más enriquecedoras que he tenido y la academia ha sido y será una constante en mi vida.

Solo hubo una ocasión en que solicité trabajo en EEUU y fue a través de mi profesor Carlos: que cuando ya llevaba un año en Colombia me dijo que había un puesto abierto en economía política, para enseñar historia del pensamiento económico. No gané ese puesto, y lo agradezco. Esos primeros años estuvieron dedicados a la historia económica de Colombia. Fuera de mi libro sobre el siglo XIX, escribí ensayos como Colombia en los años 30 del siglo XX, Historia de la protección en Colombia y otros escritos con Santiago Montenegro, uno de mis primeros asistentes en investigación y quien ahora es del gremio de los fondos de pensiones, Asofondos. Tuve la dicha de tener asistentes de investigación absolutamente espectaculares, como Mauricio Cárdenas, Leonardo Villar, Juan Luis Londoño y con todos he tenido una relación personal muy agradable a lo largo de la vida. Unos años después de estar dedicado a la historia decidí meterme en los debates contemporáneos y adquirí esta costumbre de escribir al mismo tiempo sobre temas contemporáneos y de historia, de nuevo siguiendo a Carlos, mi mentor.

Continué mi proceso profesional en Fedesarrollo, donde poco tiempo después de estar afiliado me ofrecieron ser director. Aparte de participar en los debates de actualidad, una de las ideas que tuve fue hacer libros de texto sobre economía colombiana y sacamos tres. Uno de ellos fue el libro “Historia Económica de Colombia”, para el cual logré interesar a un excelente grupo de historiadores. Ese libro se convirtió en mi “best seller”, ya cuenta por lo menos con veinte impresiones, la más reciente, la de 2015 con el Fondo de Cultura Económica, y se sigue utilizando ampliamente como texto universitario. Con esta obra ganamos, además, el premio nacional de ciencias Alejandro Ángel Escobar. Otra de esas obras fue Introducción a la macroeconomía colombiana, tuvo una historia más compleja por los cambios que experimentó la economía colombiana. Hubo una segunda edición que organizó Roberto Steiner, pero también se desactualizó. El tercer texto lo hizo Eduardo Lora sobre medición económica. Uno de los grandes placeres que he tenido en la vida es cuando gente que desconozco enteramente sabe mi nombre, me reconoce y me cuenta que ha estudiado mis libros.

Uno de mis libros más recientes sigue esa inclinación a producir textos de estudios. Es una historia económica de América Latina, “El desarrollo económico de América Latina desde la independencia”, que escribí con un amigo uruguayo, Luis Bértola. Se ha vendido muy bien y aparte del castellano ha sido publicado en inglés y portugués y está siendo publicado en China.

Curiosamente, siendo de papá y familia conservadores, yo me matriculé temprano en el Partido Liberal y participé en los gobiernos liberales de Barco, Gaviria y Samper y desde cada posición aprendí y conocí a profundidad los diferentes sectores. Primero estuve en cargos técnicos pues fui asesor del gobierno nacional en asuntos cafeteros y después asesor de comercio exterior, pero de este último cargo me retiré en protesta por la forma como hicieron la apertura económica.

Tuve, en efecto, serias diferencias con respecto al tema de la apertura económica liderado por el presidente César Gaviria, su ministro de Hacienda, Rudolf Hommes y el Director de Planeación, Armando Montenegro. Ernesto Samper planteó nuestra tesis, que abogaba por una gradualidad en la apertura, acompañada por políticas agrícolas e industriales para ayudar la reconversión de los sectores. Aún hoy creo que tuvimos razón, pero al ser derrotados decidí renunciar y aceptar una oferta para ir a Ginebra a trabajar con la Uncdat, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, organización creada en los años sesenta para ayudar a las naciones en desarrollo. Tenía un proyecto de un libro de comercio internacional y desarrollo que nunca terminé porque me enfoqué en otras cosas. Al regresar al país, los gremios me contrataron para que ayudara a hacer un conjunto de estudios sobre el impacto que iba a tener la apertura con México, lo que se llamó el Grupo de los Tres, México, Colombia y Venezuela. En ese entonces, Juan Manuel Santos era ministro de Comercio Exterior y me propuso que fuese el jefe negociador de ese acuerdo por la parte de Colombia. Esa fue mi reinserción con el gobierno.

Todos mis cargos en el gobierno fueron interesantes y un par de ellos curiosos en la forma como llegué a ellos. Como había una crisis agrícola muy fuerte, a mi juicio generada por la apertura sumada a otros factores, como la fuerte caída en los precios del café luego del derrumbe del Acuerdo Internacional correspondiente, un día estaba yo en una Junta Directiva cuando el presidente Gaviria me llama para invitarme a palacio, a lo que no me podía negar. “José Antonio, ¿puede venir a Palacio?” “Claro Presidente, para allá voy”. Se rumoraba que tenía serias dificultades para conseguir un ministro de Agricultura que se hiciera cargo de todos los problemas del sector y manejando hacia Palacio me imaginé que me llamaba a hacerme ese ofrecimiento, lo que confirmé minutos más tarde. Hablamos por lo menos cuarenta y cinco minutos sobre el ofrecimiento y al final le pregunté: “presidente, ¿Usted me permite hablar con mi papá? Yo quiero consultarle este tema”. El presidente me contestó que no me podía retirar del salón sin darle una respuesta. Ya sabes cuál fue. Una vez salí llamé a mi papá y le dije “Acabo de aceptar el ministerio de Agricultura”. Le pareció bien, me dijo que siguiera adelante. Lo consulto porque era un desafío grande y él había sido ministro a comienzos del Frente Nacional, una época muy difícil.

Tuve excelentes relaciones con los gremios del sector y con el Congreso. Las propuestas que hicimos fueron muy novedosas. Promoví, entre otras, tres leyes como ministro de Agricultura que me enorgullecen. La primera fue la Ley 99 de 1993, que creó el ministerio del Medio Ambiente. Lo tuve a mi cargo, en conjunto con Manuel Rodríguez, entonces director del Inderena, que era parte del ministerio. Recuerda que la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992 llevó a que todos los países de América Latina reformaron su sistema ambiental: esta fue nuestra reforma. La segunda fue la Ley 101 de 1993, que fue la primera que utilizó la figura de la iniciativa popular para presentar proyectos de ley. La trabajamos, la pulimos, le sumamos nuevas ideas para lo que se llama la Ley General Agraria, la que todavía está casi totalmente vigente. Creó nuevos instrumentos, muchos de los cuales siguen utilizándose hasta hoy, como el incentivo a la capitalización rural que es un subsidio a la inversión en el campo. La tercera fue la Ley 160 de 1994, que es la ley de reforma agraria todavía vigente. El ministerio de Agricultura me permitió conocer en detalle el país, visitar muchas regiones y percibir un país que no conocía en tal grado de detalle, pues lo recorrí por todos sus rincones y dialogar con muchos sectores campesinos y con el empresariado del campo.

Cuando llega Ernesto Samper a la presidencia me nombró en la dirección del Departamento Nacional de Planeación. Puedo decirte que en el ejercicio de la función pública siempre me sentí muy cómodo. Los gremios, el sector empresarial, los sectores sindicales y el Congreso me acogieron siempre con deferencia y pese a las diferencias de pensamiento y modelos económicos que tuve con algunos sectores siempre fui escuchado y respetado. En Planeación me tocó formular el plan de desarrollo “El Salto Social”, que es uno de los más estructurados que se han hecho, aunque tuvo muchos problemas de implementación por las circunstancias políticas en el gobierno. Fue además el primer plan que se elaboró bajo las normas de la Constitución de 1991. Fue novedoso en cuanto a las consultas con las regiones, la creación del Consejo Nacional de Planeación, es decir, por un proceso participativo amplio, así como por la aprobación del plan de inversiones en el Congreso. En las consultas regionales el tema de las vías de transporte siempre aparecía como la gran prioridad. Por lo mismo comprenderás que me aprendí de memoria la red vial nacional. Fue un proceso fascinante. Tuve mucha relación con Guillermo Gaviria, quien era entonces el director de Invías y moriría después asesinado por la FARC. Fue una escuela interesante.

Pero como ya llevaba cuatro años en el Gobierno, tras recibir la invitación de una amiga profesora de la Universidad de Oxford, Rosemary Thorp, para que la acompañara a escribir un libro sobre historia económica de América Latina en el siglo XX que le había pedido el BID, acepté y así se lo informé al presidente Samper. Aprovechando que había un foro sobre Colombia en Londres, organizado por Eduardo Posada, otro historiador muy bueno y que escribe en El Tiempo regularmente, arrendé un apartamento y pagué la cuota inicial, 3000 libras esterlinas, una suma entonces cuantiosa en pesos colombianos. Uno o dos días después, ya en Londres, recibí una llamada del presidente Samper para decirme: “Guillermo Perry renunció y necesito que se venga para el ministerio de Hacienda”. Por la diferencia horaria le dije, “Déjeme pensarlo esta noche”. ¿Sabe quién me convenció de que aceptara? Alfonso López Michelsen. Me dijo que era imposible negarme, que no había nadie más del samperismo que fuese también confiable para el mundo empresarial, que era una posición desde la que podía entregarle mucho al país. Así lo hice. Curiosamente, en una despedida a Perry que le hicieron años después, le mencioné lo de mi cuota inicial y que nunca pude recuperar mi plata. Te confieso que todavía me duelen esas libras esterlinas (risas).

Curiosamente, como ministro de Hacienda auspicié uno de los foros del BID para el libro, en Paipa. Todo el mundo la recuerda pues como había problemas de seguridad, los llevé a todos en helicóptero, lo que nadie olvida. Luego, cuando ya terminé el gobierno, en un período final entre el ministerio y la CEPAL, estuve en la Universidad de Oxford, ayudando a editar dos volúmenes de ensayos, editados conjuntamente con Rosemary y con un historiador mexicano que se llama Enrique Cárdenas. Yo escribí las introducciones a estos dos libros. Fueron cortas semanas pero me permitieron hacer esta labor y me sirvieron mucho pues fueron muy importantes para mi libro más reciente de historia.

El gobierno de Samper fue sin duda desgastante, pero yo siempre tuve muy buena imagen. Nadie jamás me involucró con absolutamente nada relacionado con los escándalos del momento. Estados Unidos nos dividía entre los buenos y los malos y yo siempre pertenecí a los buenos con María Emma Mejía y el general Serrano, comandante de la Policía, entre otros. Me hicieron muchos gestos muy positivos. Por ejemplo, a uno de los primeros foros a los que asistí como ministro fue la reunión de ministros de Hacienda de la Cumbre de las Américas en New Orleans. El Secretario del Tesoro, cuando quiso hacer la presentación a la prensa, escogió a dos ministros y yo fui uno de ellos. Fue muy positivo. Todo el mundo tuvo también confianza en mí al interior del país. En materia económica el impacto de la crisis política de la época fue muy limitado. Más aún, aunque la gente lo olvida, si usted mira las cifras de inversión extranjera directa verá que tuvimos uno de los primeros picos y que mantuvimos la calificación crediticia de “grado de inversión”, que nos la habían otorgado cuando todavía era Guillermo Perry el ministro, y que perdimos en 1999. Hicimos a comienzos de 1997 la mayor emisión de bonos de deuda pública en los mercados internacionales en las mejores condiciones crediticias de la época. Hubo tanta demanda que decidí con los bancos de inversión que nos apoyaban hacer la primera emisión a 30 años.

Hay gente que me considera tal vez demasiado izquierdista, pero siempre he sido de centro izquierda y dentro de esa tendencia la gente me tiene confianza, incluyendo el sector privado. Algunos economistas de derecha me confrontan con altura académica pero siempre me he entendido bien con todas las tendencias intelectuales. Me consideran una persona con la que se puede trabajar. He tenido una ventaja adquirida durante tantos años y es mi capacidad para ayudar a generar consensos. Creo que es una de mis virtudes. Una de las cosas más agradables que me pasó en la reciente Misión Rural fue el reconocimiento de ello en la última junta directiva que tuvimos, en la cual algunos de los miembros más distantes ideológicamente me agradecieron por mi capacidad para generar consenso y también por mi paciencia para escuchar. Yo le digo a mis estudiantes en mis cursos: “La democracia es intensiva en el uso del tiempo y de la palabra”. Hay que aprender a escuchar porque la gente quiere hablar y ese aprendizaje requiere de mucho tiempo y de tener la paciencia para escuchar.

Después estuve en las Naciones Unidas casi diez años. Comencé como Secretario Ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL, y después como director del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU en Nueva York. Fueron dos experiencias fascinantes. En CEPAL (Comisión económica para América latina y el Caribe) conocí a América Latina a fondo y gracias a ello hoy me conocen internacionalmente como uno de los expertos en temas latinoamericanos. Tuve que trabajar virtualmente con todos los gobiernos, aprender sobre sus situaciones económicas. CEPAL es el mejor centro de pensamiento que subsiste en las Naciones Unidas; no hay ningún otro comparable. En Nueva York la experiencia fue muy diferente, pero allí conocí las Naciones Unidas, trabajé con sus procesos intergubernamentales que incluyen debates largos y engorrosos que ayudan sin embargo a la generación de los grandes objetivos internacionales de desarrollo. Lo que recuerdo con más gusto son algunas reformas que pude introducir en los organismos de la ONU en materia económica y social. Uno fue la constitución de un comité permanente de expertos en cooperación tributaria internacional y en las reformas de 2005 logré crear el “Foro de cooperación para el desarrollo” que es un foro especial del Consejo Económico y Social. Traté de que se aceptara la idea de un sistema de revisión de pares para los compromisos que hacen en la ONU los países en materia económica, social y ambiental, tratando de replicar lo que hace la OCDE (Organización para la cooperación y el desarrollo económicos), pero esa idea sí no fue aceptada.

Dos procesos adicionales interesantes, entre muchos otros, fue organizar el primer foro de la Asamblea General de la ONU sobre migración y desarrollo. Quisimos crear una comisión de las Naciones Unidas sobre el tema pero solo se aprobaron unos esquemas de diálogo regular sobre el tema manejados directamente por los países. El otro proceso que recuerdo fue el apoyo a la redacción de una convención internacional sobre personas con discapacidad. Las reuniones que tuve con las distintas organizaciones que los representaban han sido algunas de las más conmovedoras que he tenido en mi vida, como la reunión con las organizaciones que representaban a personas con discapacidades mentales, o de las personas que no podían ni ver ni oír y se comunicaban por el tacto.

Yo fui candidato a la presidencia del Banco Mundial en el 2012. Su presidente siempre fue nombrado por el presidente de los Estados Unidos, pero para este proceso, once de veinticuatro directores de la Junta que representan a países emergentes y en desarrollo decidieron que esta vez tenía que haber candidatos de nuestros países y elaboraron una larga lista de posibles candidatos. Cuando me llamaron por primera vez, mi reacción fue: “Están locos, porque me están pidiendo que participe en un proceso sesgado”. Me convencieron y finalmente eligieron a la ministra de Hacienda de Nigeria y a mí como candidatos colectivos. Colombia no me respaldó: nunca entendí la decisión pero yo no era candidato de Colombia sino de un grupo de países; de hecho, Brasil era mi principal promotor. Creo que lo más importante de ese proceso fue, primero, la demanda de que ese proceso tenía que ser competitivo, y segundo, que el Banco Mundial debe ser presidido por un país en desarrollo. Esto fue un proceso fascinante y por fortuna corto pues yo estaba de profesor. Tuve un diálogo con todos los ministros en cooperación europea en Bruselas, conseguí apoyo empresarial colombiano ante la ausencia del apoyo del gobierno. Tuve muchos voluntarios, redes latinoamericanas y una mundial que me apoyaron, esta última, promovida por iniciativa de un par de colegas chinos. Hablé con todos los directores del Banco con excepción de Japón, que no me quiso recibir porque ya habían tomado la decisión y de acuerdo con su cultura no podían recibirme, pero Estados Unidos sí lo hizo. Una cosa simpática de la reunión con su director fue que comenzó diciéndome: “Usted sabe que nosotros no lo estamos apoyando”; le dije que eso lo consideraba obvio pero quería conocer lo que pensaban sobre el Banco Mundial, que quería hablar con todos los actores.

Una de las cosas más simpáticas de todo este proceso fue que se filtró la evaluación que hicieron los directores por la Unión Europea, la cual esencialmente decía que los dos candidatos de los países en desarrollo éramos mejores que el candidato de los Estados Unidos y actual presidente del Banco, y que los dos candidatos de países en desarrollo teníamos ventajas diferentes, en el caso mío, la mejor visión del Banco y en el de la ministra de Nigeria, su experiencia administrativa. Fue un proceso de mucha satisfacción personal, pero ambos sabíamos que íbamos a ser derrotados. Pero fuimos la semilla del cambio: no podrá haber otro proceso que no sea competitivo. Sí volvería a participar en algún proceso internacional, creo que me gustaría más concursar por el Fondo Monetario Internacional, porque lo he estudiado más. De hecho, estoy escribiendo un libro sobre ese tema.

Un día, cuando estaba de candidato al Banco me encontré en el aeropuerto de Washington con Stanley Fischer, que es hoy el número dos de la Reserva Federal de los Estados Unidos, fue número dos del FMI y gobernador del Banco de Israel. Me dijo: “¿Sabe? Yo fui el primer candidato no europeo al FMI” y me contó su experiencia, pues Europa escogía entre ellos el candidato y la Junta Directiva del FMI lo ratificaba. Él fue el primero que se presentó como no europeo, pues él nació en Zambia y los africanos lo propusieron. Contándome las dificultades de esas competencias tan desequilibradas, me añadió un detalle curioso: me dijo que el bloque árabe le había ofrecido su apoyo y que les había dicho que no cometieran ese error, que no se olvidaran de que él era judío.

Si bien toda mi carrera profesional me ha dado grandes satisfacciones, mi centro siempre ha sido mi familia. Yo he estado casado dos veces. Acabo de cumplir 25 años de casado con mi segunda esposa, Ana Lucía Lalinde, con quien le he dado la vuelta al mundo. Ella me ha apoyado en todo, se ha adaptado a todo. Hemos vivido felices en Bogotá, en Santiago de Chile y en Nueva York. La parte más complicada de esta vida de migrante fue para mis hijos pequeños, para quienes fue muy duro el cambio, pero con el tiempo volvieron a recuperar sus amigos ayudados por las redes sociales. Vivimos muy contentos. Mi esposa y mis tres hijos, Rocío, Juan Camilo y María José, son el sentido de mi vida.

Yo he tenido tiempo para mi familia. Lo más duro de todo ha sido en el gobierno, debido a las largas jornadas de trabajo. Los fines de semana eran esenciales para estar con ellos, así como las vacaciones. En los puestos internacionales y ahora como profesor en la Universidad de Columbia, el problema son los viajes, que resultan desgastadores. Pero creo que he podido, dentro de mis limitaciones, darle el tiempo a mi familia. Lo que más disfruto con mi señora es el cine, vemos televisión, disfrutamos algo de arte en Nueva York.

Me defino como un intelectual, pero soy una persona de muchos y muy fuertes afectos.

En febrero de 2017, José Antonio Ocampo fue nombrado por el presidente Santos como codirector del Banco de la República

 

 

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