José Mármol: “Me siento ser un instrumento del lenguaje”

Presentamos una entrevista con José Mármol, escritor caribeño que ha publicado libros como "La invención del día", "Las pestes del lenguaje y otros ensayos", "Defensa de la poesía: defensa de la vida", entre otros.

Santiago Ramírez M

Imagino el sonido de su voz detrás de sus palabras. La cadencia, la íntima sensibilidad con la que lee sus poemas. Pero no solo eso: todas las historias que un día, tocadas por una luz evanescente, huidiza, permitió que escribiera versos que saben de la ausencia: “Yo, como la isla siempre, / ahora sin ti, / rodeado de mi propio animal por todas partes”. Se trata, pues, del poeta José Mármol (República Dominicana, 1960). Alto, elegante, tal vez, un poco serio. Siempre dibujando una sonrisa que no alcanza a ser sonrisa, es decir, una sonrisa que semeja la sonrisa misteriosa de los gatos.

Dentro de su composición literaria, se encuentran los libros de poesía: La invención del día (1989), Lengua de paraíso (1992) y Deus ex machina y otros poemas (2001) En prosa:  Ética del poeta (1997), Las pestes del lenguaje y otros ensayos (2004), El placer de lo nimio (2004), Cansancio del trópico (2005) y Defensa de la poesía: defensa de la vida (2012). En el año 2012 recibió el XII Premio Casa de América de Poesía Americana (España) por su libro Lenguaje del mar. Su obra cuenta con traducciones al inglés, francés, italiano y ruso.

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¿Qué es lo que más recuerda de cuando era niño?

Una barriada de obreros, pequeños comerciantes, empleados públicos y privados, algunos maestros y mi casa de madera con techo de zinc, pintada de azul, blanco y amarillo, en cuyo patio reinaba un árbol de tamarindo, flanqueado por otros como naranjos, cerezos, mamones y aguacates. Era el ambiente de la ciudad de La Vega, en el centro de la media isla, a la que llegué con mis padres siendo niño, luego de haber nacido en Ciudad Nueva, en la capital Santo Domingo, a orillas del mar Caribe. Mi hogar tuvo abundancia de amor y limitaciones materiales. De la niñez recuerdo, también, las furibundas crecidas del río Camú, que arrasaba con las viviendas de los pobres y con los animales y los predios agrícolas. Fue una infancia feliz, amenazada por las carencias, pero construida al fragor de todas sus esperanzas.

¿Cuáles fueron esas primeras lecturas que serían vitales para su creación literaria?

De la vocación temprana de artista visual, interrumpida por el cierre de la estatal Escuela de Bellas Artes de La Vega, me incliné por la poesía. Recuerdo las lecturas iniciales y sin guía de Gustavo Adolfo Bécquer, José Zorrilla, Garcilaso de la Vega, Rubén Darío y Pablo Neruda, las que conjugué con la de Amado Nervo, influenciada esta por mi madre, quien además me recitaba poemas suyos y de otros autores mientras me dormía en sus piernas. Esas lecturas, y las que llevé a cabo en mi época de escolar de secundaria, que comprendieron el Siglo de Oro español y las generaciones del 98 y del 27 de España prepararon las bases de lo que sería mi llegada a la universidad del Estado y la creación del Taller Literario “César Vallejo”, donde afiancé mi vocación por la poesía y amplié las lecturas, desde los autores dominicanos y del Caribe hispánico de los siglos XIX y XX hacia la literatura hispanoamericana y universal. Vallejo, Mistral, Neruda, Paz, Gorostiza, Borges, Juarroz, Eliot, Pound, Stevens, Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé, Bonnefoy, Blake, Milton, Auden, Brodsky, Machado, Lorca, Miguel Hernández, Cernuda, Alberti, Lezama Lima, Mieses Burgos, del Cabral y Mir, entre otros han sido lecturas vitales para mi cosmovisión poética.

¿Qué significó para usted la experiencia de la creación de su primer libro?

Lo escribí a los 21 años y lo publiqué a los 23. Se trata del poemario El ojo del arúspice (1984). De acuerdo con la crítica, significó una ruptura dentro de la tradición poética dominicana y una propuesta que cimentó lo que hoy se conoce como Poética del pensar, que procuró distanciarse de una tendencia reduccionista de la concepción y praxis de la poesía, dominada por la ideología estética del realismo socialista y las experiencias traumáticas de la dictadura de Trujillo y la Guerra de Abril de 1965. En ese pequeño libro propuse una ruptura sintáctica, un nuevo ritmo, una semántica inédita de los signos de puntuación, un léxico más diverso e interdisciplinar, en fin, una nueva órbita textual que rompió los diques de contención ideológica y la pobreza expresiva de la poesía dominicana de los años 60 y 70. Sin proponérmelo, ese libro se convirtió en piedra angular de lo que hoy se denomina Generación del 80 en nuestra historia literaria reciente.

¿Se escribe mejor en soledad o en compañía?

El de la creación es un oficio solitario por naturaleza. En la génesis del poema, te alimentas de muchedumbres para escribir en soledad. Es un proceso dialéctico singular, único e irrepetible. El lenguaje, que es resultado de la creación colectiva, un producto social, es la fuente nutricia del creador. Este lo asimila, lo moldea, lo esculpe. Una vez transformado en poema, entonces lo devuelve a la muchedumbre, a la sociedad y esta se lo apropia o lo olvida. Se trata, pues, de una suerte de síntesis superadora de la contradicción fundante. La creación poética convierte en luz la oscura sombra de la soledad que nos persigue, desde que nacemos hasta morir. Y más allá...

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El mar es una presencia importante en su obra poética. ¿Cómo apalabrar su iluminación sin caer en repeticiones?

Soy isleño; soy del Caribe. El mar es mi origen y destino. Soy, como en Octavio Paz, hechura de ese mar perezoso y lento, de ese mar sediento que, misteriosamente, “muere y nace en un reflejo”. Mi país, como cantó Pedro Mir, está colocado en el trayecto infalible del sol y es parte de un doloroso y esperanzador, a la vez alegre y triste archipiélago de azúcar y de sal. Con el mar me defino, me reinvento y me niego al mismo tiempo en las palabras. El mar es mi universo, mi huidobriano hambre de espacio y mi sed de cielo. Me ha regalado la sensación perceptual de la vida y el sonido, grave y hondo, del universo. Nací en una callesita que desemboca en el rompeolas del mar capitalino, donde los pescadores se adueñan del amanecer y de los silencios insondables de la noche. Cuando de joven lo redescubrí, volví a nacer. El mar está presente desde mis primeros hasta mis más recientes poemarios. El mismo mar que nos distancia y une. Es una constante vital, dueño de mis pensamientos y mis emociones. En el libro Lenguaje del mar (Premio Casa de América de Poesía Americana 2012, Madrid, Visor Libros) está quizá mi mayor homenaje. En Yo, la isla dividida (Visor Libros, Madrid, 2019) reaparece con sus miserias, con su legendario don de vida y su inmisericorde dictado de incertidumbre y muerte.

Además de escribir poesía, también escribe ensayo. ¿En su ejercicio creador estos dos géneros se abrazan o se separan?

Me siento ser un instrumento del lenguaje a secas. Procuro transformar en imágenes, ritmo y conceptos el aluvión de palabras que me invade y que no puedo eludir, que me entusiasma o me lastima, que me somete y libera. El lenguaje fluye incesantemente y en un instante, iluminado u oscuro, tal vez, se acomoda a la forma del poema o el ensayo, define su rítmico sentido con soberbia y soberanía. La preceptiva literaria, separándolos, les ha llamado géneros. Foucault, matizándolos, les llamó formaciones discursivas. Barthes se conforma en su unidad como textos. Para Benveniste ambos son actos de enunciación. Yo los concibo como acontecimientos simétricos de creación. Vallejo descubrió la magia que palpita en prosar los versos. El mono gramático de Octavio Paz, la Poesía Vertical de Roberto Juarroz, las cuentísticas de Maupassant, Tolstoi, Dostoievski, Dickens, Kafka, Quiroga, Rulfo, Bosch, Cortázar o Borges, el Cementerio marino de Valéry, Cien años de soledad de García Márquez, ¿qué son? ¿Poemas, cuentos, novelas o ensayos? ¿Qué más da? Son actos de enunciación del lenguaje creativo. Son el resultado de la imaginación y la singularidad expresiva de esos autores.

¿Por qué escribir poesía en medio del caos y la desesperanza?

La poesía encuentra el asombro donde yace putrefacta la costumbre. La poesía siembra la esperanza en los terrenos minados por la hegemonía del horror, la destrucción, la muerte. En el poder dialógico de la poesía estriba su valor cultural y su capacidad intrínseca de transgredir los despreciables linderos de la realidad política, económica y social de nuestros pueblos. La creación poética está facultada, rezaba George Bataille, para superar verbalmente el mundo. De ahí que haya surgido, en momentos catastróficos de la historia de la humanidad, como clarísima y reveladora senda hacia el amanecer de una nueva cosmovisión, una nueva sensibilidad, una nueva inteligencia y un entendimiento prometedor y nuevo entre los seres humanos. Sin el fulgor y el aliento de la poesía habría más caos, más destrucción y más desesperanza en la humanidad. Ante la amenaza de autodestrucción nuclear de la sociedad y la cultura, como probable fatal legado del mal uso de los adelantos de la ciencia y la tecnología, ante todos los demás conocimientos y artes posibles, como lo expresó Hölderlin, “solo la poesía sobrevivirá”.

 


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Jhonattan Arredondo Grisales

Cultura

José Mármol: “Me siento ser un instrumento del lenguaje”

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