José Salgar: noventa años del Hombre de la calle

El 'Mono Salgar' es testigo del cambio de siglo en las comunicaciones. Hoy es considerado un periodista del futuro.

Su costumbre de celebrar los cumpleaños en otras latitudes se ratifica. Hoy cumple 90 y está en Estados Unidos. “Aunque si no me he ido, igual hagan de cuenta que estoy de viaje”, dijo el pasado domingo. José Salgar huye del protagonismo como lo ha hecho durante toda su carrera periodística. Alguna vez acordó con Guillermo Cano no dar entrevistas ni ser fotografiados, porque ellos no eran los personajes de la noticia. Luego ambos ocuparon las primeras páginas: Cano, porque lo mataron en 1986; Salgar, porque llegó a su oficina en El Espectador después de que estallara un camión bomba en las instalaciones, en 1989. Era jefe de redacción, entre los escombros lideró la edición de emergencia del día siguiente: “¡...seguimos adelante!”, era el título.

José Salgar sigue adelante con inquebrantable vitalidad. Su intriga por el mundo no se agota y menos su labor periodística: aunque dejó de escribir ‘El hombre de la calle’, su columna en El Espectador, recientemente escribió un artículo sobre los nuevos medios de comunicación, que se publicará en la revista de la Asociación Nacional de Anunciantes. También fue jurado en un concurso de periodismo en la Universidad Autónoma de Barranquilla y permanece ligado a la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. El día que cuelgue la pluma deja de ser José Salgar. Sus últimos 77 años los dedicó al periodismo. Su hobby es hablar de periodismo.

Sus orígenes en el oficio son apasionantes. Sobre todo para los reporteros de hoy, que no concebimos trabajar sin celular, computador, internet… Hacia 1934, a sus 13 años, el ‘Mono Salgar’ —así lo llaman sus amigos— fundía el plomo con el que se imprimía el diario a las 4:00 a.m. Luego pasó a recibir llamadas y tomar notas, después fue redactor, jefe de redacción, subdirector, hasta que llegó a la dirección en 1998.

En una conferencia de 1990 recordó sus inicios: “Alcancé a conocer la Edad de Plomo, que era imprimir los lingotes sobre el papel; eran unos lingotes de plomo que se fundían a veces a mano, letra por letra, después en linotipos. La palabra así tenía una fortaleza que les daba el metal, tenían el calor que les daba fundir ese plomo en los linotipos y convertirlos en lingotes y luego en opiniones”.

Cuando fue jefe de redacción, bajo su implacable lápiz rojo pasaron los textos de quien se convertiría en su entrañable amigo, Gabriel García Márquez. Gabo lo recuerda así: “Fue el jefe desalmado que me ordenó como regla de oro del periodismo: ¡Tuérzale el cuello al cisne! Para un novato de provincia dispuesto a hacerse matar por la literatura, aquella orden era poco menos que un insulto. Pero tal vez su mérito mayor ha sido saber dar órdenes sin dolor, porque no las da con cara de jefe sino de subalterno”. Cuando habla de sus amigos, el Mono Salgar asegura: “Los únicos que quedamos vivos somos Gabo y yo”.

Hay mucho por escudriñar en su pasado, pero José Salgar es más bien un periodista del futuro. Después de vivir la trasformación de las comunicaciones en el siglo XX y de escribir, entre otros, un libro sobre periodismo titulado Coletilla al fin de siglo, elogia la informática e insiste en que los medios impresos se alíen con los audiovisuales. A sus 83 años fue el primer reportero colombiano en recibir el premio del Nuevo Periodismo Iberoamericano. En una columna de 1997, cuando era director encargado de este diario, escribió desde Guatemala: “El nuevo poder económico de la multimedia es hoy recurso necesario para la libertad de pensar, escribir, oír, ver y hablar. Si El Espectador resistió 110 difíciles años, ahora ha asegurado su etapa de superación como gran diario del futuro”.

‘El hombre de la calle’ era la columna cotidiana en la que plasmaba sus percepciones con la espontaneidad de cualquier ciudadano, en la que bien podía describir el futuro político de la nación o el placer de comer empanadas, y en la que al final había siempre una coletilla cargada de su humor negro y fino. Hoy, su modestia, su claridad, su curiosidad, su sencillez, lo consagran como lo que es: un auténtico hombre de la calle, que a sus noventa años sigue viendo el mundo con el asombro de un niño.

* Periodista de la sección internacional de El Espectador y nieto de José Salgar.

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