Juan Carlos Onetti: "La literatura es mentir bien la verdad"

Hace 55 años, Juan Carlos Onetti terminaba de escribir una de sus obras más conocidas, Los adioses. Referente de la literatura latinoamericana, decía que sus textos eran para él.

Un sello de correos de Uruguay, en honor a Onetti.

Complejo, intrincado y dramático, si Juan Carlos Onetti persistió en su escribir, obstinado y febril, fue para condenarse definitivamente. Se condenó, como solía decir, desde su infancia feliz y su adolescencia traumática. Entonces comenzó a escribir y lo hizo para él, para su placer, pero para su vicio también, y sobre todo, para plasmarse en sus relatos, y allí fue tan frágil, tímido, retraído e inseguro como en su realidad, aunque al mismo tiempo pudiera ser Junta Larsen, una de sus creaciones, el hombre que por momentos quiso ser, agresivo, decidido, el arriesgado truhán al que poco le importaban la sociedad, el futuro y las trascendencias.

Cuando surgió Larsen, comienzos de los 70, ya Onetti había escrito El pozo, Los adioses y Para una tumba sin nombre. Era una especie de existencialista atemporal. En El pozo pocos habían creído. Una y otra y otra vez, Onetti recibió rotundas y lacerantes negativas de las editoriales. Que era muy denso, le explicaban. Que le hacía falta emoción, señalaban. Unos amigos, sus contertulios de café y de bar en la Montevideo que compartían, herían y criticaban, le pagaron la edición. Sacaron 500 ejemplares. Todos tuvieron que regalarlos. Las reseñas que publicaron los diarios y revistas rescataron el tono íntimo de la obra, y hablaron de Onetti como de un joven escritor que había dejado a medias sus estudios en la escuela y se ganaba la vida como portero, vigilante, vendedor de entradas en el teatro, acomodador o mozo. Los grandes logros de Onetti, resaltaron algunos críticos, habían sido trabajar como censor, recorriendo pueblos y pueblos a lomo de burro, y haber tomado parte de la redacción de una publicación literaria, La tijera.

Pese a su juventud, Onetti ya se había casado dos veces, y con dos primas hermanas, María Amalia y María Julia Onetti. Con la primera se peleó desde el día de la boda, pero el extravío de su manuscrito de El pozo desbordó los ánimos. Con la segunda vivió hasta 1945, pasando de Montevideo a Buenos Aires y viceversa, y laborando en lo que lo aceptaran. De cuando en cuando sostenía enigmáticas reuniones anarquistas con oscuros personajes que lo convencieron de viajar a España para enrolarse en la facción republicana de la Guerra Civil. Sin embargo, esos mismos sujetos se encargaron de disuadirlo, y otros, como Carlos Quijano, lo asentaron en Uruguay ofreciéndole la secretaría de redacción del semanario Marcha. Una vez cada siete días, Onetti escribía una crítica literaria, La piedra en el charco, bajo diversos seudónimos como Periquito el aguador, Groucho Marx y Pierre Regy.

Después de El pozo comenzó a trabajar como reportero en la agencia Reuters. Cada vez con mayor asiduidad iba hasta Buenos Aires. En 1945 se enamoró de una compañera de redacción, Elizabeth María Pekelharing, y se casó con ella.  Ese mismo año La Nación le publicó La casa en la arena, donde apareció por vez primera Santa María, su ciudad imaginaria, un compendio de espíritus blancos, pulsiones, temores y vicios que delimitará cinco años más tarde con La vida breve. Hacia 1955 Juan Carlos Onetti era una celebridad literaria en el Río de la Plata, más allá de su aislamiento. Era amigo hasta del presidente, Luis Batlle Berres, a quien tiempo después le dedicó El astillero. Recibía invitaciones por doquier y opinaba sobre lo divino y lo humano, siempre con su tono monocorde y sus indescifrables ironías. 

Sin embargo, la vida y el amor le pesaban. Se separó por tercera ocasión y volvió a casarse, ahora con una argentina mucho menor que él, Dorothea Muhr. Fue director de la Biblioteca Municipal de Montevideo y periodista del diario Acción, fue entrevistado, entrevistador, comentarista y disidente hasta de él mismo, todo y nada con tal de huirse, todo y nada con tal de esfumarse. 

“La literatura es mentir bien la verdad”, decía. Él se mentía retratándose, y lo hizo hasta el fin de sus días, en 1994. Lo hizo con El astillero y con Los adioses, sus libros más comentados, y lo hizo pocos meses antes de morir con  Cuando ya no importe, su testamento. En últimas, su muerte tampoco fue como la anunciaron los diarios, porque Onetti, el verdadero Onetti, había comenzado a morir en mayo de 1974, cuando la junta militar que gobernaba Uruguay lo acusó y condenó por traición, conspiración, y otros asuntos más. Entonces él abandonó su pasado, sus historias y su fantasmagórico pueblo de Santa María.

 
 
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