Festival de Poesía de Medellín (del 14 al 21 de julio)

Juan Guillermo Sánchez: “Mi escritura parte siempre del compartir"

El poeta Juan Guillermo Sánchez M. dice que "hace tiempo me di cuenta de que no escribo libros. Cada publicación es un intento, un gesto, una aproximación. La búsqueda es simultánea en varias direcciones. La letra es un código no más. Cuando el libro canta, retumba más allá del punto aparte".

Imagen del poeta Juan Guillermo Sánchez M, quien se presentará en el próximo festival de poesía de Medellín. Cortesía

¿Qué principio y de donde proviene en usted la necesidad de la poesía y sí esa necesidad es absoluta, sí o no y por qué? 

Primero tengo que decir que el poeta y el ensayista que nombras no son el mismo. La palabra revelada y la palabra lógica se tocan en algún plano, pero fluyen por corrientes distintas. Con esto quiero decir también que el que responde esta entrevista no es ni el poeta ni el ensayista; acaso el perfomer. La necesidad es absoluta, por supuesto. Se escribe con el hígado, con la mano, con el ojo bien puesto, con la duda, con todo, ¿o si no para qué?

¿Para qué se es poeta y por qué, qué sentido tiene para su vida y como la desarrolla en esa condición incitadora? 

En mi experiencia, esta pregunta es el motor. La incertidumbre que genera despierta la creación. Su respuesta esta a su vez llena de preguntas. Hay un poema que escribí hace mil años y que aparece en el libro RÍO. Se llama “Escribo”. Y va así: “¿Escribo / para algún lean día mis escribo / por si cambian / y yo todo seré feliz / porque tranquilo más me sentiré?”. La pregunta continúa intacta.  

¿Cuándo ha terminado, si ello puede decirse, un libro, qué es lo que termina y qué es lo que comienza, o es tal vez el libro un uroboros en usted?

Hace tiempo me di cuenta que no escribo libros. Cada publicación es un intento, un gesto, una aproximación. ¿Adónde va a parar la búsqueda si terminamos? Si uroboro se repite, entonces no es mi caso. Si se muerde la cola, se vuelve laberinto, ¿no? Cada publicación es un guiño. La búsqueda es simultánea en varias direcciones. La letra es un código no más. Cuando el libro canta, retumba más allá del punto aparte.

¿Podría indicarnos tres (3) principios estéticos, metódicas o tecné en las que basa su poesía y desde dónde y por qué lo son? 

Caminar despacio. Escuchar las sílabas. Mirar el agua.

¿Qué relación tensional realiza usted en su obra entre la poesía y el ensayo, entre la intuición del instante y la racionalidad?

Pasan los días y me hace falta escribir. Cada tiempo va mostrando su color. Hay tejidos de pensamiento que te hacen cantar, y otros que te dejan mudo y taciturno. El adjetivo “misceláneo” soluciona. Los géneros son a veces zancadilla. Lo poético inunda el ensayo. 

¿En qué momento se da en usted el deseo de relacionarse con la poesía indígena como la de los wayuu, los mapuche y los kamentsa, qué busca con ello?

La conciencia de ese momento se renueva cada día. Hay momentos precisos. Cuando conocí al poeta y ensayista Miguel Rocha Vivas  y leí por primera vez a Guamán Poema, el Huarochirí, el Watunna, los relatos de Preuss traducidos por Eudocio Becerra, Las Hojas del poder de Fernando Urbina, y tantos otros. Y después cuando en mi propia investigación, leí por primera vez los versos de Humberto Ak’abal, de Hugo Jamioy, de Miguel Ángel López, de Jaime Luis Huenún, de Elicura Chihuailaf, de Ariruma Kowii, de Briceida Cuevas, de Anastasia Candre, de Jorge Miguel Cocom, los khipus/Muyurina de Fredy Roncalla. Y sin embargo no son esos los momentos del deseo. El deseo es más antiguo. Para mí “la poesía indígena” son esas letras y autores, pero también otro camino distinto a la letra, el cual toca la conversación, el viaje, la ceremonia, el canto y la imagen. 

¿En ese orden en que contribuye la poesía indígena a su misma poesía, qué extrae de ella y por qué? 

El verbo “extraer” es problemático, sobre todo en estos tiempos de extractivismos desenfrenados. No es mi intención extraer nada de nadie. El libro es un objeto público. El autor es una idea romántica. Mi escritura parte siempre del compartir: escribir para los amigos, para los lugares o maestros que te han enseñado, para un venado que ves y que te ve. Abrir todos los sentidos a la naturaleza, recordar en ella quiénes somos, aceptar las responsabilidades de nuestras historias coloniales: eso me ha enseñado la poesía nativo-migrante. 

En el largo poema del comienzo de Altamar (el libro ganador de este premio), “Voces del subsuelo y los yacimientos”, hay homenajes a los abuelos y abuelas, activistas y escritoras que han protegido con su propia vida y palabra el agua pura de sus territorios ancestrales. Aquí el poema es puente, no fin. La paráfrasis de cartas, discursos, conversaciones vuelve colectivo el poema. “Voces del subsuelo y los yacimientos” no hubiera sido posible sin la voz del Mama Vivencio Torres Márquez, el cacique José Gualinga, la poeta y cantadora Anastasia Candre, el poeta hawaiano Bryan Kamaoli Kuwada, los científicos Jacques Benveniste y Luc Montagnier, el cacique Sabino Romero, la poeta y activista Rayen Kvyeh, el hombre-medicina Chan K'in, el poeta Daniel Caño, la abuela Josephin Mandamin, el mayor Gerardo Makuna, y la abuela Mona Polacca, entre otros. Así, el reconocimiento de esta obra no es para mí, sino para todos ellos.

En este sentido, este libro es también una forma de decir gracias a la cacica Attawapiskat Theresa Spence y las mujeres que fundaron Idle No More en pleno invierno de la Isla Tortuga en 2012. A Darlene Sanderson y Mona Polacca, co-secretarias del Foro Indígena Mundial Sobre el Agua y la Paz, quienes vienen trabajando desde los años noventa en una red trans-indígena global. A Josephin Mandamin y su hermana, quienes en 2004 tuvieron la idea de crear conciencia sobre la importancia del agua, caminando alrededor de los Grandes Lagos. A Angélica Choc, quien viajó hasta Toronto a demandar formalmente a la transnacional Hudbay Minerals por el asesinato de su esposo. A las mayores Casey Camp (Ponca Pa'tha'ta, USA), Patricia Gualinga (Sarayaku, Amazonía ecuatoriana), Gloria Ushigua Santi (Sapara, Amazonía ecuatoriana), Pennie Opal Plant (Yaqui/Choctaw/Cherokee, USA), Crystal Lameman (Beaver Lake Cree, Canadá), y Blanca Chancoso (Kichua, Andes ecuatorianos), quienes firmaron en 2015 el Tratado de las Mujeres Indígenas de las Américas en Nueva York. A Berta Cáceres y a Lesbia Yaneth Urquia, ambas líderes de Copinh, asesinadas en Honduras tras años de resistencia contra las hidroeléctricas que quieren privatizar el agua. A la poeta Rayen
Kvyeh y su entrega en el Walmapu por la poesía y la defensa del bosque nativo. A Lucía Martínez de Romero, la esposa del cacique Yukpa Sabino Romero, quien continúa luchando contra la impunidad por el asesinato de su esposo. A la señora Máxima Acuña y su valentía al enfrentarse a la empresa Yanacocha para proteger el agua de las lagunas andinas. A Estercilia Simanca Pushaina, Remedios Fajardo y Vicenta Siosi, quienes desde el derecho y la literatura continúan señalando los olvidos de la nación y la desfachatez de los polítiqueros. Y a Ladonna Brave Bull, fundadora del campamento sagrado de Standing Rock. Escritoras, oradoras, representantes legales, activistas, médicas tradicionales, madres, abuelas; cada una de sus voces me ha guiado en la escritura. A todas ellas, desde el respeto y la admiración: ¡Gracias!

De su libro inicial Río y haciendo su trayecto por Salvia, de qué trata hoy su libro: Altamar y por qué lo título así? 

Esta es otra pregunta para el lector. Río es río. Salvia es lago. Altamar es yacimiento. Mi bisabuelo se llamaba Carlos Altamar. Él libro está dividido en tres partes: el largo poema del comienzo, “Voces del subsuelo y los yacimientos”. La segunda parte, “El libro de los sucesos”, son relámpagos de mi historia personal a la deriva en los últimos dos años. La tercera parte, “Paisajes”, es tejido, constelación sobre el puente. 

¿En qué medida considera usted necesaria la historia y la antropología, en lo que usted hace en su poesía: son principios y base de su poética o no y por qué? 

¿Cómo controlar el texto? Cada lector sabrá lo que necesita. ¿Qué es historia y qué es antropología para usted? En “Altamar” hay un poema que se llama “Infinitivo”. Y así va: “andar sin yo / sobre la roca muda / andar arteria / andar las dudas / andar sin yo / de tempestad / bebido / ¡andar andar / infinitivo!”. 

¿Tiende su poesía hacia lo simbólico, desde la palabra y la voz, el gesto y la catarsis? 

En el extremo de su pregunta, todo el lenguaje verbal es simbólico, ¿no? Detrás de la palabra “poesía” hay un paisaje inenarrable.

¿Es el poeta en usted un chamán o un hechicero y desde la visión mágica, por qué sí o no? 

Ni chamán ni hechicero ni antipoeta y mago. La exotización de los saberes ancestrales ha creado tantos malentendidos. Como dice Hugo Jamioy en un poema titulado Yagé I: Todo lo que he mirado / a través de la guasca / que da poder / no te lo puedo decir”. La lucidez de decir “no puedo decir”. La humildad de callar. La fuerza del silencio.

¿Cuál y cómo ha sido el carácter en su relación con el mundo como cuentista y por qué el cuento como en su libro Diarios de nada?

El cuento y el poema van de la mano, miran hacia el mismo amanecer. En mi experiencia, el cuento también es revelación. 

¿Con qué intencionalidad se mueve su poesía en la raíz y sustancia misma de la naturaleza, o la naturaleza todavía es allí, en su poesía, una indicación? 

La poesía vislumbra y parpadea; la naturaleza es presencia y enceguece. 

 

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