Personajes del año

Juan José Hoyos: saber apagar la grabadora

Este año, el periodista antioqueño fue galardonado en la categoría Vida y Obra de los Premios Simón Bolívar. Durante sus casi 40 años de carrera, Hoyos nunca mandó sus trabajos a este premio. Sin embargo, el jurado reconoció que es una de las plumas que mejor ha entendido y escrito la historia de reciente de Colombia.

Juan José Hoyos.Manuel Saldarriaga - El Colombiano

Querido Juan José,

A fin de año preparamos en El Espectador una edición especial que reconoce a los personajes principales de los últimos doce meses. Hombres y mujeres que han dedicado toda su vida a crear nuevas maneras de entender nuestra realidad: médicos, deportistas, escritores, cineastas, empresarios, ambientalistas, maestros. Personas que lograron despertar la curiosidad y la admiración de otros por su trabajo incansable, su disciplina. Es un trabajo difícil seleccionar esas personas: ¡cuántos en este país son unos temerarios por escoger el perdón y el amor en vez de la venganza y la guerra! Muchos. Sin embargo, nos aventuramos en esta tarea para mostrarle a un lector -o varios, ojalá- que, como dice Facundo Cabral, “una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye, existen millones de caricias que construyen la vida” y a esas caricias también hay que hacerles eco.

Juan José, te escogimos a ti como uno de los personajes de este año con la excusa del premio que recibiste hace un mes. El Premio Simón Bolívar de Periodismo te concedió el galardón a Vida y Obra de un periodista. Yo, cándida y ciega, pensé en escribir un perfil sobre vos: sobre tu trabajo y tus hazañas, sobre el insomnio por el que renunciaste en 2015 a tus columnas en El Colombiano y el que empezaste a curar, gracias a la carta de uno de tus lectores, a principios de este año. Escribir de tus libros y tus clases, de tu familia en Granada, Antioquia y de tus alumnos. De nosotros.

Llamé insistentemente a Martha, tu esposa, porque sabía que no usabas celular. Que te distraen y te abruman los sonidos constantes de las notificaciones. Ella me respondió amable y pactamos nuestra “entrevista” para el martes. El martes a mediodía. Cuando me contestaste, tosías. Tu voz la recordaba de algunas clases a las que me metí sin permiso en la Universidad de Antioquia, un trueno grueso que dejaba a todos los alumnos absortos y petrificados. No con miedo, por supuesto que no con miedo, sino con atención, con hambre. “¿Cómo estás?”, te pregunté. “Mal. Estuve hospitalizado porque la altura y el frío me pegan duro. Después de recibir el premio me sentí mal. Yo siempre que voy para tierra fría ando con nebulizador porque me conozco y siempre me da la maluquera. La que me salvó fue una señora del aseo del hotel. Me recomendó un té de coca que, según ella, me pararía de una. Santo remedio. Un té de coca producido por indígenas del Cauca con Registro Invima. Una de los primeros resultados del acuerdo de paz”.

Estaba nerviosa y supongo que lo notaste. Mencioné el premio y te reíste. Después de eso, todo lo que dijiste fue una clase intensiva de periodismo, pero más que eso, de amor y ética por este oficio. “Llevo más de 40 años dedicado al periodismo. Media vida se la entregué a esto, a escribir. Nunca, jamás, mandé nada a ese premio (Los Simón Bolívar). ¿Por qué? Por dignidad. Era un premio que lo recibían los políticos y los empresarios, no los reporteros. Nunca me interesaron los premios, los rótulos, las condecoraciones y, mucho menos, si venían de una empresa privada. Hace cuatro años las cosas cambiaron. Empezaron a premiar en esta categoría (Vida y obra) al maestro Osuna, a Germán Castro Caycedo, imaginate un premio de más de 30 años sin premiar a Caycedo: una barbaridad, y, el año pasado, a Alfredo Molano. Hombres que se han dedicado toda su vida a escuchar, a entender este país”.

Me contaste que el premio lo habías recibido con absoluta y genuina sorpresa. El año pasado, en la edición de diciembre de la revista El Malpensante, publicaste una crónica donde contabas la historia El Orejón, un paraje del municipio de Briceño, situado en el norte de Antioquia. Una vereda donde hay tantas minas como habitantes: hay una cada 426 metros cuadrados, mientras que en el resto de las zonas minadas de Colombia el promedio es una cada 2.600 metros cuadrados. Allí escribiste cómo guerrilleros y soldados se habían unido diez meses antes de firmarse el acuerdo de paz, para desminar el sitio. Escribiste cómo un soldado murió y su novia pueril fue por el cadáver y, en medio de una oleada de confusión entre tomarle una foto a la joven junto a su esposo o no usar el celular, ella también murió a causa de la explosión de una mina.

La voz a través del teléfono se escuchaba ronca y cortada: estabas llorando. Me dijiste que no había un título mejor para esa crónica que Barrer la casa y escribiste: “Cuando una guerra acaba, queda mucho trabajo por hacer. Hay que enterrar los muertos, recoger los heridos, dar asistencia a los refugiados... Hay que reparar los puentes y los caminos destruidos... Reconstruir las casas y las escuelas... Volver a cultivar los campos abandonados...”  Ángel Unfried, director de El Malpensante y Martha te “obligaron” a mandar el texto a la categoría mejor crónica escrita de los Premios Simón Bolívar, y “cómo no hacerle caso a Marthica”. La enviaste, La firmaste. La olvidaste.

Meses después, cuando ibas a tu casa en Cisneros, Martha te dijo que te buscaban de Bogotá. No contestaste porque ibas manejando. Cuando lograste parquear te diste cuenta de que era la gente de los Simón Bolívar. “Pensé que me había ganado el premio de la crónica, pero resulta que no, que me había ganado dizque el de la vida y obra. No le dije nada a Martha antes de llegar a un lugar en el que nos bajamos del carro. Esa mujer lloraba y casi se desmaya. A mí me dio un calambre en el estómago”.

Me dijiste con rabia que hubo muchos premios desiertos: “no estamos sirviendo para nada. La radio es una propaganda partidista sin historia. No estamos leyendo la realidad del país”. Me dijiste orgulloso que El Malpensante había ganado tres premios porque es una revista a la que le interesan las buenas historias.

Querido Juan José, yo no hubiera podido escribir un perfil tuyo en este espacio, con este tiempo. Hubiera sido una falta de respeto a tu trabajo como periodista, como maestro, como escritor. Me quedé parada al borde de tu historia con los pelos de punta y una risa temblorosa. No había ningún ápice de arrogancia en tu voz y eso me conmovió. Todo tu conocimiento nunca fue aplastante. Fuiste amoroso y agudo. “No soporto a esos hijueputas periodistas que llegan con la grabadora encendida. No saludan, no escuchan, no ven. Y luego preguntan güevonadas… no hay nada peor que un periodista que pregunta güevonadas. Así que Camila, si usted no sabe escuchar es mejor que se vaya a vender arepas a Rionegro porque es un trabajo más digno que estar juntando palabras encerrada en una redacción”.

Me quedé muda.

Gracias, Juan José.

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