Historias de Vida

Juan Manuel Galán y su decisión de postular a César Gaviria: "Lo hice de manera inconsulta"

Presentamos en este capítulo de Historias de Vida, serie creada y producida por Isabel López Giraldo, a Juan Manuel Galán, quien cuenta pormenores de lo que ocurrió cuando asesinaron a su papá, Luis Carlos Galán, y las razones que lo llevaron a lanzarse a la política, entre otras cosas.

Juan Manuel Galán, quien no ha cesado en su empeño por tratar de reconstruir el legado de su padre, Luis Carlos Galán, luego de su asesinato, en el que estuvieron involucrados políticos, agentes de seguridad del estado, nacotraficantes y paramilitares. Leo Queen

Para hablar de mis orígenes comenzaré por las familias de mis padres. La de mi papá se compone de ocho generaciones que provienen de la provincia comunera de Charalá, Santander. Mario Galán Gómez, mi abuelo, se hizo a pulso, pues los suyos son de origen campesino; él se destacó como estudiante de Derecho e hizo carrera en el sector público: fue secretario de educación de Santander, cofundador de la UIS (Universidad Industrial de Santander), contralor del departamento (entidad que ayudó a crear) y docente. Luego, a raíz de la violencia de los años cincuenta, que se desató muy fuerte en Santander, se radicó en Bogotá con mi abuela, Cecilia Sarmiento.

Una vez en Bogotá, asumió la Presidencia de Ecopetrol (a él le encantaron siempre los temas energéticos especialmente de petroquímica). Estuvo en el cargo por tres gobiernos completos: el de Guillermo León Valencia, el de Carlos Lleras Restrepo y el de Misael Pastrana Borrero. Fue más de una década (1963 a 1974) al frente de esa responsabilidad y puedo decir que realmente hizo una pequeña revolución dentro de la empresa porque impulsó con fuerza la refinería de Barrancabermeja y fundó TERPEL. En Barrancabermeja bautizaron un barrio con su nombre: Mario Galán Gómez (que empezó como ciudad Kennedy en Bogotá cuando puso la primera piedra el presidente Kennedy, con Alberto Lleras Camargo, y que ahora son una mega localidad).

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Mi abuela era su secretaria (cuando él era contralor en Santander) y con el tiempo se fueron enamorando. Su historia de amor es muy bonita: un día hicieron un paseo y mientras almorzaban el conductor se tomó unas cervezas. Al regreso manejó muy rápido, tanto, que en una curva mi abuela se salió del carro, se golpeó durísimo la cabeza contra una piedra resultando muy mal herida y casi muere. Durante su recuperación, ella sólo se dejaba atender por mi abuelo, que la visitaba todo el tiempo, le daba los remedios y le decía que tenía que comer. Entonces mi abuelo le dijo a mi bisabuela (María Suárez de Sarmiento, santandereana, templadísima, inteligentísima, muy política, que tejió lazos muy fuertes con mi papá), que él se casaría con mi abuela pasara lo que pasara.

El 27 de julio de 1939 nació la familia Galán Sarmiento, que tuvo hijos a granel, porque mi abuela estuvo por lo menos ‘cuarenta años’ embarazada, pues tuvo dieciséis embarazos y doce hijos: María Lucía, Gabriel, Luis Carlos, María Victoria, Antonio, Helena, Gloria, Cecilia, Juan Daniel, Elsa, Augusto y Francisco Alberto. Mi papá nació en Bucaramanga en 1943. Fueron seis hombres y seis mujeres. Entonces los hermanos conformaban parejas para apoyarse. La de mi papá fue Gabriel, su hermano mayor.

Tuvieron una convivencia muy cercana con los primos y terminaron tres de ellos casados con primos hermanos: Antonio Galán se casó con Carmen Sofía Galán, entonces sus hijos son Galán Galán. Pero también se casaron con primos del lado de la familia de mi abuela materna, que son Valdivieso Sarmiento (una hermana de mi abuela fue la mamá de Alfonso Valdivieso, de Roberto y de Crisanto, y éstos últimos, se casaron con dos tías mías).

Mi abuela Cecilia fue el pilar de la familia: hace poco celebramos su centenario de nacimiento. Aunque murió hace rato, la recordamos mucho. Para esa conmemoración, mis tías se inventaron una revista donde cada uno escribió artículos sobre ella contando sus historias, sus dichos y sus características de personalidad. Por ejemplo, ella era muy divertida pero también muy obsesiva, especialmente con la limpieza, porque se lavaba las manos cincuenta mil veces al día.

La infancia de mis tíos fue muy linda. Tenían un triciclo para seis. Pasaban al comedor por turnos y era mi abuela la que administraba la comida para que alcanzara para todos: se colgaba en la cintura las llaves de la alacena pues no podía desperdiciar el mercado y organizaba todo con sumo cuidado. En los cumpleaños los llevaban a cine, ese era el gran premio, el inmenso regalo y el ponqué era para celebrarle a cuatro o cinco de ellos al mismo tiempo.

A mi bisabuela le decíamos mamía. Y mamía quedó viuda muy joven cuando a Luis, su esposo, le dio apendicitis (enfermedad que en esa época resultaba mortal porque no la detectaban a tiempo, tampoco la operaban) y le tocó a ella salir adelante sola. Por fortuna era muy templada, una mujer de gran carácter (oriunda de Coromoro, el mismo lugar de origen de Antonia Santos, heroína de la independencia).

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Mamía se hizo muy amiga de mi abuelo Mario. Como mencioné, el accidente de mi abuela los acercó mucho. Quedándole veinte años de vida, mamía pasó un día por Villa de Leyva (pueblo del que se enamoró) y decidió que era ahí donde quería construir su casa e instalarse hasta su muerte. Con la ayuda de mi abuelo, Mario, compró el terreno, construyó la casa que se volvió un símbolo muy fuerte de la familia.

Mi papá, cada vez que quería encontrar un refugio de paz, de tranquilidad, un lugar donde leer, dormir, reflexionar, pensar los temas del país y desarrollar sus ideas, se iba para allá. Dormía para recargar energías, porque el lugar tiene algo muy especial, una magia única.

Mi abuelo decía que Von Humboldt, en sus diarios de sus viajes por América, había registrado que ese era el mejor punto climático que había encontrado: seco y no muy frío ni muy caliente. Recuerdo a mi papá levantándonos a las tres de la mañana para ver el 'cometa Halley' en 1986, y es que como se sabe, Villa de Leyva es el lugar perfecto para los astrónomos.

Mi bisabuela, a pesar de estar en un sitio de recogimiento como el que creó allí, cada vez que mi papá la visitaba, ella le hablaba de política, pues vivía muy actualizada, especialmente en esos temas.

Mi abuelo Mario sembró en todos el gusto por la política, o lo despertó porque ya estaba en los genes. En la sobremesa de los almuerzos y de las comidas les contaba historias como la de la Revolución de Los comuneros, les hablaba de José Antonio Galán y de la descendencia que tenemos de un hermano de éste. Eso era institucional con él. Perteneció a la logia Masónica, llegó a ser grado treinta y tres en el rito del escocismo en la Logia Hermética, que trabaja temas de ocultismo: sabía hacer el biorritmo y organizaba sesiones de espiritismo con médiums. Tenía sueños reveladores, hablaba de la trascendencia espiritual y lo hacía siendo muy católico, era de los que iba a misa, lo que prueba que la masonería y el catolicismo no han sido rivales, como la gente cree, en cambio sí, éste ha sido un mecanismo para proteger a quienes pensaban distinto y tenían ideas de vanguardia, como los liberales que se atrevían a pensar en un cambio, en una transformación, en nuevos conceptos de avanzada, pero eran perseguidos. Tenía muchos libros en su biblioteca sobre la cábala siendo ésta también parte de los temas alrededor de la mesa.

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Mi bisabuelo paterno, Januario Galán, era un personaje excéntrico, por decir lo menos. Dejó secuelas en mi abuelo Mario, porque mi abuelo resultaba rígido, austero, no expresaba el afecto muy fácilmente, mientras que mi bisabuelo era fiestero: cada vez que se quebraba hacía una fiesta. Era de los que iba al mercado y preguntaba:

— ¿Cuánto por ese bulto de yuca?

— Tres centavos (decía el campesino).

— ¿Pero de dónde lo trajo?

— De yo no sé dónde y me tocó cargarlo no sé cómo y así llegué acá al mercado.

— Eso es muy barato en tres centavos. ¡Tome diez!

Así era él. Y mamá Mercedes (porque así los llamábamos a todos: papá Januario, mamá Cecilia, papá Mario) vivía furiosa con él porque se mantenían quebrados y le provocaba ahorcarlo.

Mi abuelo materno, Álvaro Pachón de la Torre  (periodista muy reconocido de la generación de Guillermo Cano y a quien le decían ‘Pachoncito’) era todo un personaje: ultra liberal, gaitanista, estalinista, al punto que el nueve de abril se fue a las emisoras a arengar; fue un apasionado periodista en El Espectador, fundador del Magazín Dominical, y siempre usó el seudónimo de 'El narrador indiscreto' . Tenía unas crónicas divertidísimas. Por ejemplo, alguna vez viajó a París, entonces hizo unas cinco entregas para El Espectador de cómo había vivido la experiencia con Guillermo Cano durante el viaje. Él era muy bueno para titular (por él se tiene esa tradición en El Espectador). Para dar un ejemplo: ‘De Monserrate a Montparnasse’.

Mi abuela materna, Graciela, era muy conservadora, goda, regoda, tan goda, que cuando llegó a la Presidencia Enrique Olaya Herrera, mi bisabuelo dijo:

— Acabó de llegar un liberal a la presidencia. ¡Nos vamos de este país!

Y se fueron a vivir a Nueva York. Por eso mi tía Maruja nació allá.

Políticamente hablando, mi abuelo y mi abuela eran como el agua y el aceite. Pero el de ellos era un amor como yo no he visto uno igual entre dos personas. Tenían un ritual hermoso que consistía en que cuando llegaba mi abuelo al final del día, se sentaba en su sillón antiguo (que mi mamá conserva en su casa), acto seguido mi abuela se sentaba en sus piernas y él le empezaba a contar todo lo que había hecho durante la jornada de trabajo, absolutamente todo el detalle de lo que le había pasado.

Mi abuelo, tenía un dicho muy divertido:

— Tener más de dos hijos es de mala educación.

Entonces por eso solo tuvo a mi mamá y a Maruja, pero las educó como se educa a un hombre. Por lo liberal que era, las estimulaba a que compitieran, a que hicieran deportes, a que se retaran. A mi mamá, por ejemplo, la mandó a estudiar a Canadá cuando tenía quince años. Ellas son atípicas, inclasificables, son unos personajes. Mi abuelo les hacía cosas divertidísimas, por ejemplo, sesiones solemnes en el garaje de la casa: ponía la marcha de Aída a todo volumen, entonces entraba mi mamá, se paraba en frente de todos y presentaba un examen para que un jurado la calificara. ¡Hacían una puesta en escena impecable!

Los hermanos de mi abuelo eran otros personajes. Manuel Guillermo (que estuvo en la Casa Militar de Alberto Lleras Camargo), tenía un anticuario que manejaba Fica (su esposa). Era divertidísimo porque cuando llegaba un cliente que preguntaba por algo:

— Esa mesa me gusta, ¿cuánto vale?

— No, esa mesa no se vende.

— ¿Y ese jarrón?

— No señor, ese tampoco se vende.

A Manuel Guillermo le fascinaba todo cuanto ahí tenía y no quería salir de nada, entonces el anticuario nunca vendió objeto alguno. ¡Pobre Fica!

Mi abuelo mandó a estudiar a mi mamá ‘al Canadá’, al Alma College T. Thomas (cerca de London-Ontario),  para que tuviera la experiencia de otra cultura, la de vivir sola y lejos. Era mil novecientos cincuenta y tres (mi mamá tenía quince años y Maruja trece), cuando mi abuelo, con otros amigos, de regreso a su casa después de la fiesta de despedida de soltero de Guillermo Cano (iba con el esposo de Ofelia Romero de Wills  -papá de Patricio Wills- y con otro periodista que manejaba un carro convertible por una ruta oscura y sin señales), llegaron al río Fucha, que no tenía puente, se volcaron y se mataron los tres.

Tomó mucho tiempo el que le llegara la noticia a mi mamá a Canadá. El viaje de regreso era por etapas, lo que hizo su momento mucho más difícil. Eso fue terrible. De cara a su nueva realidad, les tocó mirar qué harían para vivir pues mi abuela no trabajaba. Así pues que les dio por poner una floristería entre las tres, pero no duró, porque se adelantó una obra de renovación sobre toda la Avenida Caracas que hizo quebrar el negocio. Lo curioso del caso es que un día mi papá entró a la floristería a comprar una flor (ella de quince años y él de siete): lo que recordarán años más tarde.

No se habían recuperado de la ausencia y de la muerte de mi abuelo, cuando a Graciela, mi abuela, le diagnosticaron un cáncer de páncreas y al poco tiempo murió (1958).

Mi papá, a los trece años, se ganó un premio de oratoria en el Colegio Antonio Nariño. Dijo que lo único que había hecho era repetir una de las charlas de mi abuelo Mario sobre los problemas del país, y con Gabriel (su hermano mayor), practicó para participar. Gabriel le cronometraba el tiempo en el que debía hablar y entre los dos revisaban qué tanto dijo, qué tan coherente fue, qué tan fuerte habló, qué tan contundente pareció. Ponían música clásica a todo volumen para que mi papá hablara más duro. Con eso se ganó el concurso, lo que lo convirtió en el político del salón, en el que opinaba y al que siempre le preguntaban todo. A fuerza de eso, le tocó ser disciplinado y leer sin falta los periódicos para estar muy enterado de lo que pasaba.

Mi papá se aficionó muchísimo a los deportes, inclusive casi es arquero del Deportivo Cali  (y no tengo idea por qué de ese equipo). El ciclismo también le encantaba, como le gustaron las maratones que corrió. Yo creo que el deporte le estimuló el crecimiento pues, sin duda, fue el más alto de los hermanos. Recuerdo que papá Mario hacía ejercicios de respiración todas las noches y a nosotros de niños nos daba mucha risa verlo, pero el caso es que él era muy disciplinado, caminaba alrededor de la finca con una vitalidad impresionante. Aunque fumaba mucho, después de sufrir un infarto a finales de los setenta dejó el cigarrillo de inmediato, se obsesionó por los temas de salud y fue muy cuidadoso con todo lo que pudiera afectar el hígado.

En ninguno de los Galán se encontrará un alcohólico, pero no porque no queramos beber sino porque el hígado no nos da, nos cierra la puerta, así que nunca nos tomamos más de dos tragos. Una anécdota muy divertida se da con un llanero de Villavicencio, Hernán Braidy, símbolo de Cumaral, un personaje súper Galanista que un día le dijo a mi papá:

— Bueno, ¡vamos a beber!

Le ubicó una mesa, acercó un jeep lleno de whisky y le sirvió a mi papá, se sirvió él y a mi papá nuevamente. Así fue como mi papá terminó con una laguna alrededor, pues como no tomaba, no pudo sino derramar el trago en el piso. Cuando mi papá lo visitaba, don Hernán sacaba novillo, preparaba ternera a la llanera ‘que para el doctor Galán’, organizaba la reunión y la cabalgata. Lo adoraba realmente, tanto que cuando mataron a mi papá, se encerró en un cuarto del que no volvió a salir y al mes se murió.

El gran complejo y la gran frustración en la vida de mi papá fue no haber aprendido inglés a edad temprana. Con la motivación de lograrlo, estuvo seis meses viviendo en la biblioteca de Malcolm Deas en Oxford, donde durmió con un timbre al lado, pues para ese momento ya lo azotaban cualquier cantidad de amenazas. Entonces la policía le dijo:

— Si llega a pasar algo, usted presione este botón y nosotros venimos inmediatamente.

Y efectivamente, un día llegaron los bomberos y policías, pero no por las amenazas sobre mi papá, sino porque él no tenía el arte de cocinar y se puso a hacer un arroz que se le quemó y como allá viven en pánico por los incendios, al salir humo todo el mundo se movilizó en torno a eso.

Hay un tesoro que yo conservo gracias a Lucy Páez, su secretaria, y es una tarea que le pusieron y que tengo escrita a mano por mi papá (con las correcciones en rojo de la profesora) y que tituló: ‘My son Juan Manuel’. Él me describe en una página como generoso y atrevido. También conservo todas las postales que nos enviaba.

Cuando mi papá se graduó del colegio, decidió estudiar Derecho. Se presentó al Externado y, aunque pasó, como le llamaba mucho la atención la Javeriana, también se presentó allá, pero en el examen le fue pésimo. Resulta que le pidieron que demostrara la existencia del alma, entonces él comenzó a argumentar con sobrada inspiración, pero no tenía que hacer eso sino un silogismo por la filosofía jesuita. Por fortuna el padre Giraldo lo adoptó volviéndose su mentor, le permitió el ingreso, lo empezó a estimular y así fue como adelantó el doble programa que le permitió graduarse de abogado-economista.

Estando en la Universidad fundó una revista de ideas liberales que llamó Vértice. La revista iba en color rojo, con un fondo blanco que soportaba el escudo Papal. Invitó a escribir a mucha gente, entre ellos a Daniel Samper Pizano, que estuvo muy cercanamente vinculado y escribió un buen número de artículos. También Patricia Lara, Fernando Londoño, varios de su generación, de hecho ellos mantuvieron un grupo por muchos años al que llamaron ‘Javerianos 60’. Algunos se han muerto como Rodrigo Lloreda,  Abel Carbonell, Luis Guillermo Vélez, Jorge Marmorek, Carlos Delgado Pereira, mi papá y otros tantos. Fue un semillero de gente que se destacó muchísimo.

La revista Vértice llegó a manos del doctor Eduardo Santos Montejo (primo segundo de mi abuela Cecilia. Él y su esposa, Lorencita Villegas, fueron padrinos de matrimonio de mis abuelos Cecilia y Mario). Él empieza a leer sobre ese joven que se atreve a escribir de ideas liberales en una universidad conservadora. Entonces, el segundo gran mentor de mi papá, fue el doctor Eduardo Santos que lo invitó a El Tiempo cuando mi papá apenas tenía veinte años. Ya trabajaban ahí Daniel Samper y Enrique Santos Calderón. Fue muy divertido porque mi papá le dijo a Daniel:

— Parece que voy a entrar a trabajar a El Tiempo: me van a entrevistar.

— Pues usted tiene que decir que se está ganando tanto en la Caja de Retiro de la Policía Nacional (donde trabajaba mi papá medio tiempo, como abogado sustanciador) y que quiere que le paguen tanto.

— Uy pero eso es mucha plata Daniel, si yo nunca me he ganado eso.

Daniel lo acompañó a la entrevista y le pegaba patadas por debajo de la mesa a mi papá para que dijera un número alto y así les subieran a todos el sueldo. Pero es que mi papá no sabía negociar (cambió el carro cada diez años y compró un apartamento para vivir, pues nunca tuvo fincas, ni acciones). El caso es que en El Tiempo aceptaron la propuesta de mi papá y todos lograron que les pagaran bien.

A los veintiún años el doctor Eduardo Santos le dio a mi papá la oportunidad de escribir editoriales en El Tiempo, que en esa época era privilegio de  Germán Arciniegas, Alberto Lleras Camargo y Abdón Espinosa y otros personajes, todos de altísimo calibre. ¡Esos eran los editorialistas del periódico y llega este chino a escribir! Después lo nombró como su representante en la Junta Directiva de El Tiempo y eso para mi papá fue lo máximo. Ahí se despertó toda su vena periodística.

Vino a introducirse en política cuando resultó electo Misael Pastrana Borrero.  Mi papá fue a hacerle una entrevista de cuatro horas en la que Pastrana le dio una cantidad de chivas y noticias; mi papá estaba feliz, se frotaba las manos porque iba a ser LA entrevista, iría en primera página, él se imaginaba todo. Termina la reunión, él agradece y Pastrana le dice:

— De nada Luis Carlos, pero qué lástima porque usted no va a poder publicar esta entrevista.

— ¿Cómo así Presidente? ¡Cómo me va a decir eso!

— No, usted no va a poder publicarla porque yo quiero que usted sea mi ministro de educación.

— Pero cómo se le ocurre nombrarme ministro ¡Yo tengo apenas veintiséis años!

— Es que los problemas de la educación no los va a resolver un gobierno, ni mucho menos una persona, pero yo creo que el país realmente necesita el punto de vista de un joven.

— Ah bueno, si eso es lo que usted está pensando, entonces yo le jalo.

Lo divertido es que el siete de agosto de mil novecientos setenta, el día que se posesionaba Misael Pastrana como Presidente, mi papá llegó de primero por la ansiedad y la emoción que le generaba el nombramiento dada la edad que tenía, y es que era el más joven del gabinete. Entonces se presentó ante el jefe de la Casa Militar y le dijo:

— Yo soy Luis Carlos Galán, el ministro de educación.

— Ay sí y yo soy la reina Isabel. ¡Por favor señor! Deje de ser tan desocupado y no me haga perder el tiempo que aquí estamos en pleno protocolo.

Entonces llegó otro de los ministros que saludó a mi papá:

— Señor ministro…

Ya te imaginarás lo incómodo de la situación para el jefe de la Casa Militar. En últimas, mi papá pudo entrar a posesionarse.

Este fue un ministerio muy duro, porque todo lo de mayo del sesenta y ocho en París vino a pegar a Colombia dos años más tarde (no como ahora que todo es instantáneo). A mi papá le quemaron dos veces el carro en la Universidad Nacional, es más, creo que mi papá fue el ministro que más carros gastó, porque además uno lo estrelló él. Es que a mi papá le fascinaba manejar, pero era algo que no se le daba muy bien, además lo hacía muy rápido. Cualquier día visitando municipios de Santander, mi papá le dijo al conductor:

— Déjeme manejar porque vamos tarde.

Arrancó y llegando al Socorro una curva le ganó: ¡casi se matan! Pero creo que el carro lo salvó, era un Mercedes Benz recién llegado de Alemania que le brindó una seguridad que otro carro seguramente no le hubiera proporcionado. Resultado de esto fue una pierna enyesada, muletas por buen tiempo y el carro vuelto nada. Bueno, el lugar adoptó el nombre de: La curva Galán.

Y es que normalmente no llegaba a tiempo a sus compromisos por quedarse hablando y compartiendo con la gente, por lo mismo perdía la noción del tiempo. Los miembros del Nuevo Liberalismo que tienen anécdotas de campaña con él, cuentan que lo esperaban bajo la lluvia siete y más horas: a la gente no le importaba y lo recibía siempre bien.

Para ese momento, mis papás ya se habían conocido en El Tiempo. La llegada de mi mamá al periódico resulta muy divertida. Se entrevistó con don Roberto García Peña, con el doctor Eduardo Santos y con Calibán (Enrique Santos Montejo). Entró a trabajar cubriendo la página social. Luego la mandaron a cubrir los reinados de belleza en Cartagena, que en esa época eran lo máximo, pero teniendo en cuenta que no había fax y para que al día siguiente pudiera salir en primera página el nombre y la foto de la reina, mi mamá tenía que: ¡adivinar quién iba a ganar! Nunca se equivocó, por fortuna. Después hizo crónicas. Una de las más importantes y de la que Gabriel García Márquez contaba la historia, fue la del Festiva Vallenato  (Gabo decía que la que se había inventado realmente el Festival había sido mi mamá), porque ella con las crónicas, logró darle visibilidad y que se volviera de reconocimiento nacional lo que antes era un tema de provincia.

El doctor Eduardo Santos quiso muchísimo a mi mamá. Le escribía cartas que conservamos y que contienen la demostración de afecto más extrema que se conozca de él. Al final siempre escribía:

— Reciba Gloria, un fuerte estrechón de manos.

Cuando mi mamá se conoce con mi papá, comienzan a hacer cosas juntos. Debo mencionar que mi papá venía de un trauma muy fuerte a causa de una relación anterior con Matilde Uribe y que mi mamá, con su inteligencia y su gran carácter, supo manejar. Con los años mis hermanos y yo nos acercamos mucho a la familia Uribe porque mi papá así lo quiso, compartimos con ellos y recuerdo los regalos maravillosos que nos traían en Navidad que eran realmente espectaculares.

Mis papás se unen en matrimonio en una ceremonia que se celebró en la iglesia Santa María Goretti en diciembre del año setenta y uno, cuando mi papá estaba en pleno ministerio (1970 – 1972). Sus padrinos fueron el presidente, Misael Pastrana, y María Cristina Arango.  

Al matrimonio llegamos muy rápidamente nosotros sus hijos.

El ministerio le permitió conocer de primera mano lo que era la educación en el país, por lo mismo, mi papá decidió ponernos en un colegio público porque él decía que: ‘en Colombia la gente vive una especie de segregación social desde la cuna, están los niños que van a ciertos colegios y que se les abre un panorama muy distinto al de los que van a colegios públicos por la falta de recursos, por la mala calidad de la educación. Desde ahí se genera la inequidad’. Él quiso que viviéramos la realidad del país. Nosotros estudiamos con gente de clase media alta: los hijos de un empresario, por ejemplo. Pero también con los hijos de las aseadoras del colegio. Así tuvimos todo el espectro social. No estudiamos en una burbuja elitista, ni materialista, que después de vacaciones llega a contar que estuvo en Europa y que el fin de semana lo pasó en Miami.

Mi papá como ministro había inaugurado la sede del Pedagógico en la calle ciento veintisiete, porque un temblor afectó estructuralmente a la Universidad Pedagójgica de la 72, donde quedaba también el colegio (éste funciona desde 1927, inaugurado por las misiones alemanas que vinieron a Colombia con técnicas educativas innovadoras, así teníamos equipos de gimnasia sueca donados por los alemanes, instrumentos completos para una orquesta porque el tema musical en Alemania era muy fuerte). Hacía las veces de laboratorio de la Universidad Pedagógica.

Yo me gradué como bachiller normalista, por eso aprendí antropología y administración escolar. Hacíamos prácticas en primaria lo que me dio la oportunidad de identificar una vocación en mí. Fue algo que mi papá gozó enormemente. Muy al final, mi papá me acompañaba a preparar las clases, aún en medio de todos sus problemas de tiempo, de amenazas y de seguridad. Fuimos una vez a la Plaza de Bolívar porque quiso ayudarme a preparar una clase que yo iba a dictar, era sobre el 7 de agosto y la posesión presidencial. Hicimos un simulacro en sitio mostrándome los lugares emblemáticos y contándome historias de posesiones y demás. Eso fue para mí muy emocionante.

En la casa nos protegieron mucho, en el sentido de que no nos contaron de las amenazas contra mi papá, pero sí las sentíamos, pues no podíamos salir ni a la puerta. Yo le decía a mi papá:

— Papá, quiero visitar a un amigo.

— No.

— Quiero ir al parque porque vamos a jugar…

— No.

— Pero entonces, ¿puedo ir donde mi tía…?

— No.

Nos quedábamos en la casa jugando entre nosotros, leíamos, veíamos televisión. Lo que resultaba muy especial era cuando jugábamos ATARI con mi papá, porque él siempre fue muy competitivo y ahí no importaba la hora o si teníamos que madrugar, porque no suspendía hasta que no nos ganara.

Todo fue distinto para nosotros cuando vivimos en Italia en el año 72. Yo tenía un mes de nacido cuando mi mamá viajó conmigo a Roma, donde viví mis primeros tres años y medio. Allá nació mi hermano Claudio. Como mis papás no sabían qué nombre ponerle, la secretaria de la embajada le dijo a mi papá:

— ¡Póngale un nombre romano. Sí, un nombre italiano!

De ahí viene su nombre: Claudio Mario Juan (Mario, por mi abuelo). Yo me llamo Juan Manuel porque mi papá era muy admirador de San Juan Bautista, entonces quiso que los dos lleváramos el nombre Juan.

Tengo memorias muy borrosas de esa época, pero mis primas me cuentan que todo fue muy divertido porque mi mamá me llevó al jardín infantil en donde, obviamente, todo era en italiano y cuando la profesora nos ponía a mencionar el nombre de cualquier cosa, yo decía en español:

— ¡Ventana!

Entonces, el niñito italiano decía:

— ¡No! ¡Finestra!

Y yo alegaba:

— ¡Se dice ventana!

Yo era terrible de chiquito, muy inquieto y dañino. Tengo el libro que mi papá llenó con su puño y letra (ese que le hacen a los bebés cuando nacen, que llevan toda la información desde la hora del nacimiento) durante todo el tiempo que permanecimos en Italia. En el libro mi papá hizo una relación de todas las cosas que yo dañé y el costo del arreglo: máquina de afeitar eléctrica marca Phillips … tanto…, tocadiscos de Alberto Zalamea al que le rompió el brazo… tanto … ¡Mi mamá sufrió mucho conmigo!

A nuestro regreso al país, papá Mario y el embajador de Italia en Colombia fueron a recibirnos al aeropuerto. Mientras los saludos con mis papás y en un descuido de papá Mario, me subí a su carro, un Chevrolet Malibú 1964, lo prendí y como estaba engranado arrancó, con tan mala suerte, o tal vez buena suerte, que fue a parar contra el carro del embajador, un BMW 2500 sedan que estaba parqueado adelante y que estrellé por detrás.

De nuevo en Colombia canalicé toda mi energía en el deporte: jugué futbol y monté bicicleta. Esto fue posible en la primera casa donde vivimos. Inicialmente estuvimos seis meses donde mis abuelos (una casa que se mantiene todavía en la calle setenta y cinco con carrera quinta). Luego mi papá arrendó otra un poco más arriba (la que después compró José Gabriel Ortiz) y ahí estuvimos un buen tiempo antes de que mi papá le arrendara a mi tía, Isolina Sarmiento, su casa de la 104 A con carrera 19, cerca al parque de Francia y frente a otro parque (casa que ya tumbaron para construir un edificio, al lado del colegio femenino El Buen Consejo). Viviendo ahí jugamos mucho, montamos bicicleta, fuimos al restaurante del lado, Romano Gálico. Fue maravilloso para nosotros porque pudimos jugar en la calle. Cuando mi hermano Claudio cumplió años acababan de pasar unos Olímpicos y mi papá le organizó olimpíadas en el Parque de Francia: todos mis primos llegaron a competir, los amigos de Claudio y los míos también; mi papá nos hizo pruebas de ciclismo, de atletismo, de salto alto, largo, lanzamiento de bala; él era el juez e iba anotando la puntuación; había mandado a hacer un pódium y, por supuesto, medallas con las que nos premiaron él y mi abuela. Todo esto por la afición de mi papá al deporte.

La seguridad se comenzó a complicar con el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla. Mi papá nos contaba de la situación del país, pero lo hacía de manera prudente para no generarnos preocupación, porque él prácticamente permanecía en campaña: esa era su constante.

Por ejemplo, la del 78 fue la campaña al Senado por Santander y salió elegido por las listas liberales. Recuerdo que él se iba en un carro que compró en compañía de Alfosno Valdivieso:  primero fue un Renault 6 rojo, pero ese carro no les sirvió en las carreteras destapadas, así que muy rápidamente lo cambiaron por un Daihatsu blanco carpado. Entonces mi papá arrancaba todos los fines de semana, para pasar tres o cuatro días seguidos en correría, así se fregó la espalda: después de esa campaña casi queda paralítico y recuerdo que nosotros lo acompañamos a las terapias.

En ocasiones nos llevaba con él, eran unas maratones muy duras, muy exigentes, pero en ellas yo sentía la energía de la gente hacia él, era algo impresionante, multitudes enteras lo rodeaban, era como ser el hijo de una estrella de rock. ¡Tal cual!

Después vino la campaña del 80 aquí en Bogotá, cuando presentó una lista del Nuevo Liberalismo al Concejo y sacó alrededor de veintiocho mil votos. Eso fue la locura, el Concejo prácticamente era manejado por el partido casi en su totalidad: el Nuevo Liberalismo era el que mandaba en el recinto. Lo único que nunca lograron fue la Alcaldía.

Luego vino la campaña presidencial del 82, que fue la más grande y maratónica, y en ella no vimos a mi papá a excepción de las veces en que nos llevaba a sus correrías. Como yo tenía diez años lo acompañé con relativa frecuencia. Recuerdo alguna vez que íbamos en una avioneta con Hernando Suárez, aterrizamos en unas pistas en María la Baja, que estaban llenas de ganado que obligaban a la avioneta a sobrevolar una y otra vez hasta que abrieran camino y así aterrizar. Un día, en Málaga, llegamos a una pista complicada porque ésta es en subida, así que la avioneta aterrizaba subiendo y despegaba bajando, entonces un señor en medio de su fanatismo por mi papá, se le botó a la avioneta, se dio con el ala durísimo y el señor casi se mata, el ala quedó partida y ya te imaginarás lo que significó arreglarla. Llamaron al dentista del pueblo que tenía unas resinas y con ellas la remendó y pudimos volar nuevamente.

Cuando miro en retrospectiva, yo hubiera querido hacer muchas más cosas con mi papá, esas que hace un papá con sus hijos, por lo menos el que tiene tiempo o el que no maneja ese nivel de riesgo.

Mi mamá jugó un rol muy importante siempre. Trabajó, pero sólo lo hizo por épocas. Por ejemplo, estuvo muy vinculada al CPB (Círculo de Periodistas de Bogotá) gracias a mi abuelo (que cuando murió era su presidente). El CPB se olvidó de mi abuelo precisamente por la impecable labor de mi mamá, pero él fundó Periodistas Asociados, con un grupo de periodistas de la época y que siguen muy vigentes: Héctor Rincón (al que le decían el Zorro), Pilar Tafur, Rosita Mora, Iván Mejía y varios otros muy connotados. Luego mi mamá dirigió el Telenoticiero del Mediodía  (de María del Rosario Ortiz y Fernando Contreras). Cuando lo recibió, estaba en el último lugar en rating, tenía dos cámaras, ni un solo corresponsal nacional y no contaba con recursos. Luego se llamó Colombia 12:30, de la productora Telestudio. A los dos años mi mamá lo puso en el primer lugar, con el manejo de noticia de última hora. Pero durante las campañas de mi papá y por mucho tiempo, mi mamá dejó de trabajar para estar pendiente de nosotros.

Recuerdo que hacíamos las tareas del colegio con mi mamá. Yo realmente me conecté con el colegio cuando escogí el bachillerato pedagógico: ahí descubrí que me gustaba la docencia. En ese momento no tenía idea de lo que iba a hacer pero, lo que debió pasar, fue que yo me graduara del colegio en diciembre del ochenta y nueve, prestara servicio militar con mi papá en la Presidencia y luego me fuera a estudiar inglés (porque las circunstancias de una presidencia de mi papá hubieran sido dificilísimas con Pablo Escobar vivo, poniendo bombas y atacando, y mi papá combatiendo eso, como le tocó a Gaviria). Yo creo que nosotros, sus hijos, hubiéramos vivido por fuera. Pero yo estaba desprevenido con respecto al futuro, solo que la vida nos cambió drásticamente: fue como estar en un paseo de globo flotando tranquilo y, de repente, sufrir la caída libre con un aterrizaje fortísimo.

Me salté una cantidad de etapas que vive la gente a esa edad, como el compartir con amigos, el salir en la universidad, la rumba, los paseos, las novias. Eso yo no lo viví porque a los 17 años me volví una persona mayor. Con la muerte de mi papá yo quedé desconectado. En un limbo.

Era un 18 de agosto y yo estaba en el colegio. Tenía clase hasta las tres, la última era la más pesada, la que menos me gustaba, porque imagínate un viernes después del almuerzo recibir química cuando uno sólo espera para salir (aunque el profesor es increíble y somos muy amigos). Terminó la clase y yo debía irme directo para mi casa, pero como acabábamos de celebrar los cincuenta años del matrimonio de mis abuelos Mario y Cecilia, tomé otra decisión.

El cincuenta aniversario, o sea, las bodas de oro, obligaron una planeación que tomó un año: todos mis tíos reunidos misteriosamente a puerta cerrada, revisando cada detalle de todo lo que iban a hacer: una misa, luego una recepción, después la reunión en el Hotel El Duruelo en Villa de Leyva. Como toda la familia se iba a concentrar en él, lo cerraron para nosotros. Gustavo Nieto Roa (documentalista y cineasta muy amigo de la familia) hizo una serie de entrevistas a todos mis tíos, a mis papás y a mis abuelos sobre lo que significaban los cincuenta años, de cómo había sido la Historia de la Familia, recordando anécdotas: el documental lo presentaron el día de la fiesta. El tema es que él tiene una hija, Andrea Nieto, que a mí me encantó y ahí comenzamos a hablar por teléfono (que era fijo porque ¡ni qué celular ni qué chat!). Yo había cuadrado con ella que ese viernes nos veíamos. Entonces, al salir del colegio, en lugar de irme para la casa, me fui a visitar a la niña. Usando mi poder de culebrero no paisa, convencí al conductor de que me llevara a la casa de ella y estando ahí recibí una llamada de mi mamá en la que me dio un tremendo regaño.

Mi mamá estaba furiosa, me ordenó que me fuera para la casa pero que antes esperara llamada de mi papá. Quedé pendiente pensando en que mi papá estaría furioso.

Entró la llamada, pero él con una voz tranquilísima. Y no siempre era así, porque cuando él era bravo… cuando él nos pedía revisar los cuadernos (lo que ocurría una vez cada diez años). Se sentaba a la mesa del comedor, nos acercábamos, sacábamos los cuadernos y: tarea tal…, en blancotarea tal otra…, en blanco. Entonces mi papá preguntaba: ¿y esta tarea? Uno le decía cualquier cosa y nos regañaba. Así como los discursos ante veinte mil personas en plaza pública, pero estando solos frente a él. Uno se iba poniendo chiquitico en la silla. Esa era labor de mi mamá, pero es que uno ya estaba acostumbrado a ella y sabíamos cómo manejarla, pero… ¡a mi papá!

El caso es que mi papá estaba muy sereno, súper tranquilo, muy calmado y me dijo:

— Viejo, vete para la casa porque ahorita no es conveniente salir, las cosas están difíciles.

— Sí, claro papá. ¿Y tú qué vas a hacer?

— Yo tengo una correría esta noche pero nos vemos más tarde.

— Bueno papá, listo. Que te vaya bien.

Esa fue la última vez que hablé con mi papá. Eso fue lo último que hablamos…

Entonces me fui para la casa donde mi mamá, que obviamente estaba brava y que me reclamó por desobedecer. Pero se fue calmando (a mi mamá se le pasa rápido, ella nunca dura más de cinco minutos brava y nunca ha dejado de hablarnos). Estábamos en el cuarto de mis papás comiendo y viendo la novela del momento que nos fascinaba (no recuerdo si era Calamar o Caballo Viejo, una de esas novelas de las ocho de la noche), cuando entró una llamada. Era Lucy Páez (la secretaria de mi papá, porque lo fue toda la vida desde Nueva Frontera, la revista que fundó Lleras Restrepo, cuando mi papá regresó de Italia para convertirse en la persona más importante de la revista con Patricia Lara). Nos dijo que pusiéramos el radio porque estaban dando la noticia de un tiroteo en Soacha. Mi mamá inmediatamente sintonizó la emisora pero las noticias eran muy confusas:

— Tiroteo en la manifestación del doctor Galán… La manifestación se canceló… Se retiraron todos los presentes…

Pero no daban a entender que le hubiera pasado algo a mi papá. Dijeron que a las personas heridas las estaban llevando a Cajanal.

En esa época habían asignado una patrulla de policía como puesto fijo de vigilancia y de seguridad en la puerta del edificio. Entonces le dije a mi mamá que nos fuéramos en ella para ver qué estaba pasando. Nos subimos a la patrulla, pedí a los policías que sintonizaran la emisora y todo apuntaba hacia allá.

Cuando llegamos ya había muchísima gente y cámaras de televisión. Recuerdo que cuando nos bajamos, un camarógrafo se le vino encima y de frente a mi mamá sin consideración ninguna, queriendo tomar su reacción, lo que me molestó muchísimo (recuerdo que lo empujé y realmente lo siento, pero fue la reacción de ese momento).

Entramos a urgencias y nos pusimos al lado del radioteléfono del despachador de las ambulancias. Llegó una con dos escoltas heridos. Uno era Santiago Cuervo, quien a los quince días murió por una infección que le produjeron los disparos que recibió al lanzarse a cubrir a mi papá y así, mortalmente herido, lo alzó para llevarlo hasta el carro. Murió estando embarazada su esposa Olga Marina, quien trabajó conmigo estos doce años en el Senado. Lo alcanzamos a visitar y no podía hablarnos porque tenía respirador, pero con señas nos señalaba el embarazo de la esposa, como quien pide que no los olvidemos. Y Pedro Nel Angulo (resultó herido de manera más leve). Lo visitamos en la clínica donde estaba lleno de pánico, con la mano en una pistola todo el tiempo, esperando a que vinieran a rematarlo.

Ahí estuvimos como una hora después de que llegó la ambulancia. Finalmente nos informaron que estaba en el Hospital de Kennedy. La distancia era atravesar toda la ciudad, desde donde nos encontrábamos hasta allá. El recorrido fue una cosa loca, los policías que nos acompañaban sacaban las ametralladoras y con ellas abrían paso. En nosotros estaba la esperanza de que mi papá se encontrara bien, pero al mismo tiempo permanecíamos en un silencio como el de quien anticipa que viene lo peor. Fue un silencio nada esperanzador.

Cuando finalmente llegamos, estaban varios carros de los ministros ahí parqueados. Vi a lo lejos al policía que siempre acompañaba en la moto a mi papá y me le acerqué a preguntarle por él:

— ¿Qué pasó? ¿Es grave?

— Sí, es grave.

Ahí empecé a prepararme para lo peor que se venía. Entramos y al fondo de un corredor reconocí a una niña de mi colegio que había sido practicante de mi hermano Claudio en el colegio y que recibió a mi papá, pero ella no se atrevió a decirme nada. Entonces continuamos hasta llegar a un sitio, no sé cuál, nos sentamos y me acuerdo que había mucha gente donando sangre como Manuel Francisco Becerra (ministro de educación). El tipo de sangre de mi papá era muy raro (O -) lo que no ayudaba. Luego nos llevaron a una sala chiquita a la que llegó el director del hospital (a quien no conocíamos y que estaba interviniendo a mi papá). Nos dijo:

— Siéntense.

Se sentó frente a mi mamá y le dijo:

— No hay nada qué hacer.

Ahí se nos acabó el mundo.

Mi mamá le dijo:

— ¿Pero cómo así que no hay nada qué hacer!

— No hay nada qué hacer.

Empezó a llegar la gente y la sala se llenó en un segundo. Yo quedé bloqueado, aturdido, como metido en una película. Era una cosa extraña. Entré a un estado de negación en el que pensaba:

— Esto es porque estoy soñando, esto es irreal. No, no puede estar pasando. Me voy a despertar en un momento y va a ser otra cosa. Es que no puede estar pasando.

Quedé en shock y así duré varios días.

De ahí nos llevaron a la oficina del director del hospital, que era más grande y como tenía ventanas no hacía tanto calor. Yo me senté en el escritorio, abrí un cajón y saqué unos papeles (era papel mantequilla del que usaba para calcar los mapas en el colegio) y ahí me puse a escribir el discurso: no paré de escribir. Mientras tanto iba llegando gente como Ernesto Samper, todo el mundo. Yo hice un borrador que le pasé a mi prima Juana, porque le pedí que lo mirara, ella lo leyó y no dijo nada. Entonces le pedí:

— ¿Usted me lo puede pasar a computador?

— Sí claro, yo se lo paso.

Lo transcribió y al otro día me lo entregó impreso. Fuimos al capitolio y cuando entraron a mi papá al Salón Elíptico, ya cuando vi a mi papá en el ataúd… Ahí me derrumbé. Era un hecho. Vi mi realidad de frente.

La noche anterior nos habían preguntado que si queríamos ir a verlo y así lo hicieron mi mamá y mis hermanos, pero yo no fui capaz. Simplemente no fui capaz.

Por muchos años soñé con mi papá, revivía toda esa tragedia y en mis sueños yo sabía lo que iba a pasar, así que durante todo el día trataba de evitarlo, pero no podía, no lo lograba.

Despierto a mi realidad, veo a mi mamá y a mis hermanos vueltos nada sin saber qué iba a ser de nuestras vidas. Yo no pude volver al colegio porque Escobar dijo que también iba por las familias. Yo mandaba los trabajos y me los devolvían calificados, los exámenes también. Así pasé los dos últimos meses de colegio hasta graduarme. La pregunta que seguía era qué íbamos a hacer. No quedaba sino irse un tiempo porque: ¿cómo quedarse?

Salimos del hospital para la casa pues necesitábamos oxigenarnos un poco y recuperar fuerzas (aunque mi mamá regresó a esperar la salida de mi papá, lo acompañó hasta el Salón Elíptico del Congreso y sólo volvió a la casa hasta cuando ya eran las tres o cuatro de la mañana). Esa noche no dormimos.

La tristeza del día siguiente no tiene nombre. Recuerdo a mi mamá arreglándose para ir al Capitolio, muy triste, como preguntándose qué iba a ser de la vida nuestra y de la de ella sin mi papá. Pero por ahora debía cuadrar los detalles de cómo iba a ser el entierro.

El alcalde, Andrés Pastrana, facilitó muchísimo las cosas para que todo se hiciera como es debido: en el Cementerio Central, en la calle principal del elipsis conocido como el Pabellón de los Inmortales, lugar donde están todos los ex presidentes (Gabriel Turbay a quien mi papá admiraba muchísimo). Ahí han ido enterrando a los de la Junta Militar, a Rojas Pinilla, Santander, Rafael Uribe Uribe, Carlos Pizarro, José Raquel Mercado  (el primer sindicalista que asesinó el M-19), Jaime Pardo Leal, cuyo epitafio reza:

— ‘Si la muerte me sorprende, no le tengo miedo, soy un hombre dialéctico y sé que después de mí, vendrán otros mejores a reemplazarme’.

La frase que nosotros escogimos para mi papá dice:

— ‘Quiero que el país me recuerde como el hombre que ayudó a cambiar la manera de pensar de la nación’.

En parte lo logró, pero todavía falta mucho y por eso es que decidí continuar con su legado y retomar sus banderas.

Nos fuimos para el Capitolio ese sábado. El Salón Elíptico estaba lleno de gente. Ya había pasado el presiente Barco.  Luego, cuando nosotros llegamos, él volvió a pasar y así mucha gente haciendo fila en la Plaza de Bolívar para despedir a mi papá, pero también estaban las personalidades que lloraban como niños: Andrés Pastrana, Carlos Lleras…

Creo que Carlos Lleras sentía culpa, sin duda, porque mi papá le dedicó mucho de su vida a ayudarlo desde cuando trabajó en las Juventudes Lleristas, mientras Lleras, ya en la Presidencia, le ofreció cosas que mi papá no pudo aceptar: solo ser delegado de Colombia ante la Uncdat (Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial). La conferencia duró meses y se realizó en Nueva Delhi. Mi papá fue delegado de Colombia y aprovechó esa oportunidad para hacer un viaje que para él fue muy importante: estuvo en Italia, en India, en Israel. En el libro de Alberto Zalamea, para la conmemoración del primer año de la muerte de mi papá, muy poético y con fotografías impactantes, habla de sus orígenes (que están relacionados con Santander), del Cañón del Chicamocha, de Charalá, de mi abuelo y de las conversaciones sobre Antonio Galán y, al final contiene un pasaje muy bello donde dice que mi papá en ese viaje a la India “había contemplado en un atardecer de Benares, al borde del Ganges impasible, el incesante lanzamiento de barquitos de paja con una vela encendida, cada uno el símbolo de una vida y un destino, presagios ominosos de un futuro incierto. Él no tuvo que arrepentirse de haber interrogado al enigmático rio. Conocía perfectamente el arte de construir su propia vida”. En el libro relata sobre los presagios del destino y que mi papá entendía cuál era el suyo y cómo construirlo. (Ese libro lo hizo Alberto con Cecilia Fajardo, prima de mi mamá, pues ellos eran editores de libros culturales y de arte para el Banco de la República. Éste lo editó La Javeriana y se agotó muy rápidamente).

Ese sábado fue un día muy largo, todo resultó muy atropellado. Yo no sé a cuánta gente saludamos, a la que terminamos consolando porque estaba destrozada, lo que no sé sí sirvió de terapia, pero terminamos rendidos, porque emocional y físicamente, eso cansa muchísimo.

Mi papá ayudó a la Sinfónica Juvenil de Bogotá cuando él fue concejal. El concejo era manejado por el Nuevo Liberalismo, entonces la Orquesta tocó en la misa de la Catedral. Ese concierto fue muy bonito porque interpretaron la Misa de Coronación, de Mozart, que es muy fuerte. Uno de los picos emocionales de esos tres días, fue entrar con mi papá a la iglesia y escuchar la misa sonando. Eso fue tremendo…

La última gran lucha política de mi papá fue la Consulta Liberal que consistía en que el candidato del Partido no se escogiera a dedo en una convención sino que fuera la gente la que votara por el candidato de su preferencia, en una especie de primaria donde los precandidatos compiten. Esa fue la condición que mi papá le puso al Partido Liberal para regresar después de tener el Nuevo Liberalismo tantos años. Pero esa noche del sábado, nos reunimos con mi mamá y mis hermanos en el comedor de la casa, porque algunos de los precandidatos de la época, que además de mi papá eran Ernesto Samper, Hernando Durán Dussán, Jaime Castro, William Jaramillo y Santofimio, comenzaron a decir:

— No, pues, ya muerto Galán, para qué vamos a hacer Consulta. Hagamos una convención y escojamos el candidato.

¡Ese era el homenaje que el partido liberal le quería hacer a mi papá después de que lo asesinaban! ¡Querían cancelar la consulta popular! A nosotros nos entró un sentimiento de indignación y de rabia infinita. Empezamos a buscar cómo salvar la consulta, no podíamos permitir que se cancelara. Recuerdo que mi mamá dijo una cosa que me quedó sonando:

— El que realmente se tiene que meter a defender la consulta y a pronunciarse para salvarla es Gaviria, pues es el director de la campaña.

A mí eso me quedó sonando. El domingo, que fue el entierro, llegué a la conclusión de que había que decirle a Gaviria que asumiera la candidatura. No le dije nada a nadie y como yo iba a intervenir en el cementerio, pensé que ese era el escenario para anunciarlo. Tenía mi discurso escrito, el original lo guardé en el bolsillo del saco de mi papá y leería el del computador que ya estaba listo y que cerraba con una frase que era la que siempre usaba mi papá en discursos:

— En el nombre de Dios y de mis mayores, por la libertad, por la justicia, siempre adelante, ni un paso atrás y lo que sea menester sea (Juramento comunero de Antonio Galán).

Mi papá abreviaba la frase, pero conservando siempre la misma base, solo que la gente la cambiaba, así como le cambian los nombres a mi mamá y a Maruja, tanto que una vez un señor confundido prefirió decir:

— Ahí van las señoras del doctor Galán.

Era tal el número de personas que el carro que asignaron para trasladar a mi papá no se pudo usar y tuvimos que caminar. El tumulto era impresionante, todos abarrotados llorando y gritando con rabia pidiendo justicia:

— La morena de Durán, asesinos de Galán.

Nosotros no entendíamos eso qué quería decir y con el paso del tiempo, cuando nos metimos en la investigación, descubrimos quién estuvo detrás de la muerte de mi papá* (leer en detalle al final).

En el cementerio hablaron, en nombre del Partido Conservador, Rodrigo Lloreda Caicedo, (compañero Javeriano de mi papá) y César Gaviria en nombre del Parytido Liberal. El presidente no asistió por razones de seguridad. Gabriel Rosas Vega (ministro de agricultura de Barco en ese momento) habló en nombre del Nuevo Liberalismo y a mí me tocaba de último, para hacerlo en nombre de toda la familia.

Gabriel cerró con la frase de mi papá, la del ‘siempre adelante y ni un paso atrás’. Yo no quería repetirla, entonces decidí quitarla e inmediatamente escribí lo que iba a decir de Gaviria para cerciorarme de que lo dijera bien. Di el discurso y cuando terminé con la frase, mi mamá miró a Carlos Fernando y le preguntó:

— ¿Pero qué está diciendo Juan Manuel? ¡Qué está diciendo!

Mi mamá fue la más sorprendida porque quería esperar a que pasara el entierro, reunirse con la gente del partido y escucharla para saber qué pensaba. Mi mamá es reflexiva, le gusta consultar (tiene la mentalidad de periodista en consejo de redacción donde se hablan las cosas y se planean).

Después entendimos que ese julio en Villa de Leyva no habíamos celebrado el aniversario cincuenta de matrimonio de mis abuelos, sino realmente la despedida a mi papá (lo mataron en agosto siguiente). En esa reunión alguien le pidió que me definiera y recuerdo que me quedé mirándolo, impaciente, por lo que iba a decir:

— ¡Atrevido! (dijo).

Y sí. Tuvo razón. Yo me atreví a tomar una decisión de mucha trascendencia, de gran impacto nacional, la que de alguna manera definió un camino. Lo hice de manera inconsulta cuando apenas tenía diecisiete años. Necesariamente el tiempo y las vivencias van moderando el carácter: eso es inevitable y sano también.

La reacción de Gaviria en el instante fue la de acercarse para darme un abrazo. Lo que él me dijo después, fue que en ese momento no entendió lo que estaba pasando (llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir, pues cuando se produjo lo de mi papá en Soacha, Gaviria estaba representándolo en otra reunión en Valledupar). Y es que a él siempre lo cogen las malas noticias allá, como la del asesinato de su hermana. Esa noche él se fue a dormir y sólo cuando se despertó, entendió la dimensión de todo lo que había pasado.

En lo único que yo pensaba durante esos tres días, desde el momento de su muerte hasta su entierro, era en mi deseo de establecer un diálogo con mi papá para preguntarle:

— Papá, ¿qué podemos hacer para que tantos años de trabajo, de esfuerzo y de sacrificio tuyo, no queden ahí y no se pierdan.

Gaviria fue el ungido por una cosa pragmática. Representaba la unión con el partido liberal que le estaba tendiendo puentes a mi papá para que se reincorporara: uno de ellos era honrar la Consulta Popular. Julio César Turbay Ayala,  jefe del Partido Liberal de ese momento, fue quien garantizó ese mecanismo.

Es precisamente esa una de las grandes ironías de la historia de mi papá. Dedicó su vida y energías a ayudarle a Carlos Lleras Restrepo cuando este realmente nunca le correspondió, pues solo lo apoyó en el año ochenta y dos, para cobrarle a Alfonso López Michelsen que se había ganado el consenso de San Carlos con Julio Cesar Turbay Ayala, lo que le pareció perfecto a Lleras. Pero cuando ve que ese señor va a hacer una disidencia decide apoyarlo y así Alfonso López no va a ser reelegido: como no me dejaron a mí, entonces él tampoco lo será.

Es curioso que Turbay Ayala, que fue el personaje contra el que mi papá enfiló todas sus baterías de discurso de oposición, le dispusiera el camino a la Presidencia. Mi papá fue el que participó en los Foros de Derechos Humanos en el Gobierno de Turbay contra el Estatuto de Seguridad, se opuso hasta a la televisión a color que Turbay trajo a Colombia porque decía que eso era costosísimo y que no se justificaba. Sí, algunas cosas medio absurdas de oposición.

Si de hacer una lista se tratara, los padrinos de mi papá fueron: el Padre Giraldo en La Javeriana, cuando lo promovió pese al resultado del examen de ingreso que presentó; el doctor Eduardo Santos, que confió en él y lo puso a escribir editoriales a los veinte años y al nombrarlo su representante en la junta directiva de El Tiempo; el Presidente Misael Pastrana, nombrándolo a los veintiséis años ministro de educación; Turbay Ayala, que entendió el momento histórico y lo que significaba mi papá para el Partido Liberal y por eso lo apoyó. En esa lista yo no incluyo a Carlos Lleras Restrepo.

Nosotros vivimos muy intensamente la vida de mi papá, porque la nuestra giraba toda en torno a él y a sus campañas. Él nos involucraba en sus temas, nos llevaba a algunas giras, nos hablaba de los asuntos que atendía, compartía sus frustraciones y nos era evidente cuando estaba amargado o triste por algún resultado.

En el ochenta y cuatro y hasta el ochenta y seis (cuando se enfrentaron Álvaro Gómez y Virgilio Barco), a mi papá le fue muy mal. Estos fueron dos años muy duros políticamente para él, en especial después de esa manera como irrumpió en el ochenta y dos con la votación que tuvo. Pero esa es la dinámica de la política. Y es que no era su momento, después se recuperó, se reinventó y vio la manera de llegar al partido liberal a través de la Consulta Popular y ese fue el camino que le dio la verdadera opción de poder en el noventa. Por eso lo asesinan: cuando ya prácticamente era el Presidente.

Mi papá era tan competitivo que no le gustaba perder, entonces lo superaba rapidísimo. Tuvo momentos de mucha angustia por el tema de la seguridad: por las amenazas. Cuando ganó Barco le tocó prácticamente entrar a la clandestinidad para protegerese y salvar su vida. Mi papá siempre rechazó la violencia y esa fue su gran discrepancia con la guerrilla, porque él era un convencido de que las cosas se resolvían a través de las instituciones. Decía jocosamente:

— Esto es lo que Mao hubiera llamado la larga marcha a través de las instituciones. Y esa es la nuestra. Puede ser sacrificada, dura, desigual y con todo un sistema electoral deficiente y lleno de fraudes. Pero nosotros le apostamos a las instituciones y no vamos a apelar a la violencia ni a las armas para cambiar este país.

Mi papá salía de la casa entre el baúl del carro y se iba a dormir donde una tía y la noche siguiente donde un amigo, luego donde no sé quién. Así duró muchos meses hasta que se tuvo que ir para Oxford de donde llegó con una energía distinta: recargado. Viajó derrotado electoralmente, un poco decepcionado y triste por la inseguridad, las amenazas y la insolidaridad de la gente.

Sufrió un atentado en Medellín. Era la vía a la Universidad de Medellín, donde iba a dar una conferencia. Una señora vio desde su ventana a unos tipos preparados para disparar un rocket, llamó a la policía y así frustraron el atentado. Pero casi nadie llamó a mi papá para expresarle su solidaridad por lo ocurrido, lo hizo el presidente Barco, Turbay, pero tal vez de la gente que él más esperaba solidaridad recibió silencio.

Medellín era territorio de Pablo Escobar: era su barrio. Lo que no ocurría en Soacha, que era territorio de los Rodríguez Gacha y de los paramilitares del Magdalena Medio.

Los atentados que sufrió mi papá fueron por las posturas que tenía frente a la extradición, al narcotráfico, por las denuncias que hizo cuando Pablo Escobar quiso hacer política por primera vez e intentó llegar por las listas del Nuevo Liberalismo. En Antioquia estaba manejado por Iván Marulanda que le dice a mi papá:

— Hay un señor multimillonario, lo trajo Jairo Ortega como su suplente. Ese señor tiene muchísima plata y le está dando regalos a los campesinos como motores fuera de borda y cosas estrafalarias. El origen de su fortuna es muy turbio, muy oscuro.

— Pues dígale a Jairo Ortega que no puede traer como suplente a Pablo Escobar y que precisamente no puede hacerlo por esos motivos que usted me está contando. Si no acepta, pues entonces no van en la lista del Nuevo Liberalismo.

Entonces Jairo Ortega le dijo a Iván Marulanda que no. Que su suplente tenía que ir sí o sí. En vista de eso, a mi papá le toca ir a Medellín y en una manifestación en el Parque Berrío, dice públicamente:

— El señor Pablo Escobar no puede explicar el origen de su fortuna, por lo mismo no hace parte, ni lo hará, de las listas del Nuevo Liberalismo.

Entonces el señor Jairo Ortega y Pablo Escobar se van a las listas oficiales del Partido Liberal donde sí les abrieron cupo. Esa es la historia.

Hubo personas que acompañaron muy de cerca a mi papá, como Iván Marulanda, Gabriel Rosas, Enrique Parejo, Juan Lozano (último secretario privado que mi papá tuvo durante el último año y que fue testigo del trabajo conjunto con Gaviria). Y es que Gaviria tendió puentes de comunicación entre mi papá y los políticos liberales que lo veían como un Ayatolah, como un fundamentalista: un moralista con el que no se podía hablar. Así se sentaron a desayunar con él y lo hacían en mi casa. Fue la forma como los políticos se convencieron de lo contrario. Por eso se complementaban también ellos dos, porque eran muy distintos: mi papá, el idealista y soñador, con una visión de Colombia, Gaviria el político pragmático experto en movidas, quien garantizaba que la Consulta se diera y no la obviaran los candidatos que quedaban porque él tenía un compromiso moral con mi papá.

Nosotros nos quedamos guardados en el apartamento nuevo al que nos acabábamos de trastear. Cuando mi papá se fue a Londres, mi mamá se lo tenía de sorpresa: decorado, organizado, con todas sus cosas dispuestas para recibirlo, en especial con su biblioteca. Recuerdo que cuando mi papá llegó, le dijo a mi mamá:

— El estudio está muy chiquito. Necesito el doble de espacio.

Entonces se hizo toda una obra para ampliarlo hacia la terraza (y se podía porque quedaba en un último piso). Tomó tres meses y mi papá alcanzó a ver su biblioteca terminada en el estudio de sus sueños.

Después de la experiencia en Medellín, que lo dejó tan golpeado y tan desmoralizado, él aceptó una invitación a Venezuela, país que lo recibió con honores de Jefe de Estado. Los venezolanos estaban enloquecidos con mi papá, desde el Gobierno, el Congreso, hasta el más sencillo y humilde de los ciudadanos. Lo invitaron a que diera entrevistas de temas políticos pero también personales, habló sobre la política de drogas y de lo que estaba pasando en Colombia. A la salida del Palacio de Miraflores cuando le preguntaron por las amenazas y lo que le estaba pasando, él dijo:

— Pues, esa es la estrategia psicópata, un poco de personajes como los narcotraficantes y los mafiosos que creen que van a conquistar su imperio criminal eliminándome a mí. Pero están completamente equivocados, porque a los hombres se les puede eliminar pero a las ideas no. En cambio cuando se elimina a los hombres, se robustecen las ideas, entonces, desde el punto de vista estratégico, no les conviene hacerlo.

Esa fue una de las frases que quedó para la historia y en la memoria de la gente: ‘a los hombres se les puede eliminar pero a las ideas no’. Sus ideas siguen vivas y son válidas para este momento de la historia.

Y fue esa experiencia la que lo animó a atreverse a desafiar el peligro en el que estaba y las amenazas que recibía, por eso fue a esa manifestación absurda de Soacha, de noche y en semejantes condiciones: para defender sus ideas.

Después de esa declaración de Escobar, nos quedamos en la casa sin poder salir. Estuve muy mal mucho tiempo, sin terapias, sin hacer duelo, sin nada absolutamente de lo que hoy ofrecen como tratamientos psicológicos. En esa época era: ¡defiéndase como pueda!

Pasó algo que hoy resulta “divertido”. Entre comillas. Mi mamá recibió una llamada de Julio Londoño, canciller de Barco, en la que le dijo:

— Estoy autorizado por el Presidente para ofrecerle la embajada en Yugoslavia.

Y en Yugoslavia estaba a punto de estallar la guerra. Entonces hablamos entre nosotros:

— ¿En serio?

— ¿Y qué hablan en Yugoslavia?

— Pues serbio-croata.

— Pero allá ni siquiera hablan inglés o un idioma medianamente conocido.

Así que mi mamá agradeció y dijo que:

— Prefiero esperar por otra oportunidad. Muchas gracias.

Al poco tiempo estalló la guerra.

¡Y la oportunidad llegó! Aparece la de la UNESCO. Eso fue providencial, eran los temas que a mi mamá le gustaba trabajar. Fue perfecta esa designación porque ahí mi mamá encontró muchas motivaciones. No es la típica embajada bilateral, no, esto era la ciencia, la educación, la cultura.

Mi mamá se propuso que Colombia tenía que volver al Consejo Ejecutivo de la UNESCO. Hizo muy buena relación con Federico Mayor, (español director del momento), que le dio espacio a mi mamá y a Colombia en su gestión (movieron el comité de patrimonio y candidatizaron a Popayán). En educación, mi mamá propuso un proyecto para la paz que se lo aprobaron y al que entraron el BID y la OEA. Su gestión tuvo mucha importancia y los temas que atendió fueron muy interesantes.

Viajamos a París con la barrera del idioma. Tuvimos que tomar clases de francés con una profesora particular que venía a la casa y que fue clave en nuestro aprendizaje del francés (porque en mi colegio sólo había recibido dos años de francés).

Viajamos el veintinueve de octubre del ochenta y nueve. Llegamos en otoño, todo era gris y las hojas de los árboles cayendo. Fue la depresión total y mi mamá tratando de ilusionarnos con lo que fuera:

— ¡Es que vamos a llegar a un nuevo apartamento!

Pero no funcionó, porque nos dolía desbaratar el que ya teníamos armado para mi papá. Llegar en esas circunstancias no fue lo mejor. Los parisinos tampoco fueron los mejores anfitriones: porque si no tienes el idioma la distancia es muy grande. Yo llegué en un momento complicado, porque iba a entrar a la universidad y no sólo no tenía el idioma sino que no conocía el método de estudio (el de ellos es cartesiano: el de la tesis, la antítesis, las disertaciones que llevan un formato estricto).

Desde la muerte de mi papá decidí que me dedicaría a que todo el esfuerzo que él hizo y lo que construyó, no se perdiera.

Para ese momento, yo vivía lo que un adolescente de diecisiete años: definía el ICFES, la situación militar, pensaba en estudiar Derecho pero no lleno de convicción. Afrontaba esos dilemas propios de la edad, le preguntaba mentalmente a mi papá y de esa manera encontré mi vocación. Fui más amigo de las letras, de las humanidades y de la historia. Mi papá decía que la historia era importante para estudiarla, leerla y entenderla, que había que enseñarla como procesos generacionales:

— Cada generación deja su testimonio y tiene un papel que cumplir, un aporte que dar y lo que hay que entender es que todos son procesos, nada se da de la noche a la mañana, nada es fácil. Las sociedades que han vencido las guerras, que han podido consolidar la paz, la democracia, que han podido ser sociedades igualitarias y equitativas, lo han hecho con mucho esfuerzo y con muchas generaciones que han tenido que entregar su vida, su trabajo, su esfuerzo, para que eso se de a través del tiempo.

Él también en sus discursos le explicaba a la gente que nada es milagroso y que nada se da de la noche a la mañana. Es la antítesis de la cultura que el narcotráfico quiso implantar en Colombia, como la del hacerse rico en minutos. Así que en eso mi papá era anti populista, porque el populista le dice a la gente lo que quiere oír y mi papá le decía a la gente lo que necesitaba saber. Era un poco la tesis de Robert Kennedy, que para mí es otro ícono del liberalismo (en junio de 2018 se conmemoraron los cincuenta años de su muerte y promoví una condecoración póstuma en el Senado que recibió el embajador de Estados Unidos).

Apliqué al Instituto de Estudios Políticos de París, me preparé para ese concurso y conté con una persona que fue vital, que me dio la mano, que me ayudó, Camilo Granada (jefe de comunicaciones de Juan Manuel Santos y que estaba en la embajada de Francia como tercer secretario). Camilo se dedicó todas las tardes a ayudarme, revisábamos contenidos, hacíamos ejercicios de lo que yo tenía que leer en historia y muchos otros temas. Yo escribía cosas y él las corregía. Se dedicó con consagración. Le tengo una enorme gratitud.

Fue muy duro ver a mi mamá tan deprimida durante meses, porque a pesar de que tuvo la suerte de llegar a la UNESCO, la transición fue difícil y curiosamente, porque la vida tiene unas cosas rarísimas, lo que sacó a mi mamá de ese estado de ánimo, fue el secuestro de mi tía Maruja que le dio otra razón más para luchar.

Un día nos levantamos con la noticia de que habían secuestrado a Maruja:

— Dios mío, ¿pero esto qué es? ¡A dónde vamos a parar!

Entonces a mi mamá se le volvió su razón sacar a su hermana del secuestro. Empezaron a trabajar en el tema con mi tío Alberto Villamizar, como lo cuenta Gabo en su libro ‘Noticia de un secuestro’. Mi mamá y Alberto se fueron a hablar con las familias de otros secuestrados: con el presidente Turbay, a quien le secuestraron a su hija Diana, con Hernando Santos por Pacho Santos. Empezaron a preguntarse qué hacer, qué inventarse. Hernando Santos, era pesimista porque él daba por hecho que su hijo no saldría de ahí y no había nada qué hacer, en cambio el presidente Turbay estuvo más dispuesto. Lo que se les ocurrió y lo único que pudieron hacer, fue inventarse una campaña que se llamó: ‘Colombia los reclama’. Se trataba de que artistas, deportistas y actores, pidieran que los liberaran.

Esos meses de secuestro fueron muy duros para nosotros, siete meses con una preocupación por todo y buscando seguir una vida normal. Lo de Diana y lo de Marina Montoya fue terrible…

Una de las personas que se fue a trabajar con mi mamá en la delegación de la UNESCO, fue una de sus mejores amigas, además periodista, Nora Parra (nombrada por Barco como ministra consejera), lo que significó para nosotros un apoyo grandísimo porque los hijos de Nora eran nuestros mejores amigos y compañeros del colegio (Juan Carlos Nieto Parra era mi mejor amigo y el más cercano a Claudio era Sebastián).

Lo positivo es que como en Bogotá vivíamos tan encerrados, en París sí pudimos salir a la calle, coger el metro, el bus, irnos a un cine si nos provocaba, caminar por la ciudad si queríamos hacerlo. Esa fue una compensación enorme.

Yo me pasaba pensando en mi papá, en lo que hubiera sido y en lo que no fue. En estos días repasaba unas reflexiones sobre el dolor: dicen que con el tiempo se aprende a convivir con él, pero que éste nunca desaparece, jamás lo hace, siempre está ahí. Uno no puede dejar que el dolor se vuelva resentimiento, hay que convertirlo en una fortaleza, pero se sigue sintiendo y para siempre.

La edad que yo tenía cuando todo esto ocurrió, es en la que más se necesita al papá. Durante los primeros años la mamá es fundamental, pero después viene la parte donde uno encuentra otra relación con el papá, cuando lo necesita como amigo, como consejero para muchas cosas y es irremplazable. Tuve conversaciones muy fugaces con él porque el tiempo no daba. Me resulta divertido recordar la lección de educación sexual que me dio y que después entendí y es por lo que le había pasado en su propia vida:

— Viejo, esa es una energía muy poderosa que uno tiene, hay que saber manejarla y administrarla, porque en cualquier momento se puede voltear contra uno.

Nosotros tenemos un hermano medio que es mayor y que mi papá ya había tenido siendo él muy joven, Luis Alfonso. Ésta fue una experiencia para ellos dos muy difícil, pues se vieron afectados por la manera de pensar de la época. Nosotros nos vinimos a enterar de la existencia de Luis Alfonso después de la muerte de mi papá.

Aquí abro un paréntesis para recordar lo que ocurrió con la Revista Cromos que dirigía Marianne Ponsford y que escribió una crónica de Luis Alfonso, donde decía que yo lo había mirado mal en el entierro de mi papá al momento en que se acercó a verlo cuando yo ni sabía que existía. Eso fue realmente irresponsable por parte de la revista. Yo me enteré un día en París, cuando mi mamá me invitó a almorzar y me contó la historia. Quizás un año más tarde de su muerte, supe que mi papá mantuvo comunicación con él, que se veían y que lo aconsejó como hizo con nosotros. Tengo una excelente relación con mi hermano Luis Alfonso, con mis sobrinos Viviana, Hernán y Ana María y mi cuñada Luz Mary.

En mi proceso me costó mucho adaptarme, me ensimismé, me encerré. En las noches para conciliar el sueño, me ponía a oír música clásica durante horas. Recuerdo que alguna vez mi papá, llegando de Londres, nos llevó una colección de música clásica en casetes que empacó en un maletín enorme: eran bellísimos. Esa fue la base de mi fascinación por la música clásica. Más tarde, Alberto Zalamea me enseñó sobre compositores, intérpretes y las distintas épocas de la música, me habló de Glen Goud y cómo se iba a interpretar música a los animales de los zoológicos. De niño quise entrar a la orquesta del colegio. Yo cantaba muy bien pero mi mamá me traumatizó porque me ponía a cantar en las reuniones familiares: y no hay nada que lo haga a uno odiar más lo que pudiera ser un don que eso. Hoy me da risa. También toqué piano y flauta, y muy al final del colegio batería (lo que se escuchaba era el rock en español).

Pero en ese momento de mi vida en París la música me ensimismaba aún más, porque me llevaba a un estado de introspección profundo. Creo que lo que necesitaba era sacar lo que tenía por dentro y no guardármelo como lo hice. Yo miro esa época pensando en que la hubiera podido vivir distinto.

Estudié un año en el Instituto que tenía un ciclo pensado para estudiantes de esa especialidad. Luego me fui a Bélgica porque Teresa Ibarz (una de las compañeras de universidad de mi papá y de Vértice, y diplomática de carrera), vivía en Bruselas y me animó a que fuera a la Universidad Libre. Quise ensayar pero fue difícil porque era una universidad muy grande, muy impersonal. Mientras en el Instituto podía referenciar a mis profesores y compañeros, en Bruselas no: eran clases magistrales dictadas en un auditorio para doscientas personas donde uno es sólo un número. Pero ahí conocí a la que fuera mi novia por un tiempo importante, Alexandra Karlovic (era una ensalada de nacionalidades porque había nacido en Bruselas, el papá era serbio y la mamá holandesa, con un don para los idiomas impresionante que cuando venía a Colombia pasaba por colombiana sin problema porque habla sin acento).

Viajé mucho por Europa, así que viví a plenitud mi experiencia de estar allá, pero al año me devolví a París. Para ese momento nombraron a mi mamá embajadora ante al Gobierno Francés. Fue un período interesante, pero yo creo que mi mamá se quedó también con la nostalgia de haber dejado la UNESCO.

Un momento difícil fue cuando mi mamá renunció a la embajada a raíz del escándalo del proceso 8.000. Nosotros vivíamos de su trabajo, por fortuna, siempre ha sido muy organizada, entonces tenía ahorros y gracias a ellos pudimos continuar nuestros estudios: yo terminé mi universidad, Claudio se quedó en París (él es el más francófilo de todos) y Carlos Fernando se fue a Estados Unidos a estudiar en Georgetown donde hizo su pregrado en relaciones internacionales.

Después mi mamá tuvo una consultoría con la OEA, con el BID y con la UNESCO, del proyecto que había armado de ‘Educación para la Paz’ y nos fuimos a vivir a Washington. Estando allá escribí mi tesis para graduarme de la maestría en Francia: sobre la historia del Nuevo Liberalismo y la historia de mi papá (publicada por Planeta en el noventa y ocho, prólogo de Miguel Silva, ‘El Rojo de Galán’).

Luego vino la candidatura de Pastrana. Yo quise meterme en esa campaña y ayudarle pensando un poco en lo que había pasado con el Proceso 8.000, pero también pensando en una manera de agradecerle a Misael Pastrana que apoyó tanto a mi papá. Me dediqué a trabajar en el tema de las juventudes y estando en el gobierno me nombró viceministro de Juventud.

Mi deseo de rescatar las banderas de mi papá siempre ha sido muy fuerte. Mi mamá nunca nos desanimó, en ningún momento lo hizo. Pero tampoco nos dijo que nos dedicáramos a la política: es algo que a ella le gusta mucho. Además me motiva que estoy influido por la historia de mis abuelos maternos.

La política es el referente que hemos tenido siempre. Tengo mucha sensibilidad social, otro legado de mi papá. A mí siempre me ha gustado ayudar a la gente y la política es eso, o debería serlo, porque mucha gente la tiene como una empresa personal, como una manera de hacer negocios y enriquecerse. Los griegos decían que la política es el camino a la felicidad, bien entendida, como debe ser y es una vocación de servicio, si no, es politiquería, es corrupción y es clientelismo.

Llegué a descubrir lo que era ese viceministerio y me encontré diferentes programas como el de las ‘clases de juventud’, que era el mecanismo de prevención de consumo de sustancias psicoactivas; la tarjeta joven, que servía para que los jóvenes tuvieran acceso a bienes y servicios con descuentos por ser estudiantes; y ‘Servicios Integrados para Jóvenes’ un programa del Banco Mundial referido a créditos experimentales.

Trabajé en eso y me inventé ‘Expocamello’ la feria del trabajo juvenil. En un mismo sitio, se juntaban experiencias de emprendimiento de jóvenes y la oferta institucional del Estado para apoyarlos. Participaba el programa ‘Joven emprendedor exportador’ de Marta Lucía Ramírez desde el ministerio de Comercio Exterior; el SENA, para que ofreciera formación; la DIAN, para que les explicara la declaración de impuestos. También hicimos foros académicos. Después este programa se reprodujo en otras regiones y fue muy popular.

Luego vino una reestructuración en el ministerio de educación, entonces, para que el tema de política de juventud no quedara a la deriva, demostré que involucraba a todos los sectores, no solamente educación siendo éste muy importante. Pensamos que debería ser un programa presidencial, ahí nació ‘Colombia Joven’ que quedó ubicado en la Presidencia de la República y yo fui su primer director.

Lo bueno es que se mantuvo, nunca se acabó y se ha mantenido desde el Gobierno de Pastrana, quizás le ha faltado fuerza presupuestal, fuerza como referente de la política de juventud en el país y el deporte, con el que iba unido, pero que tomó vuelo propio con Coldeportes.

Creamos una especie de consejo de política de juventud, donde invitamos a todos los ministerios y sectores que estaban relacionados, a participar en la formulación de las políticas y a hacerles seguimiento por sector. Buscamos fortalecer la capacidad institucional de los entes territoriales en esa materia, estuvimos pendientes de que los alcaldes tuvieran a alguien encargado de los programas, igual los departamentos y que el tema estuviera en la agenda pública de todos.

Después de Colombia Joven, apliqué a una beca para hacer una maestría en Georgetown. Mi carrera ha sido en relaciones exteriores, relaciones internacionales y ciencia política. Una vez admitido, apliqué a una beca de la OEA y me fui a estudiar entre el dos mil uno y el dos mil tres. El ‘nueve once’ me cogió en Washington: desde el apartamento vi el humo saliendo del Pentágono.

Estudiar allá fue mi oportunidad de enfrentarme a un método completamente distinto al francés. Se lee en cantidades alarmantes y tenía el reto del idioma.

Recuerdo que mi papá nos mandaba por temporadas a estudiar inglés. Cuando cumplí diez años, en quinto de primaria, estuve tres meses donde mi tía Elena (su hermana casada con americano). Llegué al colegio de mis primas que aplica el método Montessori: con centros de interés para escoger algún tema. Esa fue mi primera experiencia para mejorar mi inglés y estar fuera de la casa. Después, cuando cumplí quince años, llegué donde mi tío Augusto Galán (ex ministro de salud) en Houston.

Al año siguiente, cuando tenía dieciséis y ya en mi último año de colegio, fui a Inglaterra donde Teresa Ibarz y su novio (amigo de los dueños de un restaurante campestre de alta factura cerca de Londres), así que llegué a trabajar y, aunque supuestamente iba a tomar clases de inglés, ese trabajo no me dio tiempo de nada: empecé de mesero pero un día un cliente se quejó de que yo no le había llevado el trago que él había pedido, entonces me mandaron para la cocina y como yo no sabía cocinar, me pusieron a lavar las ollas. Así pasaron dos meses. Fue duro y más en pleno invierno pues tenía que esperar hasta que todos los cocineros se fueran para dejar la cocina reluciente: lavaba el piso y los cuartos fríos: sacaba toda la comida, lavaba, limpiaba todo y volvía a poner las cosas. Nunca demostré debilidad y trabajé hasta el final con entereza. Lo más duro de todo fue que yo no estuve en la última navidad que tuvimos con mi papá.

El tiempo de la maestría fue espectacular, además, por el estilo los gringos, el del estímulo por lo positivo, contrario al de los franceses. Uno de los compromisos de la beca era trabajar en la misma entidad que me había respaldado para irme a estudiar. En mi caso, la Presidencia de la República (con Pastrana en Colombia Joven). Eduardo Pizano, secretario general de la Presidencia, fue quien firmó el respaldo laboral.

A mi regreso me presenté a la Presidencia, ya en cabeza de Uribe. Recuerdo que le pedí una cita, me recibió, le conté del reglamento y le dije que donde yo consideraba que tendría más cabida para trabajar era en el servicio exterior. Él me recibió muy amable, me hizo un tour por la Presidencia (lo que me pareció un poco extraño porque me hizo una visita guiada presentándome a la gente). El hecho es que tuve que esperar año y medio.

Por fortuna, mientras estuve en Washington, hice una especie de corresponsalía para Juan Gossaín. Se trataba de hacer análisis de las noticias internacionales y comentarios diarios, lo que me daba un ingreso que me permitía completar lo de la beca. Me quedó gustando el periodismo y cuando llegué de la maestría, mientras esperaba la definición de Uribe, estuve en cabina con Juan Gossaín, Vicky Dávila, Antonio José Caballero, Francisco Tulande, y Humberto de la Calle. Esta fue una muy buena escuela.

Juan Gossaín me permitió participar en entrevistas, así formulé preguntas a los invitados pero también hice crónicas como la de la conmemoración de uno de los aniversarios de John F Kennedy, armé un proyecto con sonidos de la época, de cómo se había dado la noticia de su muerte, hice un informe completo.

Otro informe fue sobre el Cementerio Central, al que conocía tanto. Me dolía ver las tumbas cayéndose a pedazos pues nadie las cuidaba, cuando lo que hay ahí es un patrimonio impresionante. Están enterrados alrededor de treinta y cinco presidentes de Colombia y sindicalistas, también está la historia empresarial e intelectual del país: Rafael Pombo, Oreste Síndici (compositor del Himno Nacional), Santander, Leo Kopp (fundador de la cervecería Bavaria). Tiene una riqueza arquitectónica única: columnas jónicas y monumentos de distintas épocas.

La tumba de mi papá es hecha en piedra de Barichara, tiene un monolito muy alto, que refleja su integridad y su verticalidad frente a las cosas, ubicado en centro izquierda, porque corresponde a su ideología. Mi abuelo, por aquello de la masonería y del espiritismo, decía que debía tener los tres elementos, entonces se le puso una llama eterna (fuego) y corre agua alrededor. Está ubicada exactamente en el centro del cementerio con respecto a la elipsis central.

Pasa año y medio y Uribe me ofrece ser ministro plenipotenciario en Londres (cuando estaba como embajador Alfonso López Caballero que fue embajador en Francia cuando mi mamá estuvo en la UNESCO y fue muy especial y generoso con nosotros). Él me encargó el tema de los Derechos Humanos, los temas multilaterales, de cooperación internacional y los informes políticos. Así yo iba a las reuniones con los sindicalistas, con las ONG como Amnistía Internacional y otras.

Cuando iba alguien del Gobierno Uribe, la situación se complicaba por el mal ambiente que tenía el presidente. Lidiar con eso fue toda una experiencia. Nos tocó preparar la visita que hizo, negociar con el Foreing Office por lo que pedían desde Colombia: un carro blindado, por ejemplo, por lo que los ingleses nos miraban raro:

— Ustedes están pidiendo un carro blindado en Londres. ¿Y eso para qué?

— No, pues, ustedes entienden. Es el Jefe de Estado y tiene problemas de seguridad…

López me invitó a la reunión con Tony Blair. Entrar al 10 Downing Street resulta impresionante e imponente. Fue una experiencia surrealista. Ahí aprendí mucho de protocolo porque también López me permitió participar, en dos ocasiones, en eventos con la Reina Isabel. En la recepción anual que hace en el Buckingham Palace al cuerpo diplomático y la Garden Party durante la primavera. Todo esto resultó muy emocionante.

Después de cumplir el tiempo de trabajo que exigía la beca y como venían las elecciones para Senado y Cámara, y yo ya me proyectaba en política electoral, le conté primero a López que quería lanzarme al Senado y que quería hacerlo por el Partido Liberal. Después hablé con Carolina Barco (que era canciller). Le envié la renuncia al Presidente que me llamó a decirme que me lanzara por una de sus listas (la U o Cambio Radical) y le contesté que yo quería hacerlo por el Partido Liberal.

Después de enviar la renuncia, me llamó Julio Sánchez Cristo de la W a entrevistarme, y entre muchas preguntas me formuló ésta:

— ¿Por qué no se lanza por una lista uribista? ¿Por qué no Uribe?

— Porque Uribe es conservador y yo liberal.

Esto tuvo unas consecuencias fuertes. Uribe me llamó y me tuvo cuarenta y cinco minutos en el teléfono en speaker. Me dijo algo como esto:

— ¡Usted por qué cuestiona mi liberalismo! Yo he sido liberal, ese es mi origen y ni usted, ni nadie, puede cuestionar eso.

Me habló de mi papá y seguía, continuaba y volvía a empezar…. Así que me limité a responderle:

— Presidente, muchas gracias por la oportunidad.

Le hablé de mi lealtad con los temas de su gobierno, que fue una experiencia para mí en lo familiar, en lo laboral y profesional valiosísima y él volvía a comenzar y yo volvía a contestarle igual, hasta que lo vencí por cansancio.

Colgué la llamada, hice mis maletas y llegué a Colombia a hacer mi campaña que fue muy compleja por el tema de la financiación.

Era una campaña de alcance nacional y yo no había recorrido el país, pero empecé a hacer llamadas, a hablar con la gente, a buscar apoyos y salimos adelante. Así fue como llegué al Senado en el dos mil seis: hablando con la gente en las calles, pidiendo el voto uno a uno en un centro comercial, en un semáforo.

¿Y porqué votar por Juan Manuel Galán?

Porque quiero cambiar la política y porque hay una manera de hacerlo. En la primera campaña me apoyé en el peso de lo que significa mi papá y, por supuesto, en el que significa mi nombre, pero la segunda y la tercera, fue con los resultados de mi trabajo como senador.

El primero muy duro porque fue de oposición a Uribe. A mí me tocó hacer el debate de los falsos positivos. Estaban las madres de Soacha, el señor Mario Montoya y toda la cúpula militar. También hice el de Agro Ingreso Seguro en el que todos estaban impedidos porque la familia había recibido el subsidio, o por parentesco. Me tocó el enfrentamiento con el ministro de agricultura y todo lo que vino después.

A mí me decían que era un delfín más, pero es que yo no tengo a mi papá vivo y él no alcanzó a llegar a la Presidencia. Yo no heredé su poder porque él nunca llegó a ocupar el cargo, tampoco heredé su caudal electoral porque mi papá no tuvo clientela: el voto de mi papá fue voto de opinión. Mis votos no son herencia.

Mi decisión de meterme en la política fue precisamente para mantener vivas las ideas de mi papá y continuarlas, cosa que a él le impidieron hacer cuando acabaron con su vida.

Todos los proyectos que he impulsado han sido inspirados en sus ideas, por ejemplo, la ley de inteligencia que llevaba nueve intentos en el Congreso y se había hundido, y que era para contrarrestar las barbaridades de las chuzadas y la de perseguir a magistrados. La ley que le dio oportunidad a un millón de ciegos de acceder a Internet con un software gratuito y que da autonomía porque el Gobierno compró la licencia. La ley de enfermedades huérfanas. La ley antidiscriminación. La ley de la marihuana medicinal. Como autor o coautor participé en estos doce años en más de noventa y cinco leyes más los debates de control político.

No me volví a presentar porque no quería volverme un parlamentario profesional. Al Congreso uno debe ir, hacer su aporte y dejar que otros hagan también, como el epitafio de Pardo Leal: ‘dejar que otros den su testimonio y tengan la oportunidad de aportar’, pero no eternizarse.

Uno tiene que abrir esos espacios y buscar otros lugares donde hay gente que lleva mucho tiempo, por eso me postulé en del Partido Liberal como precandidato a la Presidencia y por eso luché por la Consulta Popular.

Mi papá me mostró un camino, así que esta experiencia que viví, me señaló que el mío es el de recuperar el Nuevo Liberalismo y ahora estoy concentrado en eso.

Presentamos una solicitud al Consejo Nacional Electoral argumentando el exterminio que sufrió el Nuevo Liberalismo, o sea, que fue por causa de la violencia y del exterminio que el movimiento desapareció y no porque se quedara sin apoyo o sin votos. Fueron más de cincuenta líderes del Nuevo Liberalismo asesinados. A mi papá lo engañaron para que cancelara la personería jurídica de su movimiento y regresara al partido liberal y después asesinarlo, en una coartada de políticos, miembros de la fuerza pública y del DAS al servicio de paramilitares, narcotraficantes.

Queremos tener participación en las elecciones regionales que vienen en octubre del año entrante. No queremos un reciclaje de gente en conflicto, queremos gente nueva, fresca, joven, organizaciones de víctimas que se quedaron colgadas de la brocha porque no les cumplieron con su representación en el Congreso.

Fui presidente de la comisión de víctimas, recorrí todo el país con el tema y trabajé con sus organizaciones. Hice cambiar el acto legislativo para que tuvieran voz en los debates del fast track y gracias a eso, en todos los debates, las víctimas hablaron y establecimos garantías para que no accedan a la comisión de la verdad histórica, general y abstracta sobre el conflicto, sino a la JEP, que es la verdad judicial.

Ese es el criterio con el que el Nuevo Liberalismo debe actuar y ser un partido de centro, porque el país está polarizado y sin opción.

Los pilares que fundamentan mi trabajo son el desmonte de la cultura clientelista que tenemos en Colombia, no solamente la política, porque ésta va más allá de la corrupción que es su caldo de cultivo, es la mentalidad de quién me hace el favor y no de quién me garantiza mi derecho, que es totalmente distinto. Que no se necesiten padrinos para acceder a las cosas; que ante las reformas tributarias, que son necesarias, no ocurra como es costumbre, que los empresarios que han invertido en campañas y que invierten después en lobby parlamentario para que les protejan su exención que les garantiza que nadie venga a disputarles su participación dominante buscando que no haya libre competencia.

El que las campañas las financie el Estado, es una parte, porque es necesario que se separe el interés particular de la financiación de las campañas políticas, por lo que debemos encontrar un mecanismo de financiación política de interés público y general para que la gente llegue diciendo que se debe a los intereses de todos y no de unos pocos. Un empresario muy importante del país me dijo:

— Si nosotros, los grandes empresarios de este país, en lugar de gastar en lobby parlamentario cada vez que hay una reforma tributaria, invirtiéramos en innovación, ciencia, tecnología y recurso humano, para brindar mejores productos, exportar y competir, seríamos unas empresas mucho mejores.

Se debe trabajar en el modelo de carrera administrativa. Brindar buenos salarios, establecer medidas de protección para que una persona técnica buena no corra riesgos y no termine en problemas al participar en política. El mejor desinfectante es la luz del día. Que no haya discrecionalidad en la contratación, por ejemplo, que haya veeduría ciudadana, interventorías fuertes y sobre todo, generar cultura. Esos son los cambios más profundos.

Profundo también el tatuaje que se hizo.

Hablé con Diana Montoya y le dije que le quería hacer ese homenaje a mi papá. Una experta estudió la imagen, viajé y me tatué. Se hizo un documental alrededor del tatuaje contando historias de mi papá y de la familia. Esto fue para su aniversario veinticinco.

Con la ayuda de Horacio Serpa encargamos una escultura a Alejandro Hernández, que ha interpretado muy bien obras de mi papá: la cabeza se ha vuelto un símbolo. Y fue Javier Pesca, fotógrafo de pueblo en el Socorro, que en una manifestación lo capturó espontáneamente y logró ese retrato cuando mi papá estaba en pleno discurso. Como la foto no daba la resolución, entonces, el equipo creativo de Maruja, Carlos Duque y Claudia Arango (Procesos Creativos) hizo el grafismo sobre la foto (la del afiche del ochenta y seis la tomó Carlos Duque).

Hemos contado con el apoyo de la Alcaldía de Bucaramanga para recuperar la casa donde nació mi papá en Bucaramanga. Es de los años treinta, con un área de doscientos metros y está ubicada en una esquina y fue declarada patrimonio histórico. Para los treinta años del magnicidio se tiene proyectado inaugurar allí un museo audiovisual y promover la cátedra Galán.

Mi idea es trabajar con las universidades de Santander, para firmar un convenio académico de Cátedra Galán (la Javeriana fundó esa cátedra para hablar sobre los temas del país). Un espacio donde los estudiantes puedan debatir, intercambiar ideas, un semillero de liderazgos nuevos de jóvenes estudiantes para Santander.

Queremos que se vuelva un símbolo de la ciudad y del departamento, como lo es la plaza cívica Luis Carlos Galán ubicada en el centro de Bucaramanga donde están el Palacio de Justicia, la Alcaldía y la Gobernación (que tiene dos monumentos, uno es Magnicidio de Negret).

Hábleme de su decisión de vida de constituir una familia.

Me casé en el 2002, justo cuando estaba en la mitad de la maestría en Georgetown. Los hijos llegaron muy rápido al matrimonio, Manuel en octubre de dos mil tres y después Lucas en el 2007. El nacimiento de ambos me generó una emoción indescriptible.

Manuel es muy buen lector lo que lo hace muy culto e inquieto intelectualmente. Lucas, el menor es muy generoso y tiene un gran carisma. Vive con su rosario en el cuello.

Yo pienso muchísimo en la relación con ellos, en todo lo que no tuve con mi papá y que yo quisiera que a ellos no les falte. Les hablo mucho, soy muy disciplinado y respetuoso con el tiempo que tengo para dedicarles, porque desde mi separación hace más de cinco años no vivo con ellos. No permito que nada nos interrumpa cuando compartimos. Estoy muy pendiente, siempre quiero saber en qué están, qué les pasa, qué piensan, qué sienten, para guiarlos y también para que ellos me guíen a mí, porque la sabiduría que tienen los niños es poderosa: los niños tienen mucha intuición y me gusta permearme de ella.

Jugamos play station pero no es como con mi papá, porque ellos me ganan. Busco que hagan deporte pues tienden a ser sedentarios. Los llevo a Villa de Leyva y subimos al Santo (que me encanta). También quiero mandarlos a estudiar por temporadas, como hizo mi papá conmigo, lo que me sirvió muchísimo para madurar, crecer y aprender inglés. Quiero que ellos desarrollen su autonomía y su independencia.

¿Se proyecta en ellos?

No. Los he dejado muy libres para que vayan identificando su camino y sus gustos. Les pido que lo que hagan, ojalá sea lo que les guste para que lo hagan bien y para que lo terminen siempre.

Los estimulo planteando planes con ellos, por ejemplo, viajes para que descubran el mundo, para que estén en contacto con la naturaleza, para que vivan la experiencia de tocar tierra.

¿Es complaciente, tolerante y cómplice?

Sí. Pero también les pido que tengan un mínimo de orden en sus cosas, que se entreguen a sus proyectos.

¿Tiene la ilusión de una hija?

Sí, aunque recuerdo la frase de mi abuelo Álvaro: ‘tener más de dos hijos es de mala educación’. Tengo sobrinas con las que comparto, en especial con Julieta por razones de cercanía, pero desde luego que no descarto ser papá nuevamente.

¿Qué ve en sus hijos de usted?

A veces me veo reflejado en ellos, sin quererme proyectar en ellos que es distinto. Por ejemplo, yo de niño tenía unos rasgos muy parecidos a los de Lucas: era imprudente, atrevido, no medía las consecuencias ni el peligro, es impulsivo y generoso.

Recuerdo que una vez mi papá en una navidad, me regaló un billete de doscientos pesos (que era toda la plata del mundo) y llegaron los que recogen la basura pidiendo el aguinaldo. Yo no fui capaz de quedarme con el billete y se los regalé. Y mi hijo Lucas no puede ver a nadie que necesite algo y que él no busque dárselo, es muy atento con todos.

¿Qué le genera ilusión?

Que mis hijos sean felices. Uno vive a través de ellos y sus situaciones y emociones se sienten como propias.

¿Qué es el tiempo en su vida?

Eso que pasa cada vez más rápido y que hay que aprovechar, pero igual, siento tranquilidad.

En las noches, cuando me acuesto, hago una oración improvisada que divido en tres partes: en pedir perdón por lo que pudo no hacerse tan bien durante el día; en dar las gracias por todas las bendiciones recibidas, por las personas que se conocen y por las cosas que pasan; y en pedir por la felicidad de los niños y por lo importante.

¿Qué cosas siente que hasdebido hacer para este momento de su vida?

Tal vez las que son producto de estar en la política, que son un sacrificio en la vida personal, como compartir más tiempo con la familia. En esta actividad el tiempo se va en viajes, en sesiones interminables, en un atropello de acontecimientos. Pero igual, la política me apasiona, me gusta el hecho de tener ese contacto directo con la gente, el poder ayudarla y es que en la dimensión de la política el impacto que uno puede tener es muy profundo.

¿Qué expectativa tiene para su futuro no político?

Durante los doce años que estuve en el Congreso hice muchas cosas que han tenido impacto, ahora espero llegar al ejecutivo para hacerlo bien. Luego, me gustaría dedicarme a enseñar, es una especie de agricultura en la que uno siembra, cuida, protege y va orientando. Le puede uno cambiar la vida a mucha gente. Eso me gusta y me parece importante.

Si sus hijos quisieran dedicarse a la política, ¿qué les diría?

No están en edad para decírmelo y espero que no lo hagan, pero debo ser consecuente, pues uno debe dedicarse a lo que le gusta y sabe que puede hacer bien.

¿Cómo sabe en quién confiar?

No es tan fácil. Confié en Gaviria treinta años… Por eso en el mundo político vivo solo. La gente me acompaña y me expresa su apoyo, su afecto, votan por mí, me respaldan, pero en el Congreso, por ejemplo, no tenía un par.

¿Cómo se proyecta en su vida pública?

Mis esfuerzos actuales están encaminados a trabajar por el resurgimiento del Nuevo Liberalismo como partido político. Trabajar para que mi hermano Carlos Fernando sea el próximo Alcalde de Bogotá. En el mediano plazo no descarto la posibilidad de entrar a la contienda electoral por la Presidencia de la República. Ha sido una construcción de muchos años, un compromiso constante y una responsabilidad para la que me he preparado levantando las banderas de mi padre que ahora, más que nunca, cobran tanta vigencia.

¿Qué le gusta dejar en las personas que se acercan a usted?

El deseo de ser mejores personas. Darles lo que según decía mi papá, era el mejor amuleto de la buena suerte: tener un buen estado de ánimo.

¿Qué debería decirse de Juan Manuel Galán el día de mañana?

El hombre que perseveró en la causa de ayudar a un cambio en la manera de pensar de la gente para derrotar el clientelismo, la mediocridad y la falta de oportunidades.

*

Iinvestigación del magnicidio

‘La morena de Durán, asesinos de Galán’

Ese grupo de Ernesto Báez, los hermanos Castaño y Henry Pérez, entrenados por Yair Klein y otros mercenarios extranjeros, paramilitares del Magdalena Medio, ejecutaron el asesinato de mi papá como autores materiales (los mismos que mataron a integrantes de la Unión Patriótica y a Teófilo Forero).

El genocidio de la Unión Patriótica está conectado con el asesinato de más de cincuenta militante del Nuevo Liberalismo en Urabá, Magdalena Medio, Puerto Boyacá y Bogotá como ocurrió con Guillermo Cano, Rodrigo Lara y mi papá. A Enrique Parejo González casi lo matan en Budapest siendo embajador de Hungría, después de firmar extradiciones como ministro de justicia. Luego de la muerte de Rodrigo Lara lo buscaron en la Cortina de Hierro, le mandaron un sicario de Escobar a matarlo, como se lo enviaron a Alberto Villamizar, el esposo de mi tía Maruja, que era representante a la Cámara por el Nuevo Liberalismo (el plan de Escobar con Santofimio, elegir a éste último como presidente de la Comisión Primera del Senado y a Jairo Ortega como presidente de la Comisión Primera de la Cámara, sólo que lograron elegir al primero y al segundo no, porque Alberto Villamizar se candidatizó para la presidencia de la comisión primera y le ganó por un voto de la Unión Patriótica a Jairo Ortega, así se les frustró el plan, que era manejar las dos comisiones, en Cámara y Senado; estas comisiones son las que atienden temas constitucionales como la extradición y, su interés claramente era hundirla). Después de sufrir el atentado, Barco lo nombró embajador a Indonesia y hasta allá llegó sicario al que descubrió la policía del lugar: ¡hasta Yakarta! que es la antípoda de Bogotá.

Nosotros no sabíamos quién estaba detrás de la muerte de mi papá, más allá de lo obvio, porque al que le echaban la culpa de todo siempre, en esa época, era a Pablo Escobar (como en un período reciente ocurre con las FARC). Después de que estuvimos en Francia unos años y de que nos recuperamos un poco, nos constituimos parte civil en el proceso y en el que se perdió mucho tiempo por culpa de quienes manejaban los organismos de seguridad y de policía judicial en Colombia, que deliberadamente desviaron la investigación, despistaron a los jueces, formularon una única hipótesis sobre los responsables. Con el tiempo nos fuimos dando cuenta de todo esto, pero el punto de quiebre fue una declaración que dio el primer Fiscal General de la Nación que tuvo Colombia, Gustavo de Greiff y la hace cuando matan a Pablo Escobar, diciendo que:

— El caso Galán queda cerrado porque murió Pablo Escobar.

Mi mamá mandó una carta (que está en mi libro con la respuesta que le dio la Fiscalía) en la que formula varios interrogantes que no necesariamente quedan esclarecidos con la muerte de Pablo Escobar: pregunta por los paramilitares entrenados cerca al Batallón Bárbula en Puerto Boyacá -Magdalena Medio-; quién trajo a Yair Klein; quién le pagó y quién le facilitó la movilidad para llegar al sitio donde hizo los entrenamientos; quiénes escogieron a los que iban a ser entrenados; quiénes financiaron eso. Pregunta también por el Cartel de Cali, si exploraron la hipótesis de que éste pudiera tener interés en la muerte de mi papá; pregunta por los organismos de seguridad del Estado y la manera como se llevó a cabo el operativo ese día y pregunta por la escolta que mi papá tenía. De Greiff, que ya iba de salida, no alcanzó a responder sino que vino a hacerlo el fiscal siguiente, que fue el primo hermano de mi papá, Alfonso Valdivieso Sarmiento, que precisamente por ser primo no firmó la carta sino su vice fiscal, Adolfo Salamanca. En la carta Salamanca le dice a mi mamá que después de un esfuerzo titánico dentro de la Fiscalía por reconstruir la investigación y recuperar todo el material, lograron establecer que efectivamente la investigación había sido desviada, que hubo “falsos positivos judiciales” (no en esos términos pero que eso es lo que es). Por ejemplo, el barranquillero Júbiz Hazbún, que estaba tomando unos cursos de cultivos hidropónicos, fue capturado por Maza Márquez y lo presentó ante el país, junto con los otros que lo acompañaban, como los asesinos de Galán:

— Ya los capturamos, acá están.

Pues el pobre señor pasó cuatro años en la cárcel siendo inocente, no tenía nada qué ver y fue a quien Maza Márquez le fabricó pruebas junto con Peláez Carmona (comandante de la Policía de la Dijín de la época). Hace pocos años la Fiscalía tuvo que pedir perdón por el error judicial. Es que Maza Márquez, cuando ocurría un hecho judicial en Colombia, salía a decir:

— Ya tenemos todo investigado, determinado y establecido: fue el Cartel de Medellín.

Esto era porque trabajaba para el Cartel de Cali, que estuvo en guerra con el de Medellín, al que le interesaba que se acrecentara en el país la mala imagen de Escobar, la de que era el que acababa con todo. Pero el Cartel de Cali también estuvo detrás de muchísimas muertes que se las endosaban a los otros para ellos no incriminarse, porque gozaban de la fama de que todo lo conquistaban con sobornos y corrupción, porque supuestamente no eran violentos, se mostraban como empresarios de la clase pudiente.

A Maza Márquez la Corte Suprema de Justicia lo condenó por la muerte de mi papá. Fueron miembros del extinto M-19 que testificaron. El día que mataron a Carlos Pizarro (cuando todavía estábamos esperando la noticia de si se moría o de si había sobrevivido porque no se sabía en qué condiciones estaba), llegó Maza Márquez a la clínica donde estaban los del M-19 reunidos esperando noticias con la familia, a decir:

— Ya tengo todo investigado y ya sabemos que fue Pablo Escobar.

Con Bernardo Jaramillo Ossa (de la UP) fue igual. Todo para proteger a estos paramilitares del Magdalena Medio y para proteger a los del Cartel de Cali.

Lo que las investigaciones han establecido es que Maza Márquez tenía una alianza con Rodríguez Gacha y, éste último puso dinero en el Magdalena Medio, Cundinamarca y Boyacá. Este era su territorio. Se sumó a ganaderos y a otra gente, para entrenar a paramilitares, mercenarios extranjeros, entre ellos Yair Klein y un británico. Esa alianza de Maza con alias el mexicano Rodríguez Gacha empezó a debilitarse porque los de Cali se interesaron en recoger el aparato militar de esos paramilitares. Maza empezó a distanciarse del Cartel de Medellín y afianzó una alianza con Rodríguez Gacha, no con Pablo Escobar. Él siempre se defendía hablando de su lucha:

— A mí casi me mata Pablo Escobar. Varias veces atentó contra mi vida. ¿Cómo me van a acusar de aliarme con él para asesinar al doctor Galán?, eso es un absurdo que a nadie le cabe en la cabeza.

Nosotros entendimos después, que lo que le interesaba al Cartel de Cali era asesinar a mi papá o ayudar, para que todo el Estado y el DAS bajo la línea de Maza, se volcara a perseguir a Pablo Escobar. Como Escobar y el Cartel de Medellín eran enemigos del Cartel de Cali, sirvió de estrategia perfecta culpar a quien no era (sería el Estado el que libraría la guerra costosísima, lo estaba haciendo ya, mientras el Cartel de Cali se ahorraba plata y muertos). Le hicieron el gran favor. Ese era el gran gana gana del Cartel de Cali, ayudando en el asesinato de mi papá.

Un sector poderoso de la policía terminó al servicio del Cartel de Cali. Por eso es que Escobar se obsesiona matándolos. Los policías mataban a jóvenes en las comunas porque los consideraban enviados del Cartel de Cali. Escobar nunca se dedicó a perseguir guerrilleros, solamente cuando secuestraron a Martha Nieves Ochoa (hermana de los Ochoa Vásquez). Los Ochoa crean el MAS -muerte a secuestradores-, grupo que se dedica a tratar de rescatarla, pero eso lo hizo Escobar por tratarse de uno de sus socios de su entraña, pero no tuvo ninguna motivación ideológica o de intereses más allá de eso para dedicarse a exterminar guerrilleros, o partidos como la UP vinculados a la izquierda. Rodríguez Gacha sí era de derecha, una cosa obsesiva, anti subversiva, anti guerrilla. Ahí hubo una conexión: Cartel de Medellín con Maza Márquez que no es vía Pablo Escobar, es vía Rodríguez Gacha.

El primer gran componente del complot para matar a mi papá es el narcotráfico. Ambos carteles, Medellín y Cali, crearon grupos paramilitares. En los entrenamientos de Yair Klein, no solamente estuvieron los asesinos de mi papá, sino Ruedas Rocha, Ruedas Silva -asesinos materiales-, Henry Pérez y los hermanos Castaño. Es la génesis del paramilitarismo. Los paramilitares son el segundo gran componente de la muerte de mi papá.

Los políticos son el tercer gran componente, donde ya está condenado Santofimio, que era asesor del Cartel de Medellín y asesor del Cartel de Cali (al mismo tiempo). No sé quién puede contar esa historia. Recuerdo una frase de Popeye en el juicio contra Santofimio (en el que estuvimos presentes), que mirándolo a los ojos le dice:

— Usted dice que yo soy sapo. Sí, puede que yo lo sea, pero usted, usted es un torcido. Entonces ¿qué es peor, ser sapo o ser torcido? ¡Usted le trabajaba a Escobar y a los Rodríguez Orejuela al tiempo y le recibía plata a ambos!

Al asesinato de mi papá están vinculados generales de la Policía, Maza Márquez, Peláez Carmona, Argemiro Serna (subdirector de la policía de Cundinamarca cuando matan a mi papá). Todos vinculados y con responsabilidad.

En el partido liberal había una cantidad de políticos para quienes mi papá representaba un obstáculo políticamente y, cuando se dieron cuenta de que no podían detenerlo, se propusieron asesinarlo, porque no les quedaba otra opción para impedir su llegada a la Presidencia de la República.

El cuarto componente después de narcotraficantes, paramilitares y políticos, son los organismos de seguridad del Estado. El DAS al servicio de los paramilitares y en cabeza de Maza Márquez. El B2 del Ejército también estuvo involucrado con el teniente Carlos Humberto Flórez Franco quien le expidió a todo el grupo de asesinos materiales, carnets de inteligencia del Ejército para que durante el operativo, si llegaba alguien a preguntar por identificación pudieran continuar. Luego los escondió en su casa del barrio Galerías mientras pasaban los operativos en los que capturaron a Hazbún y al grupo de inocentes que pasaron cuatro años en la cárcel. Rueda Rocha (el que le disparó a mi papá) fue el mismo que le disparó a Teófilo Forero, se fugó de La Picota escoltado por el DAS y así llegó a Puerto Boyacá. Lo mismo hicieron cuando Teófilo Forero. Peláez Carmona estuvo con Maza en la operación que desviaba la investigación, fabricó pruebas para inculpar a personas inocentes. Argemiro Serna (subcomandante de la policía en Cundinamarca) dio la orden de retirar un escuadrón anti guerrilla de Soacha que iba a prestarle seguridad a mi papá esa noche. Después del asesinato de mi papá regresó. Todos los informes que hizo la policía fueron falsificados, mintieron en el número de hombres, en sus ubicaciones… Gómez Padilla le presentó esos informes falsos al Congreso sin sonrojarse. Ya están condenados Maza Márquez, el coronel González (su segundo). Montilla (capitán de la policía en Soacha) fue absuelto y el proceso está en apelación.

El proceso contra Peláez Carmona y Argemiro Serna avanza. En este momento se resolvió la situación jurídica con medida de aseguramiento consistente en orden restrictiva de salida del país. Nos sorprende la decisión porque aquí por una cosa menor la medida de aseguramiento es detención preventiva (en centro carcelario). Pero aquí no se trata del robo de una gallina, es un homicidio con fines terroristas, de lesa humanidad y ¿eso ni siquiera dio para una detención preventiva?

A pesar de todo, hemos logrado cosas que nunca pensamos que fueran posibles de alcanzar. Las investigaciones de los magnicidios del mundo: Gandhi, Kennedy, Martin Luther King, con los sistemas judiciales con que han contado, no han llegado a ninguna parte y la de mi papá, con el sistema judicial que tenemos, lleno de defectos, lleno de carencias, vulnerable a la corrupción, está donde está y se debe a funcionarios anónimos que se han jugado la vida y la de su familia porque haya justicia en este país: fiscales, procuradores, gente humilde, de carrera, estudiosa, que trabaja de sol a sol, que nadie reconoce, que han logrado soportar las amenazas y que han trabajado fuerte en función de la justicia. Eso es una cosa muy importante para nosotros, pero son ellos los que han hecho todo.

He aprendido a vivir con el dolor permanente de no tener a mi papá y lo que me hace seguir, es el amor por él, por sus ideas y por las personas que siempre lo rodearon bien brindándole todo su afecto. Y por supuesto, la gente que me encuentro en la calle y después de treinta años aún lo recuerda y lo añora.

www.isalopezgiraldo.com 

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