Historias de Vida

Juan Manuel Jaramillo: una vida entre la arquitectura, el arte y la escritura

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En esta nueva entrada de la serie Historias de Vida, creada por Isabel López Giraldo para El Espectador, Juan Manuel Jaramillo habla sobre su pasión por el arte y la conexión que ha encontrado entre ese mundo y la arquitectura, así como del proceso de escritura que ha generado en él un sentido de obligación.

Soy un soñador, un géminis que hace muchas cosas al mismo tiempo: arquitecto, acuarelista, escritor, hombre de familia y de campo. Me definen las palabras de Agustín Nieto Caballero: “Un mar inmenso de conocimientos con un centímetro de profundidad”. Como arquitecto, he aprendido a manejar los espacios y me he acercado a conocer la historia de la humanidad. Como pintor, he hecho más de cuarenta exposiciones. Como escritor, he publicado cinco libros. Como hombre de familia cuento con dos hijos y tres nietos.

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Orígenes– Rama paterna

Mi abuelo, Francisco Jaramillo Ochoa, fue una persona muy importante en la ciudad de Manizales, pues fue gestor y creador de empresas y de riquezas. Nació en Antioquia y luego migró a Caldas, cuando este se estaba creando como departamento. Abrió el Valle del Risaralda para fundar La Virginia, donde implementó el uso del río para navegarlo. Fue exportador de café e importador de cemento, con el que reconstruyó Manizales después de que la ciudad se quemara en repetidas ocasiones. Una de las torres de la Catedral se llama San Francisco, en su honor. Tuvo oficinas en Francia y en Nueva York.

Fue alguien muy respetable, al igual que mi abuela, porque emanaba respeto. Para entrar a su casa, las personas se cambiaban y se vestían de manera muy elegante, lo hacían como si visitaran a la Reina Victoria en Inglaterra, y con invitación previa.

No fue el abuelo querendón, pero logré irrumpir en su mundo porque, como vivíamos en la misma casa, yo subía a su apartamento que quedaba en el último piso, un dúplex que dominaba la ciudad, y le ponía conversación. Esto hizo que me tomara un gran cariño. Fue un ingeniero de minas que hizo una colección de cien piedras, producto de sus investigaciones, y me enseñó el nombre de cada una de ellas. Esto hizo que a mis cuatro años repitiera: “sulfato, amatista, marmato, marmaja, hierro”.

Mi padre, que había estudiado en Estados Unidos, recibía revistas que le fascinaban a mi abuelo y yo me las robaba para vendérselas. Una de ellas era la National Geographic.

Colombia cerró varias minas y los mineros quedaron desempleados. Pese a esto, mi abuelo estudió en la Escuela de Minas y los ingleses lo llevaron a Caramanta, zona sur de Antioquia, donde escaló puestos hasta dirigir el lugar.

Caminando con el oro que tenía que llevar a Buenaventura, conoció un valle, el de Risaralda, que finalmente se volvió su sueño. Compró derechos antiguos, virreinales, para convertirlo en un emporio muy importante. Su finca, Portobello, fue la más representativa en el centro del país.

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Se han escrito varios libros sobre la hacienda y las vivencias allí contenidas, sobre los negros libertos que se escaparon de las guerras civiles y fundaron Sopinga, un pueblo al que mi abuelo le cambió el nombre por La Virginia. Construyó la iglesia en la que los negros colgaron un cadáver de sus campanas para darle la bienvenida al cura el día de su inauguración.

Cuando mi abuelo se fue a vivir a Manizales, epicentro del país en exportaciones de café, hizo una muy bella casa en el centro de la ciudad. Como vivió un tiempo largo en París, de allí trajo los muebles, la decoró con obras de arte y con lámparas muy especiales de miles de colores, tan especiales que yo me tiraba a contemplarlas desde el suelo.

Pero la casa se quemó, como ocurrió con gran parte de la ciudad. En ese momento decidió que a Manizales había que reconstruirla en cemento para que no se repitiera la historia. Hizo un acuerdo con la gente más prestante de la ciudad, con la que también decidió construir su Catedral en concreto. Con el terremoto de 1998, la torre de San Francisco cayó y su cabeza fue directo al sanitario de un café ubicado al lado de la iglesia.

A mi abuelo lo disfruté hasta mis siete años, pues se fue a vivir a Medellín, ciudad en la que murió.

Mi abuela, Tulia Montoya Arbeláez, fue una mujer supremamente especial y sensible, de familia excesivamente conservadora, a la que pertenecieron sacerdotes, clérigos muy importantes en Medellín y en Bogotá, donde uno de sus hermanos monje construyó la iglesia de Chapinero. Entre ellos se escribían y hablaban en verso.

Tulia fue hija de un médico muy prestante de Medellín que estudió en Francia y que visitaba a sus pacientes en un caballo blanco, lo reconocían a la distancia por ello. Fue políglota y gran lector.

Cuando la conocí ya estaba afectada por el Alzheimer. Las veces que subía a su apartamento para ver a mi abuelo, me miraba y me preguntaba quién era y qué hacía ahí. Cuando pasábamos navidades en la finca, de pronto me encontraba con ella y me decía: “¿Me puede indicar en qué habitación de este hotel me encuentro?”.

Mis abuelos, que eran primos, tuvieron trece hijos. Perdieron tres o cuatro bebés.

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Mi padre, Gilberto Jaramillo Montoya, fue el menor de todos los hijos. Estudió en un colegio de curas, pero no se adaptó a la educación de los sacerdotes. Tuvo un problema grave con uno de ellos, pues le quebró una silla en la cabeza cuando tenía doce años. Esto generó una situación muy compleja, pues no lo quisieron recibir en ningún otro colegio. Fue así como mi abuelo decidió sacarlo de la ciudad y lo envió al Gimnasio Moderno, colegio que acababan de fundar en Bogotá.

Este era un colegio muy especial y diferente al resto: era laico y hacía excursiones por el país. Cuando mi abuelo fue a visitarlo no lo pudo ver, pues los estudiantes estaban en los Llanos. Regresó al mes y tampoco lo encontró. Finalmente concluyó que el colegio no servía, que en él no enseñaban nada porque vivían de paseo. Entonces lo mandó a Estados Unidos, donde tenía su oficina de exportación de café. Allí se quedó mi papá por muchos años, por más de una década. En ese país se graduó del colegio y estudió economía en Philadelphia, para convertirse así en uno de los primeros economistas del país.

Como mi abuelo tenía la importadora de cemento, y una vez graduado mi papá, él lo mandó a Bélgica, país proveedor, para que allí aprendiera de este producto. Su proyecto era fundar una gran fábrica de cemento en Colombia y lo logró con Cementos del Valle. Cuando murió mi abuela, mi abuelo decidió repartir la hacienda entre sus hijos, lo que hizo que mi papá se desligara de la cementera para dedicarse al campo.

Uno de mis tíos, Luis Jaramillo Montoya, gobernador del departamento, conoció a un italiano que le comentó que tenía la posibilidad de hacer un gran negocio en Colombia. Se trataba de la fabricación del tanino, producto que proviene del mangle. Fundaron la industria en el Pacífico, en una pequeña isla en la Bocana, cerca a Buenaventura, e invitó a mi padre para que se uniera. Entonces mi papá viajaba con alguna frecuencia a Manizales hasta que un día, barbado y con aspecto de explorador, pasó por una calle y vio en un balcón a una mujer de una belleza sublime.

Rama materna

La familia de mi mamá, Judith González, también era de Manizales. Armenia estaba recién fundada cuando mi abuelo, César González, fue nombrado gerente de la electrificadora que acababa de construir la familia Laserna de Ibagué. Se trasladó allá cuando ya estaba casado con mi abuela, María Mejía.

Pero mi abuela sufría males del corazón, herencia de familia, y no podía estar muy pendiente de sus hijos, entonces decidieron enviar a mi mamá a Popayán. La mayoría de la gente de Caldas, debido a la participación que tuvo con la división de Antioquia, decidió que no seguiría enviando a sus hijos a estudiar a Medellín sino a Popayán, como lo hicieron mis abuelos con mi mamá.

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Estando allá recibió la noticia de la muerte de su madre, entonces volvió a Armenia. Pocos meses después murió su padre y quedó huérfana. Sus tías manizalitas se la llevaron con ellas.

Sus padres

Mi madre tenía dieciséis años, pero aparentaba más porque era grande. Cuando mi papá la vio en el balcón, él tenía treinta. Mi tío Rafael Jaramillo, personaje extraordinario, ingeniero muy divertido, estaba casado con una prima hermana de mi mamá y fue quien los puso en contacto para que se conocieran. Se casaron muy rápido en la Catedral, que estaba recién terminada, y mi madre estaba vestida totalmente de negro. Lo de ellos fue amor a primera vista.

Somos tres hermanos: Juan Manuel, Clemencia y Maripaz. Inicialmente vivimos en el apartamento debajo de mi abuelo. Allí permanecimos hasta mis seis años, cuando mi padre decidió vivir en Bogotá para brindarnos una mejor educación. Mis abuelos ya no ocupaban su casa y muchos tíos también se habían trasladado.

Manizales

Fui muy feliz en Manizales: salía de mi casa tranquilamente y me hice amigo de los vecinos. Recuerdo que acababan de fundar el Banco Francés – Italiano, que quedaba en la esquina de la casa. Entonces yo iba, a mis seis años, donde el señor Miani, su gerente, hablaba con él como si yo fuera su cliente y un día le pedí que me mostrara la bóveda. Sorprendido frente a todos esos billetes, pensé: “Algún día quisiera ser tan rico como este señor”. Al frente quedaba el Teatro Cumanday, lugar en el que proyectaban películas de cine mudo. Llevaba a mi hermana Clemencia y como éramos tan pequeños la niña que vendía las boletas no nos veía. Fue así como vimos todo el cine que quisimos hasta ser descubiertos. Nos impusieron multas, por supuesto. Recuerdo el Almacén España que traía importados, especialmente dulces, y yo llegaba con unos centavos que mi abuelo me regalaba para comprarlos.

La familia era muy unida y gozábamos mucho.

Bogotá

Llegar a Bogotá significó un cambio muy extremo. Pasamos de un apartamento, que para esa época era grande, a otro que sentí completamente ajeno y que quedaba en la décima con diecisiete, en un edificio recién terminado que tenía ascensor. Resulta que monté tantas veces en él hasta dañarlo.

En algún momento pasó por el frente del edificio un bus que decía Colegio La Presentación. A papá le pareció maravilloso y nos matriculó a mi hermana Clemencia y a mí, porque Maripaz estaba muy pequeña. El colegio tenía su gran sede en La Candelaria. Era inmenso, helado y yo iba de pantalón corto en una Bogotá mucho más fría que la de hoy. Las monjas usaban unas cornetas inmensas en su cabeza y eran estrictas en extremo. Aquí me enseñaron a escribir con una caligrafía bellísima. La madre Enriqueta identificó que yo tenía cierta habilidad para el dibujo y me puso a pintar santos.

Poco tiempo después de hacer la Primera Comunión, les dije a mis padres que no me gustaba el colegio, pues pasé de uno en Manizales ubicado a una cuadra de la casa, el cual disfruté enormemente, a este mundo rígido, frío y gigantesco.

Gimnasio Moderno

Como unos familiares tenían contacto con el Gimnasio Moderno, mi papá decidió cambiarme. Aquí se abrió mi mundo, pues entré a estudiar a un colegio completamente disruptivo. Esta institución tenía formas de enseñanza muy diferentes, era laico, estaba ubicado en medio de la naturaleza y tenía excursiones por el país. Recuerdo que navegamos por el río Atrato, desde Quibdó hasta llegar al Atlántico. Como la embarcación se incendió tuvimos que hacer una cadena de baldes para apagar el fuego. Cuando llegamos a Cartagena yo sentí que éramos conquistadores. También fuimos a la Guajira y a muchos destinos más.

Mis amigos fueron Roberto Junguito, Guillermo Perry, Rafael Matallana, Luis Caballero.

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Luis y yo fuimos pésimos estudiantes, mientras estábamos en clase hacíamos competencias dibujando a profesores y compañeros y no prestábamos atención. Todos los años habilité hasta tres materias, pero fui muy bueno en dibujo. Contamos con muy buenos profesores de historia, que me parecía fascinante, también con uno de física que era extraordinario, y con la enorme fortuna de que el vicerrector, Prof Bein, alemán, nos entendió a Luis y a mí perfectamente.

En sexto bachillerato perdimos un par de materias y el Prof Bein nos puso a estudiar para unos exámenes adicionales de física, matemáticas y latín. Cuando nos presentamos, preguntó: “¿Ustedes han estudiado en estas vacaciones?”. Luis Caballero dijo: “Nada”. Yo contesté: “Muy poco”. Entonces continuó diciendo: “¿A qué se dedicaron?”. A pintar, profesor, le contestamos. Nos dijo: “¿Saben ustedes que los pintores, que son personas que ven el mundo diferente, también pueden tener un futuro? Los voy a graduar”.

Amor por el arte

Aquí inició mi amor por el arte y la pintura. Con Luis pintábamos los fines de semana por fuera de Bogotá, yo me quedaba con sus acuarelas y él con las mías. Comenzamos una gran amistad que terminó de manera muy triste. Faltando dos meses para morir, Luis me llamó para decirme: “Juan, quiero hablar con usted”. Lo visité en su apartamento y me dijo: “¿Se acuerda que alguna vez le entregué un cuadro de un volcán?” Le contesté que lo tenía guardado. Entonces continuó: “Yo no me quiero morir sabiendo que ese cuadro existe en el mundo”. Le dije: “Pero a mí me gusta mucho”. Insistió, se lo llevé y frente a mí lo quemó. Tres días más tarde recibí una de sus últimas obras con dedicatoria. Lo frecuenté en París, íbamos a comer a La Coupole, pues le fascinaban sus ostras que acompañaba con vino blanco.

Universidad de los Andes

Empecé arquitectura en la Universidad de los Andes. Mi padre tuvo la frustración de no haber sido arquitecto y por destino terminó siendo economista (para atender los negocios de la familia). Recuerdo que en la finca me gustaba hacer casetas en los árboles y lo que mi padre necesitara, con el apoyo del maestro de obra. Esto me dio una vocación que quise desarrollar.

Cuando me presenté a la facultad no pasé en matemáticas, pero el dibujo me dio la entrada. Hice el mejor examen. Durante la carrera nunca pude con las matemáticas y casi no me logro graduar. En un momento dado, la universidad hizo un intercambio con profesores canadienses. Ahí conocí a una viejita maravillosa a quien le fascinaba la música clásica, como a mí. Entonces la integré al grupo de amigos, la adoptamos, la llevamos al teatro y me explicó las matemáticas. Gracias a ella le tomé amor a los números y logré graduarme de la carrera.

Recuerdo que hice una pequeña revolución al interior de los Andes, pues nos enseñaban las mismas matemáticas que a los ingenieros.

Generación Upsilon Alfa

Escribí una novela de nombre Generación Upsilon Alfa, con prólogo de Guillermo Perry. En ella hablo de la fraternidad, al estilo de las americanas, que al inicio acogía a estudiantes de los mejores colegios de fuera de Bogotá, pero luego se volvió excluyente. Hacíamos fiestas, representábamos a los estudiantes que tenían conflictos ante el consejo, contábamos con cafetería propia. Tuvimos mucho poder político y económico. Pero nos enfrentamos con un rector que hizo que casi no nos graduáramos, cuando nos puso en una lista negra. Logramos un acuerdo y la fraternidad salió de la universidad hasta acabarse.

Urbanismo

Una vez graduado de los Andes, viajé a Inglaterra para estudiar urbanismo. En esa época, año 1966, el urbanismo inglés era reconocido mundialmente, pues el país había quedado destruido después de la guerra. Estaban haciendo la reconstrucción y diseñando la filosofía de cómo debían surgir los New Town. Allí se me abrió nuevamente el mundo con los Beatles, con Londres explotando en su furor, con las fiestas, los museos, los amigos, el arte, los viajes.

Había llegado a la casa de alguien vinculado al Museo de Arte Moderno de Londres, quien alguna vez hizo un trabajo sobre un gran pintor inglés, Joseph Mallord William Turner, acuarelista. Fue él quien me convirtió a la acuarela, de la que he hecho más de treinta exposiciones dentro y fuera de Colombia.

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En algún momento le dije a mi padre que no quería terminar y que prefería viajar, pues al final el estudio me resultó muy aburrido. Los primeros semestres de diseño urbanístico fueron una maravilla, pero las estadísticas del final no, entonces nunca me gradué.

Regreso a Colombia

A mi regreso me encontré con que en el país se imponía la construcción prefabricada, es decir, hacían casas muy rápidas. Llegué con la idea de involucrarme con esto, pero antes quise visitar a mi familia en Manizales. En ese viaje conocí, en la casa de un tío, a un arquitecto a quien yo admiraba muchísimo, Roberto Vélez Sáenz. Él estaba sacando adelante un sistema prefabricado de casas sencillas. Quedé impresionado con esto y le pregunté si podía trabajar con él. A él le pareció interesante e hicimos algunos proyectos, uno con el Instituto de Crédito Territorial.

Roberto y yo sufrimos un fracaso muy grande con una de esas obras. Eran doscientas casas junto al río Cauca, en La Virginia. Faltaban quince días para entregarlas, cuando el río creció en una forma que no conocíamos y las tapó dejándolas con metro y medio de barro. No fueron recibidas, nos endeudamos para prácticamente reconstruirlas.

Mientras estuve en el mundo profesional como arquitecto, también seguí pintando y exponiendo. En mis viajes hice libros de sketch y acuarelas. Además, como Roberto era un gran acuarelista, nos acompañábamos en vacaciones pintando paisajes y retratos, casi que competíamos.

Su familia

Gloria Lucía Vélez Jaramillo

Roberto tenía una hija con una prima hermana mía: Gloria Lucía Vélez. Nos enamoramos y nos casamos. Así pues, la arquitectura me llevó a mi mujer.

Gloria Lucía tiene dos hermanos varones. Desde los doce años la mandaron a estudiar a Europa, cuando un día le dijo a la mamá que un niño quería que ser su novio. Instantáneamente la sacaron del país y estudió en el colegio Sagrado Corazón, en Bélgica. Recibió una educación muy rígida, propia de las monjas, pero que ella gozó. Habla perfectamente inglés y francés y viajó por el mundo. La invitaron de todas partes: estuvo seis meses en Japón por invitación de una amiga, otras de ellas pertenecían a la familia real y también la incluyeron en sus cosas.

Era abril de 1970, me casé quebrado y estábamos en nuestra luna de miel en Aruba, cuando escuchamos a Pérez Jiménez anunciar el supuesto triunfo de Rojas Pinilla y decir que el país estaba en revolución. Recuerdo que le dije a Gloria Lucía: “Nos va a tocar vender el anillo y montar un puesto de perros calientes en la playa, porque a Colombia no vamos a volver”. Con el tiempo todo se organizó y salimos adelante.

Lucas Jaramillo Vélez

Lucas es un personaje muy especial. Se graduó del Gimnasio Moderno. Empezó arquitectura, pero no le gustó. Un día nos dijo que quería hablar con nosotros en privado, fuera de Bogotá.

Camino a la finca, que tomaba dos horas, mi señora y yo no hicimos otra cosa sino preguntarnos qué podría ser lo que tenía para decirnos. Sospechamos que había embarazado a una novia.

Al llegar, nos dijo: “Necesito hablar con ustedes. Mi papá quiere que yo sea arquitecto y…”. Le dije que él era libre de hacer lo que quisiera. Continuó: “Lo que quiero es ser carpintero”.

Resulta que a mi padre le fascinaba la carpintería y tenía un taller muy grande en su finca. Por otro lado, a Roberto también le encantaba y era muy buen artesano. Ante la sorpresa, le dije: “Muy bien. Entonces que seas carpintero, pero vas a ser el mejor. Para eso matricúlate en el Sena”. Me respondió: “Con una condición, papá. Cuando termine, me mandas a Italia”.

Del Sena se graduó con honores de ebanistería. Erbico, empresa de muebles, le dio la opción de sacar la nueva línea para su fábrica. También comenzó a ser una línea en guadua, casi que siguiendo los pasos de su tío Simón Vélez.

Organicé un viaje a Europa con mi señora y unos familiares cercanos. Llegamos a Milán, donde están las mejores escuelas de diseño. Nos atendieron muy amablemente, pero lo rechazaron cuando hablamos de sus estudios en el Sena y que no tenía posgrados. Entonces presentamos su portafolio y nos pidieron tiempo para considerarlo. Curiosamente, el director de la parte de diseño era un personaje exactamente igual en todo sentido a Roberto Vélez, el abuelo de Lucas. Tuvimos un contacto extraño. Todo lo que nos mostraba era como si ya lo conociéramos, fueron muchas las coincidencias.

Lucas nos recibió con gran expectativa, pero tuvimos que contarle que la decisión estaba en proceso. Dos semanas más tarde llegó una carta y me retiré a mi estudio a leerla. Decía que, una vez analizado el portafolio, lo encontraban como un caso muy especial y por lo tanto era admitido. Tres días después llegó la siguiente que parecía calcada. Lucas viajó a Italia, estudió diseño biónico en La Nueva Escuela de Diseño, fue asistente de sus profesores, se graduó con honores con la mejor calificación y regresó al país con un título que resultaba muy exótico. Experimentó con lámparas en guadua muy especiales que sacó en una feria artesanal donde se vendieron muy bien. Más adelante lo invitaron a participar en un reality de famosos, El Desafío. Dijo: “Pero yo no soy famoso”. Le contestaron: “Te hacemos famoso”. Este programa paralizó al país y quedó de finalista. Fue así como ingresó al mundo de la farándula.

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Tuvo un matrimonio de un año con Catalina Aristizábal. Luego se casó con Cristina Umaña, con quien tuvo a Baltazar. Ahora vive en México, donde montó su compañía de diseño.

Baltazar Vélez Umaña

Es una maravilla de niño, muy parecido a Lucas, amable y abierto de corazón. Tiene una gran imaginación, vive en el mundo de seres extraordinarios. Con sus primos están creando personajes para una serie de televisión. Es buen futbolista, excursionista y ha viajado por el mundo con sus padres.

Mariana Jaramillo Vélez

Mariana es una mujer físicamente muy bella, con un corazón enorme. Estudió ciencia política en la Universidad de los Andes, francés en Europa y luego política pública en la Sorbona. Volvió al país donde encontró un camino en temas de paz, con los que se ha comprometido de manera potente.

Se casó con Fermín Restrepo y son padres de dos hijos. Fermín es parte integral de la familia, firme en las buenas y en las malas, hijo de Álvaro Restrepo, mi compañero de colegio, dedicado a la parte agropecuaria, con lo que también nos identificamos.

La mayoría de los padres se ponen tristes cuando casan a la hija, pero yo estaba feliz porque sabía que a la mía la dejaba en buenas manos.

Gregorio Y Agustín

Agustín aprendió a leer y a escribir antes de los dos años. Las conversaciones con él son como de persona mayor, por la lectura, y se siente muy orgulloso de su abuelo escritor. Mientras, a Gregorio le encanta el fútbol, es atleta, divertido.

Sus libros

Mi papá fue un gran lector, con un conocimiento amplio del mundo y de la cultura. Sufrió un derrame cuando tenía ochenta años y con ello perdió el habla y la posibilidad de escribir. Su terapista lo puso a hacer planas, hasta que un día cualquiera me manifestó que quería que le ayudara a escribir sus memorias. Las comenzó con su letra patoja y las llamó Los relatos de Gil. En ellas cuenta cómo se abrió el Valle del Risaralda y cómo llegaron los colonizadores a Caldas. El departamento de Caldas imprimió el libro y le rindió homenaje. Después escribió un par de libros más, y otro que quedó inconcluso basado en el Urabá y el Chocó. Su esfuerzo me animó a continuarlo y a decidir seguir escribiendo, como en efecto lo he venido haciendo.

Recuerdo aquí que alguna vez gané el concurso de cuento de El Espectador, con El niño que no tenía juguetes, y el concurso Fahrenheit 58 – El Espectador, con El Lobo de Mar.

Don Juan Jaramillo, del viejo al nuevo mundo

En una época en la que mi profesión entró en crisis con lo de la UPAC, me consagré a escribir la historia de los Juanes Jaramillo en forma de novela. De ahí salió Don Juan Jaramillo, del viejo al nuevo mundo. Soy el último Juan Jaramillo, pero el libro está dedicado a la familia. Uno de mis tíos contrató a un genealogista alemán que estaba en Colombia en los años treinta y lo envió a España para estudiar nuestras raíces. Entonces tomé personajes reales para escribir apoyado en la historia. Mi amigo Fernando Wills, cuando estaba en Intermedio Editores, decidió publicarlo y se vendió muy bien.

Resulta curioso porque en el Gimnasio Moderno yo era reconocido por mi imaginación, pero también por mi mala ortografía, aun siendo gran lector, pues soy disléxico. Pero este ejercicio de la escritura me ha obligado de manera importante y decidí apoyarme en la tecnología que nos puso al servicio Bill Gates.

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El corredor polaco o la sotana de Camilo

Viajaba en familia por Europa cuando me encontré con las memorias de una pariente en las que hablaba de la vida en Manizales. Por más de un mes tomé notas de cuanto decía. Poco después secuestraron a mi cuñado en la Guajira, situación muy desafortunada que nos golpeó muchísimo. Pero sobre todo escribí lo que iba ocurriendo durante el tiempo que duró ese secuestro. Algún día junté la información de la familia Vélez Jaramillo, de Manizales y de la Catedral, y me enfrenté a la escritura del libro El corredor polaco o la sotana de Camilo.

Es la historia de Camilo Torres, personaje muy especial en Colombia a quien tuve oportunidad de conocer en unos retiros espirituales de sexto grado en el Gimnasio Moderno. Ya se sabe que más que espirituales fueron políticos, pues fue Camilo quien nos adoctrinó en términos diferentes sobre tantos temas.

En la historia cuento cómo al hijo de la empleada del servicio de la casa, adoptado de muchas formas por la familia, pero a quien echaron el día en que manifestó su amor por una de las niñas de la casa, la más bella de las bellas, lo mandaron a estudiar al Seminario Mayor de Bogotá, donde conoció al cura Camilo Torres. Ante la muerte de Torres, él tomó sus banderas.

Él era muy apuesto y las mujeres no se resistían ante su presencia. Había sido acólito de la Catedral y las niñas iban a misa solo por verlo. El nombre del libro es tomado del corredor de la Catedral y de los acontecimientos históricos al momento de su construcción. Es allí donde ocurre mucha parte de la novela.

Yo… El Negro Ñulfo de Olano

Este libro lo escribí en honor a mi padre. En el texto que nunca terminó, él hace referencia a Vasco Núñez de Balboa. Cuando investigaba sobre este personaje, descubrí una maravilla de persona que me llamó la atención poderosamente, uno de quienes acompañaron a Balboa ante el rey de España, como figura en las listas. De él solo hay una estatua en la ciudad de Panamá y el personaje que recreé para mi libro.

Luis Enrique Osorio fundó la Editorial El Gato Encerrado y la inauguró con mi libro, del que también hice las ilustraciones. Dado el contexto de la pandemia, enviamos el libro a la casa de quien llame al 3208590983.

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Reflexiones

¿Qué reflexiones le genera este recorrido por su historia de vida?

Siento que la vida ha sido muy amable conmigo, que tengo una familia maravillosa y un grupo de amigos fantástico, con el que me reúno una vez al mes. Antes de la pandemia lo hacíamos en el Moderno para almorzar, ahora nos toca virtualmente. Soy un agradecido de mi vida y de mis circunstancias.

¿Qué proyectos tiene?

Hace un par de años hice una piscícola en un antiguo lecho de un río en la finca. Hoy lo disfruto enormemente porque creé una cosa bella que me genera gran placer.

Actualmente trabajo en pro de lograr, como lo hizo mi abuelo, la navegabilidad por el río Cauca para transportar caña, esto de la mano del Ingenio Risaralda. Además, me volví diseñador de barcos.

Ahora estoy enfrascado en un nuevo amor, estoy siendo infiel por Manuelita, mi proyecto de libro Manuelita y el Príncipe. Pienso que tendríamos una monarquía en Colombia.

¿Qué lo define?

Mi signo.

Y el arte, por su talento y el de su familia.

Es cierto. Nunca he competido con mis hermanas, por el contrario, nos apoyamos. Clemencia tiene una sensibilidad increíble y, como Maripaz, una belleza propia de las mujeres de la familia.

Las dos se dedicaron al arte. Clemencia trabajó con Gloria Zea en el Museo de Arte Moderno, cuando se estaba fundando. También estuvo un tiempo largo en el Museo Pompidú, de París, y apoya a Maripaz en el proceso de comercialización de su obra.

¿Qué es el tiempo en su vida?

Un fundamental que se me está escapando de las manos.

¿Cómo quisiera ser recordado el día de mañana?

Como un hombre universal.

¿Cuál debería ser su epitafio?

Vivió y murió soñando.

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