Judas Priest: un poderoso final

Los británicos llevan más de 40 años de carrera y quieren que esta gira sea un adiós de primera.

Son tantas las buenas imágenes para describirlo. “Más rápido que una bala/ Grito aterrador/ Enardecido y lleno de ira/ Es mitad hombre, mitad máquina/ Maneja el monstruo de metal”. O también: “Como un renegado/ Camino solo a través del fuego/ Hasta que choque y estalle/ Vivo al límite”. Es el Dios del metal que “Marcha por las calles/ Arrastrando pies de hierro”. De apellido Hallford, nombre Robert. Calvo. Blanco. Gay. Antiguo gerente de teatro de cine. Cantante. Ídolo. Dios. Dios del metal.

El resto del panteón lo componen Glenn Tipton, Ian Hill, Scott Travis y K. K. Downing, la alineación más duradera de una máquina llamada Judas Priest que, para ciertos oídos, se inventó eso del heavy metal. Es más o menos así: si Flaubert es Madame Bovary, Judas Priest es el heavy metal.

Son más de 40 años labrando en la dura piedra de la historia un sonido único, lleno de precisas guitarras y solos desenfrenados por momentos (“Painkiller” viene a la mente). En el frente está el grito aterrador, el desgarrador quejido que retuerce las letras de Screaming for Vengeance o Breaking the Law: la única voz autorizada para cantar cosas como “Leather Rebel”, “Electric Eye” o “Living After Midnight”. El hombre vestido de negro cuero que, por cierto, puso de moda los atuendos sadomasoquistas, una especie de uniforme para todo un género.

En un estilo de música que se precia de ser duro y crudo, una veta del rock & roll que explora las posibilidades más extremas de los instrumentos y la voz, a nadie parece importarle que Hallford sea gay. Es el dios del metal y, como deidad que es, es perfecto o, si lo prefiere, perfectamente imperfecto. En 2008, en su primer concierto en Colombia, en medio del humo que salía del sudor del público, alguien gritó: “Es el mejor marica del mundo”.

Claro, el amor de fanático es un asunto desprovisto de razón. Pero no son sólo los consumidores quienes idolatran la combinación de un disco de Priest (escoja el que quiera que todos son buenos, algunos mejores, pero todos buenos). Hay varias generaciones de músicos que arrancaron aprendiendo las partituras del British Steel o viendo el video, casi risible, de “Breaking the Law”.

Como sucede con Iron Maiden, Judas es una de esas bandas que suena bien no importa en qué clave lo haga. Prueba de ello es el cover de “Painkiller” que hizo Death: en la voz de Chuck Schuldiner este tema suena como haber salido disparado por la boca de un cañón para aterrizar en un mar de electricidad; hay que calentar el cuello antes de oírla.

Para tristeza de todos, Judas anunció que esta será su última gira mundial, una celebración que los ha llevado a lo largo de año a presentarse en casi todos los continentes. Aunque seguirán produciendo música (al parecer ya hay cuatro nuevas canciones grabadas), la banda ha decidido dejar las giras masivas que tantas buenas cosas han traído a lo largo de 30 años de carrera.

Hasta los dioses deben descansar después de haber creado no el mundo, pero sí todo un universo musical.

Viernes 23 de septiembre, 8 p.m. Coliseo El Campín. Informes y boletería: 593 6300 y www.tuboleta.com

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