Barrilete (Cuentos de sábado en la tarde)

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Gigantescos barriletes de intensos colores surcaban el cielo. Las nubes esponjosas flotaban en un manto azul. Idalia desde niña siempre soñó con elevar uno. Su padre nunca se lo permitió por su férrea convicción de que era un entretenimiento de varones. Él, que ahora estaría en el purgatorio o tal vez tiritando en el cielo después de haberse arrepentido, arrodillado sobre piedras calientes llorando y suplicando el perdón, ya no se lo podía impedir.

En el suelo tenía todo lo que necesitaba: varillas de bambú, tijeras, hilo, varios cuchillos afilados, colbón y papeles de colores primitivos. Quería hacer el barrilete más grande, con alas, que le permitiera subir y bajar mensajes y cosas.

Siendo una niña, en una tarde de vientos propicios, se concentraron en la plaza bonches de niños escuálidos sin camisetas y descalzos, que corrían dándole la espalda al viento. Idalia observaba con asombro como elevaban los barriletes. Permaneció durante un rato mirando, advirtiendo cómo desaparecían en el manto celeste. Uno de los niños intentó elevar el suyo, sin fortuna, porque lo sacudía el viento. Tenía la apariencia de un búho desnudo. El niño lloraba a lágrima viva, intentando incorporarse para retomar la maniobra. Idalia le ayudó a levantarse. Sujetó el barrilete por el hilo, caminó alrededor de la plaza intentando elevarlo, luego corrió. Los cabellos negros se le levantaban con el viento, quedándole el rostro estirado y despejado. Sus ojos de piñón brillaban y a la vez se le humedecían, desgajando algunas lágrimas largas y finas que se le secaban en la comisura de los labios.

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—Tienes que correr dándole la espalda al viento —le dijo el niño. Ella se viró, el barrilete le pesó tanto como los lingotes de oro que un día escondió su abuelo en las profundidades del aljibe.

Agarró con fuerza el hilo arqueando la espalda y apoyando con firmeza los pies en el suelo. Tenía los brazos tensos. Enrolló el hilo en su muñeca derecha ayudándose con la mano izquierda. El sudor y la arena le molestaron en el rostro. Sus pies se elevaron como si llevara tacones y arqueó con más fuerza el cuerpo hacia atrás, para que no la izara el viento. Por un instante se sintió como una hoja seca revoloteando a la deriva. Cuando soltaba el hilo para que cogiera vuelo, unas manos pequeñas y ásperas le apretaron los hombros.

—¡Qué haces! ¡Esto es de hombres! Ahora mismo te vas a la casa, y estás castigada. Las mujeres decentes no elevan barriletes, la falda se te levanta y enseñas los muslos.

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Idalia no dijo nada. El dueño del barrilete se acercó y se lo quitó. Le dijo adiós mientras se lo llevaba el viento. Idalia se fue rezando hasta su casa. Tragaba saliva, se mordía las uñas y las manos le temblaban. Durante dos años limpió sin ayuda los excusados y la alberca. También debía de tener libre de pulgas a los perros, lavar la ropa de toda la familia en el arroyo, y de tanto en tanto su padre le regalaba unos cuantos correazos en las piernas. «Así dejas de enseñarlas», le decía, mientras ella lloraba suplicándole que no le pegara más. «Así aprenderás», y le daba con más furia, dejándole ardiendo la marca de la hebilla.

En el patio las hermanas apartaron las carretillas, los galones de agua, las piedras y a los perros los encerraron para que no estorbaran. Montaron la estructura en el patio mondado. Leonor pegaba los papeles de colores y Cecilia se encargaba de recortar los flecos, mientras que Idalia escribía mensajes amorosos para su madre y hermana. También se acordó de su padre, al que le escribía: «No es solo un juego de hombres», acompañado de un dibujo haciéndole pistola. En el cielo volaban tantos barriletes, que Idalia creyó que no habría sitio para el suyo. Solo faltaba ponerle el hilo. Era tan largo que tuvieron que envolverlo en el tanque elevado de agua, como si fuera una enorme bobina metálica. Se necesitaron más de doscientos hombres para desenrollarlo, aguardaban de pie, con la agobiante responsabilidad de que no se rompiera. Lo deslizaban suavemente entre sus dedos y lo trataban con delicadeza, como si fuese de cristal. Los hombres sintieron que el hilo quemaba, y sus ropas también se encendían con el sol abrasador. Los invadió el temor de quedar chamuscados. De una de las casitas de techo de palma, colindantes al tanque, salió una anciana con una manguera extensible. Vestía traje de luto que le combinaba armónicamente con sus cabellos plateados y antiparras de carey. Pese a la escasez del agua, no dudó en refrescar a los hombres que suplicaban que los mojaran.

—¡Gracias, seño Minta! —le gritaron agradecidos.

Minta desde pequeña despuntó su habilidad para la enseñanza. Los niños del pueblo a los que no les entraban las divisiones, los dejaban a su cargo los fines de semana. Los sentaba en banquitos de madera en el patio, bajo el sol caliente. Los enseñó a dividir cortando guayabas verdes y naranjas agrias. También les enseñó el credo, el padrenuestro y el avemaría. Antes de entrar a clase, tenían que mostrarle las uñas, y el que las tuviera largas y sucias, se llevaba un buen reglazo en los huesos de las manos. A la hora del recreo bebían chicha de tamarindo, y luego venían las peleas para entrar en el excusado. Cuando los niños crecieron, aunque ya no podía verlos con nitidez, sí que los reconocía por su voz y olor. Era habitual que, a cada momento, fueran a visitarla los padres con los hijos ya crecidos.

—¿A que no sabes quién es? —le preguntaban—.

Ella los tocaba y les escrutaba las manos.

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—Pues claro que sé, la hija de menganito, la que se fue a vivir a Cartagena, que se casó con un cachaco…

Minta les dio un último remojón a los hombres que recuperaban el aliento.

—Gracias, seño —le agradecieron nuevamente.

—De nada, a ver si vuela muy alto ese invento de Idalia —respondió Minta. Recogió la manguera y cerró la puerta.

—Ya acabaron de desenrollar el hilo —le avisó con lengua de señas, uno de los hermanitos Torres.

Ella ató el hilo de vuelo. Los hombres lo custodiaban porque lo habían dejado caer al suelo. Miraban hacia abajo como buscando caminos de hormigas. Desviaron los buses, también a los vendedores que deambulaban con sus burros, y a más de un perro le dieron una nalgada por querer cagarse encima del hilo: «Sal de ahí carajo, como si no hubiera más sitio para cagar; vayan a ver si ya la gallina puso».

Las hermanas levantaron el barrilete. La gente entró a la casa sin avisar, con cartas, fotografías instantáneas a color, ruanas de colores alegres y frascos con la recién estrenada leche solar.

En las conversaciones que mantenía la gente acerca de cómo sería la vida en el más allá, llegaron al convencimiento de que durante el día el sol debía de pegar muy fuerte y que por las noches tenía que hacer un frío del carajo.

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La gente tenía fe ciega en Idalia, como ella la tenía en todos sus santos. Pegaron al barrilete las cartas y mensajes. El resto de artilugios los amarraron a las varillas y a la cola. Ahora no podían levantar el barrilete. Con la ayuda y fuerza de muchos hombres lograron ponerlo en pie. Idalia se escondió detrás de la alberca a llorar. Vio cómo se desvanecían sus ilusiones por un momento. Encima de la alberca estaban concentradas centenares de palomas grises, observando el enorme barrilete. Cuando Idalia salió de su escondite vio como las palomas se posaron encima, ascendiéndolo lentamente, desapareciendo entre la humareda blanca y azul. La gente aplaudió, y se armó un alboroto. Después de varios años las palomas volvieron. Idalia seguía esperando en el patio, con la esperanza de que cualquier día regresara el barrilete con algún mensaje de su padre.

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