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Julio César Londoño: "no hay que quejarnos por ser víctimas de la fascinación"

En "Sacrificio de dama", el escritor colombiano colombiano recopila una serie de cuentos y ensayos sobre el ajedrez; la relación del ser humano y las máquinas, el destino y una crítica personal al determinismo absoluto.

El columnista de El Espectador, Julio César Londoño, presenta en "Sacrificio de dama" varios acercamientos a las ideas del azar y del destino, asociándolas con una postura personal sobre lo positivo que puede llegar a tener el indeterminismo en el comportamiento del ser humano. Cortesía

Julio César Londoño me recibió una mañana en un hotel al nororiente de Bogotá. Lo que conocía de él era su escritura, que no es lo menor, parece ser lo fundamental. Desde hace tiempo es columnista de este diario. Sus respuestas reflejan la pretensión que él mismo confirmó por ser dueño de la inteligencia, por tener ese espacio de pensarse a sí mismo y de pensar un mundo en el que, para él, el indeterminismo es el que valida la ética en tanto que si todo estuviera determinado yo no tendría responsabilidad alguna sobre mis actos; donde la educación sigue sin responder las preguntas fundamentales y donde buscar un sentido de la vida es la respuesta tautológica a la pregunta por cuál es el sentido de nuestra existencia.  

¿Por qué el tema del ajedrez en sus cuentos y ensayos?

Bueno, yo, como tantos otros, he tenido una admiración por la inteligencia. El ajedrez es el juego de inteligencia por antonomasia. No es de suponer que es solo un juego, así que si hay mucha concentración, mucho cálculo y ya hay estudios que dicen que el azar está completamente excluido. Entonces yo, como buen pretencioso dije que si los inteligentes lo jugaban, yo también lo tengo que jugar. Ya después fui cautivado por la por la belleza del juego, por la poesía que encierra. Así como un matemático ve belleza en un teorema, un ajedrecista ve belleza en un final, en una combinación. Y de allí entonces viene mi chicle por el ajedrez, mi afición por ese juego. ¿En qué me ha servido entonces? Pues, primero, para detenerme, para pasar ratos con los amigos. Supongo que eso también debe darle a uno como como una estrategia para muchas cosas. Por ejemplo, en el ajedrez, uno  debe contar con que el rival va a jugar bien. Uno nunca hace cálculos suponiendo que el tipo va a ser una chambonada. Y en la vida yo también pienso eso. Yo pienso que el que está al frente, va a jugar bien. Yo tengo que estar preparado para la jugada más inteligente que se pueda hacer. Esa puede ser una de las grandes enseñanzas.

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Entendería que el ajedrez hace parte del ocio y este último concepto es otro de los temas del libro. ¿Cómo nutre o cómo desarrolla usted en su vida este concepto?

Tiene que ver mucho con el trabajo, ¿no? Es como una de las bendiciones que uno haya tenido como actividades ociosas actividades que han sido también muy enriquecedoras, espiritualmente hablando. Una conversación, la lectura, el ajedrez que es ocio puro, pero también es una forma de hacer como gimnasia mental que ayuda a la concentración. Entonces, yo diría eso, que el ocio es como una prolongación del trabajo con otro tempo, con otra textura, con fuego y diversión. Sería ideal que no hubiera una separación tan tajante entre el trabajo y el ocio, entre la clase y el recreo, entre negocios y actividad ocios, porque entones el mundo se le marca a uno de una forma maluca. Si la clase la contraponen al recreo, ya por definición la clase se vuelve harta. Qué bueno que en la clase, sin desconocer que exige un trabajo, estuviera el juego ahí metido. La gente tiene en la cabeza el ideal de que las actividades no deben estar compartimentadas, sino lo más fusionadas posibles.

Otro tema de sus ensayos es la relación del ser humano y la máquina. ¿Qué piensa de la dependencia que hemos desarrollado con la tecnología?

Sí somos dependientes, pero a mí me gusta A mí me tocó, por ejemplo, justificar un texto con una de escribir vieja. Pasé miles de horas tratando de que la margen derecha me cuadrara y allí vino el computador y me ayudó con eso. Yo no tengo problemas con las máquinas y no creo que seamos muy diferentes a ellas. También hay una concepción muy antropocéntrica de creernos muy distintos y muy especiales, pero a lo mejor somos unas máquinas con otra textura. El código genético es una programación. Uno nace con unas aptitudes intelectuales que pueden estar muy definidas por lo genético, y después de eso viene la formación cultural, que es otra programación. O sea que tenemos dos programaciones encima. Y ahí yo creo que somos otro tipo de máquinas. Y en cuanto a eso, me parecen muy simpáticas. Lucho contra la adicción, porque como son tan agarradoras uno puede quedarse allí, pero yo digo: “bueno, si se queda allí es porque la máquina, ese software está diseñado y uno no tiene por qué quejarse tanto por ser víctima de una fascinación".

¿Cuál es el sentido de la vida? Se la pregunto por uno de los cuentos en los que me hace pensar que responder a ello cambia según las circunstancias, y en ese sentido le pregunto por ella y por su respuesta en este tiempo.

Complicadísimo porque yo oigo hablar de la gente que busca la felicidad,  me parece muy fino, pero también me parece muy ñoño buscar la felicidad. No sé si es que no quiere ser diferente a todo el mundo. O si será que entiendo que la felicidad es un estado. A mí me parece muy loco buscar eso. No sé si se ha alcanzado. No sé si sea deseable. Me parece algo muy loco y macabro un mundo sin problemas. Tal vez la escritura para mí ha sido un sentido, pero en general yo no he tenido como objetivos, pues en algún momento quise ser Premio Nobel, también campeón del fútbol. Ninguna de las dos cosas lo fui.  Yo vivo muy muy al día a día. Por ejemplo: tengo sesenta y cinco años, no tengo pensión y no tengo buenos ahorros abierta una cuenta. Ahí se puede dar cuenta de lo imprevisor que soy. El sentido de la vida yo creo que como lo decía por ahí en algún cuento es ese, es buscarle un sentido. Y lo busca uno en los vicios, en el amor, en el estudio, en el ejercicio. En síntesis, no tengo un sentido de la vida y sigo buscándolo.

Por la estructura de ese cuento y de otros dos por ahí que vi me hacen recordar a la mayéutica. ¿Cuáles son esos referentes filosóficos o literarios que ha tenido usted para construir su estilo narrativo?

No, no tengo. Seguramente he sacado de algunas lecturas, pero yo no tengo filósofos  concretos que me hayan marcado en la forma de escribir. Me ha marcado Ciorán por los aforismos que hace, por un ateísmo muy piadoso. Es muy elegante para joderle la vida a Dios. Nietzsche también por su estilo, Yo he leído filosofía de manera muy desorganizada, muy frívola. Siempre he creído que la filosofía es como inútil, pero uno vuelve a ella porque ahí hay una mirada global, más panorámica.

¿La educación ha segregado el conocimiento? El que es ingeniero parece que se encuentra con una planilla que desecha por completo la posibilidad de encontrarse con lecturas de índole sociológico, filosófico… Y así con todas las carreras.

Debería la educación tener siempre una materia que sea panorámica, no materias que sean tan sectorizadas. Cómo hacer una suma de todo esto, ¿no? La educación sigue sin resolver preguntas elementales. Hablan mucho de contenidos, que ya es un avance, pero nunca oye uno que ellos se preguntan para qué es que estudiamos. ¿Para ser sabios? ¿Para ser millonarios? ¿Vamos a hacer parte de una república? ¿Somos sujetos aislados o somos parte de una comunidad? Si Julio le ayuda a Andrés en un examen, los dos tendrían que ser castigados, pero a Julio deberían darle un punto por solidaridad; si Andrés responde mal a una pregunta y Julio se quedó callado, pues, a Andrés deberían darle un punto por el esfuerzo, así haya dicho una burrada. El error también debería ser considerado. La ciencia trabaja por ensayo y error.

 

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

Julio César Londoño: "no hay que quejarnos por ser víctimas de la fascinación"

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