Julio Rojas, el acordeón con amor y humor

El músico nacido en San Juan Nepomuceno (Bolívar) fue Rey Vallenato en dos oportunidades, 1983 y 1994. Murió en la madrugada del lunes en una clínica en Barranquilla, a causa de un paro cardíaco.

El Rey Vallenato Julio Rojas Buendía fue uno de los acordeoneros preferidos de Gabriel García Márquez. / Archivo - El Espectador
El Rey Vallenato Julio Rojas Buendía fue uno de los acordeoneros preferidos de Gabriel García Márquez. / Archivo - El Espectador

Contrario a lo que pasa con muchos de los músicos colombianos, Julio Rojas Buendía murió después de un homenaje en su nombre. Él, a diferencia de los demás, lo alcanzó a disfrutar en vida y lo agradeció mostrando la destreza con su instrumento, por el que desplazaba sus dedos con la misma sutileza con la que un sastre palpa la más fina de sus telas.

El tributo en el que participó Rojas Buendía fue realizado en la Plaza de la Paz, en Barranquilla, y el artista apareció en el evento de clausura del Festival Distrital de Música de Acordeón, que este fin de semana completó su edición quince. Desde hacía varios años el nombre de Julio Rojas Buendía venía asociado al instrumento y por eso se tomó la decisión de rendirle un homenaje a uno de los sucesores más destacados de la leyenda de Francisco El Hombre.

Todo estaba servido para el reconocimiento: Barranquilla, la ciudad que lo acogió desde sus primeros años de actividad artística, y un certamen con la máxima música de acordeón, cuyo fin es cobijar todas aquellas manifestaciones folclóricas del Caribe colombiano que se interpretan a partir del acordeón, ese gran formato de pitos que ha ampliado las posibilidades sonoras de esta nación.

Julio Rojas Buendía estaba feliz sabiéndose el destinatario de un reconocimiento justo a todas luces porque cada vez que participó en el Festival de la Leyenda Vallenata, en Valledupar, siempre tuvo una presentación destacada. No todas las veces se quedó con el máximo galardón, pero cada vez que concursó se bajó del escenario bañado en sudor y con una inmensa sonrisa de satisfacción. En 1983 y en 1994 esa sonrisa se transformó en festín y jolgorio porque durante esas dos jornadas logró la corona de Rey Vallenato, su sueño más recurrente desde la adolescencia.

Nació en San Juan Nepomuceno, Bolívar, el 29 de julio de 1959, pero casi toda su vida transcurrió en Barranquilla, donde se formó como acordeonero a los 13 años y también decidió, muy joven, volverse padre de familia. Como muchos de los juglares vallenatos del país, su aproximación al acordeón la hizo de manera autodidacta.

Fueron extensas jornadas de ensayo y error para aprender y nunca más dejar se hacerlo. El resultado de las interminables horas dedicadas al instrumento tuvo un reconocimiento casi tan importante como las dos coronas de Rey Vallenato, primera y segunda vez. Esa distinción que le representó uno de sus máximos orgullos es haber sido nombrado por Gabriel García Márquez como uno de sus acordeoneros preferidos.

Cada vez que el escritor pisaba Colombia se ponía en contacto con el músico y de inmediato cuadraban las fechas para llevar a cabo las inolvidables parrandas vallenatas. No hay que olvidar que el segundo apellido de este diestro acordeonero es Buendía y ese detalle siempre fue demasiado seductor como para que el Nobel lo dejara pasar invicto.

García Márquez fue uno de los grandes seguidores de Julio Rojas Buendía. Lo estimulaba para que continuara por la vía de la conservación del vallenato en su expresión diáfana. El escritor identificaba en el acordeonero la esencia del género y de ahí que siempre lo convocaba como cómplice musical de sus gestas intelectuales. Mientras uno hablaba, el otro tocaba en un tono menor y así se entendían muy bien.

Rojas Buendía, además de dedicarse a entablar diálogos sensatos y sensibles con su instrumento, también desarrollaba su vena humorística. Con la misma contundencia con que asumía un solo en vallenato, era capaz de conquistar al público con los apuntes repentinos que lo caracterizaban. Con la música llenaba de alegría los espíritus, mientras que con el humor hacía que quienes lo escuchaban se reconciliaran con la especie.

Cuando no estaba acompañando a Octavio Daza Daza en sus presentaciones o concursando en los festivales dedicados al vallenato, Julio Rojas Buendía estaba parado sobre el escenario desarrollando su faceta humorística. Incluso, el canal regional Telecaribe lo contrató para que fuera parte de su colectivo actoral especializado en el entretenimiento.

El humor siempre fue una especie de válvula para decir, en broma, todo lo que no podía expresar detrás del acordeón. La música, en cambio, fue su estilo de vida y el mejor legado que les pudo dejar a sus cuatro hijos: Julio Alejandro, Julio Alfonso, Julio Mario y Julio César. Gracias al arte los pudo sacar adelante y les mostró que el panorama puede ser mejor siempre y cuando se le sea fiel al vallenato.

Julio Rojas Buendía murió la madrugada del lunes 20 de junio en Barranquilla por causa de un paro cardiaco. En la tarde del domingo participó de su homenaje en el Festival Distrital de Música de Acordeón a pesar de que no se sentía muy bien. Se fue sabiéndose admirado, querido y venerado por los seguidores del género, quienes durante su última parranda lo aplaudieron como lo que fue: un rey vallenato con mucho amor y mucho humor.