Kafka (Julio de 1923)

Este es el segundo cuento ganador de ‘Historias en Yo Mayor 3’, que tuvo más de 1.000 participantes.

Soy un novel escritor. Veo a Franz Kafka que camina silencioso por la estación y se entretiene mirando los vagones.

A esta hora de la tarde las edificaciones lucen diversos colores, sirven de marco al movimiento de las personas que van y vienen en su afán de comprar los boletos. Algunos esperan ya sobre la acera.

Es el momento de tomar apuntes, observo a Kafka que luce un traje color claro y está a prudente distancia.

Kafka se detiene al borde del andén, parece estar molesto con los gritos y las voces que escucha.

Entro en inquietud porque debo describirlo antes de que se marche.

Me recuesto sobre unos bultos de mercancía, doy comienzo a mi labor. Percibo que la premura le resta belleza a lo que escribo y delata mi estado emocional, estoy seguro de que no debo desaprovechar esta oportunidad de poner en práctica mis conocimientos sobre el arte narrativo.

La información que tengo de Kafka indica que es hermético, analítico y sagaz. Cómo me gustaría profundizar en su personalidad. Quiero arriesgarme a pensar que Kafka es un escritor en eterno conflicto, y por esta razón lo noto inquieto, en busca de una solución.

No dudo que el punto de partida para una amistad, que sueño duradera, sea este trabajo, el cual espero le guste; y como prueba de que lo acepta, me permita invitarlo a uno de los cafetines de la estación, en donde le manifestaré mi entusiasmo por La Metamorfosis y La Condena.

Una vez que hayamos salido del cafetín, imagino la conversación rumbo a la oficina de abogados en donde trabaja.

No espero ver sobre su escritorio fotos de Julie Lowy, su madre, o de Hermann Kafka; tampoco fotos con Grete Bloch, Dora Dymant, Milena Jesenka, y de Felice Bauer, con quienes, según las revistas que reseñan sus obras, intercambia cartas y confidencias.

No obstante, espero ver en un extremo de la mesa de trabajo, alguna obra de G. K. Chesterton, el creador del Padre Brown, a quien Kafka tiene como uno de sus autores preferidos y también algunas cartas de editores.

Me ilusiono fantaseando que Kafka, como muestra de generosidad, tome algún manuscrito de los que tiene destinados al cesto de la basura, y me lo entregue autografiado. Ése será el final de nuestro encuentro.

La tarde ya no es anaranjada y roja; los edificios empiezan a encender sus luces y la noche de

Praga se llena de colores. La gente corre a abordar sus trenes y veo a Kafka meterse en la multitud.

Lo que imaginé, nunca podrá ser. Kafka acaba de subir al tren.

 

 

Este concurso fue patrocinado por la Fundación Saldarriaga Concha, la Fundación Fahrenheit 451 y El Espectador.

 

*Biblioteca de Comfenalco

 

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