Karamakate: el hombre tallado en madera

La primera vez que Angélica Perea escuchó la palabra Karamakate fue de labios de Ciro Guerra. <div class="block-services block-title-gray"><a href="http://static.elespectador.com/especiales/1602-laserpiente/index.html" target="blank">Ir al especial</a>
</div>

La primera vez que Angélica Perea escuchó la palabra Karamakate fue de labios de Ciro Guerra. El director de cine la llamó un día por teléfono para contarle —invitarla— de su nuevo proyecto: una aventura amazónica que recrearía la historia de un antropólogo y un botánico entre 1905 y 1945. Perea no musitó. Se quedó sentada encima de la cama, con el teléfono colgándole y la lengua en un nudo. “Tu misión es diseñar un hombre de una tribu indígena que no exista. Debes hacerlo tan bien que todo el mundo piense que es verdad, que quieran contactar al resto de la tribu cuando acabe la película”, le dijo Guerra al otro lado de la bocina.

Luego del rotundo sí, vino el primer viaje al Amazonas. “Estaba muy emocionada por ir a un lugar que despierta en cualquier persona tantas expectativas”. Cuando llegó, sin embargo, Perea se encontró con casas de cemento, parecidas a las de los barrios más pobres de la ciudad; con bluyines, con tacones y camisetas que podía imaginar exhibidos en alguna vitrina del centro. Los rostros de las mujeres, enmarcados por delgadas cejas falsas, se escondían debajo del polvo caloso y el rubor rosado. La imagen mítica que por costumbre se tiene de los indígenas quedó derrumbada después de entender que a todos, por lejos o cerca que estemos de la urbe, nos une lo único previsible de la vida: el cambio. Conoció, de primera mano, una selva silenciosa que, a pesar de seguir resguardada por las leyendas de los antepasados, parecía estar esperando cualquier oportunidad para reconstruirlo todo como mejor sabe hacerlo: destruyendo.

El trabajo de Angélica Perea, directora de arte de El abrazo de la serpiente, consistió en elaborar la imagen que veríamos de los personajes, de sus accesorios, de sus locaciones. Los pequeños detalles, las remendaduras de la camisa de Evans, el sombrero gastado de Theo: todo con el único propósito de crear la verdad dentro de la pantalla.

Las plumas que usaría Karamakate joven, el collar hecho de dientes de jaguar —la película empieza en la era de la boa y termina en la del jaguar—, su cabello, sus plumas hacia abajo, que significan fragilidad pero sabiduría, la corona que sólo era usada por chamanes. Todo para crear un hombre tallado en madera.

 

últimas noticias

El movimiento constante

“Mi éxito será mi venganza”: Martha Senn