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Kurt Cobain: el astro que nunca llegó al Nirvana

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La vida del histórico cantante estuvo marcada por desequilibrios emocionales que, desde su propia óptica, pudieron ser agravados al nacer un día como hoy: 20 de febrero.

Todo indica que en algún noticiero estadounidense de 1970 apareció una persona locuaz leyendo el horóscopo. En la casa de los Cobain, mientras Wendy y Donald seguramente discutían, el pequeño Kurt dibujaba a la par que escuchaba con atención al sujeto que, desde la sagrada pantalla, aseguró que el porvenir de los astros estaba definido por su propio movimiento.

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De manera extraña, y quizás por lo desarrollada de su psique—como solía decir su madre—, en el niño de tres años debió quedar instaurada la sentencia que definiría el rumbo de su vida: “El sol natal de los piscis alcanza su plenitud el veinte de febrero y, desde esa fecha, los miembros de ese signo zodiacal vivirán de forma más emocional que racional”.

Un breve resumen diría que Kurt Cobain nació el 20 de febrero de 1967 en Aberdeen, pequeño pueblo de tradición maderera en Washington. Que sufrió acoso desde pequeño y que, a sus escasos ocho años, el golpe del divorcio de sus padres lo dejaría ‘groggy de por vida. Diría, además, que esa inestabilidad lo llevó a deambular durante toda su adolescencia y que, en los años venideros, la inconstancia sería tanto luz como oscuridad de su destino estelar en la música.

Al líder de Nirvana, la gran banda de grunge de la historia, el público lo vio como el ícono de la juventud rebelde de los noventa. Sin embargo, Cobain nunca logró dimensionar la gesta que encarnaba o, mejor dicho, le adjudicaban. Por eso, repetía incesantemente en las entrevistas: “Yo estoy tan confundido como la mayoría. No tengo todas las respuestas. No quiero ser un maldito portavoz”.

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El ritmo frenético de canciones como Smell Like Teen Spirit parecía ser el escape para esas emociones reprimidas que encubrían su supuesto carácter introvertido. Chris Mundy, escritor de Rolling Stone, fue muy certero en 1994 al catalogar el estilo musical de Kurt como “violencia y huida, una agresión capaz de sanar la herida al mismo tiempo”. Lo triste es que, por mucho que la llaga tendiese a sanar, la hendidura jamás cerró.

A sus veinticinco años, las complicaciones crónicas de salud empeoraron. Además de su reconocida bronquitis, Cobain desarrolló una escoliosis y una especie de úlcera estomacal que lo atormentaría hasta su muerte. Aquel dolor intestinal representó a cabalidad la paradoja que rodeaba su vida, pues la parte alta del abdomen contenía la fuerza de su voz e, igualmente, era el lugar donde sentía y guardaba las emociones más fuertes.

Ante el dolor incesante, su remedio fue “automedicarse” con drogas que, aunque era consciente de que eran “una pérdida de tiempo porque destruían la memoria y el respeto por sí mismo”, nunca dejó de consumir.

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El 8 de abril de 1994, el cuerpo de Kurt Cobain fue hallado en el jardín de su casa en Seattle. A su lado, la escopeta con que puso fin a su vida, acompañada de una carta enterrada con el mismo lapicero con que la escribió. Esa noche, la desazón que jaló del gatillo fue la del astro de una generación que, honestamente, nunca deseó serlo. Al margen de los vítores, quizás Cobain solo era eso que él mismo escribió con franqueza en su epístola final: “el típico piscis triste, sensible e insatisfecho”.

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