La banalidad es lo único que no está permitido: Cristian Valencia

Un pueblo habitado por personajes a los que la memoria les duele como una herida abierta, eso es Carsonciti, el escenario de la más reciente novela del escritor y periodista samario Cristian Valencia. Narrada con las claves del western crepuscular, la ficción aborda las distintas violencias nacionales desde la perspectiva de los sobrevivientes.

Cristián Valencia habla su reciente novela Perdidos en Carsonciti.Cortesía

Perdidos en Carsonciti es su tercera novela publicada. Comencemos hablando del oficio: ¿según su experiencia, cuáles son los mecanismos que tienen las novelas que son aciertos estéticos?

Las novelas para mi gusto tienen la posibilidad de explorar mundos desde muchos puntos de vista. Explorar las relaciones humanas, ojalá, con la mayor tesitura posible. Por lo general cuando emprendo una novela la siento adentro de mi (puede sonar muy hippie pero es así) la veo, la entiendo. El mundo de la novela se me revela por completo. Veo los personajes con claridad y sé cómo son. El problema viene cuando uno trata de pasar todo eso que “siente” o que “ve” a un lenguaje literario. Es ahí donde está la prueba ácida. Porque hay que hacer muchos experimentos antes de atrapar en letras eso que tienes tan bien imaginado. Tengo una medida para eso: las primeras historias que quise atrapar en literatura se parecían solo un 40% a lo que tenía en mi cabeza. Entonces las quemaba porque en ese entonces quemaba –entre 1986 y 1990 quemé cinco novelas–. Después escribí El Rastro de Irene, y con ella logré un 75% de parecido a lo que tenía en mi cabeza. Ahora no me tranzo por menos. El máximo acercamiento a la idea original que ronda en mi cabeza es 80%.

Los personajes de Perdidos en Carsonciti le huyen a la memoria, a los recuerdos. En su opinión, ¿qué papel puede jugar la novelística en un momento como el actual, en el que se puede construir la historiografía del postconflicto?

En Carsonciti recordar es una enfermedad. El que recuerda se muere en sus tristezas viejas. Como en Colombia, que nos protegemos con el olvido de todas las violencias que hemos sufrido. La novelística o los novelistas son libres de contar las historias que quieran. Pero aquel que se atreva a contar esta violencia tendrá que recurrir a formas novedosas que logren la emocionalidad justa sobre este tema que nos duele tanto. No podemos ser banales. Habrá quienes exploren desde el humor, o desde la tragedia, como sea; en este caso la banalidad es lo único que no está permitido.

En la novela usted explora un formato narrativo poco usual en las letras colombianas: el western. ¿Qué le brindó ese tipo de escritura narrativa a la hora de contar una historia sobre los supervivientes de la violencia?

He conocido muchas partes de este país por mi trabajo como periodista. En las zonas alejadas de los centros de confort, Colombia reproduce con fidelidad la estética maleva del western de comienzos del siglo XIX en Estados Unidos, con algunas variaciones latinas, colombianas, españolas o criollas, como se quiera entender. Un ejemplo: unos hacendados están hartos de que les roben el ganado; llaman a unos duros pistoleros para que les quiten el problema de encima y así lo hacen; luego los pistoleros se instalan en el pueblo y les siguen cobrando una mensualidad para mantener la protección a esos hacendados; entonces habrá que llamar a otros duros pistoleros para salir de los primeros. Y así per secula. Eso solo es posisble en lugares donde la institucionalidad no existe o es débil. Orinoquia, amazonia, litoral pacífico, Alta Guajira; como Carson City, Dodge City, Kansas City a comienzos del siglo XIX, la época de los pioneros gringos también estaba llena de paramilitares, al estilo gringo pero paramilitares.

Entonces, como estaba harto de los relatos de la violencia desde el periodismo, en donde listan muertos y masacres como en una lista de mercado, pensé que si sacaba nuestra violencia de contexto a lo mejor lorgaría que los lectores lograran verla. Que lograran ver el tamaño de la tragedia.

La pequeña Virginia cumple un papel muy importante en la trama: es la encargada de no dejar olvidar sus respectivas historias a cada personaje. Háblenos de ella.

Virgina es la inocencia y la memoria. Una memoria joven que se suicida frente a todos porque El Rudo abusa de ella, la acosa. Quise que fuera una niña, para confrontar con vehemencia al lector. Y quise que se hiciera fantasma y que fuera divertida para sacarla de ese registro melodramático y ponerla en el lugar donde se juega todo en Colombia, sobre todo en las regiones: desde un humor negro capaz de reinterpretar la realidad con otros tonos. Para no morir de tristeza, usted sabe.

De su anterior libro a este pasaron diez años. ¿Cuál es su método de trabajo literario? ¿Ya tiene algún proyecto de ficción entre pecho y espalda?

Carsonciti estaba lista desde hace tres años. Por su formato no era de fácil publicación. En Colombia la mayoría de los lectores son muy conservadores. No les gusta nada que se salga de un Canon tácito narrativo. Y si los lectores son conservadores, las editoriales lo son por partida doble. Tengo también una novela de Ficción anticipativa, especie de ciencia ficción local que se quedará en un cajón porque hasta me da pereza mostrarla; ahora mismo estoy trabajando en una novela realista que sucede toda en el Chocó. Se llama Chocó pacífico y la tendré lista a finales de este año. Creo que será fácil publicarla porque se acerca un poco al canon.

 

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