La caída (Cuentos de sábado en la tarde)

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La niña camina hacia la orilla del río Guejar, dejando atrás el campamento en el que se hospeda junto a su familia.

Desde ahí, ella ve el barranco negro y esas raíces fangosas de los árboles que la asustaron cuando llegaron al pueblo. Son oscuras y se enredan unas con otras. Parecen serpientes sin cabeza, ahogadas en el río. Una escena escalofriante, el recuerdo de una pesadilla y su miedo al agua. Por unos minutos y sin saber por qué, no puede apartar su vista del abismo.

De pronto, en la arena descubre un tarro de galletas, o mejor, un tambor. Escucha unos pasos, entonces se abraza a su instrumento. A lo lejos, ve a un niño acercarse, no lo reconoce, pero su instinto la alerta. Es un enemigo. Lo mira con desdén y el extraño le grita:

— ¡Dame ese tambor, es mío!

Le sugerimos leer el poema “La colina que escalamos”, de Amanda Gorman

La niña no se deja y le muestra sus dientes.

— ¡Es mío, sólo mío, nadie me lo va a quitar!

Los dos pelean cara a cara, cuerpo a cuerpo arrastrándose entre el barro. Él respira hondo, la aparta, la mira meticulosamente, da tres pasos atrás para impulsarse y la empuja.

¡La niña cae al barranco!

Los padres corren, los abuelos gritan, los primitos se asustan. Ellos no ven a la niña en lo profundo de las raíces del árbol que la abrazan y anuncian una terrible sentencia: “Es mía, sólo mía, nadie me la va a quitar”.

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