Crónica

La calle de los sueños

Anualmente, además de la Feria, el festival Petronio Álvarez y otros encuentros populares, Cali es el escenario de un evento cultural que, nacido espontáneamente, se afianza como tradición de la ciudad y es acogido con fervor por propios y visitantes.

Imagen de una de las escenas del Festival de la Calle de los sueños, en Cali. Roberto Caro

Se trata de “La calle del arte”, uno de los más singulares festivales latinoamericanos, y donde se conjuntan gozosamente la poesía, la música, el circo, la buena mesa, el teatro, las artes plásticas y la   comunión ciudadana. Y este septiembre cumple 24 años ininterrumpidos. 

Aquí, sus principales fundadoras, Sait, María Helena y Beatriz Ochoa, ilustres hijas de la Sultana del Valle, mujeres que recuerdan grandes gestoras como Fanny Mickey, María Mercedes Carranza y Gloria Zea,  nos relatan la historia que la hizo posible.

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Sait:

Nuestra celebración sucede cerca al solsticio de otoño, que, según se cree, siembra en las personas y en la naturaleza gratas fuerzas, energías purificadoras, y por lo mismo, dicen los que saben,  impulsa el amor, la fraternidad y la imaginación. 

Se trata de un certamen que los caleños han abrazado desde el primer instante, y que empezó como un acuerdo tácito, en las memoriosas casas del barrio San Antonio.

Para quién no lo sepa, este punto de la capital del Valle del Cauca, es uno de los más tradicionales y clásicos y se declaró hito urbano, área de interés patrimonial y de preservación arquitectónica en el año 2000, así como su iglesia y su colina son Monumento Nacional desde 1993.

Nosotras hemos vivido siempre transitando sus calles y siendo nuestra casa esquinera, en la carrera quinta número 2-131, patrimonio histórico de la ciudad, es una de las más admiradas. En ella todo es memoria, lírica evocación, canto a los tiempos pretéritos sin los cuales ninguno de nosotros habría existido.

Pues bien, hará unos años, siempre interesadas en el arte, la buena mesa, la música y le literatura, empezamos a reunir, un viernes de cada mes, grupos selectos  alrededor de unas deleitosas viandas y algunas botellas de vino, para fraternizar con los creadores e intelectuales de la urbe. Se hablaba de poesía, se discutían temas apasionantes, se disertaba sobre  colores, palabras, sonidos, se filosofaba un poco y se escuchaba música. Aquel fue un ritual que empezó de manera discreta, pero que con el correr de los días se afianzó hasta hacerse notable. Trascendió la frontera del barrio y todos en la ciudad empezaron a hablar de él.  Entonces tomó el nombre de “La Peña del encuentro”, y provocó la fundación de Crearte, cuya gestión es cultural y no tiene ánimo de lucro.

Allí había una tarima donde el arte se desataba con gran fuerza y esplendor. Grupos de música folclórica, de salsa y tango, de pasillos y boleros, desfilaban ante la mirada reverente de un gran público.

Pronto, los escritores quisieron lanzar allí sus libros, mientras que los artistas plásticos entregaban sus obras para que fueran expuestas. Algunos, emotivos y solidarios, cedían una de sus más queridas creaciones para que fuera rifada. La numeración de la rifa venía en unas tarjetas que se repartían entre la gente, y que siempre tenían impreso un “Haikú”, ese verso centelleante y breve, como un relámpago, que debemos a los japoneses.

Un buen día, la famosa casa donde se organizaba la peña no nos fue alquilada, y nosotras quedamos en vilo. Entonces, analizando la situación con los otros organizadores, tuvimos una idea que en principio pareció algo lunática: tomarnos la calle, sacar el arte al exterior, echarlo a andar como si se tratara de un sueño rebelde fugado de las visiones de su soñador.

Nos pusimos en acción, sacamos mesas y sillas, convocamos a la colectividad, conjuramos los inconvenientes, y logramos los permisos de rigor. Cerramos varias calle de San Antonio, y llegó gente de todas partes de la ciudad, además de los tradicionales contertulios que asistían a la peña de la casa. Recuerdo, conmovida, a las personas, en un atardecer radiante, cantando boleros y tangos en una concertación mágica.

Nosotras entonces no lo sabíamos, pero allí estaba la semilla y se iniciaba lo  que se llamaría “La calle del arte”.

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María Elena "La nena":

Después de aquella peña callejera, en nosotras y en nuestros aliados, quedó una suerte de inquietud optimista, así como la seguridad de que la ciudad necesitaba un evento de este tipo. 

La idea concreta de “La calle del arte” nació en coloquios con pintores y artistas, felices con la experiencia de la peña callejera. Estimulados y con la firme convicción de que aquello tenía un porvenir luminoso, conformamos un comité de diez personas que empezaron a trabajar con gran entusiasmo. 

Se trataba de hacer un certamen que, al mismo tiempo, fuese  estallido cultural y recreativo, fraterna comunión ciudadana y un mercado que sirviese  para que artesanos, comerciantes, cocineros, pintores, buhoneros clásicos, diseñadores y toda clase de trabajadores  artistas, tuviesen un espacio para mostrar y vender lo suyo. Un carnaval, una fiesta, un mercado de las pulgas, un concierto, una exposición y un recital… todo al tiempo. 

La primera versión ocurrió en el San Antonio en 1995, un sábado del amor y la amistad. Para el efecto, se cerraron tres calles. Aunque nos caracterizamos por nuestro espíritu esperanzado, aquello rebasó con creces cualquier expectativa. Con la llegada de la noche, el ritual del baile, la chispa de los cirqueros, la dulzura de la poesía, el contagioso movimiento de los bailarines, la presencia de las artesanías más curiosas, los mundos mágicos de los titiriteros y la expresión risueña de los zanqueros parecían haber embriagado a los asistentes. 

Habíamos contado, para el fuego de nuestro ritual, todos los vecinos, muchos iniciados y dueños de algún prodigio estético. Allí estaban, el director de música colombiana Libardo Carvajal, la pintora Lucette de Morales, el pintor de la figura humana Juan Fernando Polo, la cantautora Quindiana Martha Helena Hoyos, la corista polifónica Oliva Agudelo, la directora del Teatro La Máscara Lucy Bolaños, y el director de la agencia publicitaria El Bando Creativo, Roberto Caro. Este último es el autor de la mayor parte de los afiches que anualmente promocionan el certamen, y uno de los cuales, exactamente el de la versión veinte fue galardonado con el primer puesto en su género en unos grandes premios nacionales. 

Desde aquella primera ocasión, en el ya remoto 1995, “La calle del arte” alzó el más libre y gentil de los vuelos. Pasó de ser la expresión de un pequeño grupo de artistas a convertirse en un bien de toda la ciudad. De ahí que haya recibido variadas distinciones, entre ellas la Gran Cruz de la ciudad, y se le considere símbolo de la “caleñidad”. En el evento, que empezó siendo más  discreto, hay en la actualidad más de 200 participantes, que esperan con alegría la llegada de la fecha.

Años después de habernos acostumbrado al San Antonio, por vicisitudes del destino, debimos cambiar de escenario. Desde siempre hemos sido amantes de la culinaria y chef alternativamente tradicionales y vanguardistas y nuestro Restaurante Arte y Cocina, fundado en 2004,  funcionaba en el centro Cultural de Cali, Antiguo edificio de la Fes, construido por Rogelio Salmona. Allí están, nada menos, La Secretaría de Cultura y Turismo, Corfecali, el Archivo histórico y, al frente, el icónico Teatro municipal Enrique Buenaventura. Su plazoleta y sus pasillos fueron  el nuevo ámbito para nuestra continuidad.

Trabajamos cada año más de cien personas en su organización y su logística, y contamos con el apoyo de grandes instituciones. Esta mezcla de lírica ensoñada y actividad muscular concreta es de alta sabiduría. No hay que olvidar que Serrat, en alguna de sus bellas canciones, nos enseña que “para construir un gran sueño, lo primero es tener los pies puestos en la tierra”.

Beatriz (Cuqui):

Muchas son las escenas que, durante estos 24 años de existencia, se han visto en “La Calle del Arte”, muchos los artesanos que han probado suerte en sus toldos, muchas las canciones y los poemas que han sido lanzados al viento, muchos los enamorados que allí se hicieron ofrendas, muchos los paseantes risueños, Pero el verdadero logro es otro: haber roto en parte la soledad y la incomunicación que en ocasiones se apoderan del ciudadano moderno y haber reinventado las calles poniéndolas al servicio del espíritu creador o lo que es igual, de la felicidad.

Yo, personalmente, lo que más amo es la cocina. En Arte y cocina, cotidianamente, junto a mis hermanas Cuqui y Nena, en la complicidad y compañía de mi otra hermana, Chava, y de Guigui, mi madre, que el comer es mucho más que un acto biológico, siendo más bien uno de los ritos de comunión y hermandad que existen desde que el mundo es mundo. 

En “La calle del arte” la gastronomía aparece en su exacta dimensión poética. Para ello solamente es necesario recordar los platos que han pasado por las mesas y por el paladar de los comensales: codornices en pétalos de rosa, pechugas rellenas a la salvia,  helado de merengue, helado de naranja en la cáscara de la naranja natural, caviar de berenjena, Ceviche de berenjena. 

Sait:

Somos hijas de un paisa trabajador y una valluna ejemplar, que con amor sembraron en nosotras la libertad que dan los sueños.  

Con el programa “La calle del arte” se fomenta una imagen de identidad y sentido de pertenencia, a través de la vinculación de todos los sectores culturales locales, departamentales e internacionales (pues siempre nos han acompañado formidables artistas latinoamericanos y europeos). Lo nuestro es ya también una vigorosa industria cultural de la región. 

Las nupcias entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y el deseo, lo comercial y lo sublime, parecen están dadas…

Nena y Cuqui:

La calle del arte seguirá soñando…

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Iván Beltrán Castillo

Cultura

La calle de los sueños

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