El Cisne: libros y espacios

Ítalo Calvino y La ciudad escondida

“Las ciudades invisibles”, de Italo Calvino: cincuenta y cinco ciudades imaginadas para ser leídas por fragmentos o completas durante una tarde silenciosa.

El escritor italiano Italo Calvino, creador de mundos mágicos.Archivo

Raísa.

Hay una ciudad escondida que representa el mundo, aunque en realidad es uno de los lugares imaginados por Italo Calvino en Las ciudades invisibles (1972). Es Raísa, allí donde la gente camina estresada por las calles, los mayores regañan a los niños que lloran, los carpinteros se martillan los dedos en el trabajo, las parejas se lanzan platos durante las peleas y otras amarguras cotidianas. Pensándolo bien, leyendo las noticias, este mundo es mucho peor. Aquí la gente es atropellada en calles peatonales por terroristas, a los niños los matan con gas sarín en guerras incomprensibles, los ríos se desbordan y desaparecen pueblos debajo del barro, los dictadores lanzan bombas contra los ciudadanos que piden democracia; la lista del mundo es larga, hay tragedias que aterran con sólo imaginarlas.

En Las ciudades invisibles, Marco Polo, viajero y explorador veneciano del siglo XIII, le cuenta a Kublai Kan, emperador de los tártaros, qué ciudades componen su imperio. Durante las conversaciones, Polo describe lo que hay en cada una de ellas, y el rey escucha, duda, aprende y teme. Se pregunta, por ejemplo, para qué le sirven al explorador tantos viajes por el mundo, qué busca en cada lugar, si mira el pasado o el presente, y estas dudas le ayudan a pensar en su imperio. Marco Polo es Calvino y, por qué no, Kublai somos nosotros, los lectores.

Existen otras cincuenta y cuatro ciudades aparte de Raísa, creadas por Italo Calvino (Santiago de las Vegas, Cuba, 1923 - Siena, Italia, 1985). Algunas esconden detalles que en una lectura distraída es difícil descubrir, quizá necesiten más tiempo, más viajes y menos realidad. Este es un libro para toda la vida, en cualquier edad o momento. Puede ser leído por fragmentos o completo durante una tarde silenciosa, quizás en voz alta para uno mismo o en voz baja para alguien más; podría ser dibujado o dramatizado.

Hay dos ciudades en las que sentí haber vivido o por lo menos haber estado de visita. “Llega un momento en la vida en que la gente que uno ha conocido son más los muertos que los vivos”, dice Marco Polo al llegar a Adelma. Aquí pensé en mi madre, quien tiene la costumbre de recitar la lista de sus muertos: Isabel, Rosa, Matilde, Nubia, Amparo, Teresa, Marina. “Tal vez Adelma sea la ciudad a la que se llega al morir y donde cada uno encuentra a las personas que ha conocido”. ¿Y a los que no pudo conocer pero son parte de la vida?, me pregunto. “Existen porque los pensamos”, responde Marco Polo.

Eufemia es una ciudad de intercambios, así la clasifica Calvino. Los mercaderes se reúnen cada solsticio y cada equinoccio, bajan y suben a sus barcos cajas llenas de algodón, uvas, rollos de muselina dorada y especias. Al llegar la noche, frente a una hoguera, se sientan juntos e intercambian palabras y recuerdos. Al partir, cada uno se lleva algo del otro: “tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una diferente, tu batalla en otra batalla”. El regreso es largo y las palabras transformadas son lo más valioso que se llevan los viajeros; la distancia entre dos continentes es enorme y yo necesito apropiarme de recuerdos que no me corresponden para mis viajes.

Cada vez que se piensa en una ciudad en la que se ha vivido se revela algo muy personal e intransferible. Bucaramanga es tiempo-motivo, Bogotá es niebla-silencio y Barcelona, luz-libros. Cuando Marco Polo le narra una ciudad a Kublai Kan, le incluye detalles de Venecia, que es el lugar de donde proviene. Habla de su ciudad, pero se está describiendo a sí mismo. Nunca menciona a Venecia, pues tiene miedo de perderla, cree que es lo que le está pasando al incluirla en otras descripciones. “De una ciudad no disfrutas las siete o las sesenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya”, dice Marco Polo. Tiempo, niebla y luz. Todas las ciudades de Calvino tienen nombre de mujer: Eusapia, Ipazia, Maurilia, Teodora… En Raísa, una ciudad escondida, llama la atención la condena de la primera frase: “La vida no es feliz en Raísa”: allí es donde vive la gente que camina estresada por las calles y los carpinteros que se martillan los dedos. Pero también, dice Marco Polo, en esa ciudad siempre hay un niño que ríe desde una ventana, un pájaro liberado de la jaula por un pintor alegre, un oficial amable, una señora enamorada: “hay un hilo invisible que se construye y se destruye de modo que cada ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe”. En esto Raísa sí representa el mundo; un lugar infeliz que contiene otro feliz. Y es que, por fortuna, se pueden encontrar familias, amigos, música y libros en ciudades reales o imaginarias.

 

últimas noticias