Entre el fuego y la tijera

La condena a Baudelaire

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Cuando el periodista Gustave Bourdin publicó en Le Figaro que Las flores del mal, de Charles Baudelaire, era como un hospital abierto a las putrefacciones del corazón, las ventas del libro se multiplicaron y los problemas también.

La justicia de Napoleón III, último emperador de Francia, tomó cartas en el asunto y ordenó recoger la obra por faltas a la moral pública y a la religión católica.

Pinard, el mismo fiscal que llevó a Gustave Flaubert ante los estrados judiciales por Madame Bovary, ahora presentaba cargos contra el poeta y su editor.

El veredicto, con multa incluida, dejó por fuera del libro seis poemas considerados inmorales por abiertas alusiones al sexo y al pecado: Lesbos, Mujeres condenadas, El leteo, A la que es demasiado alegre, Las joyas y La metamorfosis del vampiro.

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De nada valió la defensa que hizo Baudelaire para salvar la estructura de su obra de las mutilaciones, con el argumento de la autonomía del arte. El tribunal dictaminó que “las piezas incriminadas, debido a su realismo grosero y ofensivo, conducían necesariamente a la excitación de los sentidos”.

Ese cuerpo armónico de Las flores del mal, que pasaba de los ideales de los primeros poemas a los cuadros parisinos de la realidad y de la embriaguez del vino a las ansias de destrucción, quedaba resquebrajado en la arbitrariedad de los censores.

El tribunal pretendía extirpar el mal, eliminando el erotismo de los versos con ángeles de La metamorfosis del vampiro.

“Soy, oh amado doctísimo, tan experta en placeres / cuando enlazo a los hombres con mis brazos temidos / o al dejar que mi pecho se abandone a sus dientes / libertina y medrosa, tan robusta y muy frágil / que sobre este colchón que arrebatan pasiones, / impotentes los ángeles por mí pueden perderse”.

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Lo más llamativo de la decisión judicial es que eliminaron seis poemas por agredir la moral, pero el diablo siguió empujando al hombre por el camino del goce en los poemas salvados.

“Mueve el diablo los hilos que nos dan movimiento / descubrimos encanto en lo más repugnante; / día a día el Infierno paso a paso bajamos / sin horror, a través de tinieblas que hieden”.

Cuenta el narrador y ensayista Mateo Cardona en su libro Charles Baudelaire, verdugo de sí mismo, publicado en 2005, que el veredicto contra los seis poemas seguía sin apelación y sus versos “permanecían proscritos de los textos escolares franceses”.

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