La cuarentena y el sentimiento trágico de la vida (Tintas en la crisis)

La cuarentena permite hacer un corte, como si detuviéramos el tiempo, y nos permite mirar atrás: todo lo que hemos hecho bien y mal sale a flote, se patentiza y se hace visible.

Don Miguel de Unamuno, quien escribió "Del sentimiento trágico de la vida" en 1913.Cortesía

Por estos días de cuarentena cuando todo lo que conocíamos como “normalidad” ha dejado ver sus profundas fracturas, cuando muchos Estados han desnudado su incapacidad estructural de garantizar la vida digna de sus ciudadanos, cuando se nos enrostra la inhumanidad que atraviesa el capitalismo y la manera como la economía se convirtió en la teología de los tiempos modernos, pues determina todo, desde la decisión de quién vive o no hasta la capitalización de los miedos más insondables, el estado de ánimo de la gente oscila entre la resignación frente al “estado de cosas” y la más inquieta esperanza en el ser humano y en su capacidad para superar las adversidades, pues, al fin y al cabo, como especie superamos el siglo XX, el siglo de las catástrofes, donde, según recuerda Boaventura de Sousa Santos, murieron alrededor de 99 millones de personas en 237 guerras. 

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Entre esos dos extremos se encuentran sentimientos de indignación, inconformidad, impotencia, pesimismo o nihilismo. Indignación por las medidas que toman los gobiernos, inconformidad porque sabemos que no son suficientes, impotencia porque desde nuestro enclaustramiento no podemos hacer mucho, pesimismo porque no estamos seguros de salir a flote de este nuevo reto histórico de supervivencia; y de nihilismo porque el sentido de la vida, el por qué, como decía Nietzsche, se volatiliza, desaparece. En este último caso, todo aquello que justificaba el levantarse todos los días, ir a la escuela o al trabajo, ir a la fábrica o a la oficina, ir a dictar clases en una universidad, escribir y publicar un libro, esforzarnos todo el día conduciendo una moto en Rappi o un taxi para poder llevar algo de comida a la familia y pagar las cuentas…todo eso, cae en un vacío. Es como si los trabajos y los días hubieran sido inútiles. Sólo nos quedan las pequeñas alegrías y los sufrimientos, todos encadenados, afirmados hasta hoy (pues no queda de otra), pero sin perspectiva de futuro.  El horizonte que antes nos ofrecía con claridad una ruta, un espacio vital a recorrer, parece cerrarse abruptamente ante nuestras narices y se nos presenta con un posible cierre de toda posibilidad. Toda seguridad se pierde y quedamos sometidos a la contingencia. 

La cuarentena permite hacer un corte, como si detuviéramos el tiempo, y nos permite mirar atrás: todo lo que hemos hecho bien y mal sale a flote, se patentiza y se hace visible. Sentir el tiempo, el cual con el aburrimiento y la angustia se padece más hondamente, nos puede abrumar. El tiempo, como decía María Zambrano, “no deja en paz a nadie”. Menos en estos días. Sobre él tendremos que arrastrar nuestro malestar, y será dentro de él donde, de darse, donde se produzca una apertura, un claro, una iluminación. Por el momento, estamos atrapados. No queda más que hundirnos en su pasar, y adentrarnos en su “centro”. 

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Estos tiempos son, por eso, un reencuentro con los ínferos del alma, que nos permite bucear en las entrañas, en los adentros. Un tiempo para aceptar y reconciliarnos con el pasado, un tiempo para ir desnudándonos desde adentro hacia afuera y desembocar en la parálisis del presente, en su complejidad, en su pasmoso quietismo, en ese reposo repentino que ha frenado esa forma vida frenesí de la modernidad. Es un tiempo de perplejidad y de tribulación ante el futuro, una tribulación ante la incertidumbre por nuestra existencia colectiva futura.

Esta situación me recuerda ese combate interior que don Miguel de Unamuno expuso en su magnífico libro Del sentimiento trágico de la vida de 1913, libro en que se nos muestra teatral con sus dubitaciones, sus luchas internas y hasta sus exasperaciones.  Pero, ¿qué era lo que inquietaba a Unamuno? El problema de la inmortalidad del alma, de su alma. 

En un tiempo donde se vivía el marasmo de España, la crisis de 1898, y cuando su patria intentaba ingresar a la modernidad y así ponerse a la altura de los tiempos, como pensaba Ortega y Gasset, Don Miguel combatía con sus dudas más íntimas, como cualquier hombre de carne y hueso. Decía: “Porque no quiero morirme del todo, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente. Y si no muero, ¿qué será de mí?; Y si muero, ya nada tiene sentido”. La inmortalidad del alma al perpetuar la vida, el no morirse del todo, al continuar con la vida si bien de una manera radicalmente diferente, le ofrece un sentido a la vida. Pero la mortalidad de la misma, tal como pensaron, por ejemplo, Epicuro o Nietzsche, desvalorizaba ésta existencia misma. Por eso Unamuno considera de “estúpidos afectivos” a quienes buscaban sustitutos para la inmortalidad. Decía: “todo eso de que uno vive en sus hijos, o en sus obras, o en el universo, son vagas elucubraciones conque sólo se satisfacen los que padecen de estupidez afectiva […] estos estúpidos afectivos con talento suelen decir que no sirve querer, ahondar, en lo incognoscible, ni dar coces contra el aguijón”. 

 Esa postura por el sentido de la vida, esa agonía, esa lucha, parece tener una respuesta distinta en La agonía del cristianismo. Allí dice: “porque al morir se deja un esqueleto a la tierra, un alma, una obra a la historia”. Esta postura, la de dejar una “obra a la historia”, ¿no implicaba asumir la inmortalidad en los demás, dejar una huella nuestra en los hijos, en lo construido? Unamuno, al parecer, también sucumbió ante la “estupidez afectiva”. Pero ¿qué sucede cuando la posibilidad misma de una existencia futura se pone en entredicho, tal como sucede hoy?, ¿qué ocurre con el sentido cuando es posible que no haya humanidad, ni historia misma, pues donde no hay hombres no hay historia? En ese caso, la inmortalidad en la obra perderá todo sentido, pues al no haber tradición, ni transmisión de la misma, al desaparecer la intersubjetividad, queda el olvido absoluto o, mejor, la nada. Nos habremos fundido en la nada, y el nihilismo, o el silencio eterno habrán triunfado. 

La vida en sí misma no tiene sentido, la humanidad tampoco, la historia menos. Somos nosotros, como decía Nietzsche, quienes la dotamos de sentido, somos los dadores de valor. Si morimos, todo se resuelve en el absoluto misterio. Esta es la verdad. Puede que, al morir, alguien nos recuerde, nuestra obra permanezca, tal como hoy recordamos a Platón. Pero si la humanidad se extingue, todo se habrá perdido, nada sobrevivirá. Y los múltiples esfuerzos humanos, sus guerras, sus esfuerzos, la fealdad, el horror y la belleza, se habrán ido para siempre y quedará sólo el vacío. Tenía razón Vladimir Jankélévich en su libro Pensar la muerte cuando decía: “las cosas tienen una finalidad en el interior de la vida, en relación con la vida. Es una finalidad inmanente”. Si no hay vida humana, entonces, no hay sentido. La vida humana, histórica, no aparecerá incrustada en ningún campo de sentido…y la nada se habrá impuesto.   

De todas formas, el hombre parece incapaz de vivir sin sentido. Por eso actúa, se esfuerza, lucha por su vida. Pues bien, esto es lo que está en cuestión hoy, pues el futuro mismo, ese “lugar” temporal donde podría darse el sentido, no está asegurado. Como en Unamuno, si no hay inmortalidad del alma después de fenecer, el sentido de ésta vida podría desvanecerse.   

Entre la resignación y la “inquieta esperanza”, particularmente me situó más cerca de esta última. Pues como dijo María Zambrano en Notas de un método: “La esperanza es el vacío activo de un ser insuficiente para sí mismo, de un ser que no es todavía. De un ser que no se es, de un ser sin entera, cumplida unidad, y que en ciertas etapas ni tan siquiera se le presenta”. 

 

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Damián Pachón Soto

Cultura

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