La Fábrica de Sueños

La erección, radiografía de un crimen (Cuentos de sábado en la tarde)

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Sobre arrebatos sexuales, enfermedades venéreas y reacciones primarias. Presentamos una de las entregas de nuestra serie "Cuentos de sábado en la tarde".

Ese día estaba más excitado que de costumbre: casi como Juanma con el paro agrario o el subpte. con la guitarra, la salsa y el balón. Salí de la U. junto a mi compañera, la que tanto disgusto y envidia causaba por la presencia “vulgarota” que para otros tenía, que no respetaba pinta, ni siquiera la mía, y que tanto me entusiasmaba, mucho más que a Santos + resolver el paro o al hijito del Mesías los asesinatos de líderes. Era tarde/noche. Pasamos el puente preotoñal de la 45 con 30 y cogimos hacia el norte. Al llegar a la casa con el número más grande, 47-38, nos sentamos en un prado a terminar dos cajas de vino. Entrados en gastos, comenzamos a revolcarnos en la grama, cual jóvenes sobrecargados de hormonas, cuando en realidad yo ya rondaba los 50 y ella los 30: insistió en que nos “quitáramos la ropa”: le recordé que no era verano, más de las diez p. m. y estábamos en Bogotá. Pero, como dije, ella no respetaba pinta ni, mucho menos, clima u hora.

Un día me citó en el parque de la 82 con 11. Llegué, como siempre, primero. Me senté a esperarla, más excitado que el Mesías con el crimen, casi con priapismo. De pronto, sentí que alguien me agarraba la cabeza: la erección se fue al piso. Más, cuando ella me contó que estaba embarazada, que tenía más de un mes. Sin embargo, eso era una bicoca cuando agregó: “Tengo tricomonas” y que lo mejor era que me hiciera un examen. Para mí era suficiente con el que debía hacer al otro día en la U. a 50 estudiantes. Así que le dije: “Un momento, ¿embarazada… y de quién? ¿De un mes… y acaso hace cuatro no dejamos de vernos? Você tem un senso de relatividade melhor do que o de Einstein”, expresé de modo extraño en portugués. Como insistió, y dado que tuve que volver a la realidad, le dije ya en c…: “Necesito plata para hacerme el examen de un mal que no adquirí solo”. Ante eso, ella, ya serena, sacó 500 mil pesos, en un tiempo en el que un petaco costaba apenas sesenta mil. Cogí mi dinero, porque ahora era mío, me despedí y fui al centro en taxi, en un tiempo en el que coger uno significaba sacrificar cinco o siete pasajes en bus.

Llegué a la 19 con 7a, me paré en la esquina a divisar el panorama y cuando estaba en esas, como de la nada, aparece el ex de mi ex y pregunta: “¿Qué hace por aquí y a estas horas?” Le respondí: “Nada o casi nada, güevón, ¡imagínese que me prendieron tricomonas!: a mí que nunca me meto con putas ni voy a La Piscina, y hablo del chochal de El Diario Cronos, ni al río ni al mar.” Y Ernesto, el ex de mi ex: “Uy, qué coincidencia, parece que sufrimos del mismo mal. Resulta que me metí donde las putas en la Tadeo: no en la U. Al lado, donde están esas casas viejas que van a desaparecer, y me encontré con una nena rebuena, estuve con ella toda la noche, nos tomarnos como doce polas cada uno, y a la mañana siguiente me comenzó un prurito testicular. Y ¡tenga!, por güevón, seismonas, porque parecían el doble de las…”. “Tranquilo, compadre, aquí arriba por la 19 vive el médico de la familia, que además es pariente: él nos hace un examen y ya”.

Subimos, timbramos, salió Rodolfo, quien siempre se alegraba de verme y me dijo: “¿Qué pasó, mijo?”. Le contesté: “No, Fito, parece que estamos pringados con triconegras o monas, como gustéis…” y solté una risa shakespeariana que se oyó en todo el teatro callejero de la 19. “Vengan, nos dijo, sigan.” Y entramos al consultorio. “Bueno, ahora empelótense, pa’ saber qué pasa”. Nos desvestimos y cuando quedamos en calzoncillos, nos dijo, refiriéndose, claro, a mí: “Bájenselos, sin miedo, estamos entre hombres.” Y yo como nunca me había empelotado delante de ningún congénere me acobardé, pero Rodolfito (y no crean que se trataba del intrépido Pte. Gral. de la Comunidad del Anillo) insistió. Entonces, ya más tranquilo, menos tímido, me los quité y Ernesto también. Tan pronto lo hice, el cabrón del ex de mi ex me miró como si se tratara de la octava maravilla: “Uy, pero sumercé si es bien güevón.” Rodolfo se rió con lo que a mí no me hizo gracia, de manera que le dije a Ernesto: “Eso cree usted, en cambio mi ex siempre estuvo segura.”

Y como esto también hizo sopa en su ánimo, me mandó un puño que neutralicé en el aire y ahí, delante del médico, en el piso octavo, nos agarramos durante una media hora que parecía eterna, hasta que a Fito no le quedó más remedio que tratar de separarnos, pero como no pudo, llamó a la policía y ahora estoy aquí, en la puta cana, no en la santa casa, sentado frente al PC, nueve años después, recordando cómo ocurrió todo aquello, si sirvió o no, como diría el norirlandés George Best, uno de los miembros de la, esa sí, santísima trinidad del Manchester United, al lado de Bobby Charlton y Denis Law, haberme gastado todo no en carros, como el primero del trío, sino en bicicletas, mujeres y alcohol, así como el resto lo malgasté. Best decía: “He gastado mucho dinero en mujeres, alcohol y autos… el resto lo he desperdiciado” Y añadía: “En 1969 dejé las mujeres y el alcohol; fueron los peores 20 minutos de mi vida”. Mientras hacía este ejercicio de memoria y venían detalles del agarrón, con el ex de mi ex, en el consultorio de mi tío político, noté que aquél había tenido una erección mientras veía mis testículos; me pregunto a qué pudo obedecer: ¿será porque tengo una bola más grande que otra, por lo que además él creía que yo era medio…? Aunque no sé, yo sigo riéndome, como entre globos, de ambas cosas.

Ahí dejo esa tarea a psicólogos/chiquiatras/psicoanalistas y demás miembros del gremio más loco, pero que siempre cree tener todas las respuestas a la conducta humana, como si de una fórmula se tratara. Así, no tuve más remedio que responder al furor homoerótico del ex de mi ex mujer y pegarle 22 puñaladas para luego lanzarlo desde el balcón del piso octavo del edificio donde estábamos: y ahora estoy aquí encerrado por 25 años, en una 4X4: y no me refiero a camioneta alguna. La Fiscalía me condenó a pagarles a sus familiares mil millones, lo que ahora, cuando DeshoNéstor ha huido a Miami como un criminal, sin que nadie lo persiga, me da risa. Ahora que, por fin, ¡ufff!, me he dado cuenta de que acabo de despertarme. Lo único malo de todo: el chip que llevo consigo, a causa de la vacuna BG/OMS por el covid-19, me hace sentir que los ojos de la Humanidad vigilante caen encima (no solo) de la mía, mientras la uberización de la vida laboral ruge.  

* (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín, 2012, y columnista de EE, 23/mar/2018. Corresponsal de revista Matérika, Costa Rica. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao, 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Invitado por UFES, Vitória, Brasil, al III Congreso Int. Literatura y Revolución – El estatuto (contra)colonial de la Humanidad (29-30/oct/2019). Autor, traductor y coautor, con Luis E. Soares, en Rebelión. E-mail: lucasmusar@yahoo.com

 

 

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