La esquina delirante IX (Microrrelatos)

Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez cobra más validez que nunca, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Guerra de guerrillas narrativa si se quiere.

Ilustración: Luis Buenaventura Rodríguez

¡Azúcar!

La conocí imitando el grito de Celia Cruz. Era raro, porque para impulsarme para golpear el balón y así tirarlo al otro lado, gritaba: Azúcar. Ahí fue que conocí su sonrisa. Así que durante todo el partido de voleibol me convertí en Celia para hacerla reír. 

Jawuin Jesus Avilez De Hoyos

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Si está interesado en leer más microrrelatos, ingrese acá: La esquina delirante VIII (Microrrelatos)

Western

La noticia había revolucionado el pueblo entero. Una compañía de cine norteamericana, fascinada por el desierto monegrino, había elegido nuestra localidad como escenario para una película del Oeste, ofreciéndonos además a los vecinos la posibilidad de participar como extras. Ilusionados, pronto formamos dos bandos: indios y vaqueros. Pasaron las semanas y nada más se supo del rodaje. Y desde entonces el pueblo vive en una tensa calma. Agazapados tras las ventanas los unos pasamos los días con el rifle preparado, sabedores de que pronto los otros bajarán de las colinas a lomos de sus caballos a por nuestras preciadas cabelleras.

Raúl Garcés Redondo

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De la literalidad

Entonces, ante los incrédulos ojos del director, el prestidigitador –buceando en abracadabras–  obedeció. Aquel no mesuró el júbilo de haber hallado el acto que tornaría la reputación al empobrecido circo. Bien se percataría veinte minutos después, al disiparse su alborozo, de la imposibilidad de contratar al ilusionista que había desaparecido por completo, tal como él se lo había pedido.

Reynaldo Bernal

Si le interesa leer más de La esquina delirante, ingrese acá: La Esquina Delirante VII (Microrrelatos)

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Una gran mujer

__ ¿Te atreves?

__ No, eres un gran hombre.

__ Pero, tú eres una gran mujer

__ Lo sé, por eso te digo.

Carlos del Rosario

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Mi otro yo

Tenía la sensación de que venían persiguiéndome mientras paseaba por una callejuela gris y empedrada. Por si acaso, metí la mano en el bolsillo derecho de la chaqueta y quité el seguro de la Parabellum. Seguí unas decenas de metros más hasta que la defensa de mi integridad me hizo girar sobre mis pies, y empuñando la pistola disparé a la cabeza del que me seguía. Al instante sentí que la vista se me nublaba. Ambos caímos al suelo como copiándonos el uno al otro. Allá arriba me lo han explicado: el que me seguía era mi otro yo, tratando de prevenirme sobre mi trágica muerte.

Alfonso Cajigas Delgado

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Nueva York

Cómo me gusta esta ciudad. Es de noche y el ambiente es cálido por el verano. Estoy sentada en una pequeña silla roja, viendo todas las luces y pantallas. Procuro parpadear poco, tratando de conservar las imágenes en mi memoria. Pasan caminando cientos de personas de diferentes países del mundo, hablando cada uno en su idioma. Siento que el tiempo va a un ritmo más rápido del habitual, y yo estoy allí, suspendida en él, cautivada por la magia de ese lugar.

Isabel”, me llama la enfermera. Me ayuda a levantar con cuidado de la cama para no desconectar el suero de mi mano. Gracias a ella, finalmente estoy en la silla de ruedas. A medida que me alejo de la habitación del hospital, voy mirando fijamente aquel cuadro de Nueva York: esa bella fotografía con la que tantas personas que han pasado por aquí, y a quienes le quedan pocos días de vida como a mí, también habrán soñado.

Giselle Bortot Ardila

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A Violeta de mil colores

Un pintor nos ha invitado a mi papá y a mí a la apertura de su exposición artística. Asistimos puntales. Recorremos la sala. De pronto, pierdo de vista a mi papá. Decido esperarlo frente a una pintura de un jaguar que apresa por el cuello a su cría; sus garras filosas la sujetan del pecho y le desgarran la carne. Me hipnotizan los ojos brillantes de la moribunda. En la pintura, el fondo nebuloso de la selva, entre las hojas de los árboles, roza el agua de un río. Escucho tinnitus agudos; luego hojas secas que crujen. Un olor a tierra húmeda invade este lugar. Un rugido feroz me estremece. Mi papá está detrás de mí. Se me abalanza. Su mano peluda me aprieta; sus dedos afilados se introducen en mi piel. Siento sus colmillos de fiera hambrienta en mi cuello. El aire se me escapa. Miro la espesura y, en medio de un verde vaporoso, de cara a este cuadro, me encuentro sobrecogida observando los ojos brillantes de la cría donde mi aliento final desaparece.  

Jonathan Alexander España Eraso

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Para ser publicado envié su microrrelato a [email protected], máximo 200 palabras.

 

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