La Esquina Delirante LXIV (Microrrelatos)

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Este espacio es una dentellada a la monotonía, mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez y la incertidumbre parecen haberse apoderado de nuestra cotidianidad, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Esta es una edición especial de relatos eróticos.

Caníbales

Durante años se cruzaron en un eterno desencuentro. Siempre en contravía, mirándose a escasos centímetros, desde lejos. Él, repleto de pretextos, nunca tuvo las agallas para dar ese paso que lo llevaría al vacío o a la gloria. Ella, eso lo entendió después, siempre estuvo distraída. La noche en que por fin colisionaron, se comieron a besos, a nalgadas, a embestidas, como caníbales devorando una piel propia en otro cuerpo. Se saborearon como si no existiera el tiempo. Pero el tiempo estuvo, está, estará. Y al día siguiente ella partiría muy lejos, para encontrarse a sí misma, y, sin quererlo o planearlo, apartarse de él, tan dormido, tan en pausa.

Álvaro Vanegas

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Parada del autobús Nº 69

Una anciana con bastón dorado llegó con verdadera dificultad a la parada del autobús. Llevaba el pelo ensortijado y de color violeta, un vestido holgado de flores y volantes, lucía en el cuello un collar de perlas mallorquinas y los labios pintados de rojo carmesí. Una pareja se besaba con besos de tornillo, el muchacho introdujo una mano bajo la blusa de la chica. Acarició con ternura sus prominentes pechos, los tenía tiernos como un aguacate. La anciana los imitó, acarició sus pezones flácidos e invertidos. Llegó el autobús. Se bajaron varios pasajeros, miraron a la pareja y a la anciana con estupor. Sin embargo, se sumaron a la imitación como si fuera un juego colectivo. Silencio. La anciana introdujo una mano bajo su vestido florido. La anciana emite un quejido bajito. La pareja grita con descaro y luego ríen. Gemidos, miradas, silencio, gemidos. Los pasajeros se miran con complicidad. Llega otro autobús, a nadie parece importarle. Todos disfrutan en la parada de la compañía y de la viscosidad en sus muslos. La anciana aprieta el bastón con fuerza y gime sin consuelo…

Verónica Patricia Bolaños Herazo

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Mujer y poesía

Abrí la puerta desgastada por los años y allí estaba, entre penumbras, semidesnuda y con una copa con vino en sus blancas manos. Bella y provocadora su espera, como acto practicado por años en esta casa de prostitutas caras y hermosas. Mi decisión para esta visita me tomó un largo tiempo, pero lo necesitaba desesperadamente. Allí, entre sábanas blancas, teatralmente organizadas entre la cama y el piso, esperaba la cena. Me senté en un cómodo butacón frente a ella, contemplando el paisaje, sacando el máximo a la experiencia visual que su dinero había costado. Al cabo de varios minutos me preguntó: “¿Te quedarás toda la noche ahí sentado?”. Entonces me levanté mientras le decía: “Vamos a tratar de hacer un buen trabajo, pero en realidad pagué para mirarte y hacer una poesía”.

Al Agus, desde Miami

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Su peor tarde

Aunque disimuló hasta el placer, y por momentos sintió que lo gozaba como tantos encuentros, no pudo evitar la desazón de que él la mirara por instantes, disimulando. Estaba segura que sus ojos se habían detenido con atención repentina y con extrañeza, varias veces, en su vello púbico. La misma sorpresa de ella al verse, horas después, sola y en su habitación, desnuda frente al espejo y notar algo que aún no había visto: varios vellos blancos. Esto la llevó a pensar con angustia en un futuro reciente, en que ya no le quedaría una sola hebra negra. Desde entonces, procuraba aplicarse tintes de cabello con minuciosidad, e incluso pensó en depilarse cada vez que se aproximaba una cita para que cuando estuviera en la plenitud de su desnudez, él no la volviera a mirar de esta manera.

Luis Muñoz

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Miradas

¿Qué se puede decir de una mirada impúdica y femenina que, de cuando en cuando, se desliza entre las parejas que bailan para posarse en la figura del pianista, nuevamente contratado? Por supuesto que la mujer sabe que desde el festejo familiar de hace un año, cuando a petición suya el músico interpretó Titanic, una ingobernable atracción apareció. Y ahora que él vuelve a observarla desde el mismo estrado (a la vez que ofrece a los invitados una pieza de Simons), ella por debajo de la mesa coloca los dedos en la entrepierna, ensaliva con la lengua el borde de sus labios y evoca estremecida las clandestinas horas de hotel que han pasado juntos desde entonces. Pero más allá de unos dedos húmedos, de unas pupilas que buscan el ángulo preciso para no perderlo de vista y de la vigilada discreción con la que él devuelve los guiños, ¿qué se puede decir de un hombre sentado al piano que disfruta del mensaje secreto implícito en ese cruce de miradas, o de la mujer que no le quita los ojos de encima mientras el esposo enamorado y eufórico le dice por enésima vez: “¡Feliz cumpleaños, mi amor!”, y la invita a bailar?

Reynaldo Bernal Cárdenas

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El Viejo Verde

Le dicen viejo verde. Camina encorvado de tanto agacharse a acariciar las plantas. Les coquetea a las montañas y las galantea por sus faldas pintadas del verde de todos los colores. Ellas le agradecen con aromas de monte, jazmines, albahacas y eucaliptos. El viejo verde dialoga con las cascadas y estas lo excitan con el rumor y la danza en su caída. Se dedica a enamorar a la naturaleza, la cuida, la respeta. En otoño disfruta cuando ella se viste de naranja y luego se desnuda para esperar el invierno. Es un sabio. Desde los bosques le gritan: ¡Viejo verde!

Ubaldo Lozada Moreno

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