La Esquina Delirante VII (Microrrelatos)

Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez cobra más validez que nunca, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Guerra de guerrillas narrativa si se quiere.

Ilustración: Laura Sofia Solórzano Cárdenas

Preso en libertad

El preso número 2498531 era el más feliz de todos. Favorecido por el Alzheimer, ignoraba quién era, dónde estaba y por qué, y había olvidado las fechas pasadas y futuras. Sonreía siempre.

Javier Correa Correa

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Si está interesado en leer otros cuentos de La esquina delirante, ingrese acá: La Esquina Delirante V (Microrrelatos)

El man está vivo

Alcancé a ver un dios que no era el de ellos y justo antes de que todos empezaran a llorar entendí que la música tiene el efecto de una droga psicoactiva, inhibe el dolor, modifica el estado anímico y altera las percepciones. Un minuto después vislumbré a una gran cantidad de personas que lloraban descontroladamente, otros simplemente cerraban sus ojos, algunos saltaban sin cesar y uno que otro se arrodillaba para alabar la plegaria de la canción estilo Jonestown. Todos coreaban una y otra vez “es que tu amor me inundó y ya no puedo vivir sin ti”. Lavado en sudor intento no entrar en pánico. La letra de la canción parece sencilla. Balbuceo, ¿Qué pensaría Dawkins de mí?, ¿Qué pensaría Hitchens?, ¿Cómo me miraría Harris? Qué vergüenza con Carlin, con Maher. Ya empecé a alucinar.

¿Y ahora cómo salgo de aquí? Ni modo. “Es que tu amor me…

William David Suárez Acosta

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Si le interesa leer otros cuentos de La esquina delirante, ingrese acá: La Esquina Delirante VI (Microrrelatos)

Asfixia

Cierra la boca. Por favor, guárdate los imperativos, con todo y puntos finales no tengo respuestas, y soy un gran signo de pregunta frente al símbolo de la carne. No adjetives el silencio. Sigo mi rumbo, abriéndome paso entre la maraña del lenguaje. Guárdate la metáfora.  Sin ningún arte, el mero machetazo de campesina entre la espesura y apartando edificios como si de maleza se tratara. Escribe algo objetivo. Objetos que caen sobre el abismo que soy: banderas, escaños, una grama bien podada, tijeras para inaugurar el nuevo parque en conmemoración de las víctimas, salidas de emergencia. Espera la palabra precisa. Y de nuevo el tachón: por la extensión, bombeo, entre gargantas arden, las tripas me recuerdan sin rumbo. No saldré a jugar  ni buscaré  describir el tintineo de la lluvia, rasguear de garabatos en papel. La impaciencia del segundero me pega al paladar los verbos secos. Un único sobresalto: el sonido de máquina de escribir predeterminado para las notificaciones del teléfono. Sigue amontonando trastos en tus cuadernos.

¿Qué esperas? La sangre caliente entre las piernas. El estrépito del relámpago. Para escribir, ¿qué esperas? Y de nuevo, el rasgueo de la tinta hiriendo el lienzo. La lágrima que me abandona en esa pequeña muerte de terminar estos pequeños escritos. Dime, qué será de mí cuando se agote el tabaco y  rebusque en la alacena algo qué masticar más que la derrota. Cada punto final es un gran fracaso.

Carolina Vásquez R.

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Despedida

Ya la herida se ha abierto en el pecho, la palabra se ha incrustado en la mente y la arruga en el corazón. Solo resta decirnos adiós.

David Arias

 

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Para ser publicado envié su microrrelato a [email protected], máximo 200 palabras.

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La Esquina Delirante VII (Microrrelatos)

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