La esquina delirante XI (Microrrelatos)

Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez cobra más validez que nunca, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Guerra de guerrillas narrativa si se quiere.

IIustración: Julián David Díaz

En Comala

En Comala todos los espejos están cubiertos con una cobija gruesa. Los reflejos se tapan por la noche como a los canarios del recuerdo: ellos también sienten el frío de la madrugada.

Cristina Rentería Garita (México)

***

Si desea leer otra entrega de La esquina delirante, ingrese acá: La esquina delirante X (Microrrelatos)

Adiós 

Los consejos de siempre, las charlas de nunca acabar. Silencio, miedo, angustia. Noches dolorosas, mañanas interminables. Su cerebro estaba a punto de estallar. Recuerdos de un pasado que no regresará. Viviendo un presente que no sabe a dónde la llevará. ¿Y el futuro? Ese hace rato se fue a volar. No huyas, aún no hay un final. La puerta sigue abierta por si quieres regresar. Y si por alguna razón, una brisa la ha de cerrar, no te enojes, ella hace lo que yo no sería capaz. 

Danelys Vega

***

Sincerados

El niño medio serio, oculta la boca, tira y gana, y sonríe. Mamá regó el piso, está lodoso, entonces ¿cómo escucha las canicas sino ruedan en ese barro? “Rogelio vaya a ver a los niños no vaya a ser”. Al grupo le palpitaban los ojos, lanzando las bolitas con furia hacía los dientes del otro, por turnos, y la pared de sus caninos como una placa, sonando. Las esferas de dureza saltaban de sus bocas con tanta sangre que ya las dejaban no más. Sentían sus perlitas temblar. “Otra vez -dice Rogelio-, las criaturas se han volado los dientes. Por tu culpa, por regar el patio vieja, las wawas dónde iban a jugar”. “No, por tu culpa Rogelio, te sacas esa sonrisa de tonto, le habías dicho a Ivancito”. Volaron pedazos con gotas rojas, ¡gane!

Lu Ramos

***

Matadero

Ese macho tiene buenas nalgas, escuchó, y luego algo parecido a pero mírale las tetas a esa hembra. Aún resultaba difícil entender aquel lenguaje ligeramente parecido al español, pero con muchas más inflexiones y acentos. Gritó de dolor cuando el gancho atravesó su espalda para elevarlo unos metros y empezar el desangre. Miró por última vez a su esposa, compañera de mil batallas contra Las Reces, le pidió perdón en silencio por no haber sido capaz de encontrar un buen escondite y luego, poco antes de abandonar este mundo, se fijó en sus asesinos. Sus abuelos hablaban de tiempos milenarios en los que Las Reces eran cuadrúpedas y supuestamente devoradas por millones de humanos, pero él no podía imaginar que aquellos seres que esperaban a que él y otros centenares de capturados murieran rápido para procesarlos, tuvieran antepasados masacrados por una raza tan débil como la humana.

Álvaro Vanegas 

***

Si está interesado en leer otro capítulo de La esquina delirante, ingrese acá: La esquina delirante I (Microrrelatos)

Secreto de Hámster

-Mamá Hámster, yo quiero ser como nuestro amo que sale todos los días temprano y llega tarde a esta casa. Y tiene libertad para hacer lo que quiera, sin estar encerrado como nosotros.

-Hijo, ya eres joven y es el momento de que entiendas que nuestro amo sale temprano, es cierto, pero que se monta en una jaula rodante donde después de una hora llega a otra jaula donde permanece todo el día; cuando anochece se monta nuevamente en la jaula rodante, durante otro tiempo igual al de ida.  Cuando lo ves que llega en la noche y que se monta en la bicicleta o en el caminador, que marcan kilómetros sin moverse del sitio, se está recuperando para continuar su rutina al día siguiente.

-¿Y él lo sabe?

-Mejor que no lo sepa y no se lo vamos a decir porque nos tocaría salir a buscar nuestra comida.

Luis Eduardo Ramírez

***

Volver

Una lágrima solitaria rodó por su mejilla izquierda, no había querido llorarla, pero... ¿Acaso podía evitarlo? El sinsentido del recuerdo lo impulsó de nuevo a ese viejo  pueblo; y encontró la casa con jardín, la calle empedrada, los árboles de totumo e incluso las sonrisas de años pasados. El calor le recordó que el sol tampoco cambió.  "Todos vuelven, como dice la canción" - Se dijo –

- ¡Señor! ¡Señor! La urgencia de aquella voz lo trajo al presente, un niño avanzaba por la acera de barro montado en una bicicleta vieja, tambaleante le hacía señas para que se quitara del camino. La casa se derrumbó años atrás, el pueblo se había desolado desde la época de la violencia, ya no quedaba nadie que él conociera, pero quedaba en su mente el museo del pasado. Entonces sonrió, porque al final era cierto; "Todos vuelven a la tierra en que nacieron”, como dice la canción.

Jilber Arboleda

***

Si está interesado en partcipar de esta sección, envíe su microrrelato a [email protected], máximo 200 palabras.

875580

2019-08-11T16:39:20-05:00

article

2019-08-11T16:39:20-05:00

faraujo22_102

none

Autores varios

Cultura

La esquina delirante XI (Microrrelatos)

39

5554

5593