La Esquina Delirante XLI (Microrrelatos)

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Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez cobra más validez que nunca, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Guerra de guerrillas narrativa si se quiere.

El diente

Él y ella discutieron en la cocina.

Ella contrajo las mandíbulas y le pareció que sus dientes se quebraban como si mascaran barras de tiza.

Un diente se le cayó al suelo.

Los dos notaron que habían perdido el control de la situación. Hubo un silencio largo, incómodo.

Ella agarró un cuchillo. La potente luz del fluorescente iluminaba el filo con crudeza.

Se agachó y recogió el diente del suelo.

Puso el diente sobre una tabla y con el cuchillo lo cortó en delgadas láminas. Chac, chac, chac.

Echó el diente fileteado sobre los espaguetis. Les gustaba notar el sabor del ajo en la pasta.

Hora de cenar. La tormenta había pasado.

Miquel Zueras Navarro (Barcelona, España)

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Queda un deseo profundo de…

¿Por qué no te despediste si estaba claro que ese día ibas a morir? De pronto porque tenías cortado el servicio de teléfono, quizá porque era un día de tormenta, o debido a que viniste y nunca me encontraste, o porque los viernes nunca salías, o porque te fuiste para siempre, dos horas antes de lo previsto, o porque te pusiste a leer a Joyce y luego te enredaste en un monólogo interior, como siempre te sucedía, o porque las ocho de la noche, sin luciérnagas, te producían fiebre alta, o porque sí, o porque no, o porque esto y aquello, o porque hay que morir sin restregarle la propia muerte al amigo, o porque es necesario ser original, o porque… Queda un deseo profundo de…

Carlos Alberto Agudelo Arcila

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Quince para las cuatro

Por los viajes al centro donde los viejos parecen ver a través de la ventana el porvenir. Él me mira y me pregunta:

—¿Está bien?

Sus canas parecen venir de otro lugar diferente a este y sus ojos pequeños no se ven agotados, al menos no como los míos, que no han parado de llorar dos días seguidos.

Mira el reloj, pero no el que lleva en su muñeca izquierda, sino el de su celular que saca del bolsillo. Al parecer estar viejo ya no está de moda.

—Faltan quince para las cuatro, ¿alcanza a llegar?

Realmente me preguntaba a mí.

—Eso espero.

Ya no me es posible sostener la mirada más de un segundo.

Laura Villa Méndez

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Esperanza

Tras la ventana miraba la calle, el viento levantaba el polvo amarillento del malecón del rio Sinú, no podía precisar si a la orilla del río las canoas regresaban de la pesca, solo escuchaba el ruido de sus aguas. Las nubes amenazaban lluvia y se deslizaban apresuradamente como si la cita fuera en otro lugar.

El timbre sonó y Cristian tomó las llaves que estaban sobre la mesa, camino hacia la puerta; antes de abrir preguntó, ¿Quién es? Esperanza, la vecina. ¡Aja! ¿Qué te trae por acá? Dicen que aguas abajo viene la enfermedad que deja sin respiración a la gente y le endurece los pulmones. Vecino, no compre hoy pescado, porque el contagio viene aguas abajo.

Esperanza siguió recorriendo los apartamentos del edificio, después de dar aviso a cinco, decidió colocar un letrero a la entrada del edificio que decía: Prohibida la entrada al COVID-19. Cristian percibió que la doña no estaba bien. El letrero debe decir: Desinfecte pies y manos. Esconda el rostro para que el COVID-19 no lo reconozca. Sin mayor discusión, se pusieron de acuerdo: El Murrucucú, el arrullo del viento y Domicó, pues enterraron el virus en el totumo de oro.

Irma Lucía Acevedo Carvajal

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