Microrrelatos

La esquina delirante XLIII (Halloween) (Microrrelatos)

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Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez y la incertidumbre parecen haberse apoderado de nuestra cotidianidad, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica.

El Aquelarre

Cuando yo era niña, mi abuela siempre me decía: “Sólo las brujas, las verdaderas hijas del diablo se reconocen entre sí”. Ella lo repetía como la oración de un desesperado, también me lo susurró antes de expirar. Pasados unos meses luego de la muerte de mi abuela, veía cada noche en mis sueños a una mujer muy hermosa con un dragón a sus pies, vestida de blanco y dorado. Yo asumía que era la Virgen María, hasta notar que ella siempre tenía sangre en sus pies o llevaba alguna mancha carmesí en su ropa. Soñaba con ella cada vez más cubierta de sangre, pero siempre conservando su tranquilo semblante. Una noche, la encontré engullendo junto a su dragón, a un pobre hombre. Ella me miró invitándome al banquete y al ver que yo no reaccionaba, degolló al hombre y arrojo su cabeza a mis pies. Era mi padre. Me despertó una llamada de mi papá, quería tomar un café esa tarde conmigo. Cuando llegué al lugar, dijo que quería presentarme a alguien. La vi llegar, una mujer muy bella, vestía un vestido blanco y un cinturón dorado con un dragón en el centro. Me saludó como a una vieja amiga.

Paula Calle

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Un día muy extraño

Todo inició cuando llegué al paradero de buses, para ir a la escuela y encontré a Belén junto a Juanita y su perro Kiko, el mismo chandoso que de manera oculta llevaban siempre a la secundaria. Aquel día parecía embrujado, porque iniciaba con la aburridora clase de biología, pues no le encuentro sentido a conocer sobre el aire o los átomos, de solo imaginarlo me dan ganas de lanzarme por la ventana. De repente, la profe dice: ¡Examen sorpresa! El día no era tan raro por una evaluación, sino por como actuaban algunos, misteriosamente sentí un rasguño y desapareció mi calculadora, segundos antes que ella anunciara el quiz, y al darse cuenta del extravío: anuló el examen de todos. Lo más extraño ocurrió durante la clase de educación sexual, cuando el maestro mostró un juguete erótico, lo que me sorprendió, porque desconozco si está permitido, pero como cualquier estudiante presté atención a ese señor que aseguraba que era mejor el uso de aquellos juguetes que estar en contacto con una persona. Camino a casa, mientras reflexionaba, observé en mi mano derecha una mordida de perro con una cicatriz similar a una tecla de calculadora.

Geraldine Gómez Díaz, 16 años Instituto Educativo San Rafael, Soledad (Atlántico)

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Noche de Bodas

Una sola dentellada bastó para que nuestra noche de bodas explotara en mil pedazos. Me había desgarrado buena parte de la carne del brazo derecho y, con las fauces muy abiertas y sangrantes, mi nueva esposa me miraba amenazante. He oído que algunos animales, como las ballenas orca, juegan con su presa antes de devorarla. Indefenso y, temblando de miedo y calentura, solo tuve tiempo de pensar en lo sexy que se veía, no obstante las salpicaduras de sangre en su otrora inmaculado traje de novia.

M. Mantra

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La procesión

Crak: así sonó la pata al desprenderse del cuerpo de la cucaracha y ese recuerdo quedó incrustado para siempre en la cabeza de la reportera. Le incomodaban las patas de la pinza dentro de su oído, pero no le producían el dolor que sentía cuando el insecto aún estaba vivo y sus extremidades le rasguñaban la membrana del tímpano. Se había acostado de lado y al reposar la cabeza sobre la almohada, la cavidad externa dela oreja cazó precisamente sobre la cucaracha, sin hacerle daño. Las antenas tocaban, exploraban desorientadas. La presión rápida del dedo índice empujó al insecto al interior del oído. La reportera ladeó la cabeza, le dio golpes secos desde el otro costado y saltó en un solo pie, mientras el fastidio se transformaba rápidamente en dolor puro. El trayecto desde la vereda hasta el centro de salud duró cuarenta minutos. La periodista movía la cabeza de lado a lado -en pequeños intervalos- como si una mosca zumbara en su interior y le provocara un tic nervioso a la altura del cuello. Abría y apretaba los puños con fuerza. La mano subía hacia la oreja y se detenía a mitad de camino. Mientras tanto, la moto se sacudía y la reportera sentía cada uno de los saltos producidos por las piedras, los palos y los huecos. Un diario de la capital la había mandado a cubrir la erradicación de cultivos de coca por parte del Ejército. Soldados y reporteros eran los únicos profesionales que habían llegado hasta ese municipio. La estudiante de odontología era la autoridad médica del pueblo. Ella sacó el insecto muerto del oído de la periodista. Desde la ciudad, la reportera sospecha que sin salud no hay paz, y sabe que es mentira que las cucarachas sobreviven a cualquier tipo de conflicto.

Carlos A. Cortés-Martínez

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La amenaza de la infección

El doctor José María Eusebio Vallejo Cortés leyó con inquietud el paquete, esta vez, su nombre de pila: “José”, estaba escrito en letra arial 12 de computador. Caía desfallecido todos los días, las muertes por el virus se aceleraban. La pandemia era como un bouquet en forma de corona mortuoria. El pueblo estaba desolado y de luto. Se sentó en el sillón, y abrió con rapidez el sobre; contenía un sufragio de color azul y lamentaban su fallecimiento. En esta ocasión, sin saber, le gustó el Cristo de color dorado impreso en su carátula. Desde que se desplegó la pandemia en el pueblo, había recibido varias encomiendas como esta. Siempre le acusaban de dejar morir a un paciente enfermo de COVID- 19. Era uno de los más de 10 mensajes que había leído. Caminó casi muerto por el pasillo del Hospital hacia la Unidad de Cuidados Intensivos; dejaba entonces confinados sus miedos y olvidaba el temor a contagiarse. En el quirófano pensaba en finalizar su turno, y salir a la calle para sentir la navaja en el cuello, o descubrir el fulminante disparo en la cabeza, solo para terminar con esta maldita metafórica muerte.

Carlos Horacio Jiménez Barrero

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