¿Podemos controlar al coronavirus con nuestros celulares?

hace 11 mins

La esquina delirante XVIII (Microrrelatos)

Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez cobra más validez que nunca, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Guerra de guerrillas narrativa si se quiere.

Cortesía

Decisión

Tomar la decisión le llevó tiempo, muchas horas de sueño e incontables lágrimas. Llevarla a cabo fue más sencillo, y al hacerlo se sintió feliz, se sintió en calma. Caminó despacio, pensando en todo aquello que le había sido negado antes, risas, diversiones, ropa, libros y hasta comidas, ahora era libre para disfrutarlas. Tomó la maleta y abrió la puerta, no miró atrás. El desorden, las cadenas rotas, los trozos de cristal y la sangre, ahora eran parte del pasado. El monstruo había sido derrotado.

Kelly José 

Le sugerimos leer: La Esquina Delirante XVII

Hora de dormir                                     

Viuda y sola, tomó por costumbre transitar los corredores y cuartos de su vieja mansión. Espantada, deambulaba por ahí o se guarecía bajo la claridad de una luna que se colaba por el cortinaje hasta que aparecía el primer resplandor del amanecer. La anciana Madamede Tremouillac evitaba por las noches quedarse en su lecho. No podía dormir. Aún la dominaba el miedo que en vida tuvo a los fantasmas.

Virgilio Rey

El drama del premiado

Después de descolgarlo le limpió el rostro hinchado, con un pañuelo húmedo, como queriendo revivirlo con el   frescor del alcohol y le puso los zapatos. Cuando lo bajó del techo, lo liberó de la cuerda, le abrió la camisa para que se sintiera menos apretado y con los dedos sucios le cerró los ojos ansiosos. Después lo acomodó en el ataúd y le echó el último libro que había leído, y un sobre. El sobre contenía la notificación de un gran premio literario. Algunos lo vieron sentado  en   un   banco,   solo, y con  el  sobre   en   las  piernas. Antes de ahorcarse escribió en la pared con un trozo de carbón «la pena y alegría son la misma vaina, cuando no tienes con quién compartirlas».

Verónica Bolaños

Por la mañana

Fuera, la cafetera chisporrotea y dos rebanadas de pan saltan de la tostadora. Oigo los cambios bruscos de una estación de radio a otra. Y después un canal de tv a otro. Exasperación supongo, pasos que van y vienen por el pasillo. Yo me revuelvo un momento en la cama, tratando de evadirme. Te escucho silbar la canción que tanto me desagradaba –ahora no tanto-, y del silbido te vas al tarareo. Miro hacia la ventana y está nublado, pienso que no tardará en llover. Me pareció escuchar que decías algo. Salgo y miro hacia un lado y hacia otro. Nadie. En la cocina se acumulan las tazas y los platos, las costras cada día se endurecen más. En el baño sigue la revista de hace ocho meses que tanto te gustaba hojear. Y en la sala –amor mío- siguen marchitándose los nardos y los lirios que me traje de tu funeral.

Alejandro Barrón

Si quiere leer más sobre La esquina delirante, puede leer: La Esquina Delirante VII

Escape

Juan inventa un extraño juego y decide que le tomará solo doce horas, eso será suficiente para su vida. Se levanta al mediodía, se tapa los oídos frente a la cantaleta de su madre. Se sirve un tazón de yogurt, cereal y panqueques que engulle en treinta segundos. Pasa media hora decidiendo qué ponerse, otra media examinando su cara regordeta frente al espejo. Se encierra en el baño con la fotografía de la K-poper del bikini amarillo. A escondidas, en el cinema 4D, bebe vodka barato con dos amiguetes. Andan calles mientras despotrican del mundo. Se tienden borrachos en el parque, fuman un porrito, se embelesan con las estrellas. Cuando su padre lo llama al celular, le responde que deje esa jodida manía de perseguirlo. Le marca a su exnovia para decirle que está loco de amor. Regresa al apartamento pateando lo que encuentra a su paso. En la pared de su habitación escribe con salsa boloñesa su inconformidad hacia el mundo y se queda dormido jugando Resident Evil 2. A las once de la noche suena el celular. Su secretaria: “Doctor, no olvide mañana la cremación de don Hipólito, la junta con los alemanes y su examen de próstata”.

Sonia Ramón

Entrenamiento

He dado muchas vueltas en la vida. Recuerdo en especial las muchas vueltas que di en el garaje de la casa alrededor del Toyota rojo modelo 76. Estaba tan pequeña, que ese jeep me parecía tan grande, tan pesado como este recuerdo. Corría a su alrededor escondiéndome de ti, para que no me dispararas con el revolver que empuñabas en cada Navidad. Cuando estabas borracho nos amenazabas, decías que ibas a matarnos a todos esa misma noche. Así que yo daba vueltas conforme tu dabas tus pasos buscándome, buscándonos. Quería estar diametralmente en oposición a tí, invisible, inalcanzable, solo por instinto, para vivir.

Ese recuerdo ahora da vueltas en mi cabeza y me atormenta, porque muchas veces quise a hacer como mi hermano mayor quien, a sus tres años, corría alrededor del parque del barrio, lloraba y llamaba a gritos a la policía para que te llevara preso. La Policía siempre vino a nuestra casa, porque los vecinos la llamaban, pero nunca te llevó. Nos hemos pasado la vida huyendo de ti.

Los vecinos de este nuevo barrio ahora nos llaman porque estás muy sólo. Y aunque el instinto nos alerte y nos quiera obligar a ser invisibles – en tu vida- ya no podemos huir más, porque al verte así tan viejo, tembloroso, tan perdido en el tiempo y el espacio, indefenso, encorvado, la memoria se detiene como el tambor de ese viejo revolver que al fin vendiste.

Lucrecia de Santa Lucía

 

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