La esquina delirante XVIII (Microrrelatos)

Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez cobra más validez que nunca, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Guerra de guerrillas narrativa si se quiere.

Cortesía

Funeviarias

A los 96 años, tras la muerte de su hermana Inés, halló que no quedaba nadie con quien compartir los recuerdos de aquella remota época conocida como ‘juventud’. No existía ni un solo testigo vivo que pudiera confirmar o contradecir lo que él quisiera contar sobre su vida personal, sobre las anécdotas y acontecimientos ocurridos durante la mayor parte de su recorrido vital. Sí, algunos de los empleados del hogar geriátrico podrían recordar algunos de los detalles de los últimos tiempos: el resfriado del mes anterior, su obediencia al ingerir a diario sus medicamentos, su insistencia en llevar chaqueta aún durante el verano y otras fruslerías por el estilo. Pero hasta ahí. Su vida estaba solamente en sus memorias. Saber que no quedaba prójimo alguno que pudiera corroborarlas ni seguramente nadie a quien pudiera interesar relato alguno de todos esos eslabones de tiempo que él llamaba ‘mi existencia’, era como desplegar unas alas que le permitían elevarse por encima de sí mismo, libre, por fin. Indescriptiblemente libre. Como abandonar una maleta maltrecha repleta de equipaje gastado en alguna estación anónima; verla desde la ventanilla empequeñecerse sobre el andén mientras el tren avanzaba implacable hacia el final: hacia la última estación.

Carlos Alberto Sourdis Pinedo

Si está interesado en leer otros capítulos de La esquina delirante, ingrese acá: La esquina delirante XIV (Microrrelatos)

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Eliminar al escritor

Acabo de enterarme de la existencia de otro con mi nombre, pero opuesto a mí. Mi álter ego es un escritorzuelo nacido en un país más caótico que México, que escribe de cambio climático y el fin del agua desde hace años, entre otras sandeces. ¿Cómo es posible que exista alguien tan despreciable con mi nombre? De mí hablan los diarios por extraer el agua de la comunidad en Veracruz. Sus notas baratas aseguran que saqueo los mantos acuíferos y alimento a las petroleras para enriquecerme. En realidad, uso los recursos que Dios nos puso para darle de comer a mi familia. Es justicia que tome a manos llenas lo que otros no merecen. Finalmente, el maná no es para todos. Peor es lo que hace ese escritor: usa el talento que Dios no le dio para compartirles a personas que no conoce ideas que no necesitan y una conciencia que tanto ha costado adormecer. Enrique Patiño, te declaro mi enemigo. Llevas mi mismo nombre y tienes mi edad, pero debe prevalecer uno. Esta es una cuestión de supervivencia: tu mundo lleno de palabras o el agua para mí. Haré mía la sed para vencerte.

Enrique Patiño

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A Javier Osuna

Caen los dados sobre el tablero. El diablo me mira con llamadas de odio. Ahora somos los dos. Estoy tranquilo; él, impaciente.

-  ¿Quién eres para desafiar a la legión?

-   Solo soy un periodista, un don nadie.

Mueve su ficha cinco pasos ¡Sorpresa! Entra a la casilla segura. Es mi turno. Respiro y lanzo los dados. El calor me derrite los huesos. Mi cuerpo se quema. Estoy dentro de los hornos crematorios de Villa del Rosario, los veo. El diablo se retuerce en su guarida. Sabe que llegué al centro del juego. Aquí están los desaparecidos. Sí existieron.

Angélica Villalba Cárdenas

Si desea leer otro capítulo de La esquina delirante, ingrese acá: La Esquina Delirante VII (Microrrelatos)

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El valor

Llevaba noches sin dormir. El agua aromática no le servía. La meditación menos. Y ahora las pastillas que le habían recetado tampoco parecían funcionar. Tenía que resolver ese asunto cuanto antes. Era absurdo seguir así. Sonó la alarma. ¡Bah! odiaba el insomnio. Sin embargo, sabía que combatirlo era muy fácil, o lo sería para cualquiera que no fuera él. Valor, eso era lo que le faltaba. Hoy, quizás lo tendría. Le urgía tenerlo. Miró el reloj, el momento había llegado. Apresuró los pasos. Ahí estaba como siempre. La observó por un largo rato. Cuando por fin se decidió, alguien se le acercó. Un hombre alto con traje gris la tomó de la mano y de su boca salió un “te amo”. Deseó ser ciego y sordo. Si tan solo se lo hubiera confesado antes…tarde, ya era tarde. Contempló aquella fatídica escena unos minutos más. Se retiró. Un pensamiento lo calmó: al menos ahora podría dormir, pero no vivir.

Danelys Vega

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En… sueño                                                      

Inteligente, galante y apuesto. Sin duda es el hombre perfecto. El escenario, el indicado. Una mirada dulzona entrecruza sus pupilas. Él pone todo de sí para besarla con la pasión que la mujer ofrece. Ella, en cambio, repara en el beso, lo toma como cierto y descubre lo posible del amor, hasta que oye la voz solícita del director:

– ¡Corten!

Reynaldo Bernal C.

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El piano

El viejo pianista ya no caminaba por el parque, ni iba al cine, ni se encontraba con los amigos, porque todos estaban muertos. Lo único que hacía era lo que había hecho toda la vida: tocar el piano. Pasaba las horas sentado frente a él, como si con ello se aferrara a la vida. El piano sabía esto. Por eso, a pesar de que el viejo a veces pifiaba las notas, sacaba los sonidos más dulces que podía producir. Presentía que, si dejaba de tocar, ya nadie acariciaría sus teclas.

Henry Ficher

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Paraguas

Llovía. La mujer no tenía con qué cubrirse y cargaba una barra de pan. Descubrió un paraguas abandonado en la papelera, con etiqueta. Lo sacó, introdujo las varillas en los huesos de metal, apretó el pan contra su pecho y salió a la calle. El vendaval la sacudía. Los andenes, calles y trenes estaban inundados. En un acto intempestivo la superficie de plástico se liberó de las varillas. La mujer lo sacudió. Las varillas se doblaron enfurecidas, negándose a dar su servicio. Lo zarandeó. La mujer corrió. El aire la izaba. Encima de su cabeza caía la tempestad. Al pasar por un restaurante chino, se resguardó. Dejó la barra en el suelo. Intentó meter las varillas en su sitio, se torcieron, otras se le quedaron en las manos. Logró enderezar algunas y meterlas otra vez en los huesos. Sin soltar el paraguas se agachó de lado y cogió el pan. Caminó deprisa, el paraguas se desmontó y el plástico se fue volando. Las varillas se estremecieron en el aire. Cuando se aproximaba a su casa lanzó el esqueleto al contenedor. Ella tiritaba. El pan ya no había que mojarlo para la torta. Y gritó «¡maldito paraguas chi…!».

Verónica Bolaños

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