La esquina delirante XXII (Microrrelatos)

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Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez cobra más validez que nunca, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Guerra de guerrillas narrativa si se quiere.

Promesa de corazón

-Le dijo que su corazón solo le pertenecía a ella.

-Así es mi hijo, siempre enamorando chicas.

-Mi señora... El inspector no le ha comentado nada de lo sucedido ¿verdad?

Edwin Rojas

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Falocracia

La reina de Saba recibió  en su palacio al rey Salomón que había hecho un largo viaje hasta su reino para conocerla por la fama de su belleza y sabiduría. La reina compartió con el rey, sus talentos, su riqueza y su cama. Salomón al volver a su país escribió un cantar de los cantares, la reina de Saba lo acusó de plagio. Pero fue desestimado en un juicio salomónico donde se alegó que si partieran a la mitad la cabeza de una mujer no encontrarían nada.

Paloma Blázquez Crespo

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Polvo y glasé

Una fulana de esas que jamás serán bienvenidas, irrumpió una noche en mi morada; se sentó a la mesa, sin ser invitada, estirando el mantel de seda que la abuela veinticinco años atrás había tejido exclusivamente para mí y, después de arrebatarle los cubiertos a quien a su diestra se hallaba, se devoró en minutos todo cuanto estaba servido. Atrevida tomó una de mis copas y sirviéndose sin empacho alguno de mi vino predilecto, dijo con voz tremebunda a los comensales que esa noche departían conmigo: -Lárguense todos. El anfitrión y yo necesitamos un momento a solas. Con una presencia tan déspota como terrorífica me obligó a alzar mi copa y brindar con ella. Sería el último brindis de una espléndida velada en la que la envalentonada muerte luego de hacerme reír a carcajadas, me disparó a quemarropa.

Fernando A. Carrillo Virguez

Si está interesado en leer otro capítulo de La esquina delirante, ingrese acá: La esquina delirante X (Microrrelatos)

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Fe

Toda su vida tuvo fe, pero, al llegar al final de sus días, no vio ninguna luz, no recibió ningún llamado. Su vida terminó, como estrella que se extingue ante la oscuridad de lo inmenso. 

Julio César Mondragón

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Mandíbula

Se acostó y leía un cuento de Roberto Bolaño. Las hojas se le cayeron de las manos. En el vientre. La habitación atiborrada de ropa, platos con huesos de cordero y pan duro. Tacones de quince centímetros, sucios, de barro tierno. Un paraguas apagado, con lágrimas deslizándose entre las varillas. Mujer de pelo negro, recién teñido. Algunos piojos sobrevivientes recorren el cráneo blanco. Dientes sucios y lengua amarga.  Gitanos hablando en el pasillo, en voz alta. Sangre hirviendo en el pecho, la garganta y las manos. Ve su rostro, en la misma cama. Boca abierta y mejillas cortadas. Le agarra la mandíbula, intenta cerrarla y grita. Carcajadas de mujeres gitanas. Un intenso olor a jazmín se cuela debajo de la puerta. Niños trotando como caballos. Respiración acelerada. Aprieta con más fuerza la mandíbula. Sangre borboritando en el cuenco de la boca. Llama a Manuel. Manuel está muerto. Las gitanas no cesan de hablar y los críos ríen. Empujan la puerta. Las hojas vuelan en la habitación…

Véronica Bolaños

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Si le interesa leer otro capítulo de esta serie, ingrese acá: La esquina delirante XIII (Microrrelatos)

Cementerio de muñecas

Escuchaba sus botas golpeando el piso,  ese sonido encendía brasas de culpas ancestrales  y su cabeza esparcía aros de luz al percibirlo. Su alma, por inercia,  abrazaba al padre que rondaba sin sentido por los pasillos. Después salía sola al jardín, entraba a su casa de juegos en donde ahora existía una notaría, de allí sacaba alguna de sus esbeltas muñecas y las enterraba en algún lugar del prado. Al terminar el ritual siempre venía un llanto inexplicable que espantaba a los vigilantes o a quienes se quedaban a trabajar en las noches. Horas después el padre la encontraba  y la calmaba con un abrazo. Ella se sentía mejor, cantaba nuevamente, y de la mano recorrían los patios y tejados de un barrio para ellos invisible.

Hemult Jaramillo Vlaes

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De la mano

-Anda, sujétame fuerte, que me voy…

-Nah, no puedo, me tiembla el pulso y mi mano está yerta.

-Te recuerdo que los dos estamos muertos.

A la mañana siguiente, el médico forense solo atinó a disparar varias fotos con su teléfono celular, ante la escena de las dos bandejas, muy juntas, por tan fraternal gesto de sus ocupantes.

Estudios sopa en la mosca

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