La Esquina Delirante XXV: En quarentena (Microrrelatos)

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Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez y la incertidumbre parecen haberse apoderado de nuestra cotidianidad, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Guerra de guerrillas narrativa si se quiere. Bienvenidos todos los microrrelatos de cuarentena a laesquinadelirante@gmail.com, máximo 200 palabras. Síganos en Instagram.

Etiqueta para suicidas

Todos somos suicidas; la diferencia radica en la velocidad del método elegido. Así, existen dos grupos: uno, integrado por quienes eligen quitarse la vida como quien se quita los pelos de la axila -de un solo trancazo- y otro, por quienes eligen pudrirse hasta la agonía. Nos centraremos en los primeros -interesantes y temerarios- ya que los segundos están en todos lados, comenzando por los espejos. El suicidio, además de todo lo que se ha documentado, es un acto estético. Con el mismo detalle con el que el chef dispone los alimentos en el plato, el pintor los colores, o el cineasta sus planos, el suicida, conducido por sus circunstancias, elige un modo. Existen, entonces, diferentes estilos: el suicidio a lo Jackson Pollock (conducido por el hastío, e.g. Kurt Cobain), el suicidio a lo Houdini (conducido por la desidia, e.g. Virginia Woolf), o el suicidio a lo Apolo 13 (conducido por la soberbia de creerse merecedores de la luna). El hombre post-moderno, parado en la nube desde donde juzga al hombre clásico, antiguo y prehistórico, y conducido por una perfecta mezcla de hastío, desidia y soberbia, ha optado por suicidarse rompiendo la cuarentena y saliendo a la calle.

Yamid Botina

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Nido de sonrisas

Diez días de aislamiento: voluntario, en simulacro y ahora obligatorio esperando y temiendo el coronavirus muchas veces mortal para mi edad, y en la casi certeza de este vencer en su carrera a una vacuna   que corte el número de muertos entre viejos, que muchos dicen, es mejor sacrificarlos ahora, cuando el costo beneficio económico es favorable para la sociedad. Solo ataúdes al por mayor y sin exequias que demoren el tránsito entre la vida y el olvido; entonces se tiende a pensar en vencerse para hacer más rápido este tránsito; incurrir en una imprudencia, sin en lo posible hacerla florecer en otros; pero no. Uno procura evitarla para no darles gusto con nuestro cuerpo yerto a otros despidiéndonos con una lagrima entre un nido de sonrisas.

Ricardo Muñoz

Si está interesado en leer otro capítulo de esta serie, ingrese acá: La esquina delirante XXIV (Microrrelatos)

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La razón

“Mira que algo de irónico tiene haber sido bautizado en un culto que desde hace más de dos milenios ha preconizado el fin de todo, de la humanidad, y haber nacido a tiempo para formar parte de las generaciones que finalmente tienen múltiples oportunidades para ser testigos del mencionado final: guerras termonucleares, calentamiento global, sexta extinción masiva, novedosos virus letales”. “Estoy de acuerdo”, respondió mi interlocutor mientras me pasaba la botella de cognac que, ay, también llegaba a su desgraciado final, y añadió: “lo peor de todo es tener que darles la razón a los curas”.

Carlos Alberto Sourdis Pinedo

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Poetas

El virus funcionó de maravilla: gente se lanzaba sobre otra gente para destrozarla a mordiscos y tragarse los pedazos. Pero el virus mutó poco después, ya nadie quería atacar a otros y preferían comerse a sí mismos. La farmacéutica creadora se apresuró a lanzar la cura que tenía hacía meses. El vocero, con su fingida preocupación, carraspeó frente a los micrófonos antes de anunciarlo y, de repente, su propio brazo le pareció un manjar. No pudo contenerse.  El mundo nunca se enteró de que había una cura, aquella rueda de prensa fue el inicio de una carnicería que se extendería por todo el planeta en unos minutos. La humanidad se devoró a sí misma. Había algo de poesía en el asunto, pero daba igual, los poetas fueron los primeros en engullir sus propias partes.

Álvaro Vanegas

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Plaga

Un, dos, tres, por ti. Silencio. Me ha encontrado. De nuevo. Después de tantos años. Siempre es el mismo juego. Ella me busca. Yo me escondo. Lo hemos estado haciendo desde el principio del tiempo. Me he ocultado en cavernas. En iglesias y castillos. En edificios de cemento. En calles de asfalto. En casas de ladrillo. Deseando el resguardo de la cruz y la espada o el amparo de la razón. Siempre me encuentra. Incluso, inventé guerras para provocar su clemencia. Pero ella es una niña malcriada. Se aburre. Soy su única distracción. Cuando me encuentra, se acerca a mí y me da un beso. No puedo evitarlo. Me seduce. Me atrae. Sus labios supuran ácido sulfúrico. Después, mi cuerpo se derrite. Se esfuman los huesos amarillos de mis viejos. Se disipan los odios de mis hombres. Se apagan las risas de mis niños. Se diluyen los sueños de mis mujeres. No queda nada de mí. Solo un charco de partículas primigenias. Pero luego, ese líquido escupe un vapor prometeico. Todo se me reconstituye. Duele, siempre duele. Entonces, ella cuenta y todo empieza de nuevo. Yo me escondo. Ella me busca. Hoy, otra vez, me ha encontrado. ¿Cuánto dolerá? Un, dos, tres, por ti. Silencio.

Juliana Penagos-Carreño

Si está interesado en leer otro capítulo de esta serie, ingrese acá: La esquina delirante X (Microrrelatos)

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La corona del Mesías

Nuestro salvador ha llegado. Lo vislumbro caminar hacia mi casa con los brazos abiertos. Rápidamente salgo y le abrazo con gozo. Alabados sean los murciélagos que le rodean. Bienaventurada la humedad de su boca que besa mi frente y mi boca. Me comunica que me llevará al paraíso, y su gloria me roba el aliento. Sus ojos celestiales desencadenan la emoción de este corazón que late tanto y los pulmones poco aguantan el galope. Me siento desfallecer. El aire me ha abandonado y finalmente recibo la salvación por el poder de su corona.

Sebastían Chavarro Parra

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