La Esquina Delirante XXVI: En cuarentena (Microrrelatos)

Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez y la incertidumbre parecen haberse apoderado de nuestra cotidianidad, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Guerra de guerrillas narrativa si se quiere.

Ilustración de Andrés Felipe Correa

 

Retrospectiva

La cremallera se abrió y apareció un hombre. Extrañamente, mis piernas subieron a sus manos. Él me agarró por los tobillos y empezó a arrastrarme. Después de varios metros recorridos mi cuerpo trepó sobre una camilla. Un enfermero me puso una careta y,  con mucha prisa, me subió a una ambulancia. La ambulancia frenó en seco y emprendió su viaje a gran velocidad. Cuando llegamos, ahí estaba mi esposa, despidiéndose y llorando. Me dejaron en mi cama, me quitaron la careta y se fueron. Empecé a sentirme asfixiado y luego empecé a toser sin control. Sentía que me quemaba por dentro. Dormí toda la noche, y cuando desperté estaba un poco mejor, aunque no del todo. Durante parte de la noche, y al día siguiente, me fui mejorando. De a sorbos llenaba los pocillos de té de mi esposa. Es indescriptible la sensación de ver entrar en tu cuerpo los desechos de los alimentos y verlos salir por tu boca para regresar al plato. En fin. Me alivié y, después de un par de días, aquí estamos, en Italia. Encontré esta tarjeta en mi bolsillo: “Empieza de nuevo y esta vez haz las cosas mejor, con cariño, Dios”.

Cersar Augusto Pareja Gonzalez

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Si está interesado en leer el anterioir capítulo de esta serie, ingrese acá: La Esquina Delirante XXV: En quarentena (Microrrelatos)

Paraíso personal

Yo digo que sí, que este encierro es horrible. Que sí, que el contagio es aterrador. Doy likes y advierto que hay que seguir las instrucciones. Me escandalizo con los que no obedecen. Que la higiene, que el cuidado, sí. Que me siento infeliz en estas cuatro paredes, que extraño la libertad y la calle. Pero estoy mintiendo. Porque te veo siempre a mi lado y sé que no puedes irte, aunque quisieras. Porque mi sueño de saber todos tus movimientos, a toda hora, es una realidad. Porque no podrás mirar a nadie, rozar a nadie, besar a nadie. Lo único que me falta es saber qué piensas, a dónde vuelan tus pensamientos cuando miras por la ventana. Nada es perfecto.

Cecilia Percy

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Confinamiento

La primera medida fue reducir las reuniones. Primero a mil asistentes, luego a quinientos y por último a diez. Después fue la orden de quedarse en casa, en familia, pero se dieron cuenta de que el virus iba de tacto en tacto, de boca en boca. Finalmente, la orden fue que cada ciudadano se confinara en su cuarto, sin contacto con otro ser humano. Las familias organizaron horarios para no cruzarse y así hacer uso de baños y cocina. Poco después se fue el Internet y la electricidad, y algunos, incapaces de aguantar tanta soledad, se tiraron por el balcón o se cortaron las venas mientras veían al exterior. Otros infringían el toque de queda y salían como perros rabiosos a la calle buscando contagiarse y morir, pero la mayoría, paralizada por el miedo, se quedó en su cuarto y sus células, tejidos y órganos empezaron a separarse por miedo al contagió, y el cuerpo se desintegró en un líquido vital que se derramó por todas las casas y edificios del mundo hasta llegar a las alcantarillas, acabando el mundo, no con una gran explosión sino con pequeñas gotas que resonaban con un suave drip, drip, drip.

Tulio Fernández Mendoza @tuliofer69

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Plaga

Un, dos, tres, por ti. Silencio. Me ha encontrado. De nuevo. Después de tantos años. Siempre es el mismo juego. Ella me busca. Yo me escondo. Lo hemos estado haciendo desde el principio del tiempo. Me he ocultado en cavernas. En iglesias y castillos. En edificios de cemento. En calles de asfalto. En casas de ladrillo. Deseando el resguardo de la cruz y la espada o el amparo de la razón. Siempre me encuentra. Incluso, inventé guerras para provocar su clemencia. Pero ella es una niña malcriada. Se aburre. Soy su única distracción. Cuando me encuentra, se acerca a mí y me da un beso. No puedo evitarlo. Me seduce. Me atrae. Sus labios supuran ácido sulfúrico. Después, mi cuerpo se derrite. Se esfuman los huesos amarillos de mis viejos. Se disipan los odios de mis hombres. Se apagan las risas de mis niños. Se diluyen los sueños de mis mujeres. No queda nada de mí. Solo un charco de partículas primigenias. Pero luego, ese líquido escupe un vapor prometeico. Todo se me reconstituye. Duele, siempre duele. Entonces, ella cuenta y todo empieza de nuevo. Yo me escondo. Ella me busca. Hoy, otra vez, me ha encontrado. ¿Cuánto dolerá? Un, dos, tres, por ti. Silencio.

Julián Penagos-Carreño

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Salvaje

Usted es un salvaje de emoción y asfalto. El olor a peste lo enloquece, a tal punto, que no le importa salir a la calle a buscar la historia y su consagración. Recuerda, mientras sonríe, su ataque, con micrófono y cámara en mano, a esa mujer desbordada de tristeza por la muerte de su esposo. La primera víctima del contagio. Una pregunta a la yugular, una nota que abre el noticiero y un titular vendedor: Primicia ¡Por fin, el virus tiene una cara! Ahora usted lea el resultado de la prueba: ¡Dio positivo! Ya tiene su noticia. Es hora de conectarlo al respirador.

Angélica Villalba Cárdenas @angelicavillalbac

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Un café negro

-Hola, ¿qué tal?

-Hola, uff muy cansada, el trabajo se ha puesto muy duro por estos días.

-Se te nota, pero como diría mi mama: “pálida y ojerosa, pero linda la asquerosa”.

-Uy, gracias, qué bonito cumplido, además porque, por estos días, no es que me sienta muy ‘linda’ qué digamos…

-No creas, los tonos oscuros y la palidez siempre te han sentado muy bien. Te apetece un café, un oporto… un cigarro…

-¿Cómo un cigarro? ¡En sitios cerrados no se puede fumar!

-Dale, igual, cuando la mesera se dé cuenta de quién eres, nada te va a decir….

-Bueno, yo no vine a cotorrear, el tiempo apremia, nos tenemos que ir.

-No puedo, bueno, todavía no…

-Cómo que no, no me vas a hacer perder la venida hasta aquí…

-Ya te dije, tómate algo y así compensas, yo pago.

-Bueno, un café bien negro y ya está.

-Perfecto, adoro la coherencia. ¡Mesera, por favor un café negro y cargado para mi hermosa acompañante!

-Pero me tomo el café y te vienes conmigo…

- Y dale… no puedo, tengo dos chiquitines, el menor acaba de cumplir los tres…

-Eres un tipo terco, pero que sabe tratar a las damas, lo admito… solo por eso…

-Excelente, en 15 años nos vemos, si quieres aquí mismo, nos tomamos algo y te juro que salgo de la puerta cogido de tu mustia y fría manecita.

-OK. 15 años, ni un segundo más, que te quede claro.

-Clarísimo, nena, ¿no quieres un trozo de Selvanegra para acompañar tu café?

-No, me tengo que ir, ya te dije, la dictadura del trabajo. ¡Mesera, el café para llevar, por favor! Y tú, cuídate: tapabocas, guantes de látex y procura no salir de tu puta casa.

Jimmy Arias

 

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La Esquina Delirante XXVI: En cuarentena (Microrrelatos)

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