La Esquina Delirante XXVII: En cuarentena (Microrrelatos)

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Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez y la incertidumbre parecen haberse apoderado de nuestra cotidianidad, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica. Guerra de guerrillas narrativa si se quiere.

Penitencia 

Llegó hace 4 días. Parece que sus lágrimas son infinitas. Llora y se traga los mocos. Tiene el hábito sucio, maltrecho. Los cabellos finos y negros, desordenados. Se sentó en un rincón, con las piernas dobladas y una expresión de tristeza que no había notado antes en ninguna de las que han pasado por aquí. Cuando escucha los pasos vuelve a las oraciones. 

Cierra los ojos, junta las palmas de sus manos y las acerca a la boca. La vieja puerta de madera cruje al abrirse. Una de las monjas de ceño fruncido deja sobre la mesa, también de madera, un plato de comida y un vaso con jugo. Le da un vistazo a la chica, se da la bendición y sale del cuarto. 

Ella por su parte, sabe que pecó, sabe que lo merece. Sabe que le duelen tanto las entrañas como el alma. 

Isabel Salas

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Soledades

Mi viejo siempre es el último en pasar a la mesa. Parece adivinar cuándo van a llamar para ocuparse de asuntos más urgentes: leer el periódico, buscar algo perdido que parece volverse de súbito indispensable. Por mi parte, espero el tercer grito de mamá de ¡Pasen a almorzar!, para levantarme de mi sitio y caminar sin afán los casi cuatro metros que me separan de ese comedor tan entrañable. Una especie de masa sin sentido se apelmaza entre mis dientes, que mastican con la inercia aprendida de los últimos meses, y solo entonces reparo en el frío. Un vientecillo de manos heladas me recorre el rostro y me recuerda esas puticas ganas de llorar que se me han acomodado por dentro. Opto por comentar al aire las noticias del día: Que no sé cuántos muertos, que ya perdí la cuenta; que por aquí todo va en picada.  El solo silencio, la helada que recorre estas tardes solitarias mientras ocupo mi silla en ese comedor de cinco puestos terriblemente vacío. Aunque se están acabando las provisiones, la hora del almuerzo nos sigue congregando. Los fantasmas de mis viejos siguen apareciendo cada día, a esta misma hora con sus manos heladas. Papá es el último en pasar a la mesa. Lo observo en el silencio de la nada mientras corre su silla sin afán, acaso me saluda.

Laura Luna

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Si está interesado en leer el anterioir capítulo de esta serie, ingrese acá: La Esquina Delirante XXVI: En quarentena (Microrrelatos)

¿Qué hay para hacer en una cuarentena?

Juan Salvador odia su nombre. Maldice la hora en que su madre, que no ha leído más de tres libros, releyó “Juan Salvador Gaviota” y decidió que su hijo debería llamarse igual que un pájaro.  Juan Salvador ahora es Johnix para sus seguidores, más de doscientos mil, pero menos del millón de su novia, influencer como él. Eso lo jode.

Johnix habla con sus seguidores, con una sonrisa los motiva a ver este momento como una oportunidad de reflexión y cambio, les recomienda ser positivos y aprovechar bien el tiempo. Cocina su receta favorita, aprende la coreografía del “coronaritmo” (el baile de moda), da consejos psicológicos y cuenta chistes a sus seguidores, ignora las llamadas de su madre, hace ejercicio, lee poemas en su canal, juega videojuegos, come un helado mientras ve una película. 

Recibe una nueva llamada de su madre. Lo duda, pero contesta. Su máscara feliz cae y ahora es un niño buscando un abrazo de mamá. Llora. Recuerda que odia su nombre, pero ama profundamente a quien se lo puso. 

La cuarentena, sin duda, será difícil… y hoy es solo el primer día.

Jerónimo Rivera Betancur

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Leche derramada

Noche. Edificios. Eco. Netflix va y viene. Un habitante de la calle escarba un basurero y canta. Helicóptero. Mensaje distorsionado. Blade Runner. Auriculares. Playlist aleatoria. Lo que quiera vomitar el algoritmo. Empieza suave una canción vieja. Mala. Noventera. Tambores y público pregrabado. Safri Duo. Patético. El helicóptero ilumina la terraza de lo que fue Pozzetto. El viento agita las banderas en la terraza. Éxito en ventas! Un gato negro ¡Invierte ya! Gente en las ventanas ¿Éxito? Invertir? Los tambores suben y suben. Vuelvo a verme bailando, enajenado de juventud. Bello. Ignorante, hasta de mi propia frescura. Inocente de esta vida que me iba a arrasar dejándome el culo tan caído como mis esperanzas. Lloro. Oleada de tambores sintéticos, pachucos. Me gustaban tanto. Vecino en piyama de peluche. La alegría cuando la canción reventaba. Qué falta de glamour llorar con algo llamado The Bongo Song. Sombras. Lo que fuimos. Desamparo. Los que quedamos. Sin audífonos, llega la patada del vacío. Escalofrío. Mis mejillas y el cuello de la camiseta, que no cambio hace 2 días, empapados. El habitante de calle camina ahora por el separador central de la séptima, sin camiseta, con una pata de pollo en cada mano. Victorioso. Sonriente.

Fernando Cuevas Ulitzsch

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Si está interesado en leer otro capítulo de esta serie, ingrese acá: La esquina delirante XXIV (Microrrelatos)

Viaje a la luna 

Tu ausencia ahoga con la fuerza de 400 golpes en la garganta, y arrastra las horas llenas de melancolía de esta tarde de noviembre.  Te observo con los ojos bien cerrados, eres como un profeta compartiendo mensajes de voces inocentes, un cóctel de sensaciones para el observador, el intérprete o el coleccionista, eres luz de luna en medio de las horas más oscuras, un lugar donde quedarse en medio de la banalidad de estos tiempos modernos. ¡Madre mía! tengo unos pocos buenos amigos encerrados en cajas; los colecciono como un psicópata americano dispuesto a contemplar la gran belleza de su interior, cada que se me antoja y serán mi única compañía durante el ocaso de los dioses. (Dedicado a los amantes del séptimo arte confinados) 

Juliana García Mora

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Cruz de eucalipto

Jerónimo muere a los 94 años, solo, en una pensión de sacerdotes en Roma. Sentí su respiración entrecortada, acercaba su crucifijo —hecho de eucalipto— al pecho e imploraba entre susurros compasión; quería, como la mayoría de las personas, una muerte rápida y sin dolor. Miraba al techo que se desprendía poco a poco, se despedía de los ojos de ternera de Clemencia; le rogaba perdón por no permitirle vivir su propia vida, nunca imagino morirse en otro país, lejos de su colegio, sin la mano calurosa de su eterna compañía que, si estuviera, lo asistiría a retirarse de este mundo. Dios, ¿por qué me has abandonado?, Cristo fue crucificado bajo la mirada ausente del Padre con la esperanza de la resurrección y una vida eterna, pero yo, pobre mortal, sé que la vida eterna no existe porque este cuerpo físico será manjar para los gusanos y mi alma, que siempre he cuidado con celo de los vicios y lo malos pensamientos, se desvanece en esta soledad. ¡Qué importa mi alma sino puedo compartir mi despojo espiritual con alguien! Me entrego sin resistencia al olvido, al delirio que pueden soportar estas paredes, me ahogo en mi voz que prometían sin dolo, tiempos bienaventurados.

María Luisa Monroy Merchán

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Mis Abuelos

Mi abuela mandó a mi abuelo a la panadería del parque; poco antes de llegar, la policía del pueblo lo detuvo. “Señor, ¿es que no sabe que está prohibido para la gente mayor salir de la casa?”. Mi abuelo sacó un billete y se lo dio al policía. “Entonces vaya usted y cómpreme el desayuno, porque, ¿ahora quién se aguanta a mi señora si no vuelvo con los pandeyucas?”.

Érik Zúñiga

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Azares y sudores

Sarita, perdón: no volveré a verte. Camino a tu casa, cruzando el puente de Transmilenio, una ola de gente me arrastró. No pude ver nada sino morrales, codos, paraguas, axilas empapadas y a una gorda gentil de brazos tibios. No sé en qué bus me montaron: no hubo ventanas para mí ni la voz mecánica que anuncia las paradas. La ola me volvió a sacar y me arrojó en un andén, de donde me levantó la gorda gentil. En su casa, un chocolate humea mientras te escribo. Perdón. No me arriesgaré a salir de nuevo. Quizás la próxima vez no tenga tanta suerte.

Hernando Escobar-Vera

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Si está interesado en leer otro capítulo de esta serie, ingrese acá: La esquina delirante X (Microrrelatos)

Es hora de cenar

Había sido un mal día y la música a todo volumen no lograba disipar mis pensamientos. En Transmilenio, a las nueve de la noche, todos llevaban caras largas. A lo lejos pude ver a un hombre que, temeroso y apenado, se dirigía tambaleante a un cubo de basura, de los verdes y acabados, atiborrado de porquería. Miraba a todos lados, como asustado, esperando que nadie lo mirase, huyendo de los ojos furtivos, de los mirones. Paramos en la Avenida Jiménez, donde acabó la persecución, se agachó y tomó, con sus manos temblorosas de frío y vergüenza, un pedacito de pan…

Juan Forero

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