La esquina delirante XY (Microrrelatos)

La presente es una invitación para los delirantes de mente y corazón oscuros, para que participen en la serie de microrrelatos de horror que publicaremos en Octubre. Envíen sus historias, de máximo 666 caracteres, sin incluir los espacios, a [email protected].

Ilustración: Sofía Solórzano

Amor eterno

No me trajo la casualidad; tal circunstancia llegó luego, cuando ella apareció frente a mí. – ¿Nuevo por acá? –me preguntó. –Sí, vine para quedarme –dije.

Era muy delgada. Fungía en su tez pálida una fina sonrisa. Algo, como gargantilla ancestral,  rutilaba inmutable en torno a su largo cuello.   Guardó mis manos gélidas en las suyas y me vio como quien mira a través de un cristal. Sentí su helado aliento cerca, tanto que me traspasaba. Era como encontrarse en un cruce de dos transparencias.  Habló por igual de su gusto por lo clásico y de sus noches de poemas. Supe, entre otras cosas, de sus solitarias rondas bajo la luna, de las contrariedades procuradas por amores diluidos en el tiempo y de su otrora vida de pesares. Superado aquello, ahora se solazaba en la frágil candidez de los sueños eternos. Al hablar de eso, su voz parecía eclipsada por la sordidez de mundos profanos. La luna nos vigiló callada hasta que claudicó al insomnio; entonces, nuestras siluetas se desdibujaron en la opacidad del brumoso amanecer. Fundidas las manos nos alejamos apenas en rescoldos de tinieblas, recobrando la creencia de lo posible del amor en este mundo de incrédulos. A ella no le importó que yo fuera un recién llegado, ni a mí, que llevara doce años allí sepultada. 

Reinaldo Bernal Cárdenas

Si está interesado en leer más cuentos de la esquina delirante, ingrese acá: La esquina delirante XIII (Microrrelatos)

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A veces vienen

Contempló el panorama. La hoja de su hacha goteaba sangre y se había formado un pequeño charco que sonaba apagado y pegajoso, cálido y asqueroso. A sus pies, la criatura se arrastraba sin las piernas que él le había arrancado, levantó el arma para asestar el golpe final y….un ruido lo distrajo, y el escritor dejó de teclear en el computador. Decidió dejar la historia en ese punto, estaba agotado. Se acostó y la oscuridad pronto se extendió como una peste, por algún motivo su corazón latía con fuerza, desbocado. Creyó oír un ruido, aguzó el oído y fue más claro, el sonido de un cuerpo que se arrastra. Aterrado se levantó, salió del cuarto y no vio nada. Se acostó de nuevo, al rato otra vez el maldito sonido; esta vez le pareció que venía acompañado de un leve jadeo, como el de una criatura que repta sin piernas y va dejando un rastro de sangre a su paso. Se escondió bajo las cobijas buscando protección pero sabía que en algún momento de la noche una mano sangrienta y sin piel vendría por él, mientras ésta exigía una explicación.

Tulio Fernández Mendoza

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Vampiros

Él posa de tipo seguro y procura mirar a los ojos para ocultar una personalidad llena de inseguridades, ella hace lo que puede para contener a duras penas la avasallante sensualidad de su pelo rubio y sus palabras certeras. Más que conocerse, colisionan, y sus pieles hierven cuando salvan la escasa distancia que las separa. Algo de valor líquido y algunas frases aderezadas con nervios adolescentes son suficientes para que sus cuerpos cedan. Cada uno se las arregla para mantener a salvo su secreto y clavan con presteza sus colmillos retráctiles en los cuellos de su amante. Se pierden a sí mismos en el sabor embriagante de la sangre y caen dormidos en un abrazo semejante a una pequeña eternidad. En la mañana se despiden con un beso tímido, sin entender aún que a partir de ese momento seguirán anhelando el sabor del otro a donde quiera que vayan. 

Álvaro Vanegas

Para leer otra entrega de la esquina delirante, ingrese acá: La Esquina Delirante VII (Microrrelatos)

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Madre

No, no, no. Así no. Primero la cabeza. Luego los brazos, el tronco, una pierna, la otra. Instrucciones precisas, sin vacilación. Como si se tratara de los pasos para armar una mesa de Ikea, y no de la manera más efectiva para meter el cadáver de mamá en el incinerador de basura del edificio. Incluso, antes de ensartarle a la vieja el tenedor en la garganta, me obligó a tomar un curso de anatomía básica en internet. Mi padre fue siempre un hombre metódico.

Jimmy Arias

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Mentiroso

Presumía todo el tiempo su colección de libros. Empolvados, más de mil ochocientos títulos reposaban en su biblioteca. Sin embargo, los hongos, las manchas y las páginas carentes de lectura eran imperceptibles en las fotos que colgaba a las redes sociales. Una madrugada un ruido lo despertó: todos los volúmenes habían caído al suelo. Mientras refunfuñaba ordenándolos escuchó murmullos que venían de la sala; al llegar encontró una reunión de monstruos, soldados, caballeros medievales, músicos, payasos e incluso una ballena. Antes de poder mascullar alguna palabra, aquellos visitantes se abalanzaron sobre él. Esa mañana encontraron el cuerpo desfigurado bajo una montaña de libros.

Yulieth Rueda

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Súcubo

Era viernes santo. El bullicio de la única discoteca abierta desvanecía el silencio del poblado. Las personas vivían la euforia de lo prohibido entre el licor y el baile. Pronto, un joven atractivo apareció y se acercó a una mujer para invitarla a bailar. Ella aceptó. Luego de bailar al son de varias canciones él bromeó advirtiéndole que no mirara a sus pies para no presenciar las pezuñas. La mujer le respondió con una sonrisa perversa. Minutos después, el muchacho yacía domado por las caderas de esa diabla que no lo dejaba descansar del dionisíaco bailoteo.

Sebastián Chavarro Parra

 

 

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